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Portada - Comentarios - La guerra y la salud del Estado

11/08/2005 - José Carlos Rodríguez

La guerra y la salud del Estado

Randolph Bourne lo expresó como nadie, antes o después de él. “La guerra es la salud del Estado”, dijo en un ensayo escrito como respuesta de la entrada de los Estados Unidos en la Gran Guerra.Hay tres síntomas claros de todo ello: el primero es el aumento del poder estatal, el segundo la merma de libertades personales y el tercero la milagrosa conversión de las medidas urgentes en permanentes y las especiales en generales. Veamos cómo se operó ello en los Estados Unidos de las dos guerras mundiales poniendo unos pocos ejemplos:

I Guerra Mundial

1) Aumento del poder central. El Gobierno de los Estados Unidos creó más de 5.000 agencias gubernamentales y nacionalizó los mercados de la construcción naviera, el ferrocarril, el teléfono y el telégrafo. Comenzó a inmiscuirse en el mercado laboral, y en los mercados petrolero y energético, en las materias primas, en los productos manufacturados, en el comercio internacional. Hoy estamos acostumbrados a esto, pero entonces eran auténticas novedades.

2) Ataque a las libertades. La ley de espionaje de 15 de junio de 1917 penalizaba a quien obstruyera los servicios de reclutamiento con penas de hasta 20 años. La Ley de Sedición, de mayo de 1918, impuso penas criminales igual de duras a delitos como la expresión de opiniones críticas con el gobierno, contra sus símbolos, o la crítica a la movilización general de los recursos para la guerra. En concreto, se puede perseguir a quien haya impreso “un lenguaje desleal, profano o abusivo que muestre desprecio, escarnio o discrepancia sobre la forma de gobierno de los Estados Unidos, la Constitución, o las fuerzas armadas o navales, o la bandera de los Estados Unidos, o los uniformes de las fuerzas armadas o navales”. Se persiguió a 2.000 personas bajo esta ley. Una vergonzosa sentencia del Tribunal Supremo, con el Juez Holmes de presidente, aprobó la condena de un particular que había criticado la Ley.

Lo que consiguió el Gobierno fue la censura de todo material impreso, la deportación de centenares de extranjeros sin un juicio contradictorio. La cosa llegó tan lejos como para que en California se arrestara a un ciudadano por la lectura en público de la Carta de Derechos de los Estados Unidos. En New Jersey se detuvo a otro por la lectura en público de la Constitución. Hubo una propaganda pública brutal, y los ciudadanos alemanes, que fueron fundadores de esa nación, sufrieron indeciblemente. Tras la entrada americana en la guerra, varios periódicos progermánicos y anti-intervencionistas fueron vetados del sistema nacional de correos, entonces muy necesario para su distribución. Se prohibió la enseñanza del alemán en las escuelas y las estanterías de las librerías veían como los libros firmados por autores alemanes, como Goethe o Kant, desaparecían.

3) Las leyes excepcionales están para quedarse. Cuando la guerra terminó, parte de sus controles se abandonaron. Pero no todos. Muchos de los poderes ganados por el Estado bajo la excusa de la excepcionalidad se repartieron entre los ministerios. Se mantuvieron leyes como la Ley de Espionaje. Las nacionalizaciones del ferrocarril o de la construcción naviera, entre otras, se mantuvieron. Se mantuvo también la prohibición del consumo y tráfico de alcohol, por cierto. La “ley seca” que dejó las consecuencias que todos sabemos.

II Guerra Mundial

1) y 2) Aumento del poder estatal y declive de las libertades. En agosto de 1940, FDR aprobó la conscripción en tiempo de paz, lo que no tenía precedentes en la historia de los Estados Unidos y hubiera sido considerado inaceptable por sus Fundadores. Lo hizo en primer lugar en la población entre 21 y 35 años, en un comienzo, para extender más tarde la horquilla de edad hasta comprender de los 18 a los 45 años. Finalmente, de los 16 millones de personas que sirvieron en la guerra, 10 millones eran conscriptos.

Por supuesto, si el Estado puede disponer de la vida de sus ciudadanos, qué decir de su propiedad y del resto de derechos. En 1942 se aprobó la Segunda Ley de Poderes de Guerra, que autorizaba a las agencias gubernamentales a tomar posesión de cualquier propiedad que consideraran necesaria para la guerra, a cambio de una compensación. Pero esto no era nada en comparación con lo que la ley decía del Presidente de los Estados Unidos. “Cuando sea que el presidente considere que el cumplimiento de los requerimientos para la defensa de los Estados Unidos resultarán en una escasez en la oferta de cualquier material o de cualquier recurso para la defensa, el Presidente podrá distribuir este material en interés público y para promover la defensa nacional” y lo podía hacer “como considere necesario o apropiado”, es decir, con total arbitrariedad. Un poder que luego distribuiría por varias agencias gubernamentales. El gobierno, de hecho, nacionalizó varios recursos, e incluso industrias enteras, como las minas de carbón.

3) De lo excepcional a lo permanente. Era una situación excepcional, que merecía, se decía entonces, medidas excepcionales. Muchos de los controles que se permitieron durante la II Guerra Mundial se revocaron. Pero de nuevo no todos. Se cumple una vez más una ley inexorable de ciertas medidas excepcionales, y es que llegan para quedarse de por vida. Como ejemplo podré el sistema de mantenimiento de los precios agrícolas, que sigue funcionando hoy día. Se mantuvieron también los controles de rentas en Nueva York, con efectos desastrosos sobre la ciudad, así como los tipos impositivos, sin precedentes en la historia de ese país.

