28/05/2008 - Berta García Faet
La teoría de la pauperización
La segunda teoría explicativa de la desigualdad mundial que vamos a tratar es la teoría de la pauperización. Como ya adelantamos en el primer artículo sobre esta problemática, el espíritu marxista impregna inevitablemente todos los puntos de partida de las teorías que se utilizan actualmente. La teoría de la pauperización, más que recibir la influencia del marxismo de una forma vaga y retórica, aunque efectiva, como era el caso de la teoría del intercambio desigual, es la teoría marxista por excelencia que aún se empeña en resistir: más de un siglo después hay quien sigue agarrándose al clavo ardiendo de la pueril tesis de la lucha de clases y la absurda idea del capitalismo como monopolio. Y todo por no dejar de odiar a Occidente, que queda como muy profundo.
Esta teoría –patrocinada una vez más por el incansable Samir Amin, que estará allí donde haya que criminalizar el mercado libre– es bastante sencilla, y al lector le sonará porque, como decimos, la cantinela es la de siempre: el capitalismo concentra la riqueza en unos puntos del planeta, agrava la polarización social, provoca un descenso de los salarios hasta que se atascan en el de subsistencia, hace aumentar progresivamente las clases bajas en detrimento de las clases medias y altas –hasta el punto de que desembocamos en una sociedad con tan sólo dos clases– y, sobre todo, genera excluidos del sistema. Y esto no sólo en el siglo XIX sino también en el siglo XX, especialmente en su segunda mitad.
Si están pensando que esto no tiene ningún sentido, que resulta obscenamente simplista y que salta a la vista que esta teoría manipula la realidad en vez de explicarla –como cabría esperar de una teoría científica–, tienen toda la razón. Pero vayamos por partes.
En un sentido sociológico, resulta totalmente incorrecto hablar de "dos clases sociales antagónicas". Algunas corrientes sociológicas, como por ejemplo la funcionalista, plantean que esta dicotomía es imposible en tanto que el sistema no tiene "dos necesidades antagónicas". Al contrario: los individuos tienen múltiples necesidades subjetivas que se satisfacen en el mercado gracias a la división del trabajo.
Si observamos el panorama de la estratificación social contemporánea, observamos dos detalles, imbricados entre sí: por una parte, cada vez más las sociedades occidentales tienden a basarse en el logro y no en la adscripción –subyace, naturalmente, la idea de la movilidad social conectada a la eficiencia de la división del trabajo–; por otra parte, si consideramos el concepto de clase social útil para analizar los modelos de vida –que, por lo demás, son cambiantes–, vemos que resulta aterradoramente unidimensional y científicamente pecaminoso hablar de dos o, a lo sumo, tres clases. Goldthorpe, un sociólogo clave no precisamente liberal, distingue, basándose en la tipología del empleo, nada menos que entre siete clases; esto no resulta exagerado analizando los numerosos tipos de trabajo, cada vez más especializados y propios del sector servicios-conocimiento, sólo resulta novedoso: estamos acostumbrados a que se ignore a los neoweberianos.
Lo que hay que resaltar, sin embargo, no es que haya muchas más clases sociales que las dos clásicas marxistas, sino que éstas no tienen ni conciencia social preestablecida ni intereses contrarios e incompatibles: simplemente, la división del trabajo y del conocimiento es un hecho, y cada individuo cumple su función aceptando las reglas del juego y persiguiendo su propio interés. Las clases sociales no son marcas del destino o determinantes de la personalidad, son construcciones mentales humanas para aproximarnos al contenido del complejo fenómeno de la estratificación. Por supuesto que hay imperfecciones –fundamentalmente las rigideces del mercado de trabajo y demás restricciones institucionales–, pero, siendo precisamente éstas las que dificultan la creación de riqueza flexible, dinámica y libre, son las que exigen, haciendo gala de la más absoluta irresponsabilidad e ignorancia, los neomarxistas de la teoría de la pauperización.
