Desigualdades
Uno no tiene más que mirar a su alrededor. Somos distintos unos de otros. No ya en capacidad o en esfuerzo personal, sino en el carácter, en los objetivos personales, el conocimiento, la suerte. ¿Porqué entonces preocuparse por la desigualdad? Si uno no está infectado de envidia, ¿qué importancia puede tener? Si uno es igual al vecino ante la ley ¿Qué más da que él haya sabido aprovechar mejor o peor las oportunidades que van apareciendo y vamos creando en la vida?
En Estados Unidos el debate sobre la desigualdad lleva años haciéndose más presente. Los españoles, aturdidos ante nuestros problemas reales (la entrega del Estado a los terroristas, la disolución de la nación española), no tenemos tiempo para los falsos como éste. Menos mal. Pero eso no quiere decir que cualquier desigualdad económica será inocua. Hay un aspecto que apenas ha sido tratado por economistas y filósofos pero que resulta ser muy relevante, y es no la desigualdad, sino la dispersión de la riqueza.
Es importante que la riqueza, el valor de la propiedad, esté dispersa por toda la sociedad. Que no haya grandes sectores sin ella, o que esté muy concentrada en pocas manos, como ocurre con el Estado. Con las desigualdades interpersonales de sean. Y lo es, porque una sociedad de propietarios es una sociedad de gentes independientes y que se valen por sí mismas.
