Hay un nexo entre el principio de no-agresión y el orden espontáneo. Desgraciadamente los defensores de la propiedad privada en base al primer principio no se llevan bien con los que la defienden en base al segundo. Los primeros acusan a los segundos de conservadurismo estatista, y los segundos a los primeros de constructivismo social. Deberían ver que una realidad no puede subsistir sin la otra: no sólo se evoluciona hacia el principio de no-agresión, sino que a la vez es este principio el que posibilita la evolución misma.
Tomándose en cada caso individualizado, la propiedad privada no es sino la otra cara del reconocimiento de un vínculo entre un bien particular y un individuo particular que debe ser perpetuado defensivamente. Esto no es otra cosa que el principio de no-agresión. Al mismo tiempo no denominamos a cualquier cosa como orden espontáneo, sino sólo a aquel orden complejo que se produce inintencionadamente como fruto de acciones individuales voluntarias no dirigidas, colectiva o parcialmente, a intentar diseñar el orden social. Pero resulta que los individuos actúan voluntariamente cuando sus decisiones son generadas y tomadas en forma autónoma. Cuando se suprimen todos los agentes autónomos, automáticamente es necesaria una fabricación centralizada de la sociedad, y, viceversa, una ingeniería social completa de la sociedad implica la supresión de la toma de decisiones individuales. La voluntariedad en la acción humana depende de la libertad exterior negativa, y ésta a su vez depende de que la toma de decisiones de cada individuo no sea agredida directamente. Esto significa que no debe darse ni alguna forma de coerción psicológica cuya raíz sería el inicio de la fuerza física invasiva, ni tampoco indirectamente a través de la amenaza del inicio de la fuerza física, o sea, de la amenaza de agresión. Pero esto hace dependiente al orden espontáneo de una noción de voluntariedad que, más allá de las discusiones sobre el libre albedrío y el determinismo, será siempre dependiente a su vez del principio de no-agresión. A mayor aplicación de este principio, mayor será la esfera de espontaneidad del orden que queramos "generar". Las postura liberal clásica hayekiana y la anarcocapitalista rothbardiana no deberían ser entonces mutuamente excluyentes, aunque postuladas como están es inevitable. Pero esto es así, creo, por algunos errores en las premisas que, como se ve, no están en sus postulados básicos, sino que por el contrario entran en contradicción con estos.
Creo que no habría que confundir cierto feudalismo contractual con el estereotipo que tiene la modernidad del feudalismo medieval occidental, como bien lo explica Hans-Hermann Hoppe en “Monarquía, democracia y orden natural”. El feudalismo puede o no ser contractual. Pero puede serlo. Y obviamente no hay verdadero contrato donde uno de los contratantes amenaza al otro con el inicio de la fuerza. Esto es cierto, pero tal amenaza no depende directamente de que los contratantes no tengan fuerza suficiente para aniquilarse mutuamente, sino de que la disparidad de fuerzas se use con ese objetivo. Ahora bien, así como se han elaborado muchos mitos sobre el desarrollo del capitalismo industrial (véase “El capitalismo y los historiadores” de Hayek, Ashton, Hacker, De Jouvenel y Hutt, y otros trabajos de estos autores: “La revolución industrial” de Ashton, “La contratación colectiva” de Hutt, o “El desarrollo de la economía en los Estados Unidos” de Hacker), también se han tejido otros tantos sobre el fuedalismo y el manorialismo. Como sea, si bien es cierto que las relaciones entre propietarios privados exigen que no medie agresión entre las partes, también es cierto que ha existido defensa de la propiedad privada mezclada con su supresión para individuos específicos, en ciertas áreas, o en todas, como es el caso de los diferentes grados de esclavitud. Pero la esclavitud, así como las formas menos contractuales de feudalismo, son relaciones de coerción o coacción, y por ende extraeconómicas. Defender el derecho de propiedad privada sobre un esclavo también implica el principio de no-agresión sobre el esclavista, pero implica a su vez que el principio de no-agresión se viola sistemáticamente para el esclavo, esto es, contra su derecho a la propiedad privada, esto es, a la defensa contra la agresión. No es la defensa de la propiedad del esclavista contra otro individuo la que posibilita la esclavitud, sino la posibilidad de institucionalizar la agresión, sea socioculturalmente y por vía consuetudinaria, y/o políticamente y por vía del Estado. El hecho mismo de que el esclavista requiera un título de propiedad significa que no tiene dominio sobre la sociedad de la cual necesita un reconocimiento. Su poder también está subordinado al mercado; el problema es que los esclavos están excluidos del mismo por no ser considerados humanos con derecho a la propiedad privada, y por ende libres y autónomos. Pero debe recordarse la crucial diferencia con respecto a los feudalismos de Estado y las esclavitudes colectivistas asiáticas, cuyas instituciones se sostenían enteramente por la violencia sobre la sociedad, y las posesiones se dirimían no por derechos de propiedad sino por las disputas públicas dentro del poder político y en última instancia según la fuerza bruta disponible.
