23/07/2009 - Joaquín Santiago Rubio
El free-rider y sus secuelas
Todos conocemos el caso reprobado del gorrón, quien se beneficia de la fiesta sin poner ni un euro para montarla. Dicho más elegantemente, quien se niega a contribuir deseando que los demás sí lo hagan y que produzcan el bien del que él también disfrutará.
Esta situación se da cuando no se lleva a cabo la internalización de los beneficios. Los organizadores de la fiesta recaudan voluntariamente fondos y luego organizan la fiesta en una plaza pública, por ejemplo. En ese caso no pueden evitar que los free-riders disfruten de todo. Los organizadores pueden preferir, por razones de tradición o por reducir costes, que es mejor festejar en el lugar público antes que hacerlo en un recinto cerrado donde puedan excluir a los gorrones. También podría considerarse que, sea cual sea el lugar, lo correcto es que la fiesta "sea para todos". Independientemente de la situación, la existencia de un bien público (decidido por tradición, por reducción del coste de internalizar o por cualquier otra motivación ideológica) es un incentivo para el free-rider.
Lo que hay que recalcar es que el free-rider no es más que un caso particular de la figura del comportamiento racional del ser humano que, en pleno uso de su función empresarial, tiende a reducir costes y a maximizar beneficios, siempre subjetivamente considerados. Apoyándose en la existencia de free-riders, los defensores de las agencias tributarias argumentan que existe una solución a través de la contribución obligatoria a los gastos de la fiesta. Se dice que, así, cada uno aceptará el tributo siempre que todos los demás también lo soporten. Pero, ¿se acabó el problema del gorrón?
No, sin duda. Seguimos teniendo una propensión natural a desear beneficios con los menores costes posibles. En el nuevo estado de cosas en que todos contribuyen, tendemos a conservar nuestra innata alma de free-riders, pero con consecuencias aún más negativas para la mayoría. Ahora los free-riders son aquellos que creen o que saben objetivamente que hay otros individuos que aportan más que ellos recibiendo su misma porción de fiesta. Tales gorrones desean que las cosas sigan igual. Los que, por el contrario, piensan o saben que contribuyen más quieren cambiar las cosas habida cuenta, y esto es muy importante, de que no pueden escaparse de contribuir a causa de la coacción que sufren y de la legitimación ideológica que difunde la bondad absoluta de los impuestos. La simple existencia de la coacción para que todos contribuyan desencadena un sinfín de efectos aún más perversos que los de la fiesta pagada por pocos y disfrutada por muchos. Por ello, la confiscación impositiva, lejos de arreglar el problema de los free-riders, lo agrava. Y esto se produce sea cual sea el ámbito territorial que abarque la sociedad de festejos con capacidad confiscatoria.
La tendencia humana a que la diferencia entre costes sufridos y beneficios percibidos sea lo mayor posible, lleva el espíritu del gorrón adonde sólo puede darse, ante situaciones en que no se quiere (o no se puede) excluir su presencia por razones de bien público bendecido ideológicamente (la educación, la cultura, la limpieza urbana, el medio ambiente, etc.). Lo que se propicia con la "solución tributaria" es que haya una imparable presión sobre el gasto público (que la fiesta sea mayor y mejor) y una no menos inexorable carrera de los grupos organizados por hacer recaer sobre la mayoría de los individuos la mayoría de los costes. Con todo ello, se exigirán más y más gastos para la fiesta del barrio sin que cada individuo admita su responsabilidad en sufragar su parte.
Eso es lo que ocurre en los estados modernos, grandes y pequeños: cada ciudadano exige gastos elevados y mínimos impuestos para sí mismo, sin querer percibir la necesidad de corresponder unos con los otros. Consecuentemente, los políticos buscan modos de satisfacer esas demandas, bien camuflando impuestos hasta donde se pueda, bien endeudándose, inflando el crédito, atendiendo a determinados grupos de presión, alentando la gorronería de determinados sectores, o mediante una combinación variable de todo ello.
Atajar esta vía perversa de solución del problema del free-rider exige una definición estricta de los derechos de propiedad de manera generalizada. Y esto sólo puede lograrse desacreditando intensamente la ideología de "lo público" y constriñendo lo más posible la existencia de esos bienes públicos. Se precisa, pues, difundir la idea de que los beneficios de los servicios han de ser para quienes los pagan voluntariamente aunque antes hubiera que, de manera transitoria, establecer que sólo recibieran beneficios quienes los hayan de pagar obligatoriamente.
En términos generales se hace imprescindible intensificar la vía de ataque a los servicios públicos en la línea de internalizar los beneficios, de privatizarlos y desregularlos. Cualquier otra propuesta de fraccionamiento formal de los poderes públicos es estéril.
Opinión de los lectores
Buen intento de utilizar el problema del gorron para defender posiciones liberales.
