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Portada - Comentarios - ¿Quién derrumbó el muro?

16/08/2005 - Gabriel Calzada

¿Quién derrumbó el muro?

Cuando se discute la autoría de la demolición del muro de Berlín y de todos los telones de acero que mantenían a millones de individuos esclavizados en el este de Europa se escuchan respuestas para todos los gustos. Muchos dicen que fueron los sufridos ciudadanos del socialismo real los que, martillo en mano, desmontaron el brutal paredón que les separaba de una sociedad algo más libre. Otros dirán que fueron Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Muchos apuntarán a Juan Pablo II como principal artífice. No faltará quien nomine a Helmut Kohl y hasta habrá quien defienda que Mijail Gorvachov fue el principal responsable de la caída del comunismo.

Sin embargo, cuando se discute sobre la autoría de la demolición académica del socialismo el nombre de Ludwig von Mises se postula como indiscutible. Ya en el invierno de 1918-1919 Ludwig von Mises convenció al joven y brillante marxista Otto Bauer de que el inminente experimento comunista que pretendía liderar en Austria estaba destinado al fracaso más estrepitoso. Las explicaciones lógicas de porqué al baño de sangre inicial le seguiría la destrucción todos los logros que para la civilización significaba Viena calaron hondo en Bauer y su mujer, quienes debatieron la cuestión con Mises durante numerosas noches antes de que decidieran hacer todo lo que estaba en sus manos para detener la revolución.

Un año más tarde Mises publicó su fecundo “Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen”. En éste, el austriaco explicó de forma deductiva que cuando no existe un precio de mercado en los bienes de producción (como ocurre necesariamente en una sociedad en la que no se respeta la propiedad privada), es totalmente imposible analizar retrospectivamente si una dedicación concreta de los medios de producción han permitido alcanzar ganancias o si por el contrario suponen un despilfarro de recursos escasos y presentan pérdidas.

Sin embargo, lo que es menos conocido es que Mises fue la cabeza visible y último representante magistral de un grupo de estudiosos de la economía que desde hacía varias décadas se habían enfrentado al comunismo. Entre todos pusieron la teoría marxista en la picota. Los primeros esfuerzos llegaron de la mano de un puñado de autores alemanes que aplicarían la teoría subjetiva del valor para mostrar cómo los errores cometidos por Adam Smith en la teoría del valor eran el talón de Aquiles del marxismo. Entre ellos destacaron nombres tan ilustres miembros de la Gebrauchtwertschule como Karl Knies o Wilhem Roscher.

Eugen von Böhm-Bawerk se encargaría unos años más tarde de ordenar los argumentos y mostrar las inconsistencias lógicas del marxismo. Con todo, la crítica fundamental de Böhm-Bawerk se fundamentó en la teoría objetiva del valor trabajo y en el concepto de preferencia temporal –inexistente en la teoría marxista– que invalidaba el análisis marxista de la plusvalía y la explotación.

Los más inteligentes autores socialistas entendieron perfectamente el carácter letal del órdago lanzado por Böhm Bawerk. El propio Marx reconoció el aparente cúmulo de contradicciones a la vista de las críticas del austriaco y prometió desenredar el entuerto más adelante; cosa que nunca hizo. Engels, ante la incapacidad de su amigo y maestro, convocaría un concurso para contestar a Böhm-Bawerk. Hilferding intentó responder al famoso teórico de la escuela austriaca con más pena que gloria. El propio Otto Bauer terminaría admitiendo que la teoría marxista del valor era insostenible y que la “respuesta” a Böhm-Bawerk por parte de Hilferding sólo ponía de manifiesto la incapacidad de este último autor para siquiera comprender cuál era la naturaleza del problema.

El castillo de naipes socialista se venía abajo y sus mejores mentes corrieron a ponerle parches. Quizá fue Nicolai Bujarin quien llevó a cabo el mayor esfuerzo en este sentido. Viajó al núcleo de todas las escuelas que no eran marxistas tratando de estudiarlas a fondo. Ese periplo le llevaría naturalmente a Viena donde conocería de primera mano la teoría austriaca. Allí asistió al seminario de Böhm-Bawerk para estudiar a fondo su crítica del marxismo e intentar desarrollar una contracrítica. Aunque Bujarin reconoce que tanto el subjetivismo como el individualismo son previos a los eminentes representantes de la escuela austriaca Carl Menger y Eugen Böhm Bawerk, “sólo ahora, es decir, en la doctrina de la escuela austríaca, el sicologismo en economía política, es decir el individualismo económico, se encuentra formulado con una coherencia perfecta”. Al término de su largo recorrido por varios continentes y tras estudiar las diversas escuelas burguesas Bujarin llegó a la conclusión de que el verdadero reto era contestar a la escuela austriaca. En su opinión, y en la de muchos otros eminentes marxistas, las críticas de las demás escuelas reforzaban más de lo que debilitaban la teoría comunista. Por eso llegó a decir que”el objetivo de nuestra crítica no necesita largas explicaciones. Todo el mundo sabe que el más encarnizado adversario del marxismo es precisamente la escuela austriaca.”

