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Portada - Comentarios - Los fallos del constructivismo y del orden espontáneo

23/03/2009 - Berta García Faet

Los fallos del constructivismo y del orden espontáneo

Con el término constructivismo solemos hacer referencia a aquella creencia que afirma que es posible "destruir" y "construir", racional y centralizadamente, los cimientos de una sociedad, sobre todo en lo que atañe a sus valores, costumbres, relaciones, instituciones y, por supuesto, miembros: el paradigma del constructivismo es en este sentido el mito de la tabula rasa y del hombre nuevo. Para los constructivistas, no importa el pasado, no importan los anclajes ni la tradición ni el condicionamiento: sólo importa la perfección del plan.

En la misma lógica, también tachamos de constructivismo a las actitudes y presupuestos implícitos en determinadas ideologías y planes políticos (aunque todos, por definición, son susceptibles de caer en este exceso), que pivotan en torno a la tesis principal de que lo relevante es la voluntad del planificador, no sus posibilidades reales o la conveniencia del plan. Así, el fin de la pobreza, de las guerras y de todo un abanico de injusticias serían cuestión, simplemente, de la voluntad política de unas élites que, quién sabe por qué oscuros y egoístas motivos, están interesadas en la perduración de las miserias. Por arte de magia, se supone que tras cambiar las leyes en el sentido correcto, o aplicar determinadas políticas públicas, los problemas se arreglarán: esta es la idea subyacente en las políticas de "cuotas" o discriminación positiva que, por supuesto, no han solucionado ni solucionarán la desigualdad hombre-mujer.

¿Qué es lo que falla en el afán constructivista? Falla que, ni siquiera con coacción, la omnipotencia es factible. Ni los totalitarismos ni las revoluciones cumplen nunca sus promesas; muy al contrario, desembocan en un eterno retorno a la situación previa o a algo peor. Toda organización o control de la sociedad se enfrenta, no sólo a los insalvables problemas epistemológicos de cálculo y toma de decisiones, sino también a la cultura, identidad, historia y libertad de los individuos. Sencillamente, no por fijar unos precios arbitrarios los productores van a aceptarlos; en seguida surgirá un mercado negro. No por decretar prohibida la prostitución ésta va a desaparecer, si ha existido desde hace milenios. No por proclamar por ley la igualdad de hombres y mujeres automáticamente ésta va a florecer, en una sociedad en la que ese valor no esté muy interiorizado. Y así con casi cualquier ejemplo. Las transformaciones reales, las que perduran, no son producto de la coacción sino de la convicción. Obviamente, las que no mueren son las que resultan de una convicción masiva que reclama coacción, mediante ley.

En este punto, resulta inocente la respuesta que han dado tanto algunos liberales como la mayoría de los conservadores (por definición) al constructivismo: cuando alguna corriente ideológica institucionalizada (normalmente un Gobierno) pretende imponer o prohibir, desde la política y de manera especialmente brusca y radical, algo que percibimos como "natural", "beneficioso" o "valioso" desde nuestra propia óptica, surgen los argumentos del orden espontáneo, que no es otra cosa que la tradición tomada de forma benevolente.

Y sin embargo, con el mismo argumento, lo que reclaman liberales y conservadores no coincide. Esta heterogeneidad muestra, tal vez, la insuficiencia de la explicación: la tradición, el punto "final" que elegimos de todo un proceso "espontáneo" o "acumulativo" de instituciones, no está en absoluto libre de coacción.

Refirámonos tan sólo a los ejemplos más célebres. El pensamiento contrarrevolucionario de Edmund Burke, Joseph de Maistre y Louis de Bonald se basaba en la crítica de la Revolución Francesa por haber impuesto un orden que iba en contra de lo históricamente adquirido, considerado "natural". Sin subestimar el valor de la crítica contra este claro constructivismo, quizás ésta debería haberse centrado más en el contenido de lo nuevo que en el elogio de lo viejo por ser viejo, que en esta época era la monarquía (y resulta ridículo pretender que ésta se implanta sin coacción o sin radicalidad).

En cuanto al famoso "orden espontáneo" de Friedrich Hayek, hay que aclarar que el mercado libre, una vez "instaurado" (una vez impuestas las reglas del juego), éste funciona de forma "espontánea", del mismo modo que espontáneamente, sin que nadie en concreto los cree y los dirija, funcionan el lenguaje y el dinero. Esto no significa en absoluto que el mercado libre surja, nazca espontáneamente en el seno de una sociedad muy intervencionista: surgirá parcialmente, en los márgenes, y con distorsiones, como en el caso de los mercados negros, pero no se impondrá si no es lo que quiere la mayoría de la gente de esa sociedad.

En lo que coinciden constructivistas y "espontaneístas" es, por lo tanto, en olvidar que las instituciones no son "naturales" en el sentido de "históricamente inevitables": todo depende, más bien, la deseabilidad, a la vez subjetiva y social, de las mismas. Esta deseabilidad es, por supuesto, imposible de medir, pero ello no significa que no exista: de hecho, el quid de la cuestión de la legitimidad de los sistemas políticos y sus medidas se halla, en los términos de Easton, en el apoyo difuso a los primeros y en el apoyo específico a las segundas.