En realidad, si tomamos el problema en su version mas amplia, aparecen paradojas tambien para los liberales.
El problema del gorron no es que uno se aprovecha del trabajo de los demas. Aunque se acepta que es asi, en realidad ese problema no seria del gorron (aunque la palabra gorron provenga precisamente de ahi). En ese caso, el gorron si estaria perjudicando a los demas, porque en terminos per capita habria menos para cada uno. En el ejemplo de la fiesta, estrictamente el gorron es gorron en cuanto disfruta del ambiente de fiesta, pero cuando lo que hace es disfrutar de la bebida que no ha pagado ya se sale del problema. El ambiente lo han creado los organizadores y no varia porque haya o no haya un gorron. En cambio, si habra menos bebida si hay alguien que no paga.
El verdadero problema del gorron es cuando el gorron no implica una disminucion per capita para nadie. Por eso digo que el problema se presenta tambien para los liberales: hay que construir una lectura moral que condene un comportamiento, el del gorron, que no va en contra de nadie. El problema del gorron, en realidad, no existe. Supongamos que es una fiesta sin bebida ni comida, unos organizan y como dice Joaquin, recaudan fondos para la musica. Todos los que van sin poner dinero son gorrones, pero sin bebida y comida que engullan, a quien le importa? No sera que los organizadores buscan precisamente eso?
Por eso no es tanto un problema como una paradoja. No es que la existencia del gorron perjudique a los demas, sino que la misma "posibilidad del gorron" deberia impedir la accion colectiva, y sin embargo la hay, y hay gorrones. Por eso es una paradoja. Y por eso existe solo a un nivel logico de analisis.
paradojas carlos, si yo tengo una idea la desarrollo contrato personal le pago bien el publico me compra gano dinero pago impuestos(logicos) creo riqueza, que te repito el publico demanda, cual es la paradoja, donde esta el goron, no soy un liberal clasico sino social, por desgracia el estado debe existir pero para mi es mas sencillo, solo para dar cobertura a quien no pueda, hacer carreteras y poco mas, pero los liberales tienen una ventaja aunque se limita al asunto economico demasiadas veces, y existen mas cosas, que creen en la libertad individual
1. Esa defensa de la solución liberal utilizando el “problema del gorrón” parte de la crítica a la solución tributaria a dicho problema. Las confiscaciones pretenden que todos contribuyan a sostener la acción del gobierno en la producción de bienes públicos. Si los demás soportan los costes es más admisible que yo lo haga también, sería el argumento.
2. Pero la acción “free-rider” no sólo no acaba así, sino que se difunde. Precisamente el gobernante favorece a su clientela haciéndola free-rider relativa de otros grupos. Claro que no le importan esos gorrones. De hecho los consiente con la expectativa de maximizar sus apoyos entre ellos.
3. En una fiesta privada no hay problema de free-rider antes de que los paganos de la misma no se opongan a los gorrones que consiente el organizador. Mientras no haya esa oposición la acción colectiva sí es posible. Una vez que se produce, o se internalizan los beneficios o termina la acción colectiva.
4. En la fiesta pública con tributación obligatoria no se acaba la acción colectiva mientras un sector mayoritario de individuos se perciba como gorrón (bien concibiendo que contribuye relativamente menos, bien pensando que se beneficia relativamente más). Para lograr este estado la acción del político suele resultar históricamente eficaz. Si fallan las percepciones anteriores, bien se produce una revolución, bien la represión desatada aumenta los costes que han de soportar los revolucionarios hasta el límite en que consideren más beneficioso seguir soportando más gastos relativos y menos beneficios relativos. Es la relación costes/beneficios percibida la que impulsa o frena la acción colectiva. La paradoja no existe porque la negación de la acción colectiva no forma parte, ni como secuela, del concepto de "free-rider".
Ya que hablamos de gorrones, uno de los más importantes son los automovilistas.
Resulta que con los impuestos de todos (incluidos los que no tenemos coche) se pagan las carreteras para uso (principalmente) de los automóviles particulares.
El automóvil particular es un vampiro que absorbe cuantiosos recursos del Estado y Ayuntamientos, que se pagan incluso con impuestos de los que no tienen coche.
Hay que abogar por la creciente privatización de la mayor parte de los servicios públicos. Aunque los llamados progresistas utilicen todos sus sofismas y parafernalia discursiva no lograrán ocultar una verdad del tamaño de un paño: tanto la educación como la salud y muchos otros servicios públicos son en su naturaleza servicios transables en el mercado y tienen un carácter personal. Socializar ese costo implica cargar a algunos lo que les corresponde pagar a otros.
En la medida que la gente pretenda pasar al lado de los parásitos y renunciar a pagar la fiesta se producirá un desequilibrio cada vez mayor.