El otro pilar de esta teoría es el que se refiere al empobrecimiento progresivo de las clases bajas (el ejército de reserva que, al emplearse en masa, ve su salario reducido hasta el mínimo necesario para su supervivencia), paralelo al enriquecimiento de una élite que se apropiaría de la plusvalía. Esta idea es falsa tanto vista desde el punto interno de los países como vista según el mercado internacional. En el seno de los países desarrollados, se ha producido una espectacular multiplicación cuantitativa y cualitativa de lo que, por simplificar, se llaman las clases medias; los individuos que no prosperan o que, por mejor decir, se quedan encerrados en círculos viciosos de pobreza, no son precisamente los que están integrados laboralmente –con salarios más altos o más bajos– sino que, en general, su pobreza se debe a otros motivos mucho más graves y difíciles de solucionar: viudas ancianas, familias monoparentales con empleos de media jornada (más grave si además cuentan con miembros dependientes tales como niños, disminuidos psíquicos o físicos), inmigrantes ilegales, etc. No existe la explotación: muy al contrario, el factor decisivo de riqueza o, al menos, de no pobreza, es la posesión de un empleo.
En cuanto al mercado internacional, al margen de las deficiencias internas de los países –en muchos casos políticas–, ¿acaso no prosperan los países que se integran a la globalización económica? Pensemos en Asia, cómo se ha incorporado –parcialmente, y aún así ya brilla– a la división del comercio internacional, y en el sangrante continente de África. La competencia y la inclusión en el mercado global no es un factor platónico y aislado a la hora de crear riqueza: está en estrecha relación con la extensión de los derechos individuales y la propiedad privada que permita el desarrollo de las iniciativas empresariales, el ahorro y la acumulación de capital. Y no es cierto, como arguyen teóricos como Zygmunt Bauman (con su tesis de las "vidas desperdiciadas"), que a Occidente no le interese la integración del resto del mundo; una cosa es la hipocresía y el oportunismo político –subvencionar al colectivo de los agricultores europeos es políticamente rentable y muy jugoso– y otra es que, por la naturaleza del mercado libre, sea mejor dejar escapar oportunidades de ganancia.
Por último, comentemos la idea de que el salario del ejército de reserva tiende a restringirse "espontáneamente" hasta sus mínimos (con la resultante acumulación de capital en unas pocas manos que se apropian del excedente).
En primer lugar, es necesario aclarar de una vez por todas que el salario es un precio más, y lo contrario se basa en dos de las más graves falacias de la historia de la Ciencia Económica (que debemos agradecer a Marx): la distinción radical entre capital constante (no generador de "plusvalía") y capital variable (generador de "plusvalía"), y la distinción, en el mismo sentido absurda, entre "valor de uso" y "valor de cambio". El capital variable (el que se refiere a la fuerza de trabajo) no funciona en el mercado de forma diferente al capital constante, y ello porque en ambos casos su valor de uso, es decir, la utilidad subjetiva que reporta a un individuo en concreto, está en relación con su valor de cambio, esto es, la relación histórica de intercambio o el precio de mercado. Decir que el valor de uso no tiene ninguna relación con el valor de cambio es ilógico e inadmisible: ¿por qué otro motivo, si no es por su utilidad, iba a intercambiarse un bien? El trabajo, como servicio, está sujeto a las mismas leyes de la racionalidad y beneficio mutuo del intercambio; no hay ninguna "excepcionalidad del trabajo" como hubiera, supuestamente, en tiempos de los neoclásicos, una "excepcionalidad de la tierra". O dicho con otras palabras, el servicio del trabajo está sujeto a la oferta y la demanda como cualquier otro bien o servicio, y ya a priori es altamente improbable que los individuos acepten salarios secuencialmente primero altos y luego bajos o, mejor dicho, es imposible que acepten salarios que no les sean netamente beneficiosos: sería intercambiar un bien por un mal.
En segundo lugar, asegurar que el salario tiende al de subsistencia naturalmente supone sostener implícitamente las tesis malthusianas –ampliamente refutadas por la vía de los hechos– y asirse a la ley de los rendimientos decrecientes de la agricultura, como explica José Ignacio del Castillo, sin tener en cuenta otras leyes económicas igualmente válidas que la complementan, suavizan e incluso anulan, como es la de que las innovaciones tecnológicas mejoran la productividad. No es correcta teóricamente, por tanto, esta supuesta tendencia; lo cierto es que la realidad tampoco parece dotarla de validez.
En conclusión: ¿creen que es honesto intelectualmente seguir aferrándose a Marx para explicar la desigualdad mundial, disimulando carencias de conocimiento y acallando malas conciencias sin ningún tipo de seriedad científica? Yo no lo creo. Lamentablemente, nuestros intelectuales más alborotadores e influyentes por lo visto sí.
