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Comentarios

Portada - Comentarios - Un año de participación política

31/12/2007 - Antonio L. Golmar

Un año de participación política

Me cabe el honor de redactar el último comentario del año, así que espero me perdonen si comienzo haciendo balance de lo que ha sido para mí un año de gran participación política. Quién me iba a decir a mí en marzo de 2004 que terminaría convirtiéndome en un aficionado a eso que los compañeros de profesión llaman "participación no convencional".

Aparte del sufragio y de las firmas de manifiestos, peticiones y cartas a políticos de diversos partidos, la panoplia de modalidades políticas en las que este año he participado incluyen manifestaciones, concentraciones e incluso algún viaje, algo de lo que mis amigos más viejos todavía se maravillan y algunos miembros de mi familia lamentan profundamente.

Si hace unos años me hubieran hecho la típica encuesta de participación política, el resultado me habría colocado dentro de la categoría que los expertos denominan "apatía" o "ciudadanía pasiva". Ahora soy un auténtico ciudadano, metido en causas diversas y en algún que otro berenjenal del que gracias a Dios he salido airoso. Todo eso viene a colación de dos hechos verificados por la Ciencia Política empírica y que hasta hace poco tiempo me costaba creer, aunque la participación y observación directas de los últimos meses me han hecho cambiar de opinión.

Primero, que el aumento en los niveles agregados de participación política no significa que haya más personas haciendo más cosas, sino que, más allá de un pequeño aumento en el número de ciudadanos que decide participar, son las mismas personas las que incrementan la cantidad de sus actos políticos. Es decir, que la democracia participativa es una quimera, y que la apelación sistemática a ella puede derivar en demagogia, populismo y fraude, pues sigue siendo una minoría la que decide por los demás. El peligro para el Estado liberal y de Derecho, que por muy poco liberal que sea consagra unas libertades individuales que ninguna mayoría puede abolir, es que se convierta en el poder del que grita más alto.

Por suerte para todos, las protestas organizadas contra algunas medidas del actual Gobierno se han llevado a cabo de forma pacífica. Sin embargo, no puedo dejar de preocuparme por la "ecuatorianización" de la política española, es decir, el recurso sistemático a la manifestación en la calle como forma de expresión de la oposición al Gobierno. Que unos –por ejemplo la AVT y el Foro de Ermua– lo hagan para pedir libertad y que otros –independentistas catalanes y vascos– lo hagan para reclamar justo lo contrario no es óbice para señalar que el traslado de la política a la rúa indica que algo falla en nuestro sistema de deliberación y de separación de poderes.

Esto me lleva al segundo fenómeno, sobre el que ya llamara la atención Huntington hace la friolera de treinta años. La politización de la sociedad no es necesariamente un síntoma de consolidación democrática, sino que a menudo indica justo lo contrario, un estado de regresión o involución democrática.

Que el cinismo y la impotencia son características típicas de la cultura política española es algo en lo que coinciden la práctica totalidad de los sociólogos de nuestro país. Sin embargo, cuando este parroquialismo, muy diferente del civismo que ha caracterizado otras sociedades (confianza en el sistema, sensación de eficacia política personal, respeto por los valores de la democracia liberal...) se combina con la superpolitización y el recurso a la participación política no convencional, la sociedad se hace más receptiva a los mensajes de los salvapatrias, y por ende más vulnerable a renunciar a las libertades individuales en aras de la tutela aparentemente benevolente del Estado.

Como en el caso de las pensiones privadas, que proporcionarían más ingresos a los jubilados a cambio de menos años de trabajo, también la reducción del poder del Estado en ciertas áreas, o al menos la descentralización efectiva –no me refiero a la creación de 17 mini estados hiper intervencionistas, sino al aumento de la capacidad de elección de los ciudadanos, que pasa por la reducción de la burocracia estatal, la disminución de los impuestos y la reforma del sistema electoral– podría conllevar a la larga una disminución de la politización, pues el ciudadano podría hacer con su dinero y su iniciativa empresarial lo que no consigue con su voto. No hablo de menos democracia a cambio de más libertad, sino de más democracia y muchísima más libertad. Un juego en el que todos saldríamos ganando.

 

Opinión de los lectores

Fonseca

Totalmente de acuerdo contigo. Especialmente cuando señalas que el peligro de las manifestaciones es que al final "tiene más poder quien grita más alto".

Muchas veces las concentraciones, sean del signo que sean, temrinan dando a entender que "La mayoría de la gente" está con ellos. Muchas veces las urnas dicen otra cosa.

Es el caso de las elecciones locales en Valladolid. Violentísimas manifas en la plaza Mayor contra el Alcalde del PP que el día de las elecciones saldría reelegido por cuarta vez.

Más que particiación no convencional yo la llamaría participación mediática. Porque el objetivo de estas cosas no es otro que llenar páginas de periódicos para manipular la opinión pública. Manifestar no manifiestan nada.

Feliz año.


Fonseca

pinatarense

Encuentro un cierto paralelismo en tu experiencia participativa y la mía; creo poder asegurar que mantenemos casi las mismas ideas, liberales ambos, en fin, como me decía mi padre, “esa es la explicación, pero ¿la solución?” La que está a nuestro alcance, la que cuando el Estado y los burócratas se transforman en casta y pervierten, intervienen, influyen y manipulan todo mis esfuerzos encaminados a alcanzar objetivos materiales y espirituales van aumentando ¿Qué debemos hacer? ¿Predicar y predicar? ¿Qué podemos hacer con alguna posibilidad de eficacia? Si no es ruido y participación activa.
Parecerá simple y vulgar, seguro que lo es, pero para solucionar la situación social que existe en España hoy, a mi no se me ocurre otra cosa que alimentar al enemigo de quien ejerce el poder político, o sea apoyar al PP, para que este desplace al malo, y si esto se produjera, entonces acometer una revolución social para que El PP (entonces el enemigo a batir) reforme La Ley Electoral y elimine el “sistema de partidos” que rige en la actualidad, podré ser así de simple, pero es que leo y comparto análisis y denuncias diariamente, que explican el antiliberalismo, y ponen los hechos diarios como ejemplo, pero nadie propone una solución, al menos del mismo nivel cuantitativo que la fuerza del intervencionismo a contrarestar.

Fco. Moreno

La lectura de este comentario me persuade sobre la necesaria presencia de una democracia cívica dentro de un estado limitado.
Comentario indispensable para escépticos redomados de las democracias actuales como es mi caso. Es una buena vacuna no sólo frente a consignas parroquiales de toda especie (poco edificantres) sino también frente a elucubraciones teóricas libertarias extremas (muy sugestivas, todo sea dicho). Tu párrafo final es un tesoro. Enhorabuena, Antonio, por todo tu análisis.

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