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Portada - Comentarios - Cuestiones liberales

02/07/2008 - Joaquín Santiago Rubio

Cuestiones liberales

La del Estado, desde el punto de vista de su limitación, es una vieja cuestión. Bien lo sabemos los que nos decimos liberales no de talante. Lo cierto es que en los términos más actuales la cuestión teórica se remonta a los años sesenta y setenta, donde autores provenientes de corrientes austroliberales o de tendencias neoclásicas han resucitado el tema elevados por la crisis del modelo estatista keynesiano expandido antes y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial. Victorias "suecas" como la de Hayek, Friedman, Becker o Coase han sido hitos en el camino. La extensión del libertarismo y de la crítica del Estado de la mano de Nozick, Rothbard o Lemieux, también han sido influyentes.

Pero lo determinante en una corriente es lo que hacen los políticos con sus recetas. ¿Qué ha ocurrido en los años ochenta del pasado siglo? Esencialmente, que se han aplicado algunas de estas medidas de reducción del Estado en la anglosfera. De la mano de Reagan y de Thatcher, los estados respectivos han dado un giro de unos grados en sentido reductor. Han aplicado, para ello, recetas esencialmente monetaristas, cuyo fundamento es relativamente consistente, y desregulaciones asentadas esencialmente en privatizaciones de empresas públicas, más generalizadas en Europa que en Norteamérica. El resultado fue, sin duda, una liberalización de ciertos mercados, especialmente de los financieros. En los años noventa les llegó el turno a los estados iberoamericanos y a las ex repúblicas soviéticas. Para ellos la receta fue, simplemente, privatizaciones, sin más, y ajustes de las finanzas nacionales a las exigencias del FMI. Por unos y por otros esas dos décadas han pasado por ser las más liberales de la Historia y sus resultados, decepcionantes a todas luces, les han sido asignados al liberalismo.

La ola liberal estuvo mucho más en la boca de los periodistas, de los mediadores de opinión y de ciertos estamentos políticos más que en las realidades. El ex colaborador de Ronald Reagan David Stockman lo explicó muy bien desde el pesimismo liberal en su El triunfo de la política. Sólo tuvieron lugar unos pocos grados de giro hacia la derecha, pero fueron acompañados de una enorme cobertura publicitaria, como si de una gran revolución liberalizadora se hubiera tratado. Grandes alharacas en torno a las privatizaciones ha hecho pasar por liberalizador lo que no fue más que una modalidad de gestión estatista de la economía. No es de extrañar, pues, que tras el fracaso de las promesas de algunas de las privatizaciones y desregulaciones, las culpas hayan recaído sobre los teóricos. Una liberalización cosmética y superficial, que no consigue reducir los precios porque no consigue en realidad incrementar la competencia y dar vía libre a la función empresarial, arrastra en su fracaso a la teoría liberal.

El liberalismo se encuentra, por tanto, en una encrucijada. Por una parte, teórica y, por otra, política. El dilema teórico es que, siendo muy variados los teóricos liberales y sus propuestas económicas, todos son incluidos en la misma casilla. Además, habiéndose aplicado más las recetas de los liberales friedmanitas, monetaristas y neoclásicos, las críticas a sus "inadecuaciones a la realidad" han recaído sobre todos por igual. El mismo Friedman, en un alarde de rigor empirista, reconoció que las recetas de privatización dirigidas por él en la Europa del Este habían sido erróneas. Que es mucho más importante para organizar sociedades libres establecer sólidos regímenes jurídicos de protección a la propiedad. Si no, la privatización es una depredación de rentas estatales con la formación resultante de mafias.

El positivismo friedmanita es de cortas miras. Parece que se niega a admitir que existe una tradición teórica liberal más antigua y sabia que la suya que le hubiera hecho concluir lo mismo y mejor antes de la caída del muro de Berlín.

La encrucijada política deriva de aquella. Si la tradición teórica que puede ser comparada por los políticos, la monetarista, pierde valor, el liberalismo ya no vende. La agenda política norteamericana de los últimos años es clara en esto y no porque a los norteamericanos les preocupe la seguridad, que es muy plausible, sino porque han sacrificado amplias cotas de libertad económica no sólo a ella, sino a las subvenciones, la "solidaridad", la compasión y a todas aquellas propuestas que prometen lo que nunca podrán cumplir.

