2005 Instituto Juan de Mariana
El Instituto Juan de Mariana gana el Fisher Venture Grant, un programa para apoyar los think tanks jóvenes
.
Instituto Juan de Mariana
Reducir tamaño de letra Aumentar tamaño de letra

Comentarios

Portada - Comentarios - Un club obligatorio de egoístas

14/05/2007 - Francisco Moreno

Un club obligatorio de egoístas

 "Una afección tan noble [la generosidad], en lugar de hacer al hombre más apto para las sociedades de superior tamaño, es casi tan contraria a ellas como el más estrecho egoísmo."

(D. Hume, Tratado, III, ii, sec. 2ª)

El Estado del Bienestar es un club en el que no rige el principio liberal esencial de adhesión voluntaria, al decretar su incorporación obligatoria para todo el que se mueva por su jurisdicción. El espíritu obligatorio de este club es justamente lo contrario, pongamos por caso, al cooperativismo, uno de los mecanismos asistenciales más interesantes, previo al Estado Providencia y verdaderamente solidario, surgido del movimiento obrero.

El Estado del Bienestar, por su carácter esencialmente masivo y coactivo, hace a las personas ser más egoístas de lo habitual; es uno más de los numerosos efectos indeseados del mismo. Digamos que produce egoísmos y barreras artificiales que no se darían con tal intensidad de no existir dicho club "generoso". Veamos las más llamativas:

  • Barreras de entrada a los inmigrantes. Los que han sido forzados a colaborar en este supuesto club solidario resulta que no ven con buenos ojos a los recién llegados que se benefician de él pero que no han participado en sus cargas. Esta reacción es muy lógica. El recelo de muchos ante la inmigración tiene, por tanto, una de sus causas en la existencia del Estado del Bienestar.
  • Barreras de entrada a inversiones extranjeras. Se necesitan "campeones nacionales" para que las sedes de empresas "estratégicas" (léase con buenos flujos de caja) se hallen en suelo patrio y así facilitar la necesaria financiación de los gestores de dicho club. De esta manera se administra con mayor comodidad el corral fiscal y se impide que parte de los beneficios de estas corporaciones se vaya a sufragar otros clubes del Bienestar.
  • Barreras de entrada a productos extranjeros. Los aranceles, las medidas antidumping y las restricciones a las importaciones no son más que burdas medidas para impedir que ciertos productos confeccionados fuera de los costosos estándares del Estado del Bienestar puedan competir con los producidos dentro dicho club forzoso; dificultando, de paso, el deseable desarrollo de los trabajadores más pobres en el exterior.
  • Barreras de entrada al mercado laboral. Los sindicatos fuerzan la mejora de todas y cada una de las condiciones laborales de los que ya tienen trabajo a costa de hacer mucho más difícil la entrada de aquellos que no lo tienen al carecer de la productividad marginal necesaria para ser merecedores de esas "mínimas" conquistas sociales. También unos costes laborales improductivos consecuencia de excesivas regulaciones del mercado laboral de este club de egoístas detraen inversión en capital, lo que supone una barrera segura a la subida natural de los salarios que van asociados a la mejora de la productividad.
  • Barreras de entrada a los no nacidos. Constato que el pensamiento progre, el Estado del Bienestar y el aborto van de la mano. A esto habría que sumar el movimiento contrario de "salida forzosa": ciertas malas prácticas médicas de eutanasia no solicitada por el afectado o sus allegados para "aliviar" los crecientes pagos comprometidos del club del Bienestar.
  • Barreras de salida a jubilados. Las edades de jubilación y años de cotizaciones que den derecho a pensiones máximas a cargo de la Tesorería de la seguridad social se van estirando con el tiempo a medida que no les van saliendo las cuentas a los gestores del club.
  • Barreras de salida a empresas. El clan del Bienestar sale muy caro y toda salida de verdadera riqueza se intenta interesadamente frenar desde los poderes públicos, con la excusa de haberse beneficiado el asociado de ciertas exenciones fiscales o ayudas estatales. Las subvenciones, primero, y los impedimentos a las deslocalizaciones posteriores son un círculo vicioso insensato. Otra barrera de salida indirecta sería la armonización fiscal de bases o tipos de impuestos entre estados para impedir que las empresas encuentren su óptimo tributario en otro sitio y se larguen de donde están.
  • Barreras de salida a naciones de un mismo Estado. La asunción básica de todo socialdemócrata es que cuanto mayor sea el Estado mejor se garantizará la "justicia social". El Estado del Bienestar, por tanto, es uno de los frenos más importantes para la pacífica secesión o desagregación voluntaria de unidades nacionales dentro de un mismo Estado.