Y es que el perfeccionamiento del subjetivismo en un entorno dinámico unido al individualismo metodológico de Carl Menger había hecho tambalear -acaso involuntariamente- todo el sistema marxista. Luego Böhm-Bawerk lo hirió de muerte con su explicación de las contradicciones internas del marxismo y de la falta de entendimiento del concepto de preferencia temporal por parte de Karl Marx. Por eso cuando en 1920 Mises apareció en escena con su brillante teorema de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista, el comunismo quedó sepultado intelectualmente para siempre. Aún así habría que esperar más de medio siglo para que la realidad alcanzara a la teoría.

Cabe especular con gran posibilidad de acierto que, a la vista de los acontecimientos, los grandes teóricos marxistas de aquel entonces dirían hoy que el comunismo no cayó por el empuje de ningún personaje histórico concreto sino, más bien, por las razones lógicas que había explicado su “más encarnizado adversario”, la Escuela Austriaca de Economía.

 

Opinión de los lectores

Gorka

Cuando millones de personas han muerto bajo el comunismo, es preciso pedir responsabilidades a los intelectuales que sentaron las bases para que el socialismo se expandiera. Marx fue evidentemente la cabeza visible pero antes Rousseau, Tomás Moro o Platón expusieron su odio por el individualismo y su crítica a la propiedad privada. Desgraciadamente, aunque las críticas a estos autores vinieron de mentes como Aristóteles y posteriormente, Hume, Bohm-Bawerk, Mises y Hayek, entre otros, desgraciadamente sus aportaciones han sido olvidadas cuando no ocultadas deliberadamente.

Hoy por hoy, pese a que el marxismo supuestamente no debería tener ninguna influencia, los partidos que apoyan al Gobierno secundan su filosofía. Incluso la socialdemocracia, acepta la premisa básica del marxismo: la teoría de la explotación. Pero si no existe tal cosa en el mercado, todas las transacciones económicas darán lugar a resultados justos porque la gente entra en una transacción cuando cree que su utilidad va a aumentar como consecuencia de la misma. Si eso es así, la redistribución que pide la izquierda en nombre de la justicia social, es claramente un robo en toda regla. Sobre este tema recomiendo la lectura, del último libro de Anthony de Jasay "Justice and its surroundings".

Daniel Ballesteros Calderón

Soy economista y no puedo dejar de asombrarme de la extrema complejidad que ha adquirido en los últimos 125 años la Ciencia Económica, elaborando teoremas y más teoremas fundamentados en maravillosas demostraciones matemáticas y, lamentablemente, en supuestos falsos.

Habría sido sencillo desenmascarar la mentira marxista si se hubieran empleado conceptos más simples e intuitivos, porque los principales errores marxistas parten de errores elementales observables a simple vista.

Para un marxista no hay nada más maravilloso que llevar al fangoso terreno marxista de las teorías y las palabras huecas cada discusión económica. Con sólo el análisis de Mises se habría aniquilado tal doctrina, sin entrar en mayores profundidades.

La sencillez y genialidad de Mises fue la que demostró la inviabilidad del comunismo; y la realidad descrita por él la que destripó a ese monstruo; al que no le sirvieron de nada los sofismas.

Juan Víctor Soto

En principio coincido con lo planteado acerca del desmantelamiento del marxismo a partir de la crítica a la teoría del valor objetivista (que plantearon Adam Smith y posteriormente David Ricardo) por Böhm-Bawerk y la Escuela de Viena (siendo el fundador Menger). Sin embargo, cuestiono la ligereza con la que se retoma dicha objeción de Böhm-Bawerk, ya que los argumentos que se sostienen en este debate afirman que de por sí la teoría marxista es dogmática y, en oposición al liberalismo, no defiende la libertad individual. Hay que saber ubicar cada cosa en su lugar: una cosa es la Teoría del Valor planteada por Ricardo y que retoma Marx (considerar de hecho la divergencia ideológica de ambos que no impiden constituir una ciencia objetivable) y otra cosa es todo el sistema marxista de análisis materialista dialéctico, de quien por ahí el mas adecuado autor como para adoptar una crítica es Max Weber o Karl Popper. Ahora bien, quien pueda comprender sin arrogancia intelectual el desarrollo de las ciencias en la historia, sabrá que como sostiene Popper las ciencias son un conjunto de "conjeturas" que sirven para explicar fenómenos en un determinado tiempo y ante un marco histórico concreto (leer si se quiere a Edmund Husserl para ahondar mas en el desarrollo gnoseológico de la ciencia) por lo que una episteme o ciencia debe ser juzgada atendiéndose al desarrollo histórico-cultural en donde se engendró. Por ello no se puede acusar a una teoría de generar perdida de libertad y menos aun en el marco de una observación de un economista, ya que la libertad (le pese o no a los positivistas) no deja de ser una categoría metafísica y no comprobable empíricamente, lo que no la convierte en objeto de la Economía sino mas bien de la Filosofía. Como supieron apreciar las mentes mas sabias (ejemplo Schumpeter) no puede restarse valor al trabajo de Marx solo por una afinidad emocional al libre mercado o rezar el rosario marxista. Pero ante el realismo ingenuo que sobrevive al positivismo en economía (que no da respuesta a muchas problemáticas incluso en Física) se cree que una teoría es verdadera cuando se adecua a la realidad o sino que miente, olvidándose que dicha realidad no es un objeto que sea independiente a la construcción subjetiva y mas aun al desarrollo cultural de una sociedad determinada, pues si se quiere la misma critica que se atribuye a Marx sobre la predictibilidad se le puede atribuir con justa razón a los teóricos del desarrollo o a la econometría o a Keynes o al economista que sea, ahora bien solo en Marx existe una teoría económica que compromete el orden económico vigente y por ende una lectura política, en las demás teorías solo hay un estudio del comportamiento de los precios en el tiempo.

