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Portada - Comentarios - Trabajo infantil y coacción estatal

03/10/2005 - Albert Esplugas Boter

Trabajo infantil y coacción estatal

Sublevada por la noticia de que unos niños están trabajando en una fábrica de la India o de Vietnam la gente clama instintivamente por la prohibición del trabajo infantil. No agrada una concreta realidad y se apela al Estado para que la haga desaparecer por decreto. Pero siendo como es que los padres no quieren menos a sus hijos en la pobreza, no sería fútil que antes de invocar la intervención pública nos preguntáramos por qué los padres les mandan a trabajar y no a la escuela si presuntamente lo adecuado para ellos es lo segundo.

En los países subdesarrollados la alternativa al trabajo infantil es el hambre. Su prohibición priva a las familias de unos mayores ingresos en un entorno de extrema necesidad, coartando el ahorro y la acumulación de capital en esa sociedad y ralentizando así el proceso por el cual deviene innecesario que los niños laboren y provechoso el que se dediquen a formarse. Para erradicar el trabajo infantil es preciso atacar su causa, la pobreza, y la pobreza sólo cabe combatirla propiciando un mercado libre que permita la acumulación de capital y el aumento de la productividad. La jornada laboral en el siglo XIX, por ejemplo, antes de que se limitara por ley se redujo de facto como resultado de la prosperidad que desató la Revolución Industrial. El trabajo infantil, que no era por aquel entonces ni tan insalubre ni tan gravoso como la mitología se encargó de popularizar, también fue remitiendo paulatinamente conforme se expandían las estructuras productivas. Así la legislación posterior en buena medida sólo vino a refrendar algo que ya se estaba generalizando de forma espontánea en el mercado, por lo que desde el punto de vista de los prohibicionistas mismos debería considerarse superflua.

El trabajo infantil no es una invención del capitalismo o de la globalización, antes al contrario, es una realidad inherente a la pobreza que ha existido desde que el hombre es hombre y que sólo el reciente desarrollo económico motivado por el libre mercado convirtió en superable. Por eso nadie debiera sorprenderse de que perdure allí donde la industrialización se halla en un estado más bien incipiente o donde ni tan siquiera ha tenido lugar.

Con todo, las disposiciones que prohíben trabajar a los menores no son únicamente deleznables en un contexto de perentoria carestía. Constituyen un ejercicio de arbitrariedad que atenta abiertamente contra los derechos de los niños y de los padres y que no tiene cabida en una sociedad libre. ¿En razón de qué es ilícito que un niño cobre por hacer de jardinero o trabaje para su padre recolectando hortalizas cuando no es ilegal que se dedique a cuidar el jardín de su casa porque le divierte o a ganarse la paga haciendo tareas domésticas? ¿Qué tiene de malo que un niño monte junto con sus amigos una parada de limonadas? ¿Por qué es reprobable el hecho de que labore por un jornal y en cambio se tolera que sea obligado a asistir a la escuela seis horas al día? ¿No podría ser beneficioso para un chico de 13 años que no quiere ni oír hablar de estudios dejar que se emplee en un taller y adquiera experiencia laboral en lugar de encerrarle en una aula contra su voluntad? Debería ser la familia, o el propio niño alcanzada cierta edad, quien decidiera sobre tales asuntos, no el Estado.

Parece que reivindicar la prohibición del trabajo infantil apacigua las conciencias de los que, por vivir en una sociedad sumamente productiva, disponen de suficientes medios para enviar a sus hijos a la escuela. Pero eso no va ayudar ni a los niños que trabajan ni a sus familias. En todo caso lo que necesitan es salir de la pobreza, no que se les cercene sus ingresos y su capacidad de ahorro. Y sólo hay un antídoto contra la pobreza: el libre mercado. Por otro lado no incumbe al Estado sino a los menores y a sus padres decidir en qué van a emplearse. La discriminación impuesta aquí por razones de edad no está más justificada que otra suerte de mandatos coactivos.

 

Opinión de los lectores

Aeri

Como casi siempre, chapeau Albert. El cuento del trabajo infantil es problema de ricos, no de pobres. Esta gente que se escandaliza por estas cuestiones luego clamará por la protección de los productos nacionales. Cuánta hipocresía.

Jin dall pin

Si dejamos en manos de la libre decisión de cada uno, lo que es fundamento social, ocurrirá una catástrofe social, como la que estamos viendo en la doble barrera de Ceuta y Melilla con los inmigrantes.

Si dejamos al libre albedrío la fundamentación de los edificios de una ciudad, puedes estar seguro que más de diez constructores pondrán la mitad del cemento que corresponde.
El ser humano necesita reglamentaciones para funcionar correctamente.

El liberalismo rabioso es un invento de los financieros todopoderosos que buscan abusar todo lo que puedan sin que nadie les pida responsabilidades.

Lo malo de apelar a Papá Gobierno, no es propiamente el hecho de recurrir a él, es el hecho de que casi todos están corruptos y los grandes financieros incompetentes acostumbran a ser los culpables.

Esta es mi visión. Todo el mundo puede hacer lo que quiera dentro de unos cauces que deben marcar los gobiernos para que todos tengan las mismas oportunidades. Si no el pez grande siempre aplasta a chico. No se puede vivir de ideas irrealizables e inviables a la práctica.

Si no que los liberales hagan el experimento con un país que podríais montar vosotros mismos. Al cabo de diez años ya me lo explicareis.

Daniel Ballesteros Calderón

¡Brillante Albert! Es intolerable que las normas vayan por delante de la sociedad a la que pretenden beneficiar, pues esto sólo provoca perjuicios.

La lucha contra el trabajo infantil en el Tercer Mundo es una muestra más del "triunfo de la voluntad" sobre la realidad, propia de sistemas socialistas (fascistas, comunistas, por aclarar a muchos). Las necesidades de la gente no importan, lo único que importa es la propaganda, las cifras, quedar bien ante los intelectuales y burócratas aunque la gente se muera de hambre.

Y en cuanto a la educación general obligatoria hasta los 16 años... es un sumidero de recursos públicos, pues esta formación general no capacita a un individuo para ser productivo de acuerdo con sus gustos y capacidades y, en no pocas ocasiones, le retiene contra su voluntad en centros escolares.

Tampoco estoy de acuerdo con la opinión de Jin Dall Pin: el Gobierno no debe eliminar las desigualdades porque sí, sino otorgar oportunidades a todos aquellos que se las necesitan y, además, las merecen. De lo contrario bastaría con echarse "a la bartola" y esperar a que Papá Estado haga algo por mí, para nivelar mi situación con la de aquél que se ha sacrificado por salir adelante. En cuanto a las reglamentaciones... es dudosa tu argumentación, aunque puede ser válida; sin embargo es poco probable que con un sistema judicial eficaz que imponga ejemplo ningún constructor se atreva a poner menos cemento del necesario... pero claro, el poder judicial está politizado... ¡vaya!

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