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Comentarios

Portada - Comentarios - La razón desprestigiada

30/12/2008 - Berta García Faet

La razón desprestigiada

¿Es posible entablar un debate mínimamente serio con quien reniega de la razón? Esa sensación terrible y extraña, esa sospecha de que debatir con un marxista es imposible, por discrepancias irresolubles en cuanto al lenguaje y al papel y las características de la ciencia, está en verdad muy fundada. Y es que buena parte de la izquierda –no sólo la marxista, ni sólo la "científica"– y los utopistas en general, especialmente desde que Marx formuló su crítica de las ideologías, se dedica o bien a (intentar) invalidar las teorías criticando precisamente la posibilidad de articular teorías, o bien a formular teorías sin atender al criterio de la racionalidad (lo que constituye un rechazo o desprecio implícito de la misma).

En cualquier discusión que se inicie es necesario que los participantes acepten ciertas premisas básicas: primero, que el objetivo de todo debate es la impugnación, la refutación, el brain- storming o la delimitación de un "esquema de disensos" (para fundar posibles debates o investigaciones futuras); segundo, que los criterios para juzgar la validez o la invalidez serán siempre los mismos (y, sobre todo, que éstos efectivamente existirán); tercero, que lo que se juzga es el contenido de la teoría (factor interno) y no a su emisor (factor externo), sin perjuicio de que, adicionalmente, puedan analizarse las motivaciones ocultas del emisor para articular una teoría en concreto.

Todo debate cuyos participantes nieguen explícita o implícitamente estas premisas está condenado al más profundo fracaso. Y ése es el caso de los debates que se han intentado con aquellos que rechazan la razón, no como medio infalible y omnipotente (son los racionalistas los más interesados en señalar los límites epistemológicos), sino como campo de juego básico e irrenunciable.

Nos interesan las dos formas fundamentales de criticar la racionalidad (dejaremos aparte las críticas de las diferentes variantes del nihilismo de Nietzsche, Schopenhauer, Cioran y otros). La primera es la de Marx: la racionalidad pura y neutral no es posible por el dominio de la ideología, que es la conciencia en función de la clase social. Esta teoría es, en palabras de Ludwig von Mises, una forma de "polilogismo": no existe una lógica sino tantas como clases sociales, razas o naciones existan (dependiendo del tipo de polilogismo). Es, a todas luces, una teoría incorrecta, por determinista, contradictoria y estéril; esta teoría sería incapaz de explicar por qué hay empresarios que abogan por el libre mercado mientras que otros aplauden el intervencionismo; esta teoría sería incapaz de explicar por qué hay acaudalados que, sin embargo, son ideológicamente marxistas (por ejemplo, el mismo Engels).

La segunda forma de negar la posibilidad de conocer mediante la razón es aquella que, basándose en los límites tanto del empirismo como de la deducción apriorística en campos tales como la Historia y la Sociología, extienden sus dudas a todas las ciencias, y con especial virulencia e injusticia a la ciencia económica. Nos encontramos en este punto frente al clásico "enfrentamiento" entre la filosofía analítica y la filosofía llamada continental, o en palabras de Franca D’Agostini, de "la antítesis entre cultura científica y cultura humanística, entre lógica y retórica". No es una discrepancia baladí ni sólo metodológica, sino que afecta a la misma concepción de la ciencia y de la filosofía como metaciencia, pero en este comentario no podemos abordarla adecuadamente; nos limitaremos a opinar que gran parte del impasse podría soliviantarse manteniendo la división de las ciencias: el análisis cualitativo o cuantitativo, la deducción o la inducción, la importancia o el desprecio de la comunicación y la exégesis, la consideración del dato como "obtenido" o como "generado"... todo ello se ha de elegir –porque hacer ciencia es elegir– en función del objeto de investigación. Y para ello hay que quitarse los complejos y las pretensiones holísticas.

Los que niegan la racionalidad –especialmente en lo que atañe a las ciencias sociales– no se encierran en sus casas y reniegan de la conversación, la lectura y la investigación (como sería coherente), sino que siguen participando en los debates tal y como lo haría cualquier racionalista, sólo que parándose en cada paso a proclamar de nuevo la "vanidad" de la razón, entorpeciendo y restándole agilidad al desarrollo de la discusión.