Opinión de los lectores
Berta hay gente intelectualmente muy valida que sigue fumando aunque sabe y conoce a la perfección que puede acabar con cáncer. ¿Por qué no un marxista se va a aferrar a la teoría que ama? Lo único que podemos hacer es exponer las nuestras de la forma más simple y comprensible posible y como creemos en la libertad y en que usa su libre albedrío decida lo que mas le guste. Lo que no podrá con sus argumentos es convencernos para que también amemos ciegamente el marxismo como ellos.
Quiero subrayar la importancia que tiene explicar algo de forma sencilla y comprensible tal como dice el señor Martin.
Sobre la conclusión del artículo: bueno, yo hace tiempo que llegué a la conclusión de que en ocasiones se trata de Fe, no de Razón.
A mí me gustaría hacer unas puntualizaciones:
1. El análisis de las clases sociales que realizas presupone una línea horizontal y no jerárquica de la división del trabajo. Percibo una cierta naturalización -y, por tanto, ocultación-, acorde con la teoría funcionalista, de la estructura político-empresarial que subyace a la división del trabajo. Quienes la integran, claramente, tienen un status superior al que pueden tener los que están a su servicio, o, mejor dicho, la gran masa media cada vez más especializada en el sector servicios, cosa que no niego.
2. No existen países cuya población esté formada por individuos de clase media, de mediana edad y todos con trabajo (presupongo también que hombres y de piel blanca, dadas tus argumentaciones). Cabe esperar, por tanto, que todas aquellas personas que no forman parte de ese colectivo que puede tener un empleo fijo y ser exprimido a jornada completa, sean ayudadas por el Estado. Las viudas ancianas y las familias monoparentales existen: hay hasta debajo de las piedras, señorita. Cualquier sistema que los excluya de su “correcto funcionamiento”, falla.
3. El argumento de que “el factor decisivo de no pobreza es la posesión de un empleo” me parece el más ruin para avalar la recurrida y basta argumentación de que “los pobres son pobres porque no quieren trabajar”. El problema de las personales marginales –es decir, las que se encuentran fuera del sistema en su conjunto: sin casa, sin trabajo, sin dinero- es de una gran complejidad, y su reinserción no depende del ánimo que tengan para trabajar.
4. “Decir que el valor de uso no tiene ninguna relación con el valor de cambio es ilógico e inadmisible”. Discrepo. La distinción entre valor de uso y valor de cambio tiene ahora más significación que nunca. Las marcas, por poner un ejemplo, han pasado a ser el reflejo del valor simbólico de un producto, que queda muy lejos del valor de uso que pueda tener. Por qué una camiseta de algodón vale 10 € en una tienda de barrio mientras que si la comercia Pedro del Hierro vale 110 €? Pues porque lo que se vende es, además del producto, la marca, un modo de vida, prestigio, etc. Es decir: el valor de uso seria la camiseta en sí, mientras que el valor de cambio encarnaría el valor simbólico de la marca. En el trabajo pasa igual, sólo hay que mirar los precios a los que se vende la creatividad de los publicistas y compararlo con el precio al que se vende la creatividad de un alfarero tradicional.
Mayka, que para ti la camiseta de algodón y camiseta de algodón P. del H. sean el mismo producto, te deja clara la elección de que valoras mas y por que no comprarías nunca la mas cara. Para mi se tratan de dos productos diferentes y solo la compraría si para mi pagar mas de cien euros fuese algo en lo que yo pienso que salgo ganando. Por que el pan vale tan barato cuando es necesario para comer y los diamantes tan caros cuando no sirven para nada ya fue explicado hace siglos…….A los otros puntos te diré que no te entiendo. Desconoces como funciona la economía, sus leyes y así como serias incapaz de opinar sobre física quántica o medicina, con la economía creemos que podemos no solo no conocer las leyes sino saltárnoslas cuando mas nos interesa. Mucha de tus quejas se las debes a quien mas amas que es el Estado. Por todo ello deberías conocer lo que el Estado y su intervención produce y de esta forma llegar a saber que lo que a ti no te gusta es el amado Estado el que te las proporciona y lógicamente no protestar por ellas sino aceptarlas por que es tu amado Estado el que te las proporciona.
Berta, estoy seguro que te puede ayudar a conocer mejor que yo los efectos de la intervención del Estado en nuestras vidas. Por cierto fíjate que el Estado con sus leyes intervencionistas sobre el trabajo ha conseguido lo que tú no llegas a comprender y que además veo que tampoco te gusta.
Hola Mayka. Disculpa el retraso; pensé que ya había contestado pero envié mal el comentario.
