01/05/2007 - Berta García Faet
Contra la Declaración Universal de los Derechos Humanos
La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Aunque la idea no es nueva (véase el Código de Hammurabi, las Vedas, la Biblia, el Corán, los Analectos de Confucio y la Carta Magna inglesa de 1215), sí es una novedad su discurso whig, su vocación universal, su justificación pretendidamente científica, esto es, no consuetudinaria, y su pretensión de vinculación, que suponen un plus respecto a otras declaraciones que se ciñen más al ámbito nacional y que son de marcado carácter episódico.
La mayoría de las críticas que se le han hecho son indigenistas y, por lo tanto, no llegan al fondo del problema, que es su inmoralidad de justificar implícita o explícitamente en cada uno de sus artículos la expropiación y la redistribución arbitraria y veleidosa. Las apologías, falazmente, se centran en su "practicidad". Una de las más famosas es la de John Finnis, que apela a su privativa funcionalidad para crear las condiciones necesarias para el bienestar.
Sin embargo, pocos pensadores se dan cuenta de que estos "derechos" no son más que un error intelectual, filosófico, económico y moral fruto de una ingeniería social megalómana.
Los Derechos Humanos de la primera generación, según la polémica terminología de Karen Vasak, son los que defendemos los liberales en un contexto estatal: la libertad negativa y la representación política. El problema viene con los "derechos" positivos de la segunda generación (derechos económicos, sociales y culturales o derechos acreencia: seguridad social, salud física y mental, alimentación, vestido, asistencia médica, trabajo justamente retribuido) y tercera y cuarta generación (derechos de la solidaridad: fraternidad, medioambiente, paz, disfrute igualitario del patrimonio común de la Humanidad). Estas dos últimas generaciones ya no se refieren a la protección del individuo frente al Estado y frente a terceros; por el contrario, legitiman el robo y normalizan que terceros le paguen a uno todo lo considerado como "básico".
El error más grave de la Declaración es en el que puede caer cualquier Constitución democrática actual: ser socialista. Así, adolece de los típicos males: hace hincapié en la igualdad de oportunidades para la igualdad de resultados o, dicho de otro modo, justifica medios liberticidas para fines tan "nobles" que dan la impresión de relativizar esta agresión. Estos fines son, por lo demás, igualitaristas, antieconómicos y colectivizadores, ya que tensan los lazos que unen a los individuos hasta el máximo punto vejatorio y coactivo en que esos lazos no son lazos sino dolorosas cerdas que los atan unos a otros. No se contemplan los costes de su consecución ni tampoco que la aplicación de esos "derechos" frene la creación de riqueza necesaria para hacerlos posibles. Paralelamente se ignora que aplicarlos supondría incentivar el alza de la preferencia temporal y, por tanto, la descivilización, el parasitismo y la acidia creativa.
Pero no es éste el único error. La Declaración se contradice a la hora de asignar titularidad a los derechos, ya que en teoría son universales pero de facto se efectúa una serie de especificaciones redundantes (apelando a la "situación generalizada de discriminación social") que constituyen insolentes privilegios, sobre todo en cuanto a las penas, como los que se propugnan en la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación Racial (1969) y de Discriminación contra la Mujer (1981).
Por otra parte, se entiende que el fundamento de los Derechos Humanos es la natural dignidad del ser humano y, en tanto que ésta es irrenunciable, se declaran los derechos inalienables. Pero esto es un non sequitur de lo más obsceno: la dignidad humana, nuestra mera existencia, nuestra personalidad, sí es motivo suficiente para declarar el derecho natural de la propiedad, pero de ella no se deduce que no seamos libres, antes al contrario. La alienabilidad es irrenunciable.
Otro error es ignorar una de las leyes más básicas del sentido común: para consumir algo, hay que producirlo antes. Y la producción tiene una lógica a menudo alejada del sentimentalismo progre. No basta con proclamar que todos los niños tienen derecho a una educación. Antes la sociedad en la que sus padres se integran tiene que haber progresado lo suficiente como para poder renunciar a su fuerza productiva, invertir en su formación y darle una ocupación acorde posteriormente. Porque de nada sirve que los ugandeses aprendan gramática y biología si luego no pueden hacer más que cultivar café o vagabundear por la economía sumergida.
Pero naturalmente el error más peligroso de la Declaración es el de descomponer arbitrariamente el derecho de propiedad hasta el infinito, sobre todo porque ese infinito está incluido en la propiedad privada. Mises lo expresó así: "los principios del liberalismo se condensan en una sencilla palabra: propiedad; es decir, control privado de los factores de producción (pues los bienes de consumo tienen evidentemente que ser siempre de condición privada). Todas las restantes exigencias liberales derivan de tal fundamental presupuesto." El límite del bienestar y la felicidad que dan la propiedad privada no son la alimentación, la salud o el pleno empleo obligatorio; no hay más límite que el que podamos alcanzar mediante intercambios voluntarios.
