
Los negritos con la barriga hinchada ya no están de moda. Ya no sirven las imágenes de niños latinos, diminutos y haraposos, trabajando en una mina. Si usted quiere desacreditar al capitalismo disparando directamente al corazón, tiene que renovar sus falacias: ahora no tiene que esforzarse en recordar nombres de países y guerras para hacerse el erudito. Es mucho más fácil. Únicamente tiene que apelar a los desheredados osos polares que agonizan en un trocito de hielo a la deriva, a las extravagancias meteorológicas o a las torres de residuos que se acumulan en los ríos y en los mares. Hable también de las focas, las ballenas y los seres humanos que no han nacido todavía. Hable del pecado del hombre que se permite manejar la Naturaleza según sus necesidades, y avergüéncese públicamente del género humano...
Porque si no puede justificar la inflación, ni la escasez, ni la ineficiencia, ni la descoordinación ni, en definitiva, la pobreza y la miseria que genera y reparte alegremente el socialismo, lo único que puede hacer es berrear y apuntarse al Club de los Apocalípticos del Cambio Climático. Bienvenido al nuevo partido de masas acríticas que se creen muy críticas.
El argumento ecologista es facilón, accesible, popular y emocional, y lo mejor es que se puede recurrir a nutridos argumentos de autoridad que el común de los mortales, dado su limitado conocimiento científico, no podrá refutar. Como mucho, se entra en una espiral de refutaciones "de oídas" que no son más que datos e imágenes inconexas: toneladas de residuos, temperaturas, deshielos, tornados. Que no había llovido tanto desde hace cien años. Que no hacía tanto calor desde hace doscientos. Y es que la ignorancia siempre juega a favor del socialismo. No es una paradoja que éste exija la educación pública e igual para todos. Precisamente de uniformizar y controlar se trata.
Lo curioso es que este oscurantismo se vende, y muy bien, como "divulgación científica". Desde que el famoso fariseo y contaminador Al Gore fuera galardonado con el Premio Nobel de la Paz, la presencia en los medios de comunicación de pseudocientíficos y opinadores multiusos –todos contrarios al "capitalismo salvaje" y beatos prosélitos del naziecologismo– se ha multiplicado pasmosamente. En contra de lo que cabría esperar y de lo que el Gobierno de Zapatero prometió, no ha estallado ningún debate profesional, que se considera zanjado a pesar de las múltiples voces antioficialistas; por el contrario, somos todos los días testigos de intentos de homogeneización de la ciencia y de criminalización del que disiente, tanto desde las tribunas de periodistas supuestamente independientes e ilustrados, como desde las tarimas del poder (en proyectos generalmente apoyados además por entidades privadas).
Tomemos como ejemplo la campaña del Foro de Reputación Corporativa para la difusión de los "Objetivos del Milenio" de la ONU. A primera vista, puede parecer un proyecto candoroso y meritorio, pero a poco que profundicemos, vemos que es un cúmulo de falacias que confluyen siempre en la intervención estatal.
La explicación de los Objetivos se introduce mediante una carta que simula estar escrita por una niña bienintencionada:
Soy una niña de nueve años y quiero contarte algo importante. Hace tiempo, unas personas muy sabias se pusieron a imaginar un mundo mejor para todos. Y para cumplir su sueño, le pusieron un nombre y una fecha de mayores: "2015. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio". Ahora mi tarea es que tú sepas cuáles son.
Este párrafo, que puede parecer trivial, encierra una de las grandes falsedades del socialismo: la supuesta posibilidad de planificar, de construir desde la cúpula tecnócrata, que tiene que ver más con el despotismo ilustrado que con la democracia elitista de Schumpeter a la que algunos liberales se adscriben; por lo tanto no hay ninguna justificación sensata. Ya en 1920 Mises demostraba que el socialismo es epistemológicamente imposible, en tanto que el constructivismo se basa en una suposición de efectiva adquisición y filtración de informaciones subjetivas que, en realidad, nunca llegan hasta el gestor público. Éste, simplemente, se las inventa, extrapolando sus fines a los de toda la comunidad. Lo grave es que las organizaciones intergubernamentales por excelencia, especialmente la ONU y el híbrido de la Unión Europea, con amplias prerrogativas para entrar ad libitum en la casa de la gente, se asientan en esta suposición errónea, y sobre ella abocetan también los Objetivos del Milenio. Veámoslos con más detenimiento.
