
En las páginas del último número de la revista nortemericana "Reason", ha tenido lugar una interesante polémica, con la participación del Premio Nobel Milton Friedman, acerca de la necesidad de que las empresas contribuyan con donaciones económicas a instituciones u organizaciones filantrópicas, para revertir a la sociedad parte del beneficio generado.
Uno de los participantes en la discusión, John Mackey, presidente de Whole Food, se ufana de haber implantado en todas sus tiendas el "día del 5%". Se trata de que el cinco por ciento de los beneficios obtenidos en esos días se entrega a instituciones sociales sin ánimo de lucro, como una muestra del compromiso de la corporación con la comunidad. Mackey sostiene que su empresa pone siempre por delante el interés de los clientes al de sus accionistas y que su objetivo principal no es generar valor para los copropietarios de la empresa, sino contribuir al bienestar de la sociedad.
Dos argumentos de Friedman ponen en cuestión la coherencia de esas afirmaciones y su dimensión esencialmente hipócrita. En primer lugar, afirma Friedman, buscar la satisfacción de los clientes es precisamente la mejor forma de aumentar los beneficios de la empresa y en consecuencia crear valor para el accionista. Su réplica la encabeza con una contundente cita de Adam Smith al respecto: "Persiguiendo su propio interés, los individuos contribuyen más efectivamente a la sociedad que cuando intentan hacerlo directamente. No he conocido que se haya hecho mucho por parte de los que fingen comerciar en pos del bien común".
Por otra parte, ese dinero que la empresa entrega "gratis et amore" a las ONG's no pertenece en modo alguno a los directivos de la compañía sino a sus legítimos propietarios, condición que en el caso de una sociedad participada recae en los accionistas y son ellos, de forma individual, los que debieran decidir el destino que dan a los beneficios que legalmente le corresponden. Sin un sistema tributario tan endiablado como el que han de soportar las empresas en la mayoría de países, que premia la autoextorsión en forma de beneficios fiscales, la "solidaridad" sería el ejercicio privado de una cualidad moral del individuo, no un impuesto empresarial más.
Pero hay una objeción más que a nadie mínimamente versado en ciencia económica puede escapársele. Ese cinco por ciento que Whole Food entrega a las asociaciones filantrópicas, reinvertido en la empresa contribuye a incrementar su producción, a mejorar sus procesos productivos y, en última instancia, a crear puestos de trabajo, que como "política social" es infinitamente más efectiva que la simple subvención.
Producir riqueza, aumentar los beneficios, incrementar el valor de la participación de sus accionistas y crear puestos de trabajo. Esa, y no otra, es la responsabilidad de la empresa.
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