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Portada - Comentarios - Banca y sanidad: "liberalismo" suicida

29/10/2008 - José Carlos Herrán

Banca y sanidad: "liberalismo" suicida

La tercera vía, entendida como alternativa intermedia entre el libre mercado y el dominio público puro, es una opción condenada al fracaso. Es más, el intento por dar viabilidad e introducir dinamismo en sectores de intervención pública mediante la "privatización" de determinadas facetas del servicio conduce a situaciones en las que la libertad y el liberalismo, como actitud ética y moral, son los destinatarios de todas las críticas, atribuyendo el fracaso de las medidas a la falta de regulación y a la actuación de agentes privados. Veamos dos ejemplos vivos y controvertidos: la banca, en sentido general, y la sanidad, como servicio público financiado a través de impuestos.

La banca pública, donde un monopolista dispensa el dinero de curso forzoso, de tipo fiduciario, pero también es único operador con la potestad de prestar servicios bancarios de todo tipo, se opone al sistema de banca libre. Cuando ésta opera con dinero fiduciario y reserva fraccionaria, de acuerdo con lo defendido por autores como Huerta de Soto, queda indefectiblemente condenada a la implantación de un prestamista de última instancia que proporcione soporte al sistema, de por sí insostenible y generador de ciclos que necesariamente acaban en quiebras generalizadas.

Vemos como la vulneración de los principios generales del Derecho, cuando los bancos disponen sobre los depósitos a la vista en su poder, hace inevitable la aparición de un banco central, a modo de vía intermedia, o tercera vía, distinta de un orden de banca privada en la que sí se respetase la reserva del 100% y el patrón oro.

El sistema de banca pública conviviendo con banca privada aparentemente dota de una falsa viabilidad al presunto mercado financiero, dando la apariencia de dinamismo, favoreciendo expansiones crediticias que siempre terminan en la irremediable intervención. Esta puede adoptar muchas formas, dependiendo de la naturaleza de la crisis, bien sea de liquidez o de solvencia (como la actual). La irrupción pública en bancos privados, adquiriendo activos o recapitalizando la entidad, es una consecuencia del sistema mixto.

En realidad la actuación privada nunca queda libre de regulación y siempre depende de ésta. La nacionalización de la banca o la socialización de las pérdidas, son resultados inherentes al modelo. La indisciplina de los operadores o los intentos de burlar la regulación, no asumiendo costes, caminando hacia el abismo, no son fruto del ligero reducto de libertad entre tanta intervención. Las crisis son endógenas y endémicas al intervencionismo.

Aunque pueda sonar extraño, algo similar sucede con la sanidad. Las consecuencias de terceras vías degradan el mercado y el servicio, siendo injustamente imputadas a la presunta libertad introducida. Dos modelos: sanidad privada, libremente sufragada por los individuos, contratando con empresas que ofertan servicios concretos, a través de seguros o prestaciones contingentes; y sanidad pública, universal, sufragada gracias a la redistribución de la renta previamente incautada a través del sistema fiscal.

La pública está condenada a la ineficiencia y el coste creciente. Lo vemos en la práctica, pero lo comprendemos gracias a la teoría de la tragedia de los bienes comunales, las enseñanzas de la Escuela de Elección Pública y el teorema de la imposibilidad del cálculo económico socialista. Para salvarla, la clase política, consciente de la inviable situación de un servicio totalmente público, en gasto y prestaciones, recurre a la externalización de distintas facetas del mismo, creando un mercado de la salud. Éste queda intervenido y regulado. Se permiten centros privados, no sustitutivos, es decir, sin que el individuo que los prefiera deje de soportar la carga fiscal necesaria para sostener el sistema público de salud. Pagan dos veces. Gracias a ellos se descongestionan en parte los hospitales del Estado.

Se externalizan servicios logísticos, laboratorios, pero también profesionales, que dejan de ser funcionarios. Surgen empresas privadas al cobijo del gasto público ofertando por menor coste lo que venía prestando la administración directamente. Pero el sistema no logra salir a flote. Comienza la privatización de centros y su gestión completa. La tendencia de todo sistema público que pretenda seguir sosteniendo un servicio aceptable (sin disparar el coste del mismo hasta niveles inaceptables e insoportables para una carga fiscal que no asfixie hasta matar al proceso social) es a la privatización íntegra, o casi, de la prestación del servicio de salud.