El primero es "erradicar la pobreza extrema y el hambre". Parece razonable suponer que, dado el sentimiento general de la empatía, puede enunciarse como un deseo mayoritario, pero habría que ver si es tan mayoritario si hubiera que sacrificarse individual y explícitamente por ello, y no como sucede ahora que, a pesar de pagar impuestos y de desviarse buena parte de ellos a Ayuda al Desarrollo, caemos en la ilusión monetaria de que se nos devuelven mediante becas, subsidios, pensiones y servicios públicos. Independientemente de la deseabilidad de este objetivo, lo cierto es que los medios propuestos por la ONU son espurios y contraproducentes: ayuda exterior, a veces incondicionada, y condonación de la deuda, que incrementan la dependencia, ya que no actúan como incentivos sino que son equivalentes a un regalo; y planificación de la economía, no ya desde los propios países, sino incluso desde la misma Europa.
El segundo objetivo es "lograr la enseñanza primaria universal". Desde el liberalismo ya se ha analizado cómo la enseñanza tiene que ser precedida por un cierto nivel de desarrollo, para alcanzar el cual es sólo secundaria. La creación de riqueza requiere de astucia y perspicacia, no necesariamente conocimientos técnicos ni mucho menos académicos; y para que pueda ahorrarse y posteriormente invertirse se necesita la seguridad de que se va a respetar la propiedad privada, punto en el que no hace ningún hincapié la ONU. Recuérdese que el estado natural del hombre es la pobreza, no la riqueza.
El tercero es "promover la igualdad de géneros y la autonomía de la mujer". Este objetivo, dejando aparte consideraciones morales e ideológicas, es obviamente básico para que un país se desarrolle. Sencillamente porque supone incorporar al mercado laboral, potencialmente, a la mitad de la población: más mano de obra, más conocimiento, más ingenio. Pero las medidas que apoya la ONU no se conforman con la loable difusión y educación –que sólo puede ser justa si es financiada voluntariamente–, sino que se extiende a las famosas políticas de paridad. No hace falta hacer ningún comentario más teniendo en cuenta los tristes resultados que han arrojado este tipo de políticas en la designación de ministras de cuota españolas.
Los objetivos cuarto, quinto y sexto están relacionados con las condiciones sociosanitarias, también clave para el crecimiento: "reducir la mortalidad de los niños menos de 4 años, mejorar la salud materna y combatir el VIH/Sida, el paludismo y otras enfermedades". La libre competencia entre profesionales, que sólo puede florecer en un marco de capitalismo, rebaja los precios y permite acumular capital que puede dedicarse a la investigación. Con el socialismo lo que se consigue es frenar los avances, impedir el ahorro y, por tanto, dilapidar la riqueza destinándola a proyectos que no satisfacen a nadie, porque el concepto "satisfacción del consumidor" no existe. De nada sirve apelar al argumento de la "necesidad universal" de la atención médica si no se permite que se acreciente la competencia entre profesionales que la haga accesible a todos los públicos. Para ello, incontestablemente, habría que terminar con el monopolio estatal de la sanidad y los monopolios asignados a la industria farmacéutica.
Como vemos, hasta el objetivo sexto, la disconformidad de los liberales con las autoridades de la ONU serían más de medios que de fines, aunque naturalmente caben matices. Sin embargo, el carácter de los dos últimos objetivos denotan algo totalmente diferente y tirando a siniestro: "garantizar la sostenibilidad del Medio Ambiente y fomentar una alianza mundial para el desarrollo". Estos objetivos entroncan con nuestro más negro y descorazonador presente: el lobby de los intelectuales, que al final sólo es uno, se erige como defensor de la Naturaleza No Adulterada, cosa que, por lo visto, sólo puede garantizar un Gobierno Mundial. Corrupción y despilfarro elevados a la enésima potencia.
Parece mentira que a estas alturas de la Historia de la Humanidad no nos hayamos desprendido de esa afectación y esa falsa modestia que lleva algunos a atarse a los árboles, como si valieran más que la vida humana, o como si éstos pudieran tener algún valor sin una mente humana que los juzgue y pondere. Vivimos en la Naturaleza y dependemos de ella en el mismo sentido en que dependemos de nuestra inteligencia. No es poco, pero no es nada más. Nos conviene preservarla igual que nos conviene preservar lo que ya hemos construido; al final y al cabo, todo lo que transforma o puede transformar el hombre es un potencial recurso para su creatividad y la conquista de sus fines.
Pero nada tiene que ver admitir esta necesidad (que es económica) con entrar en el circo del Cambio Climático a aplaudir a sus variopintos showmen, que es sólo un pretexto para engordar al Estado o, dicho de otra forma, para intervenir coactivamente en la vida de las personas, que es un vicio muy extendido (como lo demuestra la enunciación del Octavo Objetivo del Milenio). Cada siglo tiene su excusa: la del nuestro no es menos penosa que la del XX. Sin embargo, mediante un escrupuloso diseño propagandístico, se consigue maquillar de salvación lo que no es más que un ataque a la razón y a la libertad.
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