
Eric V. Edmonds, quizás el mayor experto en este problema, demostró en un estudio que los países que más comercian, los que más se involucran en el capitalismo mundial, son los que más reducen el trabajo infantil. En concreto, por cada 1 por ciento de apertura al comercio, se reduce el trabajo infantil en 0,7 puntos.
Un caso claro es el de Vietnam, donde se realizó un estudio de grandes proporciones (3.000 familias) de 1993 a 1998. En esos 5 años, en que Vietnam se incorporaba al capitalismo global, el crecimiento medio fue del 9 por ciento y el trabajo infantil cayó un 30 por ciento. Cuando las necesidades básicas están cubiertas, ese aumento de la producción explica el 80 por ciento de la reducción en el empleo infantil. Edmonds concluye que "el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades alimenticias; y entonces cae de forma dramática".
Pese a que es el capitalismo el que libera a los más pequeños de tener que trabajar, los grupos antiliberales dicen llegar a la conclusión contraria. Para eso tienen que identificar el trabajo de los niños con las grandes empresas capitalistas. Pero ha existido siempre, junto con la pobreza, y generalmente ha estado atado al campo como el común de la humanidad. Es también lo que ocurre en la actualidad. La inmensa mayoría de los niños que trabajan lo hacen para sus padres en el campo. Pero eso a los antiglobalización, no les importa. Solo les preocupan los que están empleados por grandes empresas, para utilizarlos como arma contra ellas. Y ello a pesar de que los sueldos que pagan son, de media, el doble del que pueden ofrecer las empresas locales.
¿Qué ocurre cuando estos antiglobalización tienen éxito? Nos lo cuenta Radley Balko: "A principios de los 90, el Congreso de Estados Unidos estudió la aprobación de una ley (Child Labor Deterrence Act) que habría castigado a las compañías que se beneficiaran del trabajo infantil. La ley nunca se aprobó, pero el debate que generó presionó enormemente a varias compañías multinacionales, entre ellas, a un fabricante textil alemán que despidió a 50.000 niños en Bangladesh. La asociación británica Oxfam realizó después un estudio que mostró como miles de esos niños despedidos terminaron en la prostitución, el crimen o en la muerte por hambre". La hipocresía tiene un precio. Pero lo pagan los de siempre.
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