El resultado hace depender del gasto público a multitud de empresas privadas en relativa competencia por lograr el contrato con la administración. De igual forma se regulan al máximo las condiciones y posibilidades de la actividad. Lo que en un primer momento parece introducir dinamismo y sostenibilidad, termina en un nuevo colapso.

Las empresas viven del presupuesto, se saben necesarias al tiempo que actúan bajo la imposición de la universalidad. Los operadores terminan por corromper sus decisiones y forman grupos de presión para forzar decisiones públicas, bien de aumento del gasto o cambio en la regulación. El servicio prestado mediante esta tercera vía dispara el coste por ciudadano y termina por quebrar la universalidad, expulsando a colectivos en función de unas u otras características.

La privatización que quiso dar viabilidad al sistema acaba en un esperpento insostenible que despilfarra recursos e impide el ejercicio libre de la función empresarial para resolver desajustes evidentes. Las rentas altas escapan del sistema, aun pagando dos veces, mientras que las bajas acaban o sin servicio o con un servicio profundamente deficiente.

Llegados a este punto las voces son casi unánimes en contra de la libertad introducida en el sector, sin apreciar en absoluto las causas endógenas de la propia concepción pública del mismo. Del monopolio se pasa a la liberalización de la prestación, nunca de la financiación y elección del mismo.

Tanto la banca como la sanidad son ejemplo de cómo el dominio soberano ejercido por el Estado en el diseño del mercado o la prestación del servicio, así como la presencia de un órgano de dirección central o del Gobierno mismo, distorsiona señales, contribuye a la indisciplina de los agentes y lo que es peor, genera una red de empresas privadas que viven del expolio o el privilegio. El resultado es evidente.

 

Opinión de los lectores

Cabrit0

"Las rentas altas escapan del sistema, aun pagando dos veces, mientras que las bajas acaban o sin servicio o con un servicio profundamente deficiente."

NO sé como serán las cosas en España -que a fin de cuentas es un "país rico"- pero aquí en República Dominica eso es sumamente evidente. Cualquier persona que tenga algún salario fijo, por pequeño que sea, trata de salir del sistema público de salud y va al privado. Es la historia de nunca acabar.

pablo carabias

2 y 2 son 4...Tu artículo pone de manifiesto de forma absolutamente clara lo evidente. Parece mentira, pero en estos tiempos es necesario hacerlo. GRACIAS

Ian Curtis

No entiendo el proceso que has explicado en lo referente a la sanidad.

ciudadano amfortas

Me parece un análisis inteligente, el batiburrillo entre lo público y lo privado genera la peor de las confusiones. Por tanto, como no soy liberal, soy partidario de la banca pública y de la sanidad universal de prestación gratuita, previa distribución de la renta mediante una imposición fiscal progresiva. Me parece rechazable la privatición de determinados bienes. La sanidad debería considerarse res extracomercium. Y efectivamente es una decisión política que debería ser aprobada por un órgano del EStado.
SAludos

E. Roquefort

"No entiendo el proceso..."

Veamos. En España. la última vez que viví ahí (no sé si las cosas habrán cambiado desde entonces), si vas a un médico de la Seguridad Social con un leve dolor de cabeza, antes de cerciorarse si la noche anterior te fuiste de farra, el médico ya ha firmado órdenes para electroencefalograma, radiografía craneal y cinco tratamientos más, fármacos aparte, "por si acaso". Como todo esto lo costea el Estado, ¿por qué no? Desde este punto de vista, un servicio excelente... eficaz no, moderado en sus gastos decididamente no, pero "excelente" sí. Además, hay muchos españoles que, con el mismo leve dolor de resaca y poca cosa más, prefieren saltarse la sala de espera e ir directamente a "Urgencias", que tiene la obligación legal de atenderlos por muy poco "urgente" que parezca su estado. Aparte, como el médico que atiende por la mañana en la Seguridad Social tiene su clínica privada por la tarde, a la mínima que falle el Estado (p ej en cuestión de listas de espera), ahí está la opción de ceder ante las invitaciones del simpático galeno. Aquí están, creo, las semillas de lo descrito: el despilfarro y la falta de eficiencia en el servicio público tarde o temprano darán lugar a recortes de servicio: el canto de sirena del limpio y bien equipado gabinete privado vespertino se hace cada vez más atractivo a más personas: el usuario que ya pagó con sus impuestos lo que se supone que era un buen servicio tiene que volver a gastar. En lugar de culpar al despilfarro inicial y a la rigidez de regulación que impide que cualquier farsante resfriado deje de ser atendido en Urgencias, se culpa al sector privado que lo único que hace es subsanar las deficiencias del servicio público. Por lo menos es lo que yo entiendo, aunque puede que el argumento no sea exactamente éste.

