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Portada - Comentarios - Por una teoría política razonable

23/11/2009 - Berta García Faet

Por una teoría política razonable

En muchas ocasiones, cuando dos posturas políticas se enfrentan, nos da la sensación de que se interpelan desde universos diferentes, siendo el consenso, en estas condiciones tan precarias, normalmente infactible.

Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se sientan en una misma mesa –lo que sucede raramente, por cierto– un austríaco y un keynesiano, o un neoclásico y un deconstructivista. El debate entre "incompatibles" se restringe así espontánea y tristemente, pues el disenso es el mayor activador de la creatividad y a la vez el elemento molesto que le impide a uno aferrarse cómodamente a una teoría. En este artículo expondré brevemente lo que, en mi opinión, son las características básicas de una teoría política razonable, entendiendo por razonable el estar lista para salir al mundo y defenderse; y en un próximo artículo aplicaré este esquema al caso de la teoría política liberal.

Soy de la opinión de que cuanto más clara sea la articulación de las teorías, más fácil será trazar un esquema de disensos, condición sine qua non para empezar a resolverlos o, al menos, para negociar. Esta propuesta interpretativa sólo tiene el objetivo –escasamente ambicioso– de comprender cuándo una teoría política es comprensible; pero sí tiene una utilidad clara: desechar las que no son dignas de ser comprendidas, esto es, las teorías morales o grupúsculo de prejuicios deslavazados revestidos de teorías políticas.

En primer lugar, concretemos: ¿cuál es el ámbito de lo político?, esto es, ¿qué competencias se apropia toda teoría política?

La respuesta es clara: todas aquellas competencias que dicha teoría política considere de contenido vinculante para todos los miembros de la sociedad en la que se inserta. En otras palabras: más grande o más pequeño, toda teoría política traza un círculo delimitador de lo que será "ámbito público", y lo rellena sustantivamente con sus propias propuestas. Por ejemplo: la teoría política socialdemócrata metería dentro del círculo asuntos tales como educación, salud, infraestructuras, cultura, defensa, empresa, etc. y lo rellenaría con atributos tales como laicidad, igualitarismo, paridad, sindicalismo, etc. Una teoría política liberal tendería a trazar un círculo muy pequeño en el que, según versiones, entrarían justicia, defensa, parte de educación y salud, etc. y lo rellenaría con atributos tales como sobriedad fiscal, equilibrio presupuestario, igualdad ante la ley, etc. Dicho con otras palabras: lo primero que hace una teoría política es delimitar el tamaño del ágora (respuesta a ¿hasta dónde llega lo público?), y lo segundo, amueblarla y diseñarle reglas (respuesta a ¿cómo queremos regular lo público?).

Una vez aclaradas las dos tareas básicas que cubren las teorías políticas, ya estamos en condiciones de caracterizarlas como fundamentalmente normativas. Lo normativo está en la raíz de lo político; es el carácter coactivo lo que destacan casi todos los teóricos (una excepción sería Schmitt): Weber, Schumpeter, Duverger, etc. Es el carácter formalmente prescriptivo lo que distingue a la política de la filosofía y de la moral, pues toda teoría política aspira a producir ley.

La siguiente pregunta a hacernos es la siguiente: ¿flotan las teorías políticas en la nada, o subyace algo determinante?

Un marxista diría que la teoría política (una humilde superestructura, en sus términos) es fruto de la condición social del que la enuncia (la infraestructura). Me permito disentir profundamente de esta respuesta que considero errada por la teoría económica que le es implícita (economía como juego de suma cero), y propongo aquí otra explicación: toda teoría política contiene en sí misma unas prescripciones no del todo arbitrarias con respecto a sus propias bases implícitas, a saber: una teoría económica y una teoría antropológica (e incluso sociológica, sobre todo en el caso de las ideologías tradicionales del siglo XX).

Por eso es inconcebible pensar en la propuesta marxista de la dictadura del proletariado sin vincularla con su punto de partida económico (economía como juego de suma cero; economía como manipulación de la "superabundancia" inicial y final) y con su punto de partida antropológico-sociológico (lucha de clases). Del mismo modo, es imposible convencer racionalmente a nadie de la hipotética necesidad de privatizar la sanidad sin vincular esta propuesta con la teoría económica austríaca de la distorsión de los impuestos y la ineficiencia de lo público y una cierta idea de cómo actúa el individuo (cómo es su estructura de incentivos).

Esto equivale a decir que toda teoría política mínimamente razonable da un salto, como digo, no del todo arbitrario, desde un "es" (un "creemos que es así el mundo") hasta un "debe ser" (un "creemos que el mundo debería ser así"). Separar una cosa de la otra es fundamental, sobre todo porque la mayoría de los desacuerdos radican en la primera parte de nuestra definición, en la parte explicativa: en numerosas ocasiones vemos cómo distintas posturas se tiran los trastos a la cabeza, reprochándose objetivos siempre inmorales desde el otro bando, cuando en realidad, como casi siempre en democracia, precisamente los objetivos son lo único en lo que convergen. Un ejemplo sería el los desacuerdos entre PP y PSOE sobre cómo afrontar la crisis (ambos acusan al otro bando de no querer afrontarla, en vez de criticar sus métodos). Otro ejemplo mucho más interesante y fructífero es el del debate, para el objetivo común de "acabar con la pobreza", entre los teóricos austriacos y los teóricos del desarrollo: los primeros proponen algo totalmente diferente (acumulación de capital desde la base del sistema, o sea, libre y descentralizadamente) a los segundos (transferencias, regulación laboral y un nuevo paradigma de intercambio), y sin embargo no es extraño oír acusaciones idénticas, de uno al otro lado y viceversa, del tipo "queréis perpetuar la pobreza".