En definitiva, esta Declaración supone un grave atentado contra la Praxeología que se permite apostar alegremente, no ya por la democracia cosmopolita, sino directamente por la colectivización. Esperemos que siga siendo papel mojado.
Opinión de los lectores
Excelente artículo. De hecho, no es sino cierto que la Declaración Universal de los Derechos Humano está cercana a convertirse en la nueva Fuente de Autoridad, al menos, en nuestra sociedad occidental.
Basta auto-regirse por la primera y hasta hoy mejor constitución del mundo, a años luz del resto:
..."que nadie se atreva a ocupar con violencia la cosa mueble o inmueble que otro posea; si lo hiciese restitúyala con el duplo al que sufrió la violencia". (art 10)
..."si i alguna autoridad judicial denegase justicia a un reclamante, o la dilatase maliciosamente, no haciendo derecho en el término de tres días, lo compruebe aquél por medio de testigos ante cualquiera de las autoridades judiciales inmediatas, de modo que conste la verdad; y oblíguese a la autoridad judicial maliciosa a pagar al agraviado el duplo de su demanda y el duplo de los gastos que hubiese causado con su maliciosa dilatación". (art 19)
(Carta Magna de León, 1189, Alfonso IX) (¿proto-Ancap?)
Forza, Berti.
Hacia el final de la segunda guerra mundial un cargo del gobierno británico afirmó: "ahora todos somos socialistas"; en cuanto al fondo de la afirmación estaba describiendo la realidad, estando el keynesianismo tan en auge como estaba. Sólo en cuanto a lo "estético" sus contemporáneos políticos le negarían el aserto. Diagnóstico: fatal arrogancia, de la buena: no de su acepción abusiva ancap, claro.
Uno de los "logros" del derecho humanitario ha sido el de obrar el "milagro" de relativizar los crímenes contra lo que podríamos identificar con la humanidad so pretexto de darles escrupulosa, y ambiciosa, condena legal. Esa legislación es la que obró el milagro de Ruanda: ese lugar donde según prestigiosos espantapájaros onusianos había "actos de genocidio" y no "genocidio": todo para tapar la infamia de la no-intervención a la que el sistema corrupto e ineficaz de la ONU conducía (igual que en Darfur: el veto chino pesa...). Del mismo modo tenemos a un montón de izquierdistas lameruzos que se dedican a llamar crimen contra la humanidad a cualquier cosa mientras se permiten ser frívolos hablando del Holocausto judío.
El positivismo jurídico, como señalas, es mucho más peligroso que el de base consuetudinaria: es evidente. Viendo, como digo, que la Declaración de los Derechos Humanos no ha conseguido terminar, ni ser instrumento para terminar, con las violaciones de los más ostensibles de ellos (el genocidio y otros) cabe preguntarse para qué sirve. La respuesta es que sólo como coartada de la creación de burocracia para el alimento de recomendados y haraganes: burócratas. Aún recordamos por estas tierras el periplo de un relator de la ONU que se hacía fotos con los okupas cuyo trabajo era estar de vacaciones perpetuas redactando "informes" cuyas conclusiones podría haberlas vislumbrado desde su casa, dada su calidad...
Me disgusta que emplees a Mises para justificar, a modo de entradilla, un esencialismo como el "no hay más límite que el que podamos alcanzar mediante intercambios voluntarios. " Claro que hay más limites a la propiedad que los intercambios voluntarios: están la justicia, la moral y la seguridad. No son poco importantes estos límites porque son precisamente los que marcan la diferencia entre el feudalismo y la sociedad abierta. La existencia de una declaración de DDHH con cargas estatólatras y socialistas no tiene que ver con un estado o imperio limitado, no ha lugar.
Salud y libre comercio
Thomas Hobbes, al principio de su Leviathan, recalcó que cada individuo tiene derecho a todo. No hace falta que cuente cómo fue derivando hacia su teoría justificadora del poder absoluto. Tenía razón, así, a priori. Es decir: todos tenemos derecho a todo, si se nos mira como individuos aislados que buscan maximizar su bienestar (sin necesidad de que este bienestar o su maximización sean expresables con una función matemática). Esto encierra la visión de la libertad de la izquierda, y de los antiliberales \\"de todos los partidos\\": que no existan restricciones a los individuos en sus deseos. Sucede que este concepto de libertad choca de frente contra la escasez inherente a la naturaleza y contra la complejidad característica de la sociedad y la economía humanas, derivadas asimismo de la naturaleza. Las cosas necesarias no abundan, y la mayoría de ellas deben ser obtenidas tras ímprobos esfuerzos. Curiosamente los antiliberales saltan del individuo (que son ellos y los que a ellos se sumen, declarándose grupo) a la colectividad. El Estado, visto como una gran chistera de mago de la que salen toda clase de bienes sin que exista coste alguno por ninguna parte, creados de la nada, se convierte en su referente. A él acuden, a obtener sus prebendas, a costa de toda la sociedad, para la que se convierten en pesado lastre. Cuando vislumbran que quizá lo que hacen es perjudicar a quien crea riqueza inventan un hombre de paja, al capitalista explotador y usurero, y se justifican de esa manera, creyendo que la riqueza que este crea va debajo de algún colchón o es tragada por algún agujero negro, en vez de revertir al \\"sistema\\". Así resulta que no están robando a la sociedad ni restando capital y riqueza a la misma, sino solo a los \\"priviliegiados\\" (cuando los privilegiados en realidad son ellos).