Todas estas actitudes son signos claros de egoísmo o de recelo sobrevenido. Con un desmantelamiento importante de este club forzoso ya no nos asustarían la entrada de productos o inversiones extranjeras (las veríamos como lo que realmente son: riqueza), ni la llegada de inmigrantes o de nuevos nacidos a la sociedad (pues constataríamos con normalidad que, a su debido momento, trabajan para conseguir su sustento sin aprovecharse de nadie), ni la saludable flexibilidad del mercado laboral (con menores cargas sociales subiría la productividad y, por tanto, los salarios de todos los trabajadores), ni la salida del mercado laboral cuando a uno le venga en gana (al haber contratado un plan privado a su costa), ni nos opondríamos a la marcha de empresas al exterior (pues entenderíamos que buscan su beneficio y que el facilitar su salida implicaría allanar la llegada futura de otras), ni nos horrorizaría "la salida" pacífica de naciones de un mismo Estado (sin la existencia de un estado asistencial y teniendo los individuos aseguradas privadamente sus coberturas básicas, no existirían esos recelos tan grandes que hoy se perciben ante propuestas de secesión; siempre, claro está, que sean por vías pacíficas y sin atropello de las libertades individuales).

Las diferentes caras del socialismo y su hijo pródigo, el Estado del Bienestar, conducen fatalmente a todo tipo de proteccionismos. El que se haya interesado un poco por el liberalismo, es decir, por tomarse en serio la institución del mercado, sabrá que, desde sus inicios, viene defendiendo la desaparición de éstas y otras muchas barreras.

Y luego la sociedad cerrada y sus amigos acusan al liberalismo de dar rienda suelta al egoísmo ¡Qué sarcasmo!

 

Opinión de los lectores

Demian

Este análisis me parece forzado y por ello tendencioso.

En primer lugar no todo el mundo concibe negativamente la entrada de inmigración. Y no son precisamente socialdemócratas. Buena parte del pensamiento libertario es multiculturalista y no comulga precisamente con el estatalismo.
Por otra parte, estoy de acuerdo en que el estado del bienestar tal y como está planteado actualmente está obsoleto.

Es evidente la necesidad de su reforma y ésta debe tender hacia el retorno de la soberanía a los ciudadanos que ya empezamos a ser mayorcitos y nos hemos emancipado del poder.

No obstante, creo que el liberalismo choca con una evidencia que en mi opinión le resta aceptación social.
La historia demuestra que no siempre todas las personas han estado en igualdad de condiciones con ausencia de coacción para labrarse un futuro con el aprovechamiento de su propio esfuerzo personal.

De hecho el liberalismo surge como tesis política para romper este abuso de poder por parte del absolutismo.

En mi opinión el liberalismo se olvidó de permitir un periodo limitado de corrección para rectificar aquellos abusos que sufrían las gentes que no podrían por sí mismas salirse de esta dinámica negativa.

En este sentido entiendo que la aparición del estado del bienestar no como redistribuidor de riqueza ni planificador económico pero sí como un corrector de desigualdades no naturales sino producidas por coacción ha sido necesario.

En las cuestiones económicas estoy de acuerdo. Cada día más los estados son un impedimento para la creación de riqueza. La interminable burocracia española que te asalta cuando quieres montar una empresa no tiene nada que ver con la redistribución de la riqueza. Al contrario, es privativa de ella. Igual pasa con las pensiones.

Pero no me parece admisible mezclar aquí la inmigración. Yo creo que es más un problema cultural que no económico pero este es otro tema.

Yo creo que habría que mantener un estado mínimo con ayudas a las situaciones de desigualdad más extrema. Quizá el cheque escolar y el cheque sanitario serían unas buenas alternativas.

Moreno

Demain, muy interesantes todas tus reflexiones.
Tan sólo matizaría tu afirmación de que la inmigración nada tiene que ver con el Estado Providencia: de continuar los flujos migratorios, como es muy previsible que suceda, el rebrote de la xenofobia en las sociedades occidentales tendrá un caldo de cultivo asegurado con la actual situación de callejón sin salida en que se encuentra la previsión social de modelo socialdemócrata. Por supuesto que el recelo al extranjero es algo cultural como indicas, es más, diría que es incluso atávico en nuestras mentes de primates pero, en mi opinión, las políticas favorecedoras de un estado asistencial universal fomentarían dicha inclinación atávica de rechazo a la inmigración, en vez de aminorarla (es una de sus causas actuales, no sólo la única, ni siquiera la principal). Pensemos que si no nos caen bien los free-riders, si éstos además vienen de fuera, es más leña al fuego para las aberrantes demagogias racistas. Además una economía maniatada por los excesivos costes del Estado del Bienestar que no puede competir adecuadamente ante el fenómeno de la globalización puede fomentar guetos de inmigrantes sin trabajo radicalizados y violentos (pensemos en los raids de numerosas ciudades francesas de hace muy poco cuando Sarkozy estaba sudando la camiseta de Interior). Lo veo francamente como un círculo muy poco virtuoso (y el estado asistencial colabora en ello pese a que sus intenciones sean otras, guste o no reconocerlo).