Este esquema según el cual de la imbricación entre una teoría económica y una teoría antropológica puede darse el salto, mediante la introducción del elemento moral o desiderativo, hasta la teoría política (resultando de ella un elemento original: el prescriptivo), puede aplicarse a toda teoría política y puede contribuir a clarificar los debates y la cuestión de cómo estudiar la historia del pensamiento. No obstante, antes de que apliquemos este mismo esquema en el próximo artículo al caso de la teoría política liberal (si es que hay una, o sólo una), conviene matizar algo esencial: la teoría política tiene una estructura, pero no la actividad política en sí. Dice John R. Searle en su libro Libertad y neurobiología: "Todo poder político es cuestión de funciones de estatuto, razón por la cual todo poder político es un poder deóntico. Los poderes deónticos tienen que ver con los derechos, los deberes, las obligaciones, las autorizaciones, los permisos, la autoridad, etc. […] Sólo existe en la medida en que son admitidos, reconocidos o, incluso, aceptados."

En otras palabras: de lo político, sabemos sólo, y como mucho, que se reconoce, aunque no sepamos por qué (entrarían en juego modelos explicativos del voto que nunca son definitivos). De la teoría política, por el contrario, sí sabemos lo que se propone, y también por qué (no las motivaciones últimas de los individuos que la enuncian, pero sí la estructura lógica de las mismas retrotrayéndonos hasta sus bases económicas y antropológicas).

En conclusión: sólo admitiendo que toda teoría política es la suma de tres elementos, los unos aspirantes a científicos o al menos racionalmente discutibles (teoría económica y antropología), y el otro puramente moral (conjunto de valores personales de cada uno que se tratan de inferenciar al resto de la sociedad), podremos sacar algo en claro de todo este embrollo que es el panorama ideológico de la llamada post-modernidad.

Y sobre todo: sólo así podremos detectar las falacias tan habituales que suponen los intentos de refutar la parte económica por la moral, o la moral por la antropológica (y así, todas las combinaciones entre los tres elementos y el resultado).

 

Opinión de los lectores

haymor

El artículo da a entender que cualquier teoría política implica necesariamente la legitimación de los medios políticos, es decir, el uso de la fuerza y la coacción. Bajo esta premisa, una teoría en la que dichos medios son rechazados, quedaría fuera de la teoría política o como un caso límite, extremo.
Usar entonces la palabra "razonable" para denotar tanto "razon" como punto de equilibrio o de consenso, esta de facto aceptando que la fuerza y la coacción, hasta cierto punto, son medios de cooperación social deseables.
Además, el artículo centra el debate en que la teoría política debe ser defendida en "democracia" hablando incluso de desacuerdos entre partidos. Con esto, se esta asumiendo que la teoría política es una teoría del estado y para el estado. Este planteamiento es arbitrario si no se deduce antes que es el estado y de donde viene su legitimación para emplear los medios políticos. Una teoría política, como intento de racionalizar el uso sistematico de la violencia, no debería limitarse al caso específico en que esta se ejerce por una clase dominante o élite sobre una clase dominada sobre un terroritorio de forma exclusiva. Es evidente que esta situación de monopolio sobre la fuerza es un caso particular que debería ser incluido en una teoría política más general.

victor pavon

Escribo desde Paraguay, Sudamérica. Muy bueno el comentario Berta. El enfoque teórico es fundamental para el análisis de una idea determinada, más aun si la vamos a contrastar con otras. Entiendo por ello que el socialismo no puede elevarse a una teoría puesto que existe un error en su propia concepción. Es un "error intelectual" como bien decía Hayek.

Berta García Faet

Muchas gracias a los dos por comentar y aportar elementos tan interesantes.

Hola Haymor,
Es verdad que no he incluido a las posturas ideológicas que rechazan absolutamente todo margen de coacción estatal. Hay un motivo: que no son políticas. Lo político es, por definición, obligatorio; si no hay ley, no hay política; si no hay relación de poder, no hay política. Yo no entro a valorar si esto es bueno o malo, sólo constato su existencia y trato de analizarlo. Existen ideologías, por supuesto, autodenominadas anti-sistema, o sea, anti-estatales y por lo tanto anti-políticas; siempre hay elementos que no cuajan bien en la teoría porque niegan su mismo filtro. Por ejemplo: ¿puede considerarse dentro del elenco de las teorías del conocimiento al solipsismo? Precisamente éste niega la posibilidad del conocimiento y se niega a teorizarlo, así que creo que la respuesta es que no. Lo mismo pasa con las teorías “políticas anti-políticas” (en el caso de que éstas verdaderamente lo sean): no las he incluido porque, si son totalmente anti-políticas, su ámbito de acción, divulgación y persuasión, no está en lo político, no entra dentro de la lógica de lo político y por lo tanto no puede debatir con otros teóricos políticos sobre propuestas políticas; y si í aceptan un pequeño margen de coacción, por diminuto que sea, ya entran en el modelo. Personalmente situaría a gran parte del libertarianismo en este segundo caso.

