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Portada - Comentarios - El crecimiento del poder en la democracia

18/04/2007 - Manuel Llamas

El crecimiento del poder en la democracia

El Estado contemporáneo actual se encuentra caracterizado por un indudable crecimiento y ampliación del poder político, puesto que la esfera de intervención pública se ha expandido de forma exponencial a poco que lo comparemos con las funciones encomendadas al Estado liberal moderno (laissez-faire) e, incluso, en relación con los regímenes monárquicos absolutistas.

Bertrand de Jouvenel señaló ya hacia 1945 que la instauración de la democracia moderna incrementó de modo exponencial los dos recursos y símbolos centrales del poder en el Estado-nación, los recursos militares y los fiscales, debido a una particular relación causalmente asociada.

En democracia se produce paulatinamente la extensión del derecho de sufragio a toda la ciudadanía mientras entran en escena tanto los partidos de masas como diversos movimientos sociales tendentes a reclamar una mayor participación y mayores cuotas de igualdad material. Esto produce una expansión significativa del papel del Estado en la sociedad civil, con el objetivo de llevar a cabo su cumplimiento e implementación. Además, y a diferencia de la monarquía, en un Estado democrático el soberano ya no es el antiguo señorial de corte aristocrático y claramente diferenciado del resto, sino de carácter popular. Tal cambio, en cuanto al sujeto soberano, resulta trascendental, puesto que facilitó enormemente la disposición y aceptación general de políticas y decisiones que respondían a las nuevas necesidades estatales.

Sin embargo, el Estado no crece sólo como respuesta desinteresada a las demandas de la sociedad, sino también por la dinámica de unas burocracias dispuestas siempre a extender su particular ámbito de competencias. La administración, por el hecho de no estar sometida a la implacable vigilancia del mercado, se vuelve lenta, poco ágil, ineficiente y, por tanto, excesivamente costosa. Además, si se acepta el axioma apriorístico consistente en que el ser humano es egoísta por naturaleza, no habrá dificultad en reconocer entonces como un hecho autoevidente que los políticos utilizarán instintivamente el poder en beneficio propio.

A fin de constatar de modo fehaciente la hegemonía y preeminencia del poder político estatal, tan sólo se precisa centrar nuestra atención sobre el retroceso que el pleno ejercicio de los derechos individuales ha experimentado en el último siglo. El concepto mismo de libertad ha sido objeto de un evidente cambio interpretativo, pues frente a los derechos naturales de vida, libertad y propiedad, se contraponen ahora los recursos estatales referidos a la enorme capacidad de guerra, legislación y fiscalidad, cuyo desarrollo y preeminencia trae como consecuencia lógica la limitación y reducción de los primeros.

Finalmente, cabe señalar el particular fenómeno en torno a la crisis del Estado-nación como consecuencia de la progresiva cesión de competencias en favor de la conformación y configuración de superestructuras estatales. Tal proceso parece indicar que el único medio de asegurar la existencia humana sobre la base de la hegemonía estatal consiste en formar un Estado mundial. La creación de una superestructura de tal tamaño y entidad no puede hacer otra cosa que continuar el progresivo e imparable avance a favor de la concentración de poder, que tendría dos efectos: en primer lugar, una mayor autonomía, autoridad y potestad por parte de la elite política supraestatal gobernante (véase la UE); pero, por otro, y de modo paralelo, una tendencia contraria en el sentido de transferencia hacia abajo en la forma de un paulatino proceso de descentralización política y administrativa.

Es evidente que, en función de cuál sea el movimiento que salga victorioso de esta pugna política contrapuesta, ello acabará por determinar una nueva dinámica que transformará de modo sustancial las bases, prácticas y fundamentación del sistema político vigente a lo largo del siglo XXI.

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Opinión de los lectores

Bastiat

Quizás el principal problema es que durante el desarrollo de la democracia dizque liberal los propios liberales nos hemos olvidado de cuales fueron los principios políticos que alentaron esta corriente de pensamiento político. El liberalismo político surgió no como una forma de organización de la sociedad sino como una limitación del poder del Estado, entonces, fácilmente identificable en reyes y nobleza, incluso el poder eclesiástico. Por tanto, el hecho de que ahora no existan reyes, el preferir la República teniendo en cuenta la calidad del rey que tenemos en esta monarquía parlamentaria, jocoso oxímoron como dice Albiac, no es mas que un tosco reflejo de lo que no puede ser la labor política del liberalismo.

El liberalismo debe tratar de defender ante en el conocimiento popular que el problema es el Estado, y que la democracia no es ninguna salvaguarda para ninguna imposición puesto que toda imposición es en si negativa. Puede haber grados, pero el socialismo no es bueno por haber sido elegido democráticamente, el socialismo es malo porque es una imposición y es ahí dónde está el caballo de batalla ideológico.

La democracia es un método, no un fin. El fin debe ser alcanzar las mayores cotas de libertad posibles para lograr la verdadera igualdad, la igualdad de posibilidades, la igualdad ante la ley, la ley como expresión de la sociedad y no como expresión de un determinado equilibrio de poder en un momento determinado de un parlamento.

La democracia no es mala. Lo único que debemos defender es la limitación de lo que democráticamente se puede hacer. No se puede hacer todo. La libertad no puede estar en juego por muy democráticamente que se designe su final.

Juan Marin

Democracia y libertad son conceptos incompatibles.
Mis derechos y libertades no se fundamentan en lo que terceras personas quieran o no concederme. Me pertenecen y son irrenunciables.

Nunca el Estado encontro una mejor justificacion que los principios democraticos en los que hoy se fundamenta.
Y nunca sino hoy, el Estado ha podido llegar a alcanzar tal grado de intervencion.

La renuncia de los liberales a cuestionar la democracia ha sido la mejor coartada, que los nuevos mandarines, de los que habla Chomsky, nunca pudieron imaginar.

Bastiat

Juan, el problema no está en la incompatibilidad de la democracia con la libertad, sino en el hecho social de la acomodación de las distintas libertades individuales dentro del espacio comunitario.

El problema es definir qué es el espacio comunitario y a partír de ahí saber a qué atenerse en la limitación de la propia libertad individual y qué parcelas de la misma pueden estar intervenidas por el hecho social que son las estructuras creadas para su gestión.

La mejor manera, indudablemente es la democrática. Lo que ocurre es que no debemos cegarnos en que lo democrático, por definición, es lo justo, lo legal sino que es sólo un método para elegir qué hacer en determinados asuntos y con unos determinados límites.

No hay incompatibilidad cuando se saben y se respetan esos límites.

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