
Estamos en 2011, y muchas cosas han cambiado. De modo que varias industrias están sufriendo el embate de las nuevas tecnologías. Son en su mayor parte intermediarios dedicados a acercarnos arte y entretenimiento, que se han visto en un escenario en el que los costes de distribución de sus productos se acercan a cero. Si estuviéramos en los años 50 habrían adaptado sus procesos de negocio para competir en el nuevo escenario. Pero estamos en 2011, y muchas cosas han cambiado a peor.
Así pues se empezó imponiendo un canon digital primero sobre discos ópticos y más tarde sobre muchos otros dispositivos de almacenamiento bajo el razonamiento de que podían ser empleados para almacenar esos productos de la industria discográfica y audiovisual en formato digital. Aquella medida atentaba contra la justicia, pues partía de una presunción de culpabilidad: daba lo mismo que usaras aquello para copiar las fotos de tus niños; debías pagar. De modo que desde internet muchos ciudadanos empezaron a organizarse en contra de ese canon digital y el PP aparentemente ha decidido hacerles caso. Pero es sólo eso apariencia: este extraño impuesto privado no será eliminado sino sustituido por los impuestos que pagamos al Estado. Seguiremos subvencionando a la SGAE pero a través de los presupuestos. Es decir, ya no son culpables sólo los que se compran un pincho USB; también lo es la abuela que no ha visto un ordenador ni en fotos. Ahora se nos presume la culpabilidad a todos y cada uno de los españoles. Un gran avance. Y eso que nos prometieron eliminar subvenciones a la cultura.
Pero lo peor es que con esta medida el PP ha intentado ocultar lo peor: la aprobación del reglamento de la Ley Sinde y, con él, la facultad de una comisión administrativa para cerrar sitios web. Quisieron cerrarlas por la vía judicial y perdieron, así que han decidido –en lugar de cambiar la ley– quitar a los jueces de en medio. Tanto el nuevo ministro Wert como otros apologistas de esta ley han querido pintar a la oposición a esta medida como un apoyo incondicional a los sitios web de descargas. Sin duda hay de eso. Pero lo principal es que existen muchos modelos de negocio en internet que nunca podrán aparecer en España gracias a esta norma.
Imaginen que Youtube hubiera nacido en enero de 2011 en España. Ya sé que requiere un esfuerzo, pero háganlo. Mucha gente subiría vídeos sacados de la tele o el DVD, aunque fueran fragmentos. Con esta ley, una comisión administrativa tendría perfecto derecho a cerrarlo antes de que prosperara y lo comprara Google. Evidentemente, las trabas a las nuevas empresas son muchas más, pero añadir a toda prisa esta inseguridad jurídica añadida no va a ayudar. El PP está favoreciendo a empresas de toda la vida, que no consiguen adaptarse a lo que quieren los consumidores, a costa de las compañías punteras que sí podrían hacerlo. Un hurra por el chiste ese del Ministerio de Competitividad.
![]()