Hay elementos para pensar que está ocurriendo lo mismo en la actual “guerra contra el terrorismo”. Si, como dicen los neoconservadores, quienes nos atacan lo hacen por lo que somos y no por lo que hacemos, abandonar lo que nos caracteriza, nuestras libertades, supone caer en una política de “apaciguamiento” involuntaria pero muy perjudicial.

 

Opinión de los lectores

Albert Esplugas Boter

En la guerra, te dirán algunos, todo vale. No deja de resultar curioso que cuando se habla de ella parece que entonces hay quien lanza los principios liberales por la borda, acogiéndose a unos distintos (el fin justifica los medios, utilitarismo...) que están en abierta pugna con los que sostienen comúnmente.

Aquí en España el aislacionismo no está arraigado entre los liberales, ni siquiera una actitud de prudente reserva hacia el intervencionismo militar y la agenda wilsoniana de la Administración Bush. Presumo que en buena medida es porque aquí el anti-intervencionismo en política exterior se asocia con la izquierda y con el anti-americanismo, aunque en realidad sus raíces sean conservadoras y el militarismo tenga más bien un origen progresista. La izquierda asimismo vilipendia a los Estados Unidos por considerarlo un feudo liberal y numerosos liberales españoles, habiendo asimilado este mito (pues la sociedad norteamericana no está mucho menos intervenida que la nuestra), asumen que Estados Unidos batalla allende sus fronteras por la libertad individual y el capitalismo, y a sus ojos lo ratifica el hecho de que la izquierda critique estas intervenciones.

Un comentario muy pertinente teniendo en cuenta los debates que se han suscitado estos días en el entorno de redliberal.

Francisco Moreno

No puedo estar más de acuerdo con estas reflexiones. Tomemos como ejemplo algunos casos de implantación del documento de identidad de las personas, para su mejor control por parte del Estado:

En Francia el documento de identidad fue creado durante un período bélico, cuando en 1914 se ejerció un severo control de la circulación de extranjeros. Pero fue precisamente en plena 2ª GM, en 1940 y durante el régimen de Vichy, donde se obligó a todo francés mayor de 16 años a obtener su documento de identidad. Para mayor escarnio, se introdujo la palabra "judío", estampada en rojo en la primera página, a todo el que lo fuera. De esta forma, el país que se había proclamado baluarte de los principios de igualdad, libertad y fraternidad, tiraba por la borda todos estos principios con la excusa de que se estaba en período de guerra (y de sumisa colaboración de las descabelladas directrices que venían de Berlín).En Alemania esta ignominia empezó antes: en 1938, después de la anexión de Austria, fue cuando se obligó a los judíos a portar la letra “J” en sus documentos de identidad y pasaportes.

En España, se decidió su implantación generalizada en 1944; aunque no se pudo llevar a cabo de forma efectiva hasta 1951 (por cierto, el Generalísimo se adjudicó el nº 1 como ejemplo de buen ciudadano cumplidor). En relación con la historia de nuestro DNI ver enlace: http://www.el-mundo.es/cronica/2004/438/1078755910.html

Los países de tradición liberal, por el contrario, se han caracterizado por objetar –al menos teóricamente- los mecanismos del Estado que a su entender lesionan las libertades individuales invadiendo la privacidad de los ciudadanos. Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Irlanda, Suiza, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Japón, Corea del Sur, India, Australia o Nueva Zelanda se inscriben en esta corriente. No obstante, muchos de estos países, a través de otros documentos como la tarjeta de la seguridad social o el carnet de conducir están de facto sirviendo para dicho control.

En, concreto, Gran Bretaña, muy celosa respeto a las libertades civiles y la privacidad de las personas, siempre ha sido reacia a implantar un DNI generalizado (denominándolo despectivamente “pasaporte interior” y tildando de estalinista cualquier intento que ha habido de introducirlo por los gobiernos actuales). Solo durante la Segunda Guerra Mundial los británicos aceptaron una excepción a esta regla y crearon un documento de identidad destinado a controlar a los extranjeros por sus posibles actos de espionaje.

Pero Churchill, como buen liberal, declaró en 1952 que era lisa y llanamente “innecesario” por haber terminado hacía tiempo la contienda y desde entonces no hubo obligación de solicitarlo. Sólo muy recientemente, el 29 de marzo de 2006, Blair ha conseguido aprobación parlamentaria y visto bueno de la Cámara de los Lores para la implantación obligatoria del dni con chip y banda magnética a partir de 2008 (fue en cuatro ocasiones rechazado por la Cámara alta; pero no pudo ser en la quinta ocasión; de seguro que pesaron los atentados del 7-J del año pasado).

La razón esgrimida por Blair ha sido que era necesario para la lucha anti-terrorista, que "los tiempos han cambiado y que era necesario volver a las prácticas de control de los ciudadanos como en tiempos de la 2ª GM".

Los verdaderos baluartes de la tradición liberal están cediendo a las ansias controladoras del Leviatán por mor de la seguridad ciudadana frente a los nuevos enemigos de este siglo.

No somos nadie.

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