Por todo esto, cuidado con las confusiones: no es lo mismo una propiedad privada feudal sobre las armas que una propiedad pública. La segunda es, por lejos, mucho peor y ha llevado, sin necesidad de llegar al socialismo, a un estatismo gracias al cual por primera vez en la historia el oficio de las armas se volvió una extensión directa del poder, burocratizada en términos weberianos, y por ende sometida a la tragedia de los comunes debido a la cual cada Estado luchó –y triunfó- en su absorción de la sociedad civil: con los estados-nación ahora se podía usar de los ciudadanos como carne de cañón para el servicio militar, y siendo todos empleados públicos no tenían interés directo en cuidar o pelear por sus conquistas excluyendo al resto y haciendo de la defensa una elite, sino en conseguir más reclutas por la fuerza (nadie resumió esto mejor que Bertrand de Jouvenel en “Sobre el poder”). Tampoco es lo mismo poner entre comillas una relación que podría no ser enteramente voluntaria por ambos contratantes, como en el caso de cierto feudalismo, como cualquier otro tipo de relación en el mercado. A menos, claro está, que, como los marxistas, consideremos que puede haber una "coerción económica", no violenta, además de la coerción extraeconómica propia de los otros sistemas económicos: asiático, esclavista, feudal -el cual en realidad no existe porque el feudalismo es una forma de defensa, la producción fue, bien agrario-manorial, bien artesano-corporativo, ambas formas parasitadas o reguladas de capitalismo preindustrial y por ende preproletario-, que no llamo "modos de producción" porque en realidad el hecho mismo de la producción y el trabajo depende del manejo empresario del capital el cual, como el mercado de precios y salarios, es ahistórico. Burguesía y economía son, en realidad, sinónimos (espero no tener que aclarar que los burgos son casi precapitalistas, y que llamar ya burgués a un capitalista y/o empresario industrial del siglo XIX es un disparate, con lo cual la definición que estoy usando es amplia)
En resumen: sin que medie coerción o coacción, en un marco social de división del trabajo, los agentes individuales de una sociedad sólo pueden proponer los propios fines individuales a cambio de satisfacer otros fines individuales. A menos, claro está, que pretendan hacerse apropiarse de toda la sociedad y por ende hacerse cargo de ella y organizarla (ser socialistas), o apropiarse de parte de sus intercambios y parasitarla (ser estatistas). Y esto es así porque los individuos difícilmente pueden ser unidades autosuficientes, y sus potencialidades creativas sólo pueden volverse en acto en un marco, primero gregario y luego social, que desarrolle una formación cultural evolutiva. Es decir, la sociedad, en sus márgenes no estatizados, es producto de acciones individuales que no planifican pero espontáneamente generan un orden, el que a su vez, por su existencia, posibilita el desarrollo del lenguaje y la cultura y, por su adaptación institucional a los fines individuales, posibilita la creación de dichos fines personales. En la medida que la sociedad, que siempre fue producto espontáneo evolutivo de las acciones interpersonales, subordina los fines individuales a un constructivismo colectivo, cesa de evolucionar. Los tribalismos colectivistas, y los "modos de producción asiáticos" -como los llamara Marx-, son la prueba.
