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Portada - Comentarios - La pandemia de los acuerdos preferenciales

06/01/2009 - Francisco Moreno

La pandemia de los acuerdos preferenciales

Los gobiernos han hallado un instrumento idóneo para planificar a su gusto el comercio internacional con la excusa de que las interminables rondas multilaterales del GATT-OMC no son eficaces para abrir los mercados. Se trata de los acuerdos preferenciales (PTAs, en inglés), generalmente bilaterales. Su proliferación se ha intensificado desde la década de los noventa.

Por definición, los PTAs discriminan a otros países. Con ellos los Estados crean una suerte de "clubes privados" de intercambio comercial, con beneficios y obligaciones reservados a sus miembros exclusivos. Invocan el libre comercio, pero no son más que puro diseño estatal de por dónde y de qué manera deben transcurrir los movimientos comerciales y de inversión de sus respectivos nacionales, en perjuicio de quienes no son parte de dichos acuerdos. Conducen a la fragmentación de los mercados y distorsionan el comercio mundial. Los responsables políticos tienen incluso la caradura de llamarlos acuerdos de libre comercio (FTAs, en inglés).

Con estas intromisiones se produce, entre otros efectos, lo que el economista Jacob Viner llamó desviación comercial (1950) en virtud de la cual un proveedor exterior eficiente puede ser (y generalmente es) sustituido por otro menos eficiente debido a las preferencias políticas otorgadas a este último.

Teniendo en cuenta que el 90% del comercial internacional es llevado a cabo por el 30% de los países de la OMC, no sorprende que los más activos patrocinadores de esta nueva forma de proteccionismo camuflado sean los gobiernos de los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y los BRIC (aquellos que más pueden perder en una negociación multilateral y los que cuentan a sus espaldas con intereses y grupos de presión más poderosos). No obstante cada país y cada bloque comercial tienen su particular batería de PTAs. Actualmente se estima que más de la mitad del tráfico del comercio mundial se realiza en régimen preferencial.

Cada PTA está constituido por una maraña de interminables cláusulas farragosas que no sólo condicionan el comercio transfronterizo, sino que protegen industrias locales o productos "sensibles" (léase "políticamente sensibles"). Asimismo hay exclusiones para numerosos productos, especialmente los agrarios. Estos acuerdos se van renovando cada cierto número de años. De esta forma los burócratas complican considerablemente el entorno comercial creando una extensa madeja de reglas, normas técnicas, certificados de origen, estándares laborales, de patentes y medioambientales que sufren estoicamente miles de empresas en sus operaciones diarias de importación/exportación. La complejidad administrativa no crea riqueza alguna (más bien incrementa los costes de transacción) pero da poder a funcionarios y consultores que creen que el comercio es un juego de suma cero.

Con el total de los PTAs vigentes (en torno a unos 400) se está formando en el comercio actual una malla de relaciones preferenciales a modo de "tazón de espaguetis" que están erosionando, cual termitas, los fundamentos del comercio internacional no discriminatorio que se pretendió con la creación del GATT, tal y como nos lo recuerda Jagdish Baghwati. Irónicamente esta vía ya se contemplaba en el propio tratado fundacional con su evasivo artículo 24. No debemos extrañarnos; el GATT, luego transformado en OMC (1995), es una organización de representantes estatales y, por tanto, contrarios todos ellos a cualquier orden espontáneo de carácter evolutivo y proclives a crear más problemas que soluciones prácticas.

Como alternativa menos mala a los PTAs bilaterales, se nos dice, están los acuerdos regionales que tienden a la integración económica de áreas cada vez mayores: las zonas de libre comercio (NAFTA; CAFTA, ASEAN etc.) y, si incorporan una tarifa externa común, las uniones aduaneras (UE, MERCOSUR, etc.) pero no dejan de ser meros acuerdos o áreas preferenciales (esta vez multiestatales) que excluyen los intercambios libres con terceros.

Está claro que mediante los PTAs los gobernantes de cada país, faltos de la información necesaria para atender las verdaderas preferencias de los miles de millones de consumidores repartidos por el orbe, dirigen arrogantemente los flujos comerciales hacia sus propias preferencias y las de sus cabilderos para impedir que la vivificante competencia extranjera se introduzca libremente en cada "corral nacional".

El libre comercio no precisa de tratados; todo lo que requiere es remover (unilateral o multilateralmente) las barreras artificiales al comercio. El propósito del librecambismo no es mantener puestos de trabajos sino aumentar la división internacional del trabajo, amén de generar riqueza y bienestar humano allá donde se despliega. Tan sencillo y tan grandioso como eso.

 

Opinión de los lectores

Jose Antonio Baonza Díaz

Francisco, el enfoque que das al asunto supera en profundidad cualquier comentario al uso sobre las rondas de negociación de la OMC y los obstáculos que permanecen para el libre comercio internacional. Entre ellos, a pesar de la buena prensa que tienen, los acuerdos de comercio preferenciales.

Tu comentario me ha aclarado algunos puntos oscuros sobre la cuestión del comercio internacional. Tal vez, incluso los medios que se dicen partidarios del libre comercio pintan un cuadro totalmente desenfocado de la situación, ya que esos PTAs son alabados con frecuencia, supongo que por la decisiva influencia de los negociadores estatales en esos medios. Ahora bien, sigo sin tener claro si actualmente, en comparación con épocas pasadas, existe un comercio internacional más liberalizado. Y, aun más, me temo, como expuse en un comentario anterior, que la recesión mundial puede atizar los fervores proteccionistas que tanto favorecen la amalgama de grupos de presión que buscan la protección arancelaria o de otro tipo y los disparatados movimientos antiglobalización.

