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Comentarios

Portada - Comentarios - Las capitales del mundo

22/10/2007 - Daniel Rodríguez Herrera

Las capitales del mundo

Los dos nombres que primero vienen a la mente cuando se habla de los grandes dictadores del siglo XX son Hitler y Stalin. Tanto ellos como sus dictaduras tuvieron mucho en común. El control de la economía, el papel de los partidos, el control social, los campos de concentración, el genocidio... todo eso es bien conocido por quien ha tenido interés en saber de ello. Hay, sin embargo, un aspecto en el que coincidieron y que no es tan conocido: ambos quisieron construir la capital del mundo.

Ambos pergeñaron una construcción colosal como símbolo de Moscú y Berlín. La de Stalin era el Palacio de los Soviets, que debía construirse sobre las ruinas de la demolida Catedral de Cristo Redentor. Rechazados los 160 participantes al concurso, finalmente se adoptó una modificación del proyecto del ruso Boris Iofan: una suerte de torre de Babel coronada con una estatua de Lenin. Debía ocupar un área de 110.000 metros cuadrados y superar con 415 metros la altura del mayor rascacielos de entonces, el Empire State Building. Los enormes cimientos consumieron el 16% de la producción de cemento de toda la URSS. Hitler, por su parte, proyectó la Volkshalle (Sala del Pueblo), un auditorio para 200.000 personas con una altura de 290 metros y una cúpula de un diámetro de 250.

Ambos formaban parte de proyectos más ambiciosos para transformar sus respectivas capitales en ciudades con la importancia que tuvieron las de la antigüedad. Así, Hitler escribiría en su Mein Kampf que "la importancia geopolítica para un movimiento de un centro físico vital [...] no puede ser sobreestimada. La existencia de un lugar así, imbuido de la atmósfera mágica y encantada que envuelve a la Meca o a Roma, puede por sí misma dar a largo plazo a un movimiento esa fuerza que reside en su unidad interior". Nikolai Bujarin, por su parte, también equiparó el Moscú que estaba proyectando Stalin con La Meca. Ambos regímenes deseaban crear una capital que no se limitara a las fronteras de sus respectivos imperios, sino que fuese una ciudad ideal, un nuevo Jerusalén al que peregrinar. La capital del mundo.

Por supuesto, fracasaron. A Hitler lo detuvo la guerra; preveía iniciar la construcción de la nueva Berlín tras su victoria. A Stalin, en cambio, lo detuvieron los problemas técnicos, pues estuvo entre los ganadores del conflicto. El proyecto del Palacio de los Soviets tuvo que parar por el conflicto, pero pese a que se reanudaran los trabajos, la inestabilidad de su base, al estar sobre terreno anegado, alimentado por más de un centenar de corrientes subterráneas. Finalmente se terminó construyendo una enorme piscina sobre los cimientos. Cuando cayó el comunismo, se reconstruyó la Catedral de Cristo Redentor. Stalin tuvo, en cambio, éxito con algunos de los proyectos de su nueva Moscú, como el metro o el canal con el Volga.

Mientras, la que sería considerada como la capital del mundo llevaba construyéndose silenciosamente, poco a poco. No era el proyecto de un gobernante totalitario, ni siquiera de uno democrático con sueños de dejar un legado para la posteridad. De hecho, la ciudad no era la capital de ningún país, ni siquiera de la región en la que se encontraba. Carece de unidad, y los edificios más emblemáticos fueron creados con el objeto de hacer negocio o, más frecuentemente, albergar negocios. Sus arquitectos fueron, en muchos casos, refugiados que huían del totalitarismo de Hitler y que no contaban con su beneplácito. Se le considera el centro financiero, empresarial, cultural y artístico del mundo. Algunos despistados también lo consideran el centro político por el hecho de albergar la sede de las Naciones Unidas desde 1950. Pero no cabe duda de que Nueva York –y no Moscú ni Berlín– es la ciudad que viene a la mente cuando alguien pregunta por la capital del mundo.

 

Opinión de los lectores

Fco. Moreno

Qué interesantes estos datos que aportas, Daniel. Siempre me han parecido deprimentes los estilos de arquitectura oficial de ambos totalitarismos colectivistas.

La actuación final del arquitecto alemán oficial del nazismo, Albert Speer, siempre ha sido un misterio para mí. No acabo de entender su visita in extremis que realizó a Hitler en su Búnker de Berlín para decirle abiertamente que la guerra estaba finiquitada, que no había obedecido ni tenía tampoco intención alguna de cumplir con su Decreto de tierra quemada del territorio alemán, que iba a poner pies en polvorosa y huir del Reich. Si ya había decidido desertar ¿cómo es que una persona inteligente se metía en la boca del lobo para espetárselo? ¿Hasta ahí llegaba su fidelidad ciega al Führer? Como digo, es un enigma del comportamiento final de este arquitecto afecto al nazismo (que murió, por cierto, en Londres, otra capital financiera de Europa, no diseñada intencionalmente por ningún “sabio” planificador).

Con respecto al megaproyecto soviético, que desconocía, anda que no había metros cuadrados en todo Moscú para edificar semejante torrecilla de Babel, y tuvieron que elegir precisamente el lugar donde se erigía la Catedral del Cristo Redentor (por tanto, fue necesario su derribo con cargas explosivas). Parafraseando a nuestro ínclito pte., dicha coincidencia de lugar fue fruto de la mera casualidad (a que sí).

Stewie Griffin

Mira que nunca me llamó la atención especialmente, pero entre Ayn Rand y tú me estáis poniendo los dientes largos de ganas de conocer New York. Estupendo artículo.

Gonzalo Melian

Dani, me ha gustado mucho el artículo, me ha parecido super interesante y estoy al 100% de acuerdo con lo que dices.

Víctor

Es curioso, aquí en Valencia tenemos la Ciudad de las Artes y las Ciencias, construida sobre el antiguo lecho del río Turia (que ahora transcurre por otro lugar, desde la riada de los años 50). Un bonito conjunto de megaedificios de hormigón que van a estar pagando con sus impuestos hasta mis bisnietos, diseñados por el escultor Calatrava y remodelados para que fueran realizables por su equipo de arquitectos y técnicos (supongo).

Pues resulta que se está hundiendo uno de los edificios, el Palacio de las Ates Reina Sofía, que escora ligeramente por un lado. Aún no se nota a simple vista, pero si sigue la tendencia no tardará en verse y tendrán que inyectar hormigón o vete tu a saber. Es que no había otro sitio; tenían que hacerlo junto al mar, sobre el lecho de un río :P

Alberto Ramírez Montealegre

Un tema del cual desconocía y que por una feliz casualida lo aprendí en tu artículo (andaba buscanto textos acerca de Al Gore y el histerismo climático).
Muchas gracias.

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