No se puede cuantificar, pero ahí está: lo vemos en que los movimientos anti-sistema, de cualquier signo, son marginales; lo vemos en que no hay revoluciones; lo vemos en que las protestas más sonoras (huelgas generales, manifestaciones) piden un "mejor funcionamiento" del sistema dado, no un cambio de sistema. En concreto, en el tema que nos preocupa a los liberales: en el marco del Estado de Bienestar, no es sólo el aparato estatal el que no respeta la propiedad y los derechos individuales como nos gustaría. El menosprecio de los valores individuales (o, en otras palabras, el ensalzamiento de la lógica keynesiana y asistencialista), no es atribuible en exclusiva a los gobiernos, porque los gobiernos no surgen de la nada: al contrario, son elegidos. La polémica está entre un partido y otro, no entre un sistema y otro.

En esta evidencia (que algunos se empeñan en no ver) de que es la mayoría de los individuos la que rechaza los valores liberales (surgiendo, como consecuencia, y no de forma autónoma e independiente, gobiernos que del mismo modo los rechazan), también se halla la clave de la "estrategia" liberal. No se trata de llegar al poder y hacer borrón y cuenta nueva, ni de emprender la marcha hacia la renovación del espíritu humano, ni de esperar devotamente a que explosione una sociedad pura y libre "por las contradicciones internas del sistema socialista". Sencillamente, puesto que la clave está en la opinión pública, en la cultura política, se trata de continuar en la batalla de las ciencias, las ideas y los valores.

 

Opinión de los lectores

Eugenio Martín Velázquez

Berta totalmente de acuerdo.

NEC

He encontrado un lugar común y ameno, donde clarifico mis borrosas ideas, muy bien escritas por Uds. Me identifico mucho con sus pensamientos.
En mi país argentina, todas las intenciones mueren cada cuatro años. Vivimos fragmentados.
Muy buena la nota.
saludos

Berta García Faet

Muchas gracias a los dos.

Bastiat

Para mi la cuestión que subyace a todo lo que dices es cuál puede ser la línea política de un partido liberal.

Todo proyecto político es en sí mismo constructivista. Quien niegue esto está simplemente fuera de la realidad. Y es que todo ideario o ideología es en si un proyecto político. La organización de la vida en común es un proyecto político, y todo proyecto tiene necesariamente que hacerse realidad en normas e instituciones que plasmen dicho proyecto o ideario político.

Si queremos diferenciarnos los liberales de la mas rancia línea constructivista plasmada en el socialismo o, en su rebajado con agua, socialdemocracia, hablando del “orden espontáneo” como guía de nuestro ideario liberal habría que hacer el ejercicio de honestidad intelectual de reconocer que dicho orden espontáneo de nada serviría sin instituciones que defiendan los postulados en los cuales se fundamenta. ¿Cómo se va a garantizar la libertad individual si no generamos normas e instituciones que frenen la acción colectivista de un gobierno? Me dirán, quitemos el gobierno. ¿Es esto realista?

No, por la simple razón que el orden espontáneo ya ha demostrado que los grupos humanos se organizan ordenadamente creando estructuras legitimadoras del poder para garantizar la estabilidad del grupo. Otra cosa es que no estemos seguros del cómo limitar adecuadamente al poder para que éste no derive al totalitarismo. Pero la mera existencia de ese hecho, la deriva totalitaria del poder, ha de hacernos reflexionar sobre el cómo la sociedad habla por sí sola, de manera espontánea, sobre el cómo organizarse. Sobre el hecho social de la organización del grupo.

Entonces, como liberales, o somos conscientes de la realidad constructivista o simplemente estaremos condenados a las bibliotecas y los círculos de opinión. Nunca lograremos rebajar el poder del Estado porque no estaremos entendiendo nada tanto de la acción del “orden espontáneo” de la sociedad, del hecho social en sí mismo, y, por supuesto, para nada del cómo conseguir que lo que pretenciosamente pensamos que surgiría si hubiera un “verdadero orden espontáneo”, que presumimos sería la máxima libertad, se mantuviera a lo largo del tiempo.

El constructivismo, por otro lado, implica necesariamente acción política, participación política, ejercicio de la política y ganar metro a metro dentro del poder para ejercer la reducción del poder del Estado. Eso, se quiera o no, es constructivismo. Pero lo que realmente ocurre es que no se quiere participar en la política por miedo a no tener los suficientes apoyos….

Lo que ocurre es que no creemos suficientemente en el verdadero hecho social que implica el deseo de libertad que subyace en todos los individuos y que adecuadamente excitado garantizaría el suficiente margen para lograr dicho avance.

Pero negar la realidad no ayuda mucho.

Seamos igualmente constructivistas de una sociedad con menos estado.

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