El coste de la asunción por parte de los poderes públicos de la provisión de los servicios sociales es muy grande, son efectos no deseados evidentes: aumento constante del gasto social agregado, crisis gerencial y de financiación, congestión institucional (aquí, además, con la participación creciente de las CC AA en las competencias de asistencia social), elevada presión fiscal generalizada para su mantenimiento, permanente degradación de servicios sociales, descapitalización de empresas, pérdida de competitividad galopante, etc. todo ello son indicadores de que el modelo actual se ha agotado (los poderes públicos parecen no darse por aludidos, recordemos que en ciernes está el costosísmo desarrollo futuro de la Ley de dependencia).
Luego están los efectos no deseados que no son tan evidentes y que he intentado resaltar: promover cierto egoísmo o proteccionismo como hago en el presente comentario, pero también desincentivar la asunción de riesgos, favorecer la inmadurez psicológica de las personas, impedir el desarrollo del verdadero altruismo organizado (y voluntario), multiplicar personas estado-dependientes, guiar mal en la asignación de recursos o inversiones empresariales de forma poco productiva, etc.

El Estado no ha dejado de intervenir en áreas que nos les son propias desde finales del siglo XIX: la enseñanza estatal laica y obligatoria se instala en casi toda Europa de forma progresiva en el último tercio del siglo XIX. Curiosamente, la instrucción militar obligatoria fue impuesta también por los Estados europeos precisamente por esos mismos años. La Provisión social no podía ser menos y la primera manifestación reconocida de la Seguridad Social se produce con el inicio de los seguros sociales en 1881 en la Alemania de Bismarck. Este político fue uno de los diseñadores sociales más hábiles que ha habido en la historia. Bismarck y toda la élite prusiana de fines del XIX fueron unos decididos intervencionistas conservadores, es decir eran paternalistas hacia el súbdito, especialmente el obrero, pues lo que querían preservar, sobre todo, era el orden y la obediencia en las fábricas, en el trabajo, en las escuelas, en la guerra... (nuestros estados actuales son herederos de ese estado positivista e interventor que surgió en aquella época).

En España, a diferencia del modelo redistributivo y socialdemócrata que surgió en buena parte de los países occidentales tras la 2ª GM, se consolidó el Estado del Bienestar con el corporativismo de corte falangista y franquista amén de sus “obras sociales”. Las leyes sociales diseñadas centralmente desde las instancias del franquismo en la década de los 60 y, sobre todo, la Ley de Bases de la Seguridad social de 1963, supusieron la suplantación de la actuación de las incipientes compañías de seguros privadas en materia de previsión social (capitalización) por el sistema de reparto simple (mera transferencias masivas de rentas) tutelado por el estado franquista, con creciente gastos en prestaciones que supuso la Ley de Seguridad Social de 1972 (curiosamente la Ley general de Educación es de 1970) y el impulso de la universalización de las prestaciones sociales a partir de los Pactos de la Moncloa de oct. 1977. La práctica universalización del servicio sanitario en España se produjo a finales de los 80.

A comienzos de los 90, ante la espectacular subida de los gastos sociales del estado español, se empezó a hablar tímidamente de la parcial privatización de la asistencia sanitaria (Comisión Abril), también antes se empezó a hablar del cheque escolar al que haces mención en tu post, pero se juzgaron medidas excesivamente liberales y acabaron en el sueño de los justos (siempre el político electoralista de turno posponiendo lo ineludible).

La reducción del tamaño descomunal de la seguridad social, así como de la de su inseparable flujo masivo y no voluntario de rentas, no sólo es saludable sino que es una cuestión vital para la economía. Coincido contigo con que el estado asistencial debe existir como algo mínimo o residual (tal vez para un 3-5% de la población), pero implicar universalmente en sus prestaciones a toda la población de forma coactiva es una desproporción. El estado debe alejarse de aquellas actividades que suele desempeñar mal.

Pero sobre todo, debe existir la posibilidad de elección del individuo en su propia planificación asistencial presente o futura entre la opción de prestación pública o la privada, debe primar esta opción sobre cualquier otro diseño coactivo y centralmente planificado: el caso de la existencia de dicha posibilidad de elección de las pensiones en el Chile de hoy es un ejemplo muy ilustrativo para cualquiera que quiera introducir un poco de racionalidad en este asunto.

Cordial saludo.

© 2005-2012. Instituto Juan de Mariana. Todos los derechos reservados.