Cabe agregar que los Estados son unidades, que más que menos, "esencialmente" autosuficientes -en términos de la filosofía política clásica, antigua pero mucho más madura que la moderna-. No forman parte de ninguna división del trabajo, con lo que sus acciones intencionadas no producen un orden social inintencionado que sea a su vez la base en la cual subsisten como unidades individuales. De hecho las relaciones socioeconómicas se dan mayormente entre los individuos de los diferentes estados más que entre los estados mismos, que, como mucho, podrán comerciar tal o cual cosa pero cuyo intercambio no será connatural a su existencia. En cualquier caso, el poco orden espontáneo que se genere será por fuera de los estados, no dentro. El orden espontáneo dentro de los estados depende de las posibilidades que den esos estados a sus miembros, y en tanto lo hacen reducen su esfera de actividad dando espacio a lo que llamamos sociedad civil. Ahora bien ¿qué sucede con las unidades individuales dentro de los estados? Pues bien, son unidades sociales cuyos fines individuales se orientan en relación con otras acciones individuales. No se comparan con los estados porque no son unidades armadas que pudieran generar micro-estados menores autónomos en conflicto (de hecho las unidades armadas con pretensiones de no subordinarse al marco espontáneo del mercado son las que dieron origen a los estados, hecho más que probable en economías de poco intercambio y bajo grado de especialización en la división del trabajo). Al no serlo, no pueden imponer sus fines individuales sistemáticamente al resto (lo cual a la larga requeriría que el agente agresor se convirtiera en jefatura responsable de una comunidad organizada y por ende en un Estado). Las mafias, a diferencia de las guerrillas, son productos casi reactivos del Estado, semi-estados y anti-estatales, que pretenden un espacio de monopolio de la violencia pero no lo exigen completamente, ya que no pretenden planificar el espacio de la sociedad en la que actúan. Son un producto de la prohibición (sea la que un día fue la “ley seca” en USA u hoy la prohibición de la venta de estupefacientes), prohibición por parte del Estado de relaciones interpersonales en las que no se involucra el inicio de la fuerza o la amenaza del inicio de la fuerza. O sea, la prohibición violenta de relaciones contractuales, en vez de la prohibición violenta de relaciones violentas. Estas últimas se definen por la subordinación necesariamente violenta de los recursos mediante la subordinación de unos fines individuales de base en medios creados por éstos, a los fines de otros individuos que no los crearon.
En pocas palabras, las mafias son una adaptación al mercado, por fuera de la ley. El Estado entra en conflicto con el orden espontáneo, y el orden espontáneo genera sociedades armadas conflictuales, pero cuyo único fin es combatir el espacio coactivo del Estado en una esfera particular. Al servir al mercado, estas sociedades reciben recursos para subsistir mediante la violencia, que fácilmente pasa de ser defensiva a agresiva, pero que no tiene por naturaleza la intención ni la capacidad de reemplazar al Estado, y cuya existencia se subordina, en última instancia, a cierta demanda insatisfecha del mercado por culpa de las restricciones del Estado.
Mises tenía un gran aprecio por la postura de Rothbard así como por la de Hayek, y no sé si más por la del primero. Mises no llegó a aceptar la idea de abolir el Estado, pero su rechazo de la anarquía -casi entendida como caos- partía de la creencia en que no había otra forma de evitar una violencia mayor que con una violencia menor plausible de ser monopolizada. Más precisamente, su razón era la creencia de que la defensa, esencial para el mercado, era un bien público cuya naturaleza era la administración burocrática contra la administración empresarial. Su espacio era ése y sólo ese, cosa que explica con bastante claridad en “La burocracia”. Como fuera, sería un falacia no formal considerar que no se puede ser a la vez ancap y miseano -en el sentido del pensamiento general de Mises como se presenta en La acción humana- sólo porque Mises no era anarcocapitalista. Si no lo es el hecho de que se puede buscar premisas de base aristotélica o de la hermenéutica husserliana para sostener la praxeología aunque su base originaria fuera neokantiana, menos lo va a ser un detalle como éste.
