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Portada - Comentarios - Todos somos liberales

17/10/2007 - Berta García Faet

Todos somos liberales

Hay quien dice que es una buena noticia, pero puede resultar irritante que en nuestros días todo el mundo se proclame liberal y que, paralelamente, no seamos capaces de trazar una línea clara en la Historia del Pensamiento que permita situar y discriminar a los autores en base a su validez actual. Pero lo cierto es que esta contradicción tiene un sentido politológico muy claro: por una parte, desde que cayera el muro de Berlín y desaparecieran las ideologías –tal y como las conocimos durante la Guerra Fría, y en especial la marxista– los agentes políticos, que tienen que calificarse para publicitarse, sólo pueden recurrir al único adjetivo que sobrevive, si no inmaculado, sí rodeado de un halo de legitimidad mínimamente positivo: "liberal". Por otra parte, la omnipresencia del término se debe a su universalidad y a su relativa polisemia: el liberalismo, a pesar de sus muchas corrientes y matices, es en esencia lo contrario al Antiguo Régimen entonces y lo contrario al totalitarismo ahora, y así es como se percibe en las culturas políticas occidentales.

En sus orígenes el liberalismo fue una reacción apasionada, abanderada por la burguesía, a la última etapa del feudalismo, la de las monarquías absolutas del Antiguo Régimen, una sociedad que el politólogo Joan Antón ha resumido en ocho adjetivos: feudal, pesimista, antiindividualista, dirigista, teocéntrica, corporativista, hiperreligiosa y estática. La filosofía liberal –porque entonces sólo era una filosofía– era todo lo contrario: reivindicaba una nueva cosmología, un nuevo concepto de hombre autónomo, autoperfeccionable, igual jurídicamente a todos los demás y poseedor de una riqueza material que es símbolo de servicio social. Pero a partir de la explosión y universalización de estas ideas ilustradas surgen distintas corrientes que dan lugar a filosofías hoy tan dispares como puedan ser el "neoliberalismo" y el Estado del Bienestar. Viniendo de unas mismas ideas, ¿dónde situamos su definitivo desencuentro?

Para nuestro análisis consideraremos fundamentalmente tres variables: libertad (sea negativa o positiva); ideas antropológicas, sociológicas y filosóficas ilustradas (especial hincapié en la educación pública y la excelencia); y democracia en sus cuatro variantes: democracia como protección, como desarrollo, como equilibrio o como participación.

Partiendo de la ideología o actitud básica liberal, que es la reacción a la coerción de las monarquías absolutas, empiezan a desarrollarse tres corrientes: la primera se extinguirá (sólo los regímenes autoritarios o sultanistas pueden recordarnos en sus coartadas a ella), la segunda esperará y el seno de la tercera protagonizará la escisión que más claramente ha marcado los dos últimos siglos de Occidente.

En primer lugar destaca la corriente absolutista, heredera en algún punto de Maquiavelo, que lejos de justificarse en leyes divinas se justifica por su supuesta utilidad. Hobbes es el nombre en el cual el razonamiento circular brilla en todo su esplendor. Precursor de la sociedad secularizada, contractualista y fuertemente estatalizada como mal necesario a la irracionalidad del individuo, proclamaba un alto grado de libertad negativa como derecho natural, que debía ser protegido por el poder público, y que luego se cancelaba al caer en el corolario liberticida del absolutismo. Es decir: libertad sólo retórica, despotismo ilustrado y nula democracia. Esta tendencia quedará estancada en el campo teórico pero no en la práctica, ya que los liberticidas que buscaban la vuelta al Antiguo Régimen se apropiarán de ese razonamiento.

En segundo lugar tenemos la corriente de Benjamín Constant, bastión de los teóricos individualistas, antidespóticos y no democráticos, que quedará aparcada en espera de tiempos mejores (probablemente los nuestros: la Escuela Austriaca ha recuperado muchos de sus argumentos). Esta corriente se caracteriza por su fuerte defensa de la libertad, su moderada defensa o incluso indiferencia respecto a las teorías antropológicas ilustradas (no hay un bien universal, sino que cada uno tiene el suyo) y por su rechazo de la democracia. Constant, de hecho, sostiene que son precisamente los derechos inalienables (libertad individual, religiosa, de opinión, etc., pero paradójicamente no el de la propiedad) los que nunca debe confiarse al Estado, dada su vital importancia y la ineficiencia de los mecanismos públicos.

En tercer lugar tenemos la corriente mayoritaria, la del "liberalismo clásico", defendida por autores como John Locke, Montesquieu, Inmanuel Kant y Adam Smith y fundamentada en un catálogo de derechos individuales inalienables aunque no absolutos, entre los que se incluye el de la propiedad, que debe proteger el aparato estatal (en palabras de Locke: "la finalidad máxima y principal de los hombres que se unen en comunidades es la salvaguardia de su propiedad"), y fundamentada también en la división de poderes y en el Estado de Derecho. Esta corriente se caracteriza por un progresivo condicionamiento de la libertad, por una fortísima retórica ilustrada y por una gradual defensa de la democracia, primero como protección de los derechos y después como desarrollo de la personalidad y del sujeto político.

Hasta este punto mantiene su validez la definición de Bobbio: "El Estado liberal es aquel que ha consentido la pérdida del monopolio del poder ideológico a través de la concesión de los derechos civiles [...] y la pérdida del monopolio del poder económico a través de la concesión de la libertad económica, y ha acabado por conservar únicamente el monopolio de la fuerza legítima, cuyo ejercicio, no obstante, queda limitado por el reconocimiento de los derechos del hombre". Pero de esta tercera corriente cabe hacer otra división, que anulará la enunciación anterior: liberales democráticos-radicales (reformistas) versus liberales doctrinarios.