jcha

Gracias por los comentarios.
En cuanto a la sanidad Española, al margen de la descentralización en cada una de las CCAA, tenemos un sistema universal, de cobertura general para todos los ciudadanos. Se sufraga mediante impuestos. Los particulares que prefieran ahorrarse colas y saturación, deben contratar, si tienen recursos para ello, con empresas privadas sanitarias. Normalmente, no para todo tipo de eventualidades. Determinadas enfermedades, por el coste de su tratamiento, quedan fuera de los seguros privados.
Esto se solucionaría si las empresas privadas pudieran competir sin la presencia de una sanidad pública hegemónica y con un respaldo financiero como es el poder impositivo del Estado.
Para dar viabilidad al sistema las administraciones públicas dan a elegir a sus funcionarios la opción de estar o no en la sanidad pública en la mayoría de las contingencias. Esto procura la descongestión del sistema público, sin conseguirlo. De ahí la necesidad actual de reformar la prestación. La tendencia camina hacia la externalización y la gestión privada, a cargo siempre del presupuesto público, pero creando un mercado para estos servicios. Es ahí donde empieza la crítica presentada en el artículo.
Saludos!

ciudadano amfortas

siguiendo con el debate que me parece muy adecuado, y es en lo que debe centrarse la política y contestando a E. Roquefort, el problema de el despilfarro, sobre todo por la cuestión de urgencias, basta con cambiar el sistema, poner un filtro obligatorio como se hace en FRancia, es decir que un médico de atención primaria de urgencias bien en un centro de salud o en caso de urgencia a de un medico a domicilio autorice el acceso a urgencias, se ha de contar co un prque amplio de ambulancias y el coste se reduciría notablemente. También se debería pasar a un sistema totalmente público de farmacia, dispensado gratuitamente en los centros de salud previa prescripción médica. Eso acabaría con el sector farmacéuticoa pero ahorarria costes sanitarios al centralizarlo en centros de salud y hospitales. Es otra opción, por supuesto no liberal, pero que puede mejorar la eficacia y el gasto. Y por supuesto lo que más genera ahorro es educación y sentido ciudadano.

jonsy

Hay una perversión intrínseca en eso de privatizar la gestión de servicios públicos, y es que aunque quizás sirva para reducir costes -y solamente en el momento de la privatización- , no necesariamente implica mejora de eficiencia.

Estoy pensando en concreto en dos ejemplos: las contratas de limpieza, y las de ambulancias: con independencia de quién gane el concurso, los trabajadores son los mismos, los medios son los mismos, y los procedimientos tambien. Tengo amigos ambulancieros que a cada cambio de contrata simplemente cambian el uniforme, y conducen la misma ambulancia, eso sí repintada y con logotipos nuevos. Otro tanto se puede decir de los servicios de limpieza: cambia el empresario, pero no los trabajadores

Haría falta pues no solo privatizar el servicio, sino implementar algún sistema de gestión de eficiencia que redundara en mejoras. De lo contrario, lo único que hacemos es cambiar un sueldo de funcionario por un sueldo pagado también por el estado a un intermediario

Pablito

No es la Gestión Privada tan mala, como se pinta, de hecho apunta "jonsy":

"Haría falta pues no solo privatizar el servicio, sino implementar algún sistema de gestión de eficiencia que redundara en mejoras. De lo contrario, lo único que hacemos es cambiar un sueldo de funcionario por un sueldo pagado también por el estado a un intermediario".

Eso ya es un gran paso, ya que aunque no sea mucha la diferencia, la flexibilidad salarial de un funcionario es mucho menor que la de un trabajador por cuenta ajena, y aunque parezca poco a nivel agragado de una gran cantidad de Hospitales... es mucho y podría ser un primer paso para ajustar los salarios a las productividades de los trabajadores en la sanidad.

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