1)No presupongo una estructura de clases horizontal, aunque sí entienda la estratificación social, en gran parte, tal y como la entiende la teoría funcionalista, es decir, como fruto de la división del trabajo y del conocimiento y de las distintas valoraciones que tienen en el mercado –lo que es lo mismo que decir “opinión generalizada” sobre la necesidad e importancia de un trabajo en concreto- los distintos trabajos.
Sin embargo, no puede ser horizontal en tanto que hay trabas al logro. De todas formas, lo opuesto al logro, que es la adscripción, no lo vinculo a la jerarquía, que es lo contrario de la horizontalidad. ¿A qué vinculas tú la jerarquía? ¿Al estatus (que existe, y que es natural e incontrolable: es la “opinión pública” -¡no la mía!- materializada en salarios de mercado) o a la coacción? Si lo vinculas a la coacción, estaremos de acuerdo en que es negativa; si lo vinculas al estatus, no, en tanto que yo considero que es natural que cada trabajo tenga un estatus; no puedes ni debes controlar las necesidades y opiniones de la gente sobre los bienes y servicios.
Entiendo que lo que subyace en tu comentario es que las clases sociales no sólo existen como construcciones mentales humanas para entender las implicaciones de la división del trabajo en la vida de las personas sino que, además, existen como tales, como categorías tangibles y determinantes. Sobre esto habría mucho que decir, pero por no extenderme diré que las clases sociales son menos determinantes cuantas menos trabas al logro haya; serán más determinantes cuantos más mecanismos de adscripción y coacción haya. Para que no haya equívoco, lo que yo entiendo por logro es meritocracia; y lo que entiendo por mecanismos de adscripción y coacción es todo ese conjunto de prácticas que sirven de algo cuando no hay competencia y mercado libre (porque cuando hay mercado libre son un lastre para la eficiencia y la igualdad ante la ley y tienden a minimizarse; no hay más que comparar la movilidad laboral en las sociedades postindustriales con las que aún tienen mecanismos casi medievales en el mercado de trabajo): enchufes, cargos vitalicios (por la parte de la adscripción) y restricción a la competencia: gremios, concesiones monopolísticas, prohibiciones por razón de sexo, religión, casta, nivel económico, raza, etc. (por la parte de la coacción)
2. En absoluto he dicho que haya países conformados sólo por clases medias; he dicho que éstas se han multiplicado de una manera espectacular, y que eso es bueno y que es fruto de la modernización (y condición sine qua non es un mercado cada vez más libre). Pero evidentemente lo que es una clase media se define por contraposición a lo que son los extremos: los niveles más altos y los niveles más bajos. Yo no he negado esos extremos, no he negado que haya millones de pobres. De hecho, lo que quería hacer en este artículo era criticar una de las explicaciones que hay para la existencia de esos pobres, y proponer otra explicación.
3. Me acusas de algo que no he dicho y que no pienso. ¿Cómo voy a decir que los millones de pobres que existen en el mundo lo son porque no les da la gana trabajar? ¡Ojalá fueran pobres por eso! Porque entonces no tendríamos de qué preocuparnos: sería su culpa y, a mí personalmente, me importarían poco o nada. Lo que yo he dicho es que, hoy en día, la mayor parte de los ingresos de la mayor parte de las personas provienen de los salarios (los intereses del dinero que se presta, las herencias, las donaciones y los rendimientos del capital, para el ciudadano medio, suponen un porcentaje muy pequeño de sus ingresos), y si no hay salario, normalmente no hay casi ingresos. De ahí deduzco que es fundamental para no ser pobre tener un trabajo. Y, por tanto, una manera de explicar la pobreza es explicar por qué hay personas que no tienen trabajo. Como dices, es un problema complejo, que no pretendía abordar muy profundamente. Además, es muy diferente si hablamos de los pobres dentro de las sociedades ricas a si hablamos de los pobres dentro de las sociedades pobres (es mucho más difícil explicar lo primero y por eso no me he metido ahí; yo hablo todo el rato de la pobreza en el Tercer Mundo, que me parece fundamentalmente fruto de su no-integración en la globalización; esto, a su vez, tiene muchas causas, pero si tuviera que destacar sólo una destacaría las restricciones al comercio –las que ellos mismos ponen dentro de sus sociedades, es decir, al comercio interno, y las que nosotros les ponemos en el comercio internacional-.
El punto 4 lo dejo para más tarde que ahora no puedo seguir.
