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Portada - Comentarios - ¿De verdad queremos ayudar a los países pobres?

30/07/2008 - Juan José Mora Villalón

¿De verdad queremos ayudar a los países pobres?

Recientemente, en una reunión de amigos, surgió la pregunta de cuál era la mejor manera de ayudar a los países menos desarrollados. Inmediatamente hubo quien sugirió las clásicas recetas que suelen pregonar ciertas organizaciones no gubernamentales, que suelen gozar de más popularidad por parte de los medios de comunicación: donación del 0,7% del producto interior bruto de cada país, la creación de nuevos impuestos para destinar la recaudación a dichos países, la reducción de nuestros hábitos "consumistas", el cese de la explotación por parte de las multinacionales, etc.

Debo confesar que no me causó mucho asombro que nadie hablase de bajar las barreras proteccionistas (arancelarias y no arancelarias) que rodean muchas veces a los países que habitualmente se encuadran en el llamado "primer mundo". Anteriormente, ese mismo grupo de personas había mencionado cómo estaba afectando la competencia de los países asiáticos a determinados productores nacionales y hubo quien sugirió que no se dejase entrar dichos productos ya que empleaban mano de obra muy barata contra la cual no podían competir los productores nacionales.

Cuando en un mismo día con un mismo grupo de personas uno escucha opiniones tan contrapuestas cabe formularse la pregunta de que si realmente deseamos ayudar a los países pobres, o simplemente tranquilizar nuestras conciencias mediante recetas populistas, sin pararnos realmente en el significado de las mismas.

La mayor parte de los seres humanos nacemos con la capacidad de trabajar. Esta capacidad, puesta en práctica, nos permite obtener a cambio de ella distintos bienes y servicios. Las personas con menos recursos suelen ofrecer un trabajo poco especializado, que requiere de escasa formación, motivo por el cual la única ventaja competitiva que pueden ofrecer a un empleador es su baja remuneración. Con el paso del tiempo, la especialización y formación en el trabajo provocan que este trabajo que ofrecen tenga mayor valor, por lo que suele subir la remuneración, y consecuentemente el nivel de vida de estas personas.

Cuando tratamos de impedir el trabajo de estas personas pidiendo la prohibición de determinadas importaciones con la excusa de que emplean mano de obra muy poco remunerada, no estamos haciendo ningún favor a los trabajadores de dichas empresas situados en países pobres. Al impedir que puedan obtener remuneración mediante su trabajo la estamos abocando a la pobreza y mendicidad permanente. Por tanto, en la lucha con la pobreza, una herramienta muy importante es la libre circulación de bienes y servicios, de manera que tanto los habitantes de los países comúnmente denominados como ricos como los que lo hacen en el resto de países se vean beneficiados. Los primeros de una gama de productos y servicios más baratos, y los segundos de la remuneración que obtienen. Con el paso del tiempo, la experiencia y la formación les permitirán desarrollar trabajos más remunerados, que les permita progresar y ahorrar.

Aunque existan organizaciones y recetas muy bienintencionadas, e incluso algunas que realmente ayudan a los habitantes más pobres, no nos podemos olvidar que para acabar con la pobreza es necesario que puedan trabajar, y para ello no hemos de colocar trabas en nuestros propios países.

 

Opinión de los lectores

RGF

Estoy de acuerdo con la tesis central del artículo, pero creo que es preciso incluir el tema institucional. En el caso africano, que es el más grave, ciertamente lo mejor que podría hacer el Primer Mundo sería eliminar las barreras arancelarias a los productos agropecuarios y pesqueros que pueden producirse allí. Eso automáticamente facilitaría la capitalización de amplias zonas del Continente, y la creación de empleos en un sector primario moderno.
Sin embargo, la debilidad institucional de muchos países africanos (no de todos por igual, ciertamente) favorece 'alianzas' entre las élites políticas y empresas extranjeras que violan el Estado de derecho local y restringen espúriamente la competencia (se vuelve competencia por favores de funcionarios, en vez de por contratar factores de producción ofreciéndoles más que los competidores). Creo que algo que pueden hacer los gobiernos del Primer Mundo es no tolerar a las empresas que venden en sus naciones prácticas contra el Estado de Derecho en los países del Tercer Mundo que no tolerarían para sí. Para que el mercado funcione, es preciso que lo hagan las instituciones.

Pedro Cabezudo

Estoy plenamente de acuerdo con sus tesis y recomendaciones. Sin embargo, echo de menos una referencia que considero imprescindible para que un ser humano trabaje de manera más eficiente y con un producto laboral de mayor valor: LA EDUCACIÓN o FORMACIÓN para el trabajo en cuestión. De nada serviría eliminar las barreras arancelarias si el trabajo de los "esclavos del siglo XXI" no tuviese la calidad adecuada para su consumo en los mercados del "primer mundo"; lo único que se conseguiría es facilitar el enriquecimiento de los explotadores de esos trabajadores (Estado, empresas, etc.).
Además, ¿cómo se puede formar a una persona que tiene que dedicar todo su tiempo al trabajo para poder subsistir?. Demos formación gratuita, facilitemos la subsistencia de esos trabajadores durante el tiempo de su apredizaje y facilitémosles microcréditos para que puedan emprender su vida productiva en las mejores condiciones posibles para que podamos, después, comprarles el producto de su trabajo.

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