Frente a este fracaso neoliberal se alza, impasible en el plano teórico, la tradición austriaca. Inexpugnable en sus análisis, infalible en sus pattern predictions es, no obstante, incapaz de entusiasmar a ningún político ni a ningún medio de comunicación de importancia. De nada sirve, no obstante, lamentarse. La tradición austriaca sigue siendo académicamente minoritaria por más que su solidez sea insuperable en el plano económico. Para la opinión pública general, además, o no existe o es considerada como una variante menor del mismo inconvincente liberalismo. Y no vende porque le falta ofrecer un producto político que venda, algo que sea asumible desde quien busca acceder al poder político o desde quien desea reformarlo en un sentido determinado.

No arraiga en la opinión porque sólo prende en las minorías que nos apasionamos con la libertad y, colateralmente, con la expansión sin límites de la productividad y la felicidad humana. Pero no aporta nada a la organización de la sociedad política, salvo generalidades derivadas de la idea de fraccionamiento simple y como sea, del poder territorial, formal, institucional y total. Pienso que ha llegado el momento de que haya una teoría austriaca, o complementaria a ésta, del Estado. Mientras ésta no exista, seremos minoritarios, muy minoritarios, desoladoramente minoritarios... e incapaces de generar una sociedad de minorías orgullosas, es decir, de individuos.

 

Opinión de los lectores

Bastiat

Si…. Señor.

El principal problema del liberalismo es que es básicamente aplicado y teorizado desde el punto de vista económico. Las cuestiones morales parten de la base simple de la “no agresión” como si el respeto, como pauta de comportamiento, no fuera en si una auto agresión a la acción individual a la que los liberales nos sometemos pero que queda o debe quedar plenamente enmarcada en una pauta de comportamiento impuesto por el grupo porque el grupo precisa para su funcionamiento del respeto.

La responsabilidad es la consecuencia final de esa esencia del respeto. Aquel que no respeta tiene que asumir las perniciosas consecuencias de su comportamiento. Y la sociedad, el grupo, tiene que poder exigir esa responsabilidad. Y la sociedad tiene que articular formas que hagan efectiva la asunción de responsabilidad porque si no el respeto no es económicamente necesario al salir relativamente gratis el no respetar.

Son consideraciones no económicas, el respeto y la responsabilidad, que muchos liberales dejan de lado en el momento en el que surgen esas instituciones de carácter impositivo y coactivo. Y sin embargo son necesarias.

Y por otro lado el aspecto de la política. Si negamos la existencia de instituciones, de comportamientos morales emanados de ambos conceptos, negamos la política y esto se hace por la misma causa: La No imposición.

Y no es realista.

El grupo, la manada, la pandilla, la familia establece normas morales, de comportamiento, y de administración del grupo. La existencia de grupos humanos mas grandes implica la necesidad de establecer las formas de gestionar esos tamaños mayores, de mayores complejidades, de necesidades mas variadas y para eso, si bien el mercado provee de muchos bienes y servicios, lo que es indudable es que es precisa la intervención de las instituciones que provean al mercado la seguridad jurídica necesaria y precisa para su mejor funcionamiento.

Esas instituciones hay que mantenerlas, fortalecerlas y, en muchos casos, en todos, los casos establecer de manera precisa aquello para lo que se crean, sus tareas, y aquello en lo que NO se pueden meter.

Esa es la lucha del liberal hoy en día, el proponer políticas públicas, establecer el funcionamiento mas adecuado posible de las instituciones, el someterlas a control preciso, pero sobre todo, por encima de todo, en hacer entender a la sociedad que nada de ello puede mantenerse si no hay una voluntad de la mayoría por alcanzar mayores cotas de libertad, no para hacer lo que a uno le de la gana, sino porque es la verdadera y una garantía del progreso.

Y eso sólo se puede hacer desde la labor política.

Joaquín Santiago

De acuerdo contigo, Bastiat.
Las propuestas de políticas públicas son imprescindibles. Destaco, por ejemplo, las del Observatorio del IJM y, en concreto, la que aboga por la adopción del patrón oro por España. Resulta excelente porque señala con precisión y claridad científico-social cuáles son los beneficios que sobrevendrían a los españoles de llegarse a ello. PERO NO EXISTE INSTANCIA que traslade esta propuesta al debate político y, por ende, de los medios. No podemos esperar que los partidos tradicionales se hagan cargo de esta propuesta porque sería el fin de su gestión expansiva de los presupuestos públicos. Sólo un partido-federación en sintonía con el austroliberalismo podría hacer esa tarea. Y, para ello es necesario que disponga de una teoría del Estado y del poder que no sólo sea una crítica al mismo sino también un programa de actuación.

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