Un saludo y gracias por tu comentario
Sí. Como dice el Señor Eugenio, no sé nada de Ciencia Económica (con mayúsculas). Ni de la única y absolutamente verdadera (la del neoliberalismo) ni tampoco de sus versiones apócrifas; ya sea socialismo, keynesianismo o cualquier otra a la que le parezca que el Estado debe proteger los derechos fundamentales de las personas y no ofertarlos al mejor postor (el pobre Keynes no merece más credibilidad que la Virgen de Lourdes, con perdón a las Lourdes cristianas). Tampoco sé de física cuántica, he de darle la razón al Señor Eugenio. De hecho, no sé casi nada de física a secas. Pero si me pongo debajo de un manzano y le da a una manzana por caer, me da en la cabeza (cosas de la lógica).
Desde la lógica hablaré, pues. Me sigue pareciendo aberrante que defiendas que la pobreza en el Tercer Mundo es “fruto de su no-íntegración” en el comercio internacional. La idea de que la pobreza es un punto de partida para el desarrollo de todas las sociedades es falsa. ¿Cuándo ha sido pobre Inglaterra? El discurso del desarrollo y el progreso, que subyace en tus argumentaciones con un valor positivo (y en todas las neoliberales: es análogo al discurso que proclamaba el cristianismo ante los salvajes incivilizados, sólo tienes que cambiar cristianismo por progreso y salvajes por pobres) es en realidad una metáfora de la búsqueda ilimitada de capital de las grandes potencias. Un ejemplo de esta metáfora puede ser expresión “Planes para el Desarrollo”, eufemismo para designar los planes económicos con países subdesarrollados.
Supongo que por “incorporación a la división del comercio internacional” de África te referirás a los TLC que impone Europa o el BM, los cuales obligan a países con menor capacidad tecnológica y de producción a aceptar el libre comercio sin derechos de aduana. ¡Qué bien eso de imponer tus propias reglas! Si de verdad importara el crecimiento económico de África, no se chantajearía al continente con “no ser aceptado” si no importan productos que destrozarán su mercado local. Porque ¿cómo pueden competir los pequeños agricultores con las plantaciones europeas? Para ilustrar mejor este punto y hacerlo más ameno: podemos poner a un boxeador de 2 metros y 120 kilos de peso (y atiborrado de anabolizantes) a pelear contra otro de metro y medio, escuchimizado, cuyo entrenador casi no le puede dar ni de comer (mucho menos drogas supuestamente prohibidas por las leyes del mercado). Entonces se les dice: ¡¡¡Son libres de pelear!!!! ¡¡¡Que las leyes de la Naturaleza decidan!!! Desde el hospital (si no acaba en el cementerio), el segundo de ellos estará muy contento de haber participado en un espectáculo que, según le dicen, es bueno para todos. Quizá no ahora, pero sí algún día.
Y claro, la celebración de este combate la defenderán con más hincapié los más fuertes. Tontos no son. Dirán que su gran amiga la Sociobiología ya prueba que el hombre es egoísta por naturaleza y el progreso siempre debe pasar por el combate entre el débil y el fuerte. Pobrecitos, ellos sólo se rinden ante las leyes de la naturaleza (como el hombre que viola a la mujer porque es agresivo por naturaleza, no?). Así, Cargill, Monsanto y compañía, se dedican ¡legítimamente! a introducir semillas transgénicas en países pobres, ganando fortunas mientras los campesinos, perdida su soberanía alimentaria debido al libre intercambio de las mercancías (consulten los datos acerca de las consecuencias del TLCAN en México), se mueren de hambre. Pero bueno, seguro que es porque no han integrado suficientemente sus mercados. Cuando estas compañías y unas pocas más (que controlan aproximadamente el 70% del mercado de semillas del mundo) lleguen a hacerse con el 100%, se acabará el hambre. ¡Seguro que sí! Ellas van a lo suyo, se comportan como si sólo les importaran sus propios beneficios, pero gracias a las santas leyes naturales de la Ciencia Económica, aunque algunos ignorantes no nos demos cuenta de ello, ayudan a que no haya hambre en el mundo.
