
La primera pregunta que debemos plantearnos es: ¿de qué depende la inversión? Esto es: ¿por qué se produce la inversión y cuáles son sus condicionantes? Desde el punto de vista austríaco, que es el que más respeta al sentido común y a la realidad del empresario, se sostiene que se invierte porque se supone una oportunidad de beneficio. Los demás detalles giran en torno a esta evidencia: no hay ninguna señal objetiva que determine la inversión más allá de un afán lucrativo que descubre, y quiere realizarse en, una oportunidad. Sin embargo, la otra cara de la moneda es la capacidad, esto es, el ahorro propio o ajeno (de donde surge el fenómeno del interés).
La ecuación keynesiana poco tiene que ver con esto, y es la siguiente: la inversión depende (positivamente) de la eficacia marginal del capital y (negativamente) del tipo de interés.
Ya vimos que la eficacia marginal del capital (EMC) se supone por Keynes negativa a largo plazo (a corto plazo, simplemente inestable). ¿Por qué? Nuevamente hay que hacer mención a su epistemología profundamente pesimista: la EMC depende del precio o coste de reposición (que es fijo) y de la corriente de rendimientos esperados (que es decreciente); en consecuencia, si un elemento no varía y el otro es decreciente, la pendiente de la EMC es claramente decreciente.
Obviamente, como se ha señalado en numerosas ocasiones, la EMC no tiene por qué ser decreciente. Si lo fuera, tendría que ser cierto –y, tal y como los economistas del desarrollo han tenido oportunidad de desmentir, no lo es– que una unidad de inversión en un país subdesarrollado (en el que no hay casi acumulación de capital) es más rentable que una unidad de inversión en un país desarrollado (en el que hay mucha más acumulación de capital). La EMC no es ningún ente que exista independientemente de los casos en los que se presenta, independientemente de la experiencia. Pero, desgraciadamente, existe una cierta manía entre muchos economistas que consiste en querer determinar a priori, "objetivamente", la dirección de tal o cual noción marginal (propensión marginal al consumo, al ahorro, etc.).
Ya sabemos que el primer condicionante de la inversión en la teoría keynesiana (la EMC decreciente) es dudoso. Veamos el segundo: el tipo de interés. Llegamos a un punto sumamente importante, ya que aquí se halla la mejor ventaja de la teoría económica austríaca respecto a otros paradigmas: la comprensión del fenómeno del interés.
Para la economía neoclásica, el tipo de interés es básicamente el precio del dinero. Cuanta más gente quiera dinero, más alto será su precio, y al contrario. En el cuantitativismo, esto se sofistica ligeramente, pero a costa de recurrir a elementos altamente fantasmagóricos, como el de la velocidad del dinero. Para Keynes, el tipo de interés depende de la cantidad de dinero y de la preferencia por la liquidez, y no es más que la recompensa por renunciar a la liquidez. Puede decirse que todas estas definiciones de tipo de interés son bastante parecidas; la definición austríaca es radicalmente diferente.
Para los austríacos, el fenómeno del interés es un fenómeno natural: es la recompensa por la abstención presente en el consumo. Es una consecuencia del fenómeno natural que es la preferencia temporal, que no es más que los seres humanos valoran más los bienes presentes que los futuros; en consecuencia, posponer un bien que uno quería que fuera presente tiene un coste.
La definición keynesiana (el tipo de interés es "el precio que equilibra el deseo de poseer riqueza en forma de efectivo con la cantidad disponible del mismo") olvida un punto esencial, que es que el tipo de interés es un indicador de la capacidad inversora de una sociedad determinada. Si es alto, quiere decir que hay poco ahorro y por tanto la inversión se hace más cara: si se baja artificialmente, se manda a los agentes económicos la señal falsa de que hay que invertir, cuando la capacidad inversora no depende del tipo de interés, sino que se expresa a través de él, ya que el ahorro no puede cambiarse a golpe de bajadas de interés. En otras palabras: por mucho que una autoridad monetaria baje el tipo de interés, el ahorro seguirá siendo el que era.
Keynes obvia esta imbricación entre ahorro e inversión y su plasmación en el interés, ya que para él la oferta de dinero es exógena (la marcan las autoridades) y la demanda de dinero depende de la preferencia por la liquidez, que depende a su vez de la necesidad de efectivo ("motivo transacción"), del deseo de seguridad ("motivo precaución"), y del deseo de "especulación" (es decir, del deseo de acumular el dinero sin usarlo, en espera de tiempos mejores para invertirlo).
Si uno ignora que el tipo de interés, a causa de la preferencia temporal, será más frecuentemente alto que bajo (o mejor dicho: si uno ignora que el tipo de interés expresa un estado, una determinada capacidad inversora, y que no es frecuente que ésta sea siempre altísima), puede acabar pensando que depende de la oferta y demanda de dinero, y además que éstos no tienen nada que ver con el ahorro. El error está, justamente, en no comprender que si uno oferta dinero, es entre otras cosas porque puede (porque ha ahorrado); y si uno demanda dinero, es entre otras cosas porque pretende darle un uso que se espera rentable.
