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2012/03/11 - José Carlos Rodríguez - Libertad Digital

Ventanas rotas

George Will, uno de los mejores analistas de los Estados Unidos, dijo no hace mucho que ser politólogo en los años de James Q. Wilson era como ser Mel Torme en la época de Frank Sinatra.
Pat Moyniham, cuando era asesor de Nixon en política interior, le dijo en una ocasión: "Señor presidente, James Q. Wilson es el hombre más inteligente de los Estados Unidos. El presidente de los Estados Unidos debería prestar atención a lo que tiene que decir". Y dijo cosas muy relevantes antes de morir el segundo día de marzo, a los 80 años.
De Wilson destacaba, y no debiera haberlo hecho, su estudio cuidado y honrado a la realidad y a los datos. Pero en aquélla época en la que la intelectualidad estadounidense estaba más interesada en cambiar la sociedad que en entenderla, a quienes sometían las nuevas políticas de los 60’ al filtro de la razón y la realidad les llamaron neoconservadores. "Habría sido mejor que nos llamasen escépticos de la política", precisó años después.

Sus intereses eran amplios, pero siempre será recordado como el autor de la teoría de las ventanas rotas, junto con George L. Kelling. Ya saben. Si permanece un tiempo una ventana rota, dará la impresión de que a nadie le importa, y a no muy tardar, pronto habrá más, muchas más. Lo mismo ocurre con esos comportamientos que violan las normas de la convivencia, y que están a la vista de todos, todos los días. Diluyen el sentimiento de pertenencia a la comunidad, entronan la impunidad y extienden la conciencia de que todo vale. Le sigue una degradación de la vida ciudadana, abono de las flores podridas del crimen. Es curioso que James Q. Wilson, el empirista, se haya ganado la fama gracias a una idea que apela al carácter moral del hombre en sociedad, y que no es más que una intuición.

Rudy Giuliani y su comisario de Policía William Bratton siguieron estas ideas, y lograron que Nueva York dejase de inspirar películas de una ciudad en decadencia, como Saturday Night Fever o Taxi Driver. Personalmente, creo que el Estado es un mal sustituto de la fibra moral de una ciudad, que debiera ser suficiente para impedir según qué comportamientos. Pero es indudable que el sólo hecho de abandonar la idea de que el criminal viola la ley porque se lo mandan su raza o su clase social y reconocer que es una persona racional y entiende el juego del palo y la zanahoria ha sido suficiente para hacer que el crimen caiga a plomo.

Hoy volvemos a ver las ventanas rotas. No es que me disguste ver cómo el Estado demuestra ser una filfa, y se queda paralizado ante unos centenares de jóvenes que se saltan la ley para ocupar calles y plazas, o que recurren a la propaganda por el hecho, delictivo. Pero se benefician de un espacio de impunidad que les hemos permitido y que no les pertenece.


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