Quería decir una última cosa respecto a la relación entre Sociobiología (o la pretensión de crear leyes naturales tomando muestras de un determinado contexto social) y Economía. La naturalización de un sistema económico (en ese caso el capitalismo reinante) oculta la comprensión de la economía como actividad real articulada en la sociedad y ahoga la posibilidad de pensar políticamente la relación entre lo económico y lo social. Para que no haya confusiones: me refiero a la distinción que Polanyi hizo entre “economía real” (la actividad intrínseca a cualquier sociedad basada en el intercambio entre el entorno natural y el social) y “economía formal” (el sistema mediante el que se distribuyen los recursos del entorno natural, que responde a un interés concreto). Es decir, el derecho a la propiedad privada no es un derecho natural del ser humano, en tanto que es la base para el desarrollo de la economía capitalista, no de una economía que se pueda producir en términos de igualdad por todas las comunidades de la Tierra (actualmente Cuba es el único país que puede conjugar su Índice de Desarrollo Humano con la capacidad ecológica del mundo para soportar un gasto igual por todos los demás países). Nunca existirá una relación entre derechos individuales y propiedad privada, ya que la propiedad privada (la ganancia acumulativa) de unos, supone el empobrecimiento progresivo de otros. Este último punto fue ampliamente desarrollado por André Gunder Frank y, de una forma más divulgativa, por Eduardo Galeano (este es un pobretón uruguayo, pero Gunder Frank es alemán, supongo que sí que entra en el club).
Ps: Animo a cualquier economista a que deje sus libros, abandone su escritorio y despacho y se vaya a alguna comunidad de un país del llamado Tercer Mundo (pero no con el guía de Halcón Viajes, eh!?). Y hablar con la gente, no a hacer actos de caridad. A pesar de que les pueda parecer a priori una tarea inútil conversar con semejante banda de iletrados, puede que hasta algo aprendan. Lo malo es que tendrán que compartir el hambre con ellos o llevarse la comida de casa. Allí, a veces, escasea. Pero, lo olvidaba, ustedes eso ya lo saben. De hecho, sabéis hasta cuál es la razón de ello.
Ps 2: Por cierto, ¿os habéis preguntado por qué el neoliberalismo fue introducido en las economías latinoamericanas por primera vez en el mundo a través de salvajes dictaduras? Qué coincidencias tiene la vida. Porque no vayamos a pensar que hay una relación lógica entre ambos hechos. No seamos tan malos. Pero vamos, que viva Milton Friedman y su amigo Pinochet, en paz descansen ambos y con la conciencia tranquila.
Estimada Doña Mayka o Sra. de Castro; quiero en primer lugar agradecerle la deferencia de citarme en sus comentarios.
Soy de los convencidos de que aunque la praxeología demuestre los errores de la intervención estatal, por eso no va a la gente a desear que no intervenga el Estado.
Inglaterra ha sido no pobre sino muy pobre…..solo tiene que revisar la historia de Inglaterra incluso por historiadores estatistas…..
Las reglas que citas, que se imponen a Africa, te recuerdo que quienes las imponen son los organismos y gobiernos Estatales……
El ejemplo que citas del boxeador, es lógico que el fuerte y preparado gane al débil y desentrenado; pero la acción humana y la ciencia que lo estudia no trata de eso……
El mercado si es libre jamás prohibiría las drogas, dime que mercado libre prohíbe las drogas….
Debo recordarte que las leyes de la naturaleza a veces deciden, terremotos, huracanes, hasta cuando caen rayos…..pero los libertarios que creen en las leyes naturales dicen otras cosas……..
Te hago hincapié en que los liberales creen en la cooperación humana y saben los beneficios de cooperar frente a los de no cooperar libremente.
El derecho a la propiedad privada deriva del derecho natural a ser propietarios de nuestros cuerpos y de todo aquello que nosotros transformamos.
Yo animo a la gente a que antes de viajar a esos países compruebe a que país viaja, que Estado hay, que tipo de intervenciones estatales realiza, etc. Hay tareas que lleva a cabo el Estado de modo inaceptable en esos países incluso con la inmensa ayuda que reciben de los estados occidentales todos los años.
Te recuerdo unas palabras de un famoso libertario. Los salteadores de caminos te roban tu dinero pero no afirman como el Estado que los empleará en tu propio beneficio. En una palabra, se contentan con robarnos, no intenta como el Estado convertirte en su bufón o su esclavo…..y eso es así por que el Estado no puede proporcionarse ni el poder, ni el prestigio ni la riqueza a través de intercambios voluntarios.
Partiendo de que el pobre se define con la comparación del rico, Inglaterra nunca ha sido pobre se mire por donde se mire. (Ni siquiera cuando en ESPAÑA no se ponía el sol)
marc partiendo de donde tú partes, es imposible no darte tu razón, tienes tu visión privilegiada de los datos y lógicamente esa opinión no puede nadie refutarla por que es la tuya…….