
El Estado sigue teniendo cierto prestigio. Se dice, con toda razón, que está mal esto de dedicar los recursos del Estado a vigilar a los enemigos (ZP tiene claro quiénes son), a repartir las empresas privadas entre los amigos, a premiar a los empresarios aliados con cambios en la regulación, yo que sé, de las energías renovables, o subiendo el precio del gas natural (que está a la vuelta de la esquina). Se supone que ese poder en manos de los políticos debía utilizarse para mejorar la situación de nosotros los súbditos y que el abuso del mismo es, simplemente, que hemos tenido la mala suerte de elegir a un político intervencionista y corrupto. Pero se mantiene esa imagen inmaculada del poder como si estuviera esperando (eternamente, eso sí), a que llegue el presidente que sólo mire por el ciudadano común, sin dejarse seducir por ningún interés organizado.
Pero me temo que es un error. El poder no es un invento, una creación ideada para cuidar de la ciudadanía, sino la desnuda realidad de que, simplemente, unos se imponen sobre otros. Una vez montado el engranaje del poder, la eterna lucha con la sociedad le ha obligado a pactar aquí y allá, para ceder una parte a cambio de ganar legitimidad, y para eso ha tenido que someterse a ciertas normas. Pero la política, como dice Bruce Benson, consiste en que "las autoridades públicas intentan aumentar su propio bienestar a través de transferencias dirigidas a sí mismas y a otros que son lo suficientemente poderosos como para afectar al bienestar de quienes toman las decisiones". Es decir, el mangoneo, pero con el BOE en la mano.
Los socialistas lo tienen claro, y por eso no pierden el tiempo en cuanto llegan al poder. Por eso es tan urgente limitarlo.![]()