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Portada - Comentarios - Independentismo, nacionalismo, liberalismo

29/07/2005 - Emilio Alonso

Independentismo, nacionalismo, liberalismo

El independentismo como proceso por el cual ciertas comunidades humanas se emancipan de otras preexistentes, a las que pertenecían, no es en puridad un proceso con connotaciones propias que sean relevantes desde un punto de vista liberal; lo relevante será siempre, en todo caso, el principio inspirador de dicha voluntad de independencia.

El proceso por el cual los Estados Unidos se emanciparon del imperio británico, inspirado por los principios individualistas y liberales manifestados en la Declaración de Filadelfia, dio origen al país que, con sus luces y sus sombras, mejor ha encarnado el ideal de sociedad abierta que persigue el liberalismo económico y político. Nada tiene de extraño que, en los años 80, y como reacción contra las tendencias estatalistas derivadas de la depresión de entreguerras y el New Deal, Ronald Reagan recuperase el legado de los padres fundadores y su lucha por la independencia de la metrópoli lejana para remover las conciencias de la sociedad americana, para llamar a las personas, a los individuos, a retomar las riendas de su propio destino.

En fechas mucho más recientes, una ola de movimientos independentistas ha recorrido las antiguas repúblicas soviéticas, movimientos generalmente animados por principios liberales como reacción frente a las estructuras totalitarias ex soviéticas que hoy siguen constituyendo, si bien de forma mitigada, la actual Federación Rusa. Algunas de aquellas antiguas repúblicas han aprovechado su proceso de emancipación para fomentar una sociedad civil fuerte y un Estado pequeño y de actuación limitada, lo que ha resultado en un nivel muy elevado de libertad individual y crecimiento económico, como ha sucedido en los países bálticos; en otros casos, las grandes esperanzas depositadas en el proceso independentista se han visto moderadamente frustradas, como parece estar sucediendo, por desgracia, en la Ucrania naranja de Viktor Yushchenko.

En todo caso, con sus naturales imperfecciones y pasos en falso, todos estos procesos de independencia fueron inspirados por un ansia unánime de mayor libertad frente al totalitarismo imperante en los estados matrices; difícilmente desde un punto de vista liberal se considerará negativo esta clase de independentismo.

Estos días hemos leído mucho en relación con la medida promulgada por el alcalde de Guecho para identificar, por medio de un pin, a los buenos euskaldunes vascoparlantes, al objeto de que en el municipio no se hable el castellano por defecto y para incentivar, desde las instancias oficiales, el uso del vascuence en las relaciones sociales. Aunque especialmente pintoresca, no deja de ser esta medida un paso más dentro de la estrategia, que dura ya muchos años, del independentismo vasco por el cual una buena parte de los representantes públicos de aquella región persiguen la emancipación de su Estado matriz, España.

En este caso, no es la mera voluntad independentista lo que hace repugnantes a la medida concreta y el movimiento en el que se encuadra: es el principio en el que se inspiran. Al contrario de lo sucedido en los ejemplos citados más arriba, la independencia vasca se busca desde la voluntad de imposición de una realidad supraindividual definida por parámetros étnicos e históricos: el pueblo vasco. Es decir, la independencia vasca no sólo no promete un mayor grado de libertad, sino que se muestra decidida a recortar el razonable estado de libertades garantizado por el ordenamiento español que ahora disfrutan los vascos para ponerlo al servicio de esa entelequia historicista e igualadora que es Euskadi. En nombre de esa fantasía étnica y antropomorfa, que emparienta al nacionalismo vasco con todas las formas históricas del Fascismo, se constriñen y supeditan los derechos y libertades de los individuos frente a los presuntos, fantasmagóricos e inexistentes derechos del pueblo, que no son otra cosa que una máscara tras la cual se esconde la voluntad de imponer por la fuerza un patrón igualador a una realidad naturalmente diversa como es el ser humano.

El liberalismo no puede entenderse nunca como una realidad opuesta al independentismo y, de hecho, la máxima aspiración liberal es una aspiración independentista: la independencia del individuo frente a cualquier tipo de imposición emanada del Estado. Sin embargo, todo nacionalismo es profundamente antiliberal: no por independentista, sino sola y exclusivamente por nacionalista.

 

Opinión de los lectores

Smith

El independentismo no es ni liberal ni antiliberal per se. Hay que estudiar quién y cómo se quiere independizar.

Por ejemplo: independentismo de regiones no-nación (País Vasco, Cataluña, Galicia...) es antidemocrático y antiliberal. Independentismo de regiones en procesos hipernacionalistas: antiliberal. Independentismo de naciones integradas por la fuerza (estados de la antigua URSS): liberal. Independentismo de colonias (África): liberal. Al menos, yo veo así las cosas, Emilio.

Francisco Moreno

Emilio, me has clarificado la postura que debe mantener un liberal frente a diversos independentistas. Esto es un ejercicio intelectual muy sano, especialmente ahora con la que está cayendo aquí.
En otro interesante artículo de Jorge Valín en esta misma web opinaba, junto a las entelequias que Jorge denunciaba muy acertadamente de los marxistas y, en general, de toda ideología basada contra el individualismo, que algunos profetas del siglo XIX (Hegel, Comte y Marx) prepararon el camino para, entre otras cosas, derribar el Dios tradicional y, como consecuencia lógica de ello, aupar otros dioses seculares como el Estado, la Nación (y el Igualitarismo, podríamos añadir).
Estos independentismos de origen nacionalista que estamos viendo en España son, por tanto, como “hijos de un dios menor”.

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