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Portada - Comentarios - La democracia y la lucha por la libertad

20/09/2007 - José Carlos Rodríguez

La democracia y la lucha por la libertad

Se ha hecho famosa la idea de Karl Popper sobre la democracia según la cual su mayor virtud es que ofrece la capacidad de cambiar de Gobierno sin violencia. Ciertamente es una idea cargada de cinismo y realismo al mismo tiempo. Quizá jamás se haya dicho nada tan cierto y favorable a la vez sobre el sistema democrático. Dice el filósofo:

La democracia no se puede caracterizar por completo como el gobierno de la democracia (), pues una mayoría podría gobernar de un modo tiránico. En una democracia los poderes de los gobernantes han de estar limitados. En una democracia, los gobernantes (esto es, el gobierno) pueden ser expulsados sin derramamiento de sangre.

No se puede decir mucho más en su favor. Pues, estrictamente hablando, y como comienza a sugerir en las primeras palabras de esta cita, hay una contradicción esencial entre el principio democrático y el principio de la libertad. Según el primero, el mayor número decide. Según el segundo, cada individuo decide sobre sí mismo y lo que le pertenece, sin ninguna intervención de un tercero que no sea asumida y aceptada. Si Pedro y Juan deciden que Ana debe dedicar la mitad de su trabajo a ellos, la situación será perfectamente democrática, pero no tiene lugar en una sociedad libre.

Si observamos el sistema democrático desde una perspectiva histórica, su explicación a la vez más sucinta y certera es la teoría de la difusión del poder de Powelson; esto es, la idea de que los diversos grupos sociales se han visto forzados, en determinadas sociedades, a llegar a acuerdos, a compromisos entre sí para alumbrar un sistema político que, si no les daba el poder absoluto, al menos les acogiera. La generalización de ese proceso ha llevado a la recuperación del ideal democrático, primero con una base social de propietarios y luego con el sufragio universal.

Poco a poco el ideal democrático ha ido ganando terreno y el de la libertad se ha visto más y más comprometido. Ya no somos una comunidad de hombres libres, sino una sociedad que elije a unos representantes que dictan normas para todos. El liberalismo ha intentado refrenar el poder mediante constituciones, pero como reconoce Friedrich Hayek ese camino ha resultado en fracaso. El poder siempre avanza y sólo necesita revestirse de democracia para hacerlo. De hecho, una de las consecuencias más negativas de la democracia es que otorga un halo de legitimidad a un proceso, el político, que es esencialmente injusto.

Básicamente hay dos formas de producción, la económica y la política. La primera es la que tiene como base la propiedad y el libre intercambio y la segunda la extracción coactiva por parte del Estado. La democracia fomenta esta última, ya que el discurso político se desplaza hacia la cesión de renta o riqueza a grupos lo suficientemente mayoritarios, organizados o poderosos como para sacar partido del proceso. Cada avance en ese sentido, además, acrecienta el poder de quienes están en el Gobierno.

Frente a todo ello no es que la sociedad esté totalmente inerme. Es cierto que hay enormes dificultades para ejercer un control efectivo del poder. En términos estrictamente democráticos, sólo cabe votar cada cuatro años. Pero como lo que se elige es a representantes o partidos políticos, sólo se pueden "comprar" paquetes enteros, sin poder rechazar una parte de los programas. Y eso una vez cada cuatro años, no a cada momento, como en el mercado.

Pero eso no quiere decir que no quepa hacer nada. Por supuesto que se puede favorecer un cambio político que lleve a una reforma constitucional más liberal. Los propios cauces abiertos por lo que reste de Estado de Derecho son perfectamente válidos. Pero hay que ir más allá, aunque en este aspecto sólo quepa confiar (¿quién se lo reprochará a los liberales?) en el esfuerzo individual y en el de los grupos creados por la sociedad civil.

