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Portada - Comentarios - La libertad nos hace más "libres"

17/06/2008 - Albert Esplugas Boter

La libertad nos hace más "libres"

No hay virtualmente ningún movimiento ideológico que no reclame para sí el concepto de libertad. Los comunistas dicen defender la libertad, lo mismo que los social-demócratas o los liberales. Cada grupo, claro, entiende por "libertad" cosas distintas, pero las diferentes acepciones tienen cierto sustrato común, que es lo que permite a cada uno apelar a las intuiciones éticas de los demás, buscando la sistematización de un principio o la coherencia con una idea básica o un prejuicio que el interlocutor ya tiene interiorizado.

Así, los liberales apelamos, por ejemplo, al celo de la gente por proteger sus posesiones y quedarse con el fruto de su trabajo para defender el concepto de la propiedad privada y el libre intercambio, o animamos a nuestro interlocutor a que extrapole al ámbito público sus opiniones sobre el robo y la coacción privada, o explicamos por qué el sistema capitalista es el único que puede generar la prosperidad social que ellos también ansían.

La libertad tenía en sus inicios un sentido negativo, definía una esfera de no interferencias. La gente era libre cuando podía perseguir sus fines sin interferencias violentas. El progresivo énfasis en la consecución de esos fines corrompió el significado primigenio en favor de una libertad positiva, que define un conjunto de capacidades o posibilidades de acción. La gente es libre cuando puede alcanzar determinados fines, y deja de serlo cuando no es capaz de alcanzarlos, aunque no haya coacción de por medio. La ausencia de coacción ya no equivale a libertad, la libertad es ausencia de coacción y algo más: tener los medios necesarios, materiales o de otra índole, para alcanzar determinados fines.

La libertad positiva, aunque pretenda incorporar la libertad negativa y se presente como una evolución natural de la misma, está lógicamente en contradicción con ésta. Si a una persona deben garantizársele, aparte de una esfera de no interferencias, unos medios, otras personas estarán obligadas a proveérselos, en perjuicio de su propia libertad negativa. La libertad negativa exige a todos lo mismo: abstenerse de utilizar la violencia contra el prójimo. La libertad positiva concede a un grupo derechos sobre el prójimo.

Si quiere defenderse la libertad positiva (el aumento de los medios disponibles para alcanzar fines) sin conculcar la libertad negativa, entonces no es necesario emplear aquel término. Hay otros más indicados para definir un "aumento de los medios para alcanzar nuestros fines", como puede ser el de "riqueza" o "prosperidad". Equiparar riqueza con libertad lleva a conclusiones sin calado ético (como que somos más libres si ganamos la lotería o menos libres si un huracán arrasa nuestra casa), y resta claridad conceptual, pues "libertad" pasa a significar lo contrario de lo que significaba antes. Si los intervencionistas quieren redistribuir e imponer sus preferencias que al menos lo llamen por su nombre.

Esta reflexión no sugiere que a los liberales, proponentes en general de la libertad negativa, no nos preocupa "el aumento de los medios disponibles para alcanzar fines". De hecho una de las principales razones para defender la libertad negativa es que ésta genera las condiciones necesarias para que aquellos medios puedan producirse. Los liberales aborrecemos la libertad positiva en la medida en que se utiliza con afán redistribucionista, violentando la libertad negativa, no en la medida en que se utiliza como sinónimo de mera creación de riqueza.

Will Wilkinson nos pone una trampa a los más ortodoxos. Dice Wilkinson que los liberales equiparamos una reducción de impuestos con un aumento de libertad. Pero un impuesto más bajo no es menos coercitivo que un impuesto más alto. O eres coaccionado o no lo eres. El daño puede ser menor, nuestras oportunidades o posibilidades de actuación habrán aumentado. Entonces, ¿por qué hablamos de un "aumento de nuestra" libertad (negativa) cuando en realidad queremos decir un "aumento de nuestras oportunidades" o de nuestra libertad positiva?

Pero sí existen grados de coerción. Desde luego Wilkinson no dirá que ser violado o secuestrado durante 20 años es igual de coercitivo que recibir una bofetada o sufrir un secuestro de unas horas. Tampoco es igual de coercitivo pagar un 95% de impuestos que pagar un 10%, pues en el primero la coacción abarca casi todas nuestras acciones (trabajamos un 95% del tiempo para el Estado), mientras que en el segundo abarca relativamente pocas. Wilkinson quiere hacernos creer que o bien hablamos de coacción/libertad negativa, o bien hablamos de nivel de oportunidades/libertad positiva. Pero lo cierto es que podemos hablar perfectamente de oportunidades y libertad negativa cuando las oportunidades nos son vedadas por la fuerza. Unos impuestos más bajos suponen un aumento de la libertad negativa con respecto al uso que podemos hacer de nuestro dinero.

 

Opinión de los lectores

Daniel Ballesteros

Excelente artículo Albert, incoporando conceptos filosóficos clásicos, claros y precisos. Esta divergencia en los términos la hemos sufrido muchos liberales fundamentalmente al tratar con neoclasicos, institucionalistas, marxistas o keynesianos; y creo que en gran medida el éxito de esas vías de pensamiento entre el común de la gente se debe a la ignorancia acerca de los más elementales principios filosóficos. Ignorando la profundidad de una enseñanza clásica de calidad no se puede pretender que los ciudadanos sepan de lo que hablan cuando se refieren a términos como libertad o democracia... pero votan todos como si lo supiesen.

Lo dicho, gracias por este enriquecedor artículo, muy bueno.

Fco. Moreno

En relación con los diferentes grados de coerción, le recordaría a Will Wilkinson lo que sucedía con los soviéticos que viajaban al extranjero a trabajar: además de contar con ínfimas cantidades de divisa, el 80% de todo lo que ganasen en el exterior debía entregarse puntualmente en la embajada soviética más cercana, so pena de castigos varios.

Es famosa la anécdota del violonchelista Rostropovich antes de emigrar definitivamente a Occidente e independizarse de la tutela estatal, en su viaje a Bonn para dar un concierto. Harto de que el estado soviético se quedara con la mayor parte de los frutos de su trabajo, al pagarle al final los teutones no con dinero, sino con un jarrón de cristal de roca, se presentó en su embajada con dicho jarrón y lo estrelló contra el suelo en presencia de los desconcertados diplomáticos. Se quedó con un quinto de los trozos del jarrón y dijo a los burócratas rapiñadores que recogieran del suelo la parte que les correspondía.

Para los partidarios de la “libertad positiva” a costa de los demás (los más esforzados y laboriosos) esta actitud de Rostropovich seguro que sería calificada de insolidaria.

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