Víctor L.

En general estoy de acuerdo con el artículo, pero disiento en esta conclusión:

"El propósito del librecambismo no es mantener puestos de trabajos sino aumentar la división internacional del trabajo".

Pienso que el libre cambio busca únicamente, como su propio nombre indica, la libertad de cambio, independientemente de que tenga como consecuencia una mayor división del trabajo. De hecho, si tienes en cuenta que el transporte es subvencionado por los gobiernos, es muy probable que en un auténtico libre mercado la división internacional del trabajo fuese menor (lo cual no es un síntoma de "retraso", pues actualmente los costos simplemente se traspasan al contribuyente), y la producción a nivel local tomara relevancia.

Fco. Moreno

Jose Antonio, es cierto lo que comentas que los acuerdos de comercio preferenciales tienen buena prensa y que sus voceros nos los quieren vender como componendas de “libre comercio”. Creo que se debe a que es más fácil vender a la opinión pública (y a los intereses creados, llámese lobbies o sindicatos) la reciprocidad en el desarme de barreras arancelarias u otras barreras técnicas al comercio que hacerlo multilateralmente en el marco de una mastodóntica organización como la OMC (de nota sería el hacerlo unilateralmente sin esperar a que lo hagan los demás, pero sería un suicidio en la carrera política de su patrocinador; a pesar incluso de los excelentes resultados que ha tenido para el conjunto de la población en aquellos pocos casos en que esto ha sucedido; i.e. Hong Kong a mediados del siglo XX).
Creo que la OMC está hoy en coma; sólo hay que pensar que cualquier acuerdo que se adopte en su seno afecta inmediatamente a sus más de 150 países socios (con intereses muy dispares defendidos por políticos; vamos, una auténtica jaula de grillos). La tendencia clarísima frente a este impasse es la proliferación de acuerdos comerciales preferenciales de todo tipo (bilaterales y/o regionales). Estos arreglos comerciales son puro mercantilismo camuflado y encajan a la perfección con las políticas de planificación estatistas y de control de las relaciones de poder entre países y bloques comerciales, llevándose sistemáticamente la peor parte los países más pobres y menos influyentes que tienen que tragar con acuerdos preferenciales diseñados desde los países más poderosos.

No digo que dentro de cada bloque no se produzca una cierta liberalización (a modo de regionalismo liberalizador), pero aumenta las ineficiencias comerciales y se llegan a resultados sub-óptimos en la adjudicación de recursos en su conjunto. Es sorprendente que la opinión mayoritaria de cada país sea, en general, favorable a integraciones regionales pero siga sin comprender las ventajas de integrarse con el mundo. Constato que esto es un hecho y los políticos sacan (y sacarán) partido a esta tendencia. El regionalismo comercial preferencial ha venido para quedarse.

Con respecto a si existe hoy un comercio internacional más liberalizado que en épocas pasadas, depende a qué época nos refiramos. La época dorada del libre cambio (y de las políticas liberales en general) se desarrolló más o menos desde 1850 a 1914 (recordemos que los únicos oponentes serios de las políticas conservadoras habían sido hasta la fecha las liberales; todavía no habían tomado peso las políticas socialistas). Con la llegada de la 1ª GM recularon muchos de los principios del liberalismo tenidos por indiscutibles. El proteccionismo atroz y generalizado de los años 20 y, sobre todo, el de los 30 ya sabemos en qué desembocó. Desde 1950 el comercio internacional se ha ido liberalizando, qué duda cabe, con respecto a la locura intervencionista de la “guerra de los 30 años del siglo XX” (la que abarca desde el inicio de la 1ª GM hasta el final de la 2ª GM); pero sólo se ha llevado a cabo tímidamente. Con todo, el efecto enriquecedor de la globalización es tan grande que se deja sentir por doquier a pesar de los numerosos obstáculos (estatales) que persisten hoy al libre comercio.

También opino como tú que la actual recesión económica va a provocar, por desgracia, reacciones proteccionistas de distinto pelaje (veremos en qué grado se despliegan).

Víctor L., llevas mucha razón al decir que el libre cambio no busca más que la voluntariedad en los intercambios internacionales, pero como ideología razonada no puede dejar de prever las consecuencias que ello acarrearía. Una de ellas sería la profundización espontánea en la división del trabajo internacional por la ventaja comparativa relativa de los actores de cada país (en definitiva, de la comunidad internacional del trabajo, como la llamó Mises); otra sería la mejora del bienestar de los consumidores que dejarían de subvencionar (vía aranceles y otras trabas) a los productores ineficientes pero políticamente protegidos o “preferidos” por los gobiernos. Otra que fuerza a los productores ya establecidos a mejorar su proceso de la toma de decisiones espoleados por la competencia exterior y ofrece a los productores carentes de capital (de los países más pobres, por ejemplo), al menos, la posibilidad de acceder al mercado internacional mediante sus productos (agrícolas o manufacturados) sin necesidad de depender tanto de las ayudas estatales provenientes del exterior.
Todas estas consecuencias (entre otras) nos llevan a pensar que el librecambismo propuesto por el liberalismo es la política económica y moralmente correcta, pero, claro, tiraría por tierra gran parte del chiringuito existente a expensas de la sociedad civil montado por los vanidosos dirigentes de cada Estado (por buena que sea su voluntad).

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