
No soy el primero en comentar en estas mismas páginas el asunto, recurrente desde hace unos días, de las manifestaciones contra la pobreza organizadas a modo de “llamada a la toma de conciencia de Occidente” sobre la precaria situación de cientos de millones de personas en todo el mundo, desde Somalia a la India y desde Bolivia a Corea del Norte. No soy el primero y espero no ser el último, porque en la pretendida “lucha contra la pobreza” que preconizan la mayor parte de ONG’s y organismos públicos (no en último lugar de los cuales se encuentra la ONU) subyace un planteamiento de base que, de la forma más paradójica, conduce a las poblaciones pobres hacia un mayor grado de pobreza, de dependencia y de retraso.
En su mayor parte, quienes se visten de blanco inmaculado para clamar en las calles contra la pobreza en el mundo proponen una solución basada en la caridad de los Gobiernos de los países más prósperos, extraña caridad, puesto que se ejercita con escapulario ajeno (el del contribuyente). Es la solución que, insisto, en román paladino se llama limosna, y en lenguaje politically correct se llama redistribución de la riqueza.
Esta pretendida solución parte de un presupuesto muy singular: que la riqueza es una masa constante la cual, como la energía de nuestras clases de física del colegio, ni se crea ni se destruye, sólo muta, generalmente de lugar. De ese presupuesto extraen los redistribucionistas una conclusión no menos llamativa: que los pobres son pobres porque se les priva de lo que a los ricos les sobra. Esta convicción está fuertemente enraizada en el imaginario popular: basta con mirar los anuncios de las ONG’s donde se nos exhorta a meditar sobre el hecho de que, con lo que nosotros gastamos cada día en refrescos o en ir al cine, puede alimentarse a toda una familia de Zambia, estableciendo así un poco sutil paralelismo entre una cosa y la otra.
La tesis de la riqueza constante y mal repartida puede quedar bien en los anuncios, pero se ve tajantemente desmentida por la realidad: si la riqueza fuera constante, el crecimiento económico mundial sería simplemente imposible, porque el crecimiento patente de la riqueza de los países de occidente iría aparejada, como los manifestantes parecen creer, al paralelo expolio de la riqueza de los países pobres. Sin embargo, lo cierto es que la riqueza mundial ha crecido en su conjunto desde el principio de los tiempos históricos y, desde que se aplica el cálculo macroeconómico, ha crecido a unos ritmos con frecuencia superiores al 6% anual; para el año 2005, el FMI ha calculado que crecerá un 4,3%. Por tanto, la riqueza, lejos de estancarse, nada menos que se duplica cada 15 años aproximadamente.
De modo que, si el crecimiento fuera un hecho sobrenatural, bastaría tomar la varita mágica que lo provoca para tocar con él a todos los países, no sólo a unos cuantos. La varita mágica, de hecho, existe: es el comercio. Cualquiera puede hacer un ejercicio muy sencillo, como es comparar las curvas de crecimiento de, por ejemplo, Irlanda y Francia durante los últimos diez años, y comprobará los efectos de una política abierta, atractiva para la inversión y favorable para la iniciativa privada, frente a una política de rancio centralismo intervencionista, fuertemente protectora y arancelaria.
Sin embargo, los manifestantes vestidos de blanco suelen combinar en sus cánticos y consignas las demandas contra la pobreza y los ataques al comercio en general (o al sistema en que se basa: el capitalismo) y a las empresas multinacionales, como si estos agentes fueran los causantes de la pobreza, cuando en realidad son la única esperanza de prosperidad para las masas oprimidas del mundo.
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