Todo esto que digo es en relación a esos derechos positivos que se expresan tanto en la declaración de los derechos humanos como en tantos otros papeles mojados de leguleyos irresponsables o profundamente ignorantes. Cuanto más se regale a costa del crecimiento y desarrollo económico a los \\"desfavorecidos\\" tanto más parasitismo paraestatal se creará, y tanto más pobre y lleno de borregos será un país.
Al final del proceso solo quedan ovejas para llevar al matadero.
Dijo Berti:
>El límite del bienestar y la felicidad que dan la propiedad privada no son la alimentación, la salud o el pleno empleo obligatorio; no hay más límite que el que podamos alcanzar mediante intercambios voluntarios.
Dijo Iracundo:
>Claro que hay más limites a la propiedad que los intercambios voluntarios: están la justicia, la moral y la seguridad.
En primer lugar, diría yo que los límites a que se refiere Berti no son los de la propiedad, sino los de los beneficios que esta proporciona; el máximo que pueden alcanzar, su tope.
En segundo lugar, con los límites que propones tú, Iracundo, cualquier socialista de cualquier partido (incluidos los socialistas de los partidos liberales, si hay algún partido liberal) debería estar más que satisfecho: no hace falta alegar nada más que la justicia, la moral y la seguridad para justificar cualquier atropello de la propiedad privada y de los intercambios voluntarios, y aun sobra. Tendrías que matizar algo.
Me parce que el no definir la justicia no da menos problemas que el definirla, que es básicamente lo que reprochas a los ancaps (a lo suyo lo llamas despectivamente "esencialismo", a lo tuyo no sé; ¿"existencialismo"?).
Señor Marzo: definir que la propiedad es un derecho absoluto del que se deriva toda noción de justicia es "esencialismo", sea esto peyorativo o no: doy a escoger.
El problema de la limitación liberal de las necesidades de justicia, moralidad y seguridad no es muy diferente al de delimitar una zona de paso en una calle: un paso de zebra. Para el ancap le resulta más provechoso obsesionarse con la arbitrariedad de fijar el paso en un lugar u otro y se preguntará, nos preguntará, insistentemente en dónde empieza y dónde acaba el paso de zebra: acabando por concluir que tal cosa es un imposible, o algo por el estilo.
Pero resulta que se tienen que llegar a acuerdos a nivel político acerca de esas cuestiones de justicia, moralidad y seguridad para que la sociedad funcione o que ésta "pueda" funcionar como una sociedad abierta. La omisión de tal clase de compromisos, que desde la óptica esencialista son imposibles o "injustos", desemboca en la muy espontánea imposición de los "derechos" de los unos sobre los otros. Lucha ésa, por cierto, que no haría sino confluir hacia esa resolución política, de un modo u otro, que los esencialistas no quieren ni abordar por cosa de no mancharse las manos.
Estimo que lo imposible no puede ser ético lo cual no quiere decir que estime ético todo lo que es posible, como apresura la crítica ancap ante mis críticas o usted mismo, señor Marzo.
Como he dicho me muestro de acuerdo en que la declaración de DDHH es socialista en sus posibilidades y consecuencias pese a ser socialdemócrata en sus intenciones (tampoco eran comunistas o socialistas quiénes la hicieron, no olvidemos). Pero esto, como también dije, es casi una cuestión estética: que es a lo que demasiadas veces se reducen las buenas intenciones. Pero no puedo aceptar que, como siempre, se cuele la crítica al socialismo como una crítica "al todo" del estado y su posibilidad de incardinarse en un modelo de ética.
Termino puntualizando que no me parece necesario tener un sistema ético completo para ver los errores de los otros y mucho menos para actuar y opinar en política. Recordemos la sabia afirmación de Pericles: "Pese a que no todos los ciudadanos pueden ser protagonistas de la política reconocemos que todos tienen derecho a participar de ella". Así se construyen entes políticos y estados liberales, no afirmando la inexistencia de la alternativa a un modelo ideal lleno de supuestos racionales de partida. Como no me cansaré de decir, por cierto, el "hombre" que esbozan los ancaps (ese que sólo precisa de "su" propiedad para actuar libremente en sociedad) es contrario a la evidencia científica. A ver cuándo se pronuncian sobre esto último en lugar de echar balones fuera hablando de "la misión de la psicología".
Salud y libre comercio