En fin, que realmente no puedo creer que se estén peleando. Todos están en contra del inicio de la violencia y en base a la naturaleza defensiva de la propiedad privada defienden esta noción extendiéndola a la apropiación. Pero los anarcocapitalistas, con razón, le dicen a los liberales clásicos que incluso el Estado mínimo inicia la violencia, ya que para asumir el rol de agencia única de defensa presupone que la defensa es un bien público y que por ende no puede ser subordinado al mercado sin evitar el problema del free-rider, lo que se solucionaría violando el principio de no-agresión, que es la base misma del orden espontáneo, para... poder sostener la defensa del orden espontáneo. Y resulta que aceptar como solución que, no pudiendo los individuos decidir no tener un Estado, la imposición de éste se volvería voluntaria para los individuos mediante la participación colectiva en una sociedad con una constitución republicana… ¿cómo se vigilaría? Siendo protegida por un Estado democrático… un Estado democrático vigilado a su vez por una constitución republicana. La última palabra podría estar entonces en élites o en la masa, pero nunca en los individuos mismos. Por ende esta misma idea sería potencialmente autocontradictoria con los principios mismos del liberalismo clásico.
Ahora veamos qué pasa del otro bando. Los liberales clásicos, también con razón, le dicen a los anarcocapitalistas que la violencia preexiste al Estado, y que no hay forma de establecer un sistema de contratos pacíficos entre los individuos sin un marco común legal. Por ende si no se contempla una forma evolutiva de adaptación de la violencia al mercado, según la cual todas las propuestas de tipo rothbardiano se vuelvan provisionales y giren alrededor sólo del principio de no-agresión, entonces se requeriría un modelo utópico de sociedad sin Estado, y eso sería reconocer que habría que rechazar la idea de orden espontáneo, y, siendo su base el principio de no-agresión, esto sería ir contra los mismos principios de voluntariedad en las relaciones interpersonales del anarcocapitalismo.
¿Dónde está el error? Si se fijan bien en ningún lado. Se desorientan por la perspectiva, cuando deberían aprovecharla orteguianamente: los liberales clásicos confunden marco común con público, por lo cual no pueden imaginar uno en un sistema de agencias de defensa privada subordinadas al egoísmo racional objetivo del respeto a la propiedad ajena en función de los beneficios del mercado (conviene comerciar a conquistar además de que la ley hace un feedback con el mercado), y los ancaps confunden Estado con socialismo y su supresión con la abolición de toda violencia y con la perfección de la naturaleza humana, por lo cual casi parece no pueden diferenciar a Singapur de Corea del Norte, y así terminan perjudicando, por ejemplo, una política exterior esencialmente no estatista, que sólo aumenta el poder geopolítico de un Estado mayormente liberal y conservadoramente delimitado, en beneficio de diversos totalitarismos nacionales militarizados que extienden el estatismo por vías terroristas o populistas.
La síntesis liberal, creo, está en la naturaleza de la propiedad privada. Por eso no se trata de buscar la abolición del Estado, sino su absorción ordenada por parte de la sociedad civil, mediante las mismas fuerzas del mercado. Si su naturaleza era contradictoria con el mercado o no lo era, se probará evolutivamente. No hay por qué desesperarse en un sentido o en el otro. La solución se hace en función de la propiedad privada, y por eso la postura debe ser antes que nada privatista. Si este principio se perjudica, se retrocede y se busca una solución mejor, y se sigue adelante. El principio de no-agresión y el orden espontáneo son aquello "social" que no cambia en el cambio, pero que hacen el cambio creativo "interpersonal" posible, esto es, la fórmula que hace posible la sociedad abierta como la percibieron Henri Bergson y Karl Popper. En pocas palabras: evitar el dominio del poder en las relaciones humanas mediante una ley general contra la violencia.