Buen artículo, Fernando.
Pensar que el poder político puede autolimitarse es pecar de ingenuo. Votar crea en la sociedad la ilusión de control sobre la casta política, cuando en realidad, es ésta la que obtiene control sobre la sociedad. El camino hacia la defensa de la libertad pasa no por una entelequia colectiva y colectivista como la "soberanía popular" (expresión con la que los mandarines de turno quieren decir en realidad "soberanía de los políticos"), sino por algo más parecido a la soberanía del consumidor de la que se habla en el ámbito de la economía: que el ciudadano tenga derecho a elegir a qué instituciones públicas apoya con su dinero y a cuáles no. Esto si supondría un cierto grado de control del ciudadano sobre los gestores de lo público: el que paga, decide, dentro de su legítimo ámbito de poder (que es el de la esfera personal, lo que da lugar al mayor grado posible de reparto del poder político y, por tanto, al mayor grado de predominio de la organización social espontánea sobre la organización impuesta; en otras palabra, a los mayores grados de libertad, orden y desarrollo de la organización social). En el sistema actual, por una parte se paga de forma que el que cobra decide y, por otra, de forma separada, al ciudadano se le concede el derecho a votar, inútil, carente de capacidad efectiva de control sobre la casta política, puesto que ha sido cercenado de cualquier capacidad de decisión sobre el dinero sustraído al ciudadano por el político de turno (tanto en lo que respecta a la cantidad sustraída como a los usos y abusos a que los políticos lo destinan). En otras palabras, votar es gratis porque, en realidad, carece de valor (como alguien dijo, "si votar sirviera para algo, estaría prohibido").
Como bien dice Daviti, una mayor movilidad de las personas y el correspondiente aumento de la competencia entre los diversos feudos políticos debería ser un paso en este sentido. No estoy seguro de que podamos ser optimistas a tal respecto (crisis económica, escalada del afán de control del Poder sobre los ciudadanos, etc.), pero sería deseable ir aún más lejos, disolviendo el carácter monolítico del Estado, viendo aparecer instituciones con funciones diversas en su lugar. El resultado ideal sería que se difuminara el carácter de monopolio territorial del Estado y que el ciudadano no tuviera que mudarse para ejercer esa soberanía política individual a la que antes me refería. Es difícil imaginar un mundo así y las dificultades que plantea la diversidad cultural de la Humanidad pueden parecer insalvables a día de hoy, pero toda larga caminata comienza con un paso. Y el paso ineludible que debemos dar para caminar hacia una organización social respetuosa con la libertad es, a mi juicio, comenzar a crear instituciones que obedezcan a dicho principio, para que constituyan la alternativas al vetusto Estado moderno*. Solamente así la mayoría, para la que el pensamiento esta supeditado a la acción y la costumbre, llegará algún día a entender que ser liberal no es tener una determinada tendencia política más en el sucio juego del poder que esquilma nuestros bolsillos y nuestras almas, sino conocer y amar la libertad como principio fundamental de la convivencia civilizada.
* Siguiendo con la comparación económica del párrafo anterior, igual que es la producción de bienes y servicios (ahorro--->inversión--->producción) la que impulsa la economía y aumenta el nivel de vida (y no el consumo, al contrario de lo que falazmente intentan hacernos creer), posibilitando un mayor ejercicio de esa "soberanía del consumidor" al poder acceder a una oferta mayor, el "nivel de vida político" se verá aumentado cuando surjan nuevas instituciones que satisfagan mejor y más respetuosamente las necesidades de las personas en la gestión de lo público, permitiendo que, por fin, el ciudadano pueda ejercer su soberanía también en dicho ámbito.
Apéndice - Píldoras contra la confusión (no ingerir si no se padece tal dolencia):
- La capacidad de realizar juicios morales sobre la bondad o maldad de algo es consustancial al carácter social del ser humano. Que un acto de agresión es malo es un juicio ético fundamental. Porque pensemos que mientras exista el ser humano existirán actos de agresión, no debemos dejar de perseguirlos y de luchar porque se reduzcan lo más posible.
- No toda organización es organización impuesta ni deliberada. La organización de un sistema puede ser, también, espontánea. La interacción entre los elementos del sistema, aunque esté regida por leyes simples, puede dar lugar a
sistemas complejos que exhiben un alto grado de auto-organización, tendiendo a regresar al estado inicial tras sufrir una perturbación. Aplicado al sistema "sociedad humana", reducir la organización social a organización impuesta es confundir el hecho social con el hecho político, tomando la parte (el hecho político) por el todo (el social, mucho más amplio).