De modo que, con esta definición keynesiana (a la que hay que sumarle la idea pesimista de que los agentes económicos actúan en una ciega incertidumbre y son conservadores), es normal que la conclusión sea que el tipo de interés tiende a ser demasiado elevado, cuando lo deseable sería que fuera bajo. ¿Demasiado elevado respecto a qué? ¿Cuál es ese patrón ideal de tipo de interés, y cómo se supone que podemos conocerlo? La idea keynesiana es que, aunque hubiera verdadera capacidad inversora, el tipo de interés, dado que la gente no tiene manera de asegurarse una rentabilidad y es adversa al riesgo, nunca podrá reflejarla; y como es un elemento en su ecuación, en verdad acaba restringiéndola.
Todo esto nos lleva a un panorama ciertamente deprimente. Si los empresarios invierten cuando el tipo de interés (el "coste de invertir") es menor que la EMC (el "beneficio de invertir"), y precisamente el tipo de interés es alto y la EMC decreciente, la conclusión es que la inversión será crónicamente baja. Como el empleo depende de la inversión, éste también será bajo. Como los ingresos dependen del trabajo, éstos también serán bajos, y la demanda será insuficiente.
Pero nótese que ya hemos visto que esta cadena de razonamientos está viciada desde el principio: empezando por la epistemología radical e infundadamente pesimista, pasando por una caracterización irreal de los agentes económicos, y terminando en una EMC dogmáticamente decreciente y un tipo de interés "artificialmente" alto; mezcla fatal que acaba en una inversión escuálida y en desempleo.
La manera de comprender por qué esta conclusión es falsa es entender por qué cada uno de los razonamientos que nos llevan a ella también lo son. Recordemos: la perspicacia empresarial no tiene nada que ver con el conocimiento objetivo de la realidad, sino que se basa en percibir o suponer lo que demanda la gente y ofrecérselo; la EMC no es ni creciente ni decreciente ni fija de manera infalible, sino que depende de muchos elementos, entre ellos, por cierto, del marco institucional, y del éxito o fracaso de cada apuesta empresarial en concreto; el tipo de interés no es ni "bueno" ni "malo", sino que es el que es por motivos muy concretos y no hay que manipularlo, a no ser que uno pretenda mandar señales contradictorias a los agentes económicos.
Sin embargo, sin necesidad de analizar los errores de la larga cadena de razonamientos, hay ciertas conclusiones que desafían al sentido común de manera demasiado directa. Un ejemplo es el de la demanda "insuficiente", que se ha de "estimular"; las soluciones que propone Keynes son la redistribución de la renta y sobre todo la política monetaria expansiva (ya que mantener la tasa de interés baja inducirá a los agentes a un cierto optimismo).
Esto es tan falso que salta a la vista sin necesidad de retrotraerse a sus presupuestos microeconómicos: la demanda es "insuficiente"... ¿respecto a qué? La demanda es la que es, y si uno se empeña en hallar sus determinantes, lo máximo que podemos decir es que depende (en términos neoclásicos) de las preferencias y restricciones presupuestarias de los consumidores, o (en términos austríacos) de los fines de los consumidores puestos en relación con sus medios. ¿Es que acaso esto puede manipularse desde fuera gratuitamente? La respuesta es no. Adjetivos como "suficiente" o "insuficiente" para referirse a ofertas o demandas son muy engañosos y no hacen más que enmarañar la cuestión. Por lo demás, el Estado no puede estimular o dejar de estimular esta demanda "insuficiente" sin manipular el tipo de interés y, por lo tanto, sin interferir en el complejo sistema de las señales económicas que orientan la acción de los agentes económicos. Sobre todo porque el Estado no tiene ningún poder mágico y está sujeto a los mismos presupuestos epistemológicos y microeconómicos que el resto de agentes.
Si alguien se pregunta por qué el Estado ha sido elegido como el agente económico que ha de reparar lo irreparable (es decir, ¿por qué es el Estado el que va a saber dónde invertir y cuándo para poder estimular la demanda? ¿Por qué si invierten las empresas la actividad económica será insuficiente, pero no si lo hace el Estado?), ha de saber que la respuesta es mucho menos científica de lo que se nos quiere hacer creer. El lector deberá ir al punto donde se explica por qué supuestamente la eficacia marginal del capital es desconocida y decreciente a largo plazo. Porque ahí es donde se estipula que el Estado es el único agente económico que sí puede, de un modo u otra, conocerla. ¿Por qué razón? Magia. No es ciencia, es magia.
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