
Una sociedad libre tiene soluciones para el conflicto entre quienes quieren fumar y quienes no quieren compartir con ellos el humo del tabaco. Es tan sencillo como que cada dueño decida en su empresa, organización o en su casa (que si nos descuidamos este Gobierno llegará hasta nuestra alcoba) decida dónde y cuándo se permite o prohíbe fumar. Si, pongo por caso, un restaurante está interesado en recibir al mayor número de clientes, fumen o no, intentará ingeniárselas para que pueda quemarse los pulmones a gusto quien quiera sin molestar al vecino. Y si resulta complicado, este deseo está abierto a la carrera de la innovación tecnológica.
Afortunadamente, ante el frenopático afán de controlarlo todo, hay empresarios que se amparan de la libertad que nos queda para ganar dinero, permitiéndonos hacer lo que nos sale del bolo. Como ejemplo, Alexander Schoppmann. Este alemán ha creado la aerolínea Smintair, que recibirá a sus clientes con el mensaje: "recordamos a nuestros pasajeros que fumar está permitido en este vuelo". Además, en lugar de las 559 personas que caben habitualmente en un Boeing 747, ensanchará el espacio hasta estrechar la lista de pasajeros a 138, que irán de Düsseldorf a Tokio y Shanghai. Schoppmann dice que "ya hay personas que dicen querer volar con nosotros, aunque no tienen nada que hacer en China o Japón".
Ahora bien, más que nunca, fumar saldrá muy caro.
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