- El colectivo es siempre más poderoso que el individuo, que no es más que una minúscula gota de agua en el océano de la sociedad. Lo más prudente sería preocuparse por la defensa del individuo ante lo colectivo, y no al revés.
- Los grupos humanos no tienen conciencia de grupo, porque un grupo humano no es un ser con existencia real y una mente que piense, sino una abstracción. Son los individuos los que tienen conciencia de grupo. Un exceso de conciencia de grupo puede ser peligroso para la convivencia y la prosperidad, pues puede llevar al individuo A a ver al individuo B no como persona sino como elemento de otro grupo o subgrupo, y por tanto, tal vez, como elemento extraño y subhumano, que no es sujeto de los mismos derechos fundamentales que el individuo A reconoce para sí.
- Para pensar con claridad es necesario
distinguir causa y efecto en la medida en que sea posible. El "sentir mayoritario" no determina de forma unívoca la organización de un grupo social. Más bien tiende a ser al contrario: la forma de organización condiciona fuertemente el pensamiento y la percepción de la realidad de los individuos y, por tanto, el "sentir mayoritario" resultante. Esto es especialmente así en una sociedad organizada desde arriba por una casta de ingenieros sociales con poder, que desean minimizar el uso explícito de la fuerza, y para ello se sirven de los medios de control de masas para bombardear a las personas con la propaganda que moldee su pensamiento y su percepción de la realidad, de lo que está bien y lo que está mal, de lo que es posible y de lo que no, de lo que se puede debatir y lo que no. La reiteración de la propaganda sirve para oscurecer las leyes naturales de la economía y la ética, y sustituir el razonamiento por sucedáneos falaces, que explotan las debilidades y deseos de las masas así controladas y convienen a los propósitos de la casta política.
(- Como corolario de lo anterior, esto debería servir para comprender por qué insisto tanto en que participar en el debate político y aceptar las reglas de Leviatán solo sirve, en el mejor de los casos, para enredarse en una ceremonia de la confusión, mientras que, por el contrario, el camino para cambiar de manera efectiva la forma de pensar de la mayoría pasa por la creación de instituciones alternativas, aunque en principio sus actuaciones solo tengan valor simbólico. Porque hay que entender la naturaleza humana y saber que para esa mayoría, el pensamiento está supeditado a la acción, la costumbre, la percepción de la realidad considerada normal y el sentimiento de "todo-está-bien" asociado a dicha realidad normal y por el que se adapta a la misma.)
- El socialismo es una doctrina política sobre la organización de la sociedad desde el poder político. El liberalismo es la doctrina anti-política sobre los límites de la legitimidad del poder político para imponer formas de organización social contrapuestas a la organización social espontánea y al respeto a la libertad. El ámbito del primero, como el de otras tendencias políticas, es, en el menos incivilizado de los casos, el debate político. El ámbito del segundo es el proceso judicial contra los miembros de la sociedad (pertenecientes a la casta política) que dirigen actos organizados de agresión contra otros miembros de la sociedad (que no pertenecen a dicha casta).
- Las propuestas que los liberales hemos de plantear a la sociedad no son políticas a imponer desde un gobierno, sino instituciones alternativas al vetusto Estado moderno que, a diferencia de éste, cumplan con sus funciones respetando la libertad de los ciudadanos. La adhesión a las mismas será libre, lo que permitirá establecer la relación correcta entre legitimidad y mayoría, pues constituye un error fatal creer que es la mayoría la que da la legitimidad ("si una ley es democrática, es justa"), cuando en realidad (o, al menos, en una realidad civilizada) es la legitimidad la que debe reunir a la mayoría ("solo lo que es justo es ley").
- Los partidos de fútbol (u otro deporte-espectáculo) a veces los gana un equipo, a veces otro (casi siempre ganan los mismos, a decir verdad); pero los que siempre ganan son los futbolistas y demás profesionales. Los que siempre pierden el tiempo, el dinero, la oportunidad de hacer cosas más provechosas y, a veces, hasta la salud, son los espectadores. No obstante, nadie les obliga a hacerlo...
- La libertad no es un juego...
... y el tiempo es demasiado escaso y valioso como para derrocharlo en el análisis de falacias, la disipación de confusiones y el destejido de enredos. Cuando la respuesta obtenida no es
fair play (si alguien no tiene nada mejor que hacer, puede repasar precedentes en esta
discusión), se sabe que el esfuerzo caerá en saco roto. Entonces es más sabio dejar hablar al silencio. Sirvan estas píldoras solamente como muestra de lo que podría encontrarse, en cada ocasión, detrás la respuesta ausente.
01/09/2008, noche. Silencio.