
Cuando se analiza el polémico ensayo Monarquía, democracia y orden natural de Hans-Hermann Hoppe (cuya tesis es que el paso de la monarquía a la democracia es un proceso histórico de progresiva decadencia moral) el debate suele centrarse en si es admisible que se haga una apología, aunque sea tibia y por contraposición a otros sistemas, de la monarquía desde el liberalismo.
Olvidamos, sin embargo, que dicho encomio –al margen de que puede resultar estimulante como inauguración de una revisión histórica y de que hay puntos en su obra muy inspiradores– es sólo una de las muchas extravagancias que el autor nos propone. La raíz de todas ellas se encuentra en el típico error que se comete al pasar de una ciencia social a otra sin preocuparse del método, el llamado "sesgo profesional". Hoppe, extrapolando una metodología más propia de la ciencia económica que de la ciencia política o la sociología, sitúa en el centro de su argumentación un solo factor supuestamente omniexplicativo: la preferencia temporal. Esta simplificación, en términos de rigor científico, le va a costar muy cara.
Cuando Hoppe explica, trazando un ciclo vital similar al de Modigliani, las ventajas de una baja preferencia temporal (si la utilidad marginal de los bienes futuros aumenta y la producción es percibida como un medio indirecto de consumo, el ahorro y la inversión se estimularán), destaca dos factores que contribuyen a aumentarla y que, por tanto, son decididamente negativos: las "agresiones institucionales" y ciertos "factores psicológicos personales". Las primeras se efectúan sobre una propiedad privada en concreto y son artificiales en el sentido de que atentan contra un derecho natural (por lo que sus efectos en la preferencia temporal son comparables a los de las acciones criminales). Por otra parte, los "factores psicológicos personales" hacen referencia a valores y actitudes hedonistas, despilfarradoras y poco disciplinadas (naturaleza propia de determinados individuos o colectivos) que dificultan sostener en el tiempo expectativas de vida medias o altas. Hasta este punto, no hay ningún exceso por parte del autor (excepto el de comentar que "sorprendentemente, los politólogos y sociológicos apenas si han reparado en esto": los estragos de la alta preferencia temporal en el estancamiento económico vienen estudiándose desde los años sesenta, con autores como Oscar Lewis o Charles Murray).
El error que comete Hoppe es el de transformar estas grises observaciones sociológicas (que no tienen mayor importancia ni originalidad) en conclusiones universales. Al aislar la preferencia temporal de otros factores, absolutizándola y renunciando a cruzarla con otras variables, cae de lleno en un mediocre reduccionismo. Llega así al principio con un método desacertado y luego sin método ninguno, caprichosamente, a diversas conclusiones, tres de las cuales me parecen especialmente rocambolescas y arbitrarias: la de la superioridad de los gobiernos de propiedad privada respecto a los de propiedad pública, la de la baja preferencia temporal de los homosexuales (y otros colectivos de "pervertidos") y la de la identidad prescriptiva entre conservadurismo y libertarianismo.
En cuanto a la primera conclusión, los gobiernos de propiedad privada (las monarquías), según Hoppe, tienen unos méritos relativos si los comparamos con los de propiedad pública (cualquier democracia nominal) ya que, al poseerse individualmente por el monarca los recursos expropiados, se consideran parte de su hacienda y, en consecuencia, éste intentará incrementar su valor capitalizado, se autolimitará en la política fiscal, calculará a largo plazo y racionalizará más su uso. Como intentará maximizar su riqueza total (la suma de su hacienda y sus ingresos corrientes), nunca perjudicará a las riquezas de los ciudadanos porque éstas son consideradas como potencialmente suyas. En cambio, en un gobierno de propiedad pública, al ser el gobernante un simple administrador fideicomisario que sólo ostenta ese puesto temporalmente, dispondrá únicamente del uso corriente de los medios gubernamentales, los despilfarrará y no se preocupará de mantener la riqueza de los potenciales expoliados.
Esta bonita teoría, desgraciadamente, no nos sirve para nada cuando intentamos a aplicarla a la realidad: resulta estéril a la hora de explicar, por ejemplo, por qué los habitantes de una democracia tienen una renta personal disponible superior a la de los habitantes de un régimen sultanista; o por qué, en régimen de monarquías, comenzó a disminuirse la base metálica de las monedas; o por qué la agricultura no avanzó demasiado en eficiencia en la Edad Media (a pesar de la sujeción a señoríos territoriales muy concretos, lo que según Hoppe facilitaría el cálculo económico).
Las otras dos conclusiones de Hoppe que quiero tratar están estrechamente relacionadas entre sí, ya que él identifica el "orden natural" (que sería el objetivo de los verdaderos conservadores, en contraposición al de los "neoconservadores del asistencialismo bélico estatal") con un grado muy concreto de preferencia temporal (axioma y eje, según él, del libertarianismo). Siendo su definición de conservador la de "alguien que reconoce lo originario y natural en las interferencias de lo patológico y lo defiende y sustenta frente a lo temporáneo y lo anómalo", y su definición de libertarianismo la de "código axiomático-deductivo de la justicia", considera que "la relación entre uno y otro es de compatiblidad praxeológica, complementariedad sociológica y mutuo reforzamiento".
Para ello alude al conservadurismo de los autores liberales más influyentes (cita a Murray Rothbard y a Ludwig von Mises y desecha a Ayn Rand como "un caso aparte") y no duda en afirmar que "familias, autoridad, comunidades y ordenaciones sociales son concreciones empírico-sociológicas de las categorías y conceptos abstractos filosófico-praxeológicos de propiedad, producción, intercambio y contrato". Así, Hoppe se permite criticar lo que él llama "capitalismo contracultural" ("movimiento que combina el antiestatismo radical y la economía de mercado con el izquierdismo cultural, la contracultura, el multiculturalismo y el hedonismo personal") al que califica de falsario y contraproducente, comparable en su grado de herejía al falso conservadurismo de Buchanan. Intenta aplicar para demostrar este prejuicio el argumento de la baja preferencia temporal (el libertarianismo no-conservador es propio de "tolerantes relativistas, multiculturalistas, individuos inadaptados, gente fracasada y perdedores en general") pero no la demuestra, sólo la supone. Su liberalismo cojo y torcido –además de su metodología deficiente– queda ya demasiado en evidencia cuando mete en una misma lista, supuestamente científica, fenómenos tales como "la vulgaridad, la obscenidad, la profanación, el uso de drogas, la promiscuidad, la pornografía, la prostitución, la homosexualidad, la poligamia, la pedofilia o cualquier otra perversión o anormalidad" (sin importarle, por cierto, si éstos suponen una agresión o no a la propiedad privada, a la que apela sólo cuando le interesa).
La normalidad, la eterna normalidad. Esa normalidad –"ese conjunto de leyes, reglas, prescripciones, códigos morales y de conducta vigentes"– que varía en el tiempo y en el espacio, como el propio Hoppe reconoce. ¿En qué se queda esa identidad obligatoria entre conservadurismo y libertarianismo entonces? En nada. ¿Qué uso hace de un concepto tan interesante como el de la preferencia temporal? Un uso excesivo y sesgado, que desprestigia al mismo concepto. Hoppe no sólo reduce sus herramientas de análisis a una, sino que además la utiliza mal. Nadie puede pretender que pase por un análisis serio, científico y riguroso lo que no es más que un conjunto de opiniones personales deslavazadas.
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