Los rasgos característicos de la "argumentación" de este tipo de "científicos irracionales" (grupo al que siempre pertenecen los marxistas pero que cuenta con muchos otros miembros) son los siguientes: en primer lugar, el desprecio por el razonamiento lógico o el gusto por la contradicción (no entendida, como entienden los racionalistas, como un interrogante a resolver o un fruto de la irracionalidad humana y, por tanto, incontrolable, sino entendida como algo normal que no merece revisión ni corrección); en segundo lugar, la arbitrariedad (es decir, la no-sistematicidad o la no-justificación); en tercer lugar, el desinterés por el control o la falsabilidad empírica (o su nula rigurosidad; una vez más, el ejemplo más notable es la negativa de los marxistas a aceptar el carácter genuinamente marxista de la URSS y todas sus consecuencias); en cuarto y último lugar, los juicios de valor y de intenciones (en la forma de "los burgueses pretenden X, los proletarios pretenden Y; moralmente, los burgueses resultan ser X, los proletarios resultan ser Y, etc.").

Así se entiende la desafortunada formulación de determinadas teorías. Tomemos como ejemplo cualquier teoría de la justicia del tipo "justicia como distribución según las necesidades" o "justicia como distribución igualitaria": son independientes de las características del mundo, de los incentivos, de las posibilidades epistemológicas y fácticas, etc. La conclusión es pesimista: no es posible convencer con argumentos racionales a los que fundan sus teorías en la simple intención, voluntad, deseo o prejuicio. No es posible el entendimiento con quien ha renegado de lo único en que todas las escuelas económicas, si quisieran que de su competencia se obtuviera algún beneficio, deberían aceptar. Aunque no es tan fácil: tengamos en cuenta que si la izquierda aceptara el sometimiento de sus tesis al análisis lógico y al control empírico (esto es, si tuviera en cuenta no sólo el fin o la intención sino también los medios y el "cómo"), se vería obligada a renunciar a un porcentaje demasiado escandaloso de sus muy desatinadas recomendaciones de siempre.

 

Opinión de los lectores

Eugenio Martín Velázquez

Berta si creemos en la libertad, los que no desean razonar están en su pleno derecho de hacerlo, lo que no quiero es tener que sufrir sus decisiones; por eso, para mi la libertad es mi valor determinante. No he querido jamás convencer a quien no quiere, eso me ha reafirmado que ni la economía, ni la praxeologia, ni el liberalismo utilitarista son suficientes para defender con eficacia la ética de mi libertad.

Bastiat

No Berta… la razón no está desprestigiada. La razón está de nuestra parte. Lo que ocurre es que creemos tan importante el tener razón que todo lo demás nos parece importar una higa.

Ciertamente la razón está de nuestra parte, en líneas generales, claro, que ya llevamos bastante tiempo derrotando con argumentos los argumentos de quienes desde enfrente se nos oponen. Pero nos quedamos en el triunfo académico y eludimos el combate político.

Cuando hablas de la actividad de los izquierdos para desprestigiar la razón lo hacen para ganar la batalla política. Nuestros razonables y razonados argumentos son barridos no por la razón sino por la habilidad de los otros de presentar los suyos como mejores. Despreciamos la política y así nos va.

Y sin embargo ocurre que usando el valor de la libertad de manera adecuada igualmente saldríamos vencedores porque frente a la parafernalia estatalista siempre hay un argumento difícil de batir, la libertad. El problema es que despreciamos la política y así nos va.

Toda conducta estatalista tiene como fin la limitación de los derechos de los individuos, y sin embargo se nos presentan esas acciones como garantistas de derechos. Nuestros argumentos suelen ser al final catastróficos y catastrofistas. No buscamos argumentos a favor de más libertad y de defensa de la libertad sino que alertamos de las perniciosas consecuencias de esta o esa política. Vamos en plan negativo. Despreciamos la política y así nos va.

¿Realmente creemos en la libertad o pensamos que la batalla está perdida?

Marcelo J F

Nos va mal porque seguimos confiando en la política: somos el chivo expiatorio electo democráticamente.