Francisco Moreno

En el último tercio del siglo XIX la crítica de Böhm-Bawerk a la errónea teoría objetiva del valor del trabajo y, por tanto, a la inconsistencia de la teoría de la explotación de Marx fueron fulminantes para el prestigio de la teoría económica marxista (ver interesante enlace aquí).

Luego vino la monumental obra de Mises que menciona Gabriel Calzada en su artículo, El socialismo, en los inicios de la década de 1920, donde quedó patente la imposibilidad o inviabilidad del sistema marxista (o socialista) en una economía compleja y moderna por la inexistencia del precioso cálculo económico para que, por parte de la perspicacia empresarial, se diera una respuesta eficaz a las necesidades reales de la gente y, por tanto, para que existiera un correcto empleo de los factores de la producción en cada momento.

A partir de entonces, el marxismo perdió definitivamente predicamento entre los economistas medianamente informados, pero tuvo aún sus defensores fundamentalmente entre los sociólogos, filósofos, historiadores, politólogos, novelistas y demás “forjadores de palabras” (“wordsmiths”, como diría R. Nozik).

Luego vino Karl Popper que dio el golpe de gracia al marxismo por su afán totalizador para explicar el mundo y por no encajar para nada en su noción de la epistemología (esto es, en su teoría de la ciencia). Por ejemplo, Marx anuncia una y otra vez que ha encontrado las verdaderas y definitivas leyes del devenir histórico: que el fin del capitalismo era inevitable y que las etapas a las que la humanidad estaba llamada a experimentar eran: feudalismo>capitalismo>comunismo. Por supuesto que eso formaba parte del conjunto de sus muchas conjeturas; pero faltaba siempre la segunda parte de cualquier actividad científica que se precie: el someterse a la prueba de la falsabilidad y ver si se logra o no refutar. Por ejemplo, la evidencia histórica es que las etapas del desarrollo de la humanidad son más bien éstas: feudalismo>capitalismo>globalización.

El evitar esta prueba permanente de falsación de las conjeturas, imprescindible para todo pensamiento científico, y empeñarse en modificar la teoría ante el no cumplimineto de las predicciones, hace colocarse al marxismo en lo que Popper denominaba pseudo-ciencias (como también sucede con el psicoanálisis), por lo que recomendaba vivamente que no se les hiciera demasiado caso. Ver su obra Conjeturas y Refutaciones: el Crecimiento del Conocimiento Científico (1963).

Estoy de acuerdo en que cualquier teoría o conjetura económica, no sólo la marxista, debe estar sujeta a esta prueba de falsabilidad y al enfrentamiento de sus consecuencias deseables o no de su aplicación en la vida y en las necesidades de las personas para poder o no refutarse (independiente de su marco histórico concreto o cuál fue su desarrollo histórico-cultural en donde se engendró; para entender esto último son muy interesantes las aportaciones de la psicología evolucionista, ver aquí y aquí.

Por cierto, no calificaría a Schumpeter como “una de las mentes más sabias”. Fue un magnífico profesor e historiador de las teorías económicas, así como un pésimo Ministro de Finanzas de su país. Señaló perfectamente los serios inconvenientes de la visión estática de los economistas neoclásicos y apreció en sus justos términos el papel del empresario como estimulador de la inversión y de la innovación. Pero no aportó gran cosa a la teoría económica; ni siquiera su teoría de los ciclos económicos pudo determinar el verdadero origen de los mismos (la inmoderada expansión crediticia y dineraria) limitándose a reflejar sus efectos como el crecimiento irregular de la actividad productiva. Como vivió hasta 1950, pudo hacerse keynesiano y al final de su vida, influido por el marxismo, predijo la caída del sistema capitalista y el paso al socialismo. Definitivamente esta conjetura suya fue refutada, iba en contra de la realidad y de las necesidades de la gente.

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