Los liberales radicales hacen hincapié en la igualdad, necesaria para garantizar la famosa "libertad real" de la que hace gala actualmente la socialdemocracia, dando paso al concepto de soberanía popular y constitucionalismo; los liberales doctrinarios, por el contrario, le darán un especial protagonismo a la libertad negativa y a la propiedad privada, pero lo cierto es que nunca fueron consecuentes en la práctica con estos principios, ya que se aliaron en el terreno de juego con el conservadurismo y, por supuesto, fueron sus títeres, ya que el conservadurismo –véase el partido Tory inglés o la Monarquía prusiana– tendió siempre al paternalismo político.

En este momento crítico surge el socialismo, y el liberalismo se divide aún más entre los que pretendían volver a los clásicos (Herbert Spencer) y los reformistas-utilitaristas (Thomas Hill Green, John Stuart Mill), cada vez más constructivistas. Sobrevino entonces la fructífera, para nuestra desgracia, alianza evidente entre liberales radicales y el ala reformista de los partidos socialistas.

Si consideramos los totalitarismos nacionalsocialista y marxista como paréntesis que nada aportan a la evolución del pensamiento liberal y retomamos la línea después de la Segunda Guerra Mundial en Occidente y tras la caída del muro en el bloque soviético, podemos ver claramente la relación entre los utilitaristas millianos –es decir, la segunda corriente dentro de la tercera corriente– y el Estado del Bienestar que paulatinamente se va fraguando y que tiene sus antecedentes en los lejanos Bismack y la República de Weimar, el llamado Liberal break o Período de Experimentación, que va desde 1870 hasta 1925. Luego vinieron Keynes en la Economía y Rawls en la Filosofía Política, donde se perciben aún más claramente las influencias utilitaristas.

El Estado del Bienestar ostenta el dudoso honor de haber disparado la presión fiscal, entorpecido la iniciativa privada con legislación prolija y arbitraria y parido engendros ineficientes e inmorales tales como la educación pública obligatoria; sin embargo sus valores siguen siendo la libertad, las ideas ilustradas y la democracia, con el distintivo de que dentro del elenco de ideas ilustradas cobra un tremendo protagonismo la idea de igualdad, y la democracia no se contenta con "proteger" o "desarrollar" sino que enarbola la bandera del equilibrio social (la poliarquía de Robert Dahl) y actualmente se estira hasta incluir la "participación ciudadana", es decir, la llamada democracia cosmopolita o gobernanza para la "justicia social", que básicamente significa que cada vez más personas opinan sobre cada vez más aspectos de nuestras vidas.

¿Dónde podemos situar a la Escuela Austríaca? Seguramente en la segunda corriente, personalizada en Constant, aunque con sustanciales diferencias, principalmente el protagonismo que le damos al derecho a la propiedad privada, de la que se deducen el resto de libertades individuales. La Escuela Austriaca, como vemos, está más allá de las diferencias del concepto de bien entre Bentham y Pareto, ya que lo que pregona es la subjetividad del valor que se desbanca de los presupuestos ilustrados de elitismo, conocimiento perfecto y virtud pública.

Por esto tal vez no sea tan desacertado el nombre por el que nos llaman los que nos anatemizan, "neoliberales", para diferenciarnos bien de los keynesianos y compañía: porque no somos herederos de cualquier corriente liberal, sino justo de la contraria de la que parte el Estado del Bienestar. El problema de este bautismo es que con el nombre de "neoliberalismo" asumimos las malicias que se nos atribuyen: la socialdemocracia critica en muchas ocasiones las consecuencias de lo que no es ni más ni menos que un capitalismo de Estado. Esa es la trampa del Estado del Bienestar: emborronan el origen de los males, aplican correcciones contraproducentes y culpan a los salvajes que enarbolan el rolling back the State de lo que las mismas dinámicas de la socialdemocracia han producido. Porque todos somos "liberales", pero unos más liberticidas que otros.

 

Opinión de los lectores

kikeliam

Enhorabuena por el artículo.

Una cosa sólo, yo no vería el nacionalsocialismo ni el comunismo como un paréntesis sino como la consecuencia de la evolución de los pensamientos socialdemócratas, es decir la culminación de una de las corrientes iniciales como bien indicas, y que ya apuntó Hayek en su magnífico Camino de Servidumbre.

Viva la Pepsi

Hola,

Creo que te vi en la cena del IJM en mayo, felicidades por el artículo. ¿Te importa escribirme a mi correo? Dijiste que debías irte al día siguiente para estudiar, creo. Ponte en contacto conmigo, no somos muchas.

Saludos cordiales Berta.

Gusander

He recomendado tu artículo ya varias veces. Sólo una cosa, cuando apuntas que "si consideramos los totalitarismos nacionalsocialista y marxista como paréntesis que nada aportan a la evolución del pensamiento liberal" no estoy muy de acuerdo. Nos obligaron a justificarnos. ¿Hayek? por citar alguno.

Berta

Kikeliam: me parece demasiado aventurado afirmar que las guerras mundiales fueron fruto de postulados socialdemócratas, o de su evolución. Personalmente no veo la relación. Son distintos tipos de intervención. En ambas guerras primaron los imperialismos; la socialdemocracia poco tiene que ver con ello, de hecho, su objetivo final es el gobierno mundial (a no ser, claro, que consideremos que este fin es etnocrático... que sería una teoría).

Pepsi, te escribo al e-mail.

Gusander: tienes razón. Las teorías de los grandes liberales son sobre todo críticas a otras teorías... en ese sentido el marxismo ha sido genial. Pero supongo que se entiende lo que quería decir: en sí, no aportan nada a la tradición liberal -nada más que argumentos para que ésta se enriquezca, claro-

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