Ramón Barreiro

Muy de acuerdo con esta reflexión. También me parece evidente que los académicos de la izquierda ya llevan más de un siglo con una campaña de desprestigio a la razón. Me parece que se trata de instrumentalizar la ciencia para moldear el mundo de acuerdo a las ideas de la izquierda. Es desafortunado, no sólo para la ciencia, que sufre con metacientíficos que elaboran teorías estériles, sino especialmente para el debate político de las ideas, que se fosiliza en la misma polarización de toda la vida, izquierdas y derechas.
Los libertarios somos víctimas de esta tragedia; me da mucha pena que me digan que soy de derecha, cuando no soy conservador, y que nadie se trague que la izquierda es mi sitio natural -recuerden que el liberalismo era la izquierda original!- cuando es ocupado por reaccionarios que se consideran progresistas o revolucionarios.

Berta

Gracias por los comentarios y perdón por el retraso: Exámenes, mudanza, Internet muerto… En fin, mis disculpas.

Eugenio: los problemas que veo son el de siempre; uno, que somos minoría, y dos, que las decisiones políticas nos vinculan a todos, por mucho que seamos minoría. A mí eso no me da igual, y creo firmemente en la divulgación y en el debate. “Los que no deseen razonar” (matizo que hay quien no desea razonar pero también lo hay que sí lo desea y, aún así, discrepa: no seamos tan inocentes ni tan utópicos, el desacuerdo existe, más allá de los posibles malentendidos y deshonestidades intelectuales) están ahí, y deciden, y me afectan. Por lo que trataré de convencerles, al menos a los que estén interesados en el debate económico/político/de ciencia social en general.

Bastiat: ya sabes que comparto tu postura. Como acabo de decir, lo que piensen los demás me afecta directamente porque la política es eso, decisiones cuyas resoluciones vinculan positivamente a todos los ciudadanos lo quieran o no. Lo que sucede es que yo personalmente soy incapaz de realizar cualquier tarea política, no sólo porque desconfíe y porque, en verdad, no crea en ella… sino porque no es mi forma de ser. Pero admito que hay vida más allá de las discusiones intelectuales en los limbos.

Ramón: de acuerdo con lo primero, pero en cuanto a lo segundo, personalmente no me identifico para nada con la izquierda. Aunque supongo que te refieres a la famosa “libertad moral”: si no me identifico con la izquierda no es porque en mi vida personal me identifique con los supuestos valores de la derecha (que no es el caso), sino porque creo que la postura de la izquierda es… eso, una postura, una pose, un cliché. La supuesta libertad moral de la izquierda es una farsa. Al menos la derecha la niega (en parte) explícitamente…

Aquí se ha generado un debate que tal vez os interese, también con brillantes comentadores:
http://lautreamontosade.blogspot.com/2009/01/la-razn-desprestigiada.html

Aurifio

No lo veo así. Me parece que aquí se plantea una razonología a partir de la idea de una inexplicada "fuerza de razón", algo paralelo a la absurda "fuerza de trabajo" del marxismo. Esa fuerza de razón tiene unas propiedades que se "declaran" al comienzo del artículo. Después quedan en evidencia aquellos que se opondrían a la correcta razón y va y la rechazan pero no se callan. Entre esos se mete a los marxistas. No.

Los marxistas tienen y han tenido más razón y razones que nadie, eso es lo sorprendente. No se merecen terminar de irracionales entre los negadores de la razón. El marxismo es la razón. Los charlatanes irracionales son la razón y son millones de razonadores; lo más desagradable al escucharles soltando peroratas en masa es que no paran de razonar. Eso nos obliga a todos como seres humanos.

Hay algo que falla en esta teoría de la razón y son los supuestos irracionales. Un poco más y los saca de la especie humana y eso es imposible. El marxismo es una psicología que da ilusiones a esta gente y la ilusión es que razonan y es verdad. Éllos son la razón y no nos queda más "fuerza" que razonar, de rebote y mala gana, contra éllos.

No creo que la razón sean las pruebas de la razón, la discusión tendría un fin, más bien los hechos de la razón. Y no son muy agradables.

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