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Portada - Comentarios - ¿Limitar la libertad de expresión?

10/12/2007 - Alberto Illán Oviedo

¿Limitar la libertad de expresión?

En su excelente libro La Historia de los Judíos, Paul Johnson hace una breve reflexión sobre la libertad de expresión y la historia judía, que confirma una relación entre las expresiones antisemitas y la violencia que se genera después contra la comunidad judía.

A veces se sostiene que la sátira, incluso la más cruel, es un signo de salud en una sociedad libre, y que no deben imponérsele restricciones. La historia judía no confirma este criterio. Los judíos han sido blanco de estos ataques con más frecuencia que otro grupo cualquiera y saben por larga y amarga experiencia que la violencia impresa es sólo el preludio de la violencia sangrienta.

Esta violencia se ha expresado bien a través de algaradas callejeras más o menos dirigidas y actos de violencia contra ciudadanos judíos, bien a través de pogromos o, en el peor de los casos, a través del genocidio planificado y dirigido, en especial el perpetrado por Estado nazi, con la colaboración activa o pasiva de la población alemana. Todos estos hechos son ciertos y esta relación es una constante al estudiar la historia de este pueblo. En este contexto surge una pregunta: ¿debemos limitar la libertad de expresión ante ésta o situaciones similares?

Antes de responderla debemos fijarnos en el contexto en el que se produjeron y evolucionan estos comportamientos contra la comunidad judía. En primer lugar, en estas sociedades existió, existe, un antisemitismo enquistado que se expresó de formas muy distintas, desde el simple rechazo, pasando por la segregación, a la acusación de crímenes horribles, creándose leyendas algunas de las cuales aún hoy tienen vigencia o imaginando crímenes colectivos perpetrados contra los gentiles, todo lo cual favoreció los actos violentos.

En un segundo plano, la política les fue contraría y evolucionó contra ellos. Es cierto que en toda Europa, desde la edad antigua, casi todos los países y sociedades promulgaron leyes que perjudicaban a las comunidades judías. Primero se les expulsó, luego se les recluyó en guetos, se les impidió realizar determinadas actividades o acceder a determinados cargos públicos y privados. En algunas sociedades, estas leyes fueron derogándose y poco a poco fueron aceptándose como un ciudadano más. Pero los episodios antisemitas en la Europa continental decimonónica invirtieron una situación que en el Imperio Británico o en Estados Unidos, pese a ciertos rebrotes sociales e incluso legales, tendían a desaparecer.

Sobre estas dos premisas, la social y la política, se constituyeron una serie de medidas específicamente antisemitas que evolucionaron incrementando la violencia e institucionalizándola. El régimen zarista promovió el pogromo y tras la revolución que terminaron liderando los bolcheviques, los judíos siguieron sufriendo los mismos males. Situaciones similares se vivieron en los imperios centroeuropeos y tras la Primera Guerra Mundial, las condiciones de violencia se extendieron por toda Europa hasta que Hitler consiguió instrumentalizar todo con un único fin, la eliminación física de los judíos. En este sentido la aparente libertad de expresión de la República de Weimar ayudó a que el veneno lanzado contra los judíos alcanzara a toda la sociedad, hasta el punto de que, ya bajo el Gobierno del Reich, el pueblo judío era considerado una plaga que había que eliminar.

La libertad de expresión en este contexto no falló, simplemente se convirtió en una parodia de lo que debía ser. Las consignas antisemitas se proferían en un país, la Alemania de entreguerras, donde el Estado de Derecho era inexistente. Los actos violentos contra los judíos no eran perseguidos, los que llegaban a los tribunales eran ignorados, las leyes se hicieron cada vez más restrictivas contra la comunidad judía y en un momento dado se decidió que además de víctimas de la violencia, eran culpables de ella. Los que defendían o no estaban de acuerdo con estos actos violentos eran a su vez, víctimas de otros hasta que callaban o se iban. De la ciudadanía se pasó al gueto, de éste, a la persecución, luego a la esclavitud, de la esclavitud, al genocidio. La sociedad alemana era consciente de estos hechos y por lo general, los toleraban. La violencia popular fue dejando pasar a una violencia legal y, si bien nunca dejaron de existir ambas, la segunda se convirtió en una herramienta más eficiente.

La libertad de expresión forma parte de una sociedad libre porque surge de ella, no porque sea un derecho concedido por un conjunto de políticos. La "libertad de expresión" en la Alemania de Weimar, la Rusia zarista o incluso la Francia republicana no eran tal, sino un instrumento que las clases dirigentes o los grupos más violentos terminaron instrumentalizando hacia sus fines. En una sociedad libre, o en las que la libertad tiene un mayor peso, los actos violentos son perseguidos por la justicia por su condición, no porque sirvan mejor a ciertos intereses. Además, de la misma manera que los antisemitas pueden pronunciarse contra los judíos, los que luchan contra ellos no sólo pueden contradecirlos e intentar convencerlos, sino que pueden boicotearlos, ignorarlos o denunciarlos si consideran que han realizado algún acto punible. Las instituciones podrán vigilarlos si piensan que son potencialmente peligrosos.