Es necesario tomarse las libertades por la propia mano, estén reconocidas por la legislación o no. Cada cual debe juzgar hasta dónde se puede llegar, pero el derecho a la objeción de conciencia, a la revuelta civil, a ignorar el Estado nos pertenece a todos. Y el uso, la costumbre, sigue siendo una fuente importante de presión política. No la desaprovechemos.

 

Opinión de los lectores

Jubal

El artículo es interesante y aborda un tema tan importante como la contraposición entre libertad y democracia. No obstante, me gustaría hacer una matización respecto a la frase "básicamente hay dos formas de producción, la económica y la política." La producción propiamente dicha solo puede ser económica. La distinción que el autor hace tiene su origen en el sociólogo alemán Franz Oppenheimer, quien dijo no que hubiera dos formas de producción, sino dos formas de satisfacer las necesidades humanas: la económica, que es la única realmente productiva, y la política, que consiste en apropiarse por la fuerza de lo producido por otros. De aquí se sigue que la clase política es crimen organizado. Lástima que la mayoría de la población padezca de una especie de síndrome de Estocolmo que les ciega ante tal realidad.

pardiez

Reconozcamos que en para el ciudadano es mas comodo decir "me roban" que "he fracasado". Esto le exime de la responsabilidad y eso es muy, pero que muy goloso.

No veo una españa liberal como no veo una españa de personas adultas.

Y es una pena porque en un pais de personas sin etica, necesitar de politicos es ponerlo facil a las malas personas.

Jubal

Pardiez: no termino de entender qué quieres decir exactamente en la primera mitad de tu mensaje. Es cierto que vivimos en un sistema político que promueve la irresponsabilidad; pero esa mayoría de la población que abraza la cultura de la irresponsabilidad no tiene elementos en común con la pequeña minoría que somos conscientes de que la clase política es crimen organizado que regenta un "negocio" de robo sistemático y generalizado ("negocio" que opera con la aprobación de esa mayoría sumida en la cultura de la irresponsabilidad). Por tanto, la disyuntiva que planteas entre decir "me roban" o decir "he fracasado" no me parece adecuada. Más bien debería ser sustituida por la contraposición entre decir "debo asumir la responsabilidad sobre mi vida y mis decisiones (y he de hacer lo que esté en mi mano para impedir que los políticos y otros delicuentes sigan robándome)" o decir "el gobierno debe asumir la responsabilidad sobre mi vida (y la de todos), decidir por mi (y por todos) y darnos muchas subvenciones, ayudas y cheques-bebé (para lo cual es lícito que los políticos sigan robando a mi vecino y a mí mediante los impuestos y la inflación)". En otras palabras, la contraposición está entre la mentalidad responsable de las personas libres y la mentalidad irresponsable e infantiloide de las personas que, en el fondo, aunque posiblemente no se dan cuenta, quieren ser esclavas del Estado y que los demás también lo sean (de esto, posiblemente, sí que se den cuenta, pero no les importe).

Hilario Ideas

La democracia no puede funcionar si no se aceptan las reglas condensadas en la Constitución. Aquí surge un problema: ¿qué ocurre con los partidos antidemocráticos? Los partidos comunistas y socialistas, de vocación totalitaria, han disfrutado y disfrutan de las libertades democráticas pero, para éstos, sólo resultan aceptables cuando no están en el poder. La democracia descansa en el supuesto de que la mayoría de los ciudadanos no votará a un partido contrario a las libertades, pero no siempre ha ocurrido. Hitler obtuvo el poder democráticamente afirmando que no iba a eliminar la Constitución, sino a interpretarla de manera más “profunda” (más “generosa”, dirían otros ahora). Pero el poder en manos de un partido antidemocrático no es el único peligro. Un partido moderado puede dejar de serlo una vez en el poder, puede abusar de éste, vulnerando los derechos y libertades fundamentales. Esa tentación alcanza, con más o menos intensidad, a todas las fuerzas políticas. La oposición debe impedir que el abuso llegue muy lejos, pero el partido gobernante tiende casi siempre a usar su superioridad de medios para reducir a la impotencia a toda oposición.

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