La libertad de expresión es un principio moral en sí mismo. Renunciar a él porque pensamos que en ciertos casos extremos tiene peligrosas consecuencias, es renunciar a una sociedad libre. El pensamiento, por repugnante que nos parezca, no delinque, las acciones sí, y tenemos muchas herramientas para luchar contra lo que es dañino. La negación del Holocausto o las expresiones antisemitas son repugnantes por su naturaleza, pero no son delitos. Las acciones violentas contra los judíos o la conspiración para perpetrar delitos contra ellos sí lo son y, por tanto, son actos perseguibles. No debemos limitar la libertad de expresión sino promover el Estado de Derecho y la sociedad libre, las únicas herramientas eficaces contra cualquier odio racial o cultural.

 

Opinión de los lectores

libertyvallance

Además, que una cosa preceda a otra no implica necesariamente una relación de causalidad. Por ejemplo, la previsión del tiempo. Si se prohibiese dar un pronóstico de lluvia y granizo en el telediario ¿nos iría mejor?

Amenofis IV

Se me antoja poco exagerado decir que, es verdad que el pensamiento no delinque, pero hay ideas que matan. Y hay tenemos a la Historia para constatarlo. No sólo la Alemania hitleriana sino la Rusia comunista o la Camboya de Pol-Pot. Defiendo con uñas y dientes la libertad de expresión como termómetro de la democracia, empero, me resisto a defender este derecho a un individuo que proclame tesis genocidas, racistas o cualquier otra cosa que vaya en contra de los derechos humanos.

La sociedad no puede poner límites a la libertad de expresión porque destruiría su esencia misma, es la propia razón del individuo, la moral de los contemporáneos y el sentido común de la justicia quien únicamente tiene la capacidad de frenar las supercherías de una mente desequilibrada que ataca las libertades y derechos de las personas. No se puede hacer apología del terrorismo porque este es el primer paso para iniciar las acciones violentas que, según ellos, se encuentran legitimados por años de insistente y machacona defensa de teorías destructivas.

Con ello no estoy diciendo que haya que colocar cadenas a la libertad de expresión, todo el mundo puede expresar sus ideas libremente y sin miedo a represalias, pero cuando esas ideas se caracterizan por el proselitismo hacia posturas antidemocráticas y deleznables alguien tiene que actuar. Ustedes pueden denominarlo como quieran, pero a mi juicio, esto es dar coherencia y estabilidad a la democracia

libertyvallance

Amenofis: no entiendo una palabra de lo que has dicho.

1) Por una parte no se pueden poner límites a la libertad de expresión, pero por otra es necesario hacerlo? A ti te parecerá coherencia, pero a mí me suena a disparate.

2) Yo no creo que el sentido de la libertad sea servir de termómetro democrático, la verdad.

Amenofis IV

Liberty, no he mostrado nada que no conociésemos antes. La libertad de expresión, al igual que las demás libertades, tiene que saber defender tanto las reglas por las que se rigen como los límites que evitan pervertir la esencia misma de la libertad. Difícilmente puede negarse que la libertad religiosa sea sinónimo de respeto hacia las demás creencias pero, si haciendo uso de esa libertad, sobrepasar horizonte ético-religioso haciendo uso de un lenguaje denigrante y sumamente vejatorio hacia otros colectivos, no hay duda que se esté utilizando esa libertad para transgredir la estabilidad social.

Todas las libertades, a mi juicio, tiene unos pequeños límites, si no legales, sí éticos y morales, que los individuos deben saber respetar, y es cuando la sociedad traspasar esas barreras que separan la cordialidad de la agitación cuando debe actuar la justicia. La ley

Hayek decía que la libertad era aceptar muchas cosas que no nos gustan. Y tenía razón, el problema es que hay individuos que no la tiene y se benefician de estas libertades, no para conseguir votos hacia un partido o para criticar duramente al gobierno,- negar esto último es propio de dictadores-, sino para intenciones aviesas y sanguinarias como puede ser la apología del terrorismo. Siempre defenderé a cualquiera que critique mi ideología liberal democrática pero nunca, insisto, nunca, a quienes se amparan en las letras o discursos para segregar a un grupo étnico o eliminar físicamente a políticos que no comulgan con las ruedas de molino de los asesinos. Esta es una matización muy importante

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