Sobre si la coacción política es un medio “deseable”, como digo, es algo irrelevante en este artículo, porque yo no trato de ofrecer mi o la o una teoría política liberal (asunto que sí trataré en un próximo artículo), sino, como primer paso, analizar la lógica de las teorías políticas, que es la lógica de convivir -con relaciones de poder- en el Estado.

La segunda parte de tu comentario no la he entendido bien. Si he elegido la democracia es porque, sencillamente, es el contexto actual, por el que la población en general (aquí cursiva) manifiesta un apoyo difuso, independientemente del no-apoyo, e incluso indiferencia, desprecio o simplemente ignorancia sobre la actualidad política y los políticos en particular.

Sí, hay algo implícito en todo esto que se puede criticar y que supongo que es a lo que te refieres. Sí considero (como Searle) que la política es cuestión de reconocimiento, aunque sea a regañadientes (tú tal vez opines que sólo es cuestión de imposición; te lo pregunto); y también considero que, si se trata de que otros acepten las reglas que tú quieres para ellos y para ti, la política es cuestión de persuasión, negociación, consenso y cesiones. Insisto: constato, no juzgo (por ahora).

Hola Víctor,
En mi opinión, todo esto sirve para que las teorías políticas compitan más limpiamente. La teoría política socialista (aunque son muchas), no me parece que no sea teoría, sino teoría errada, sobre todo en lo económico. Respecto a la parte de valores, ya no es cuestión de errado o no-errado: la moral no es correcta o incorrecta.

Otra cosa diferente, y muy interesante, es que el socialismo sea un error intelectual en el sentido más llano y absoluto del término: error porque sus partes se contradicen entre sí. Es decir, es irrealizable: no es posible realizar los objetivos que se proponen -desde su moral- mediante los medios económicos -que idea su teoría económica-. Creo que el gran logro de los austriacos reside en desmitificar la idea absurda según la cual la voluntad política cambia el mundo. No es así, y esta es la conclusión básica de la ciencia económica: la eficacia de la voluntad centralizada es una falacia (incluso aquí hay consenso: en algunos puntos la economía neoclásica recula respecto a la supuesta omnipotencia del sector público).

Saludos

Aritz

Buen artículo y muy interesante la pregunta que planteas.

Hay algo que no entiendo: se supone que el anarquismo es teoría política sólo en cuanto a que traza un círculo nulo de lo público? Que hay de las propuestas para el ámbito privado, sustentadas en "el mundo es", que pueden poner en desacuerdo a dos partidarios del libre mercado, creyendo uno que producirá grandes empresas y otro que primarán las pequeñas? Aunque crea que la desaparición del Estado (y por tanto lo público) traerá consigo el final del patriarcado, la libertad absoluta de movimiento y el fin de los valores tradicionales, comparto teoría política con Hans Herman Hoppe?

Por cierto, sé que es una cuestión méramente literaria, pero me parece más bonito mentar el ágora para referirme al espacio abierto en el que los individuos libres realizan transacciones voluntarias, como oposición al ámbito del Estado.

jes

Me parece un tema interesante buscar los porqués de esta falta de entendimiento si supuestamente se persiguen fines parecidos... aunque tal vez por eso se choca tanto, creo yo, porque pienso que entre esos fines precisamente no son los que parecen, sino que suele estar antes la búsqueda de popularidad o la autojustificación que el aprendizaje y la búsqueda de otros fines más lejanos como, qué sé yo, el aprendizaje para ser más útil a otros sin hacer más daño que otra cosa (esta coletilla la olvidan los irresponsables). Tal vez en este tipo de debates abundan más los del primer tipo, porque en ese deporte escuchar puede significar ser débil y perder la partida, como si el propio debate fuera un juego de suma cero.

Hay mucho escrito, todos esos debates parecen un "deja vu". Creo que quien busca el conocimiento no tiene que reinventar la rueda, porque tiene lectura para rato. Y más ahora, donde es cada vez más fácil acceder a viejos nuevos debates. Lo cual no quiere decir que, a parte de un simple enfrentamiento por la popularidad, se pueda pasar un buen rato, divertirse, caer bien o aprender algo, pero creo que los fines son otros.

Creo que la claridad es fundamental, por eso los avances en la teoría económica no han calado en la sociedad (por todas esas fórmulas matemáticas absurdas de falsa seguridad que la inteligente gente de la calle no se puede ni creer) y se han perdido gran parte de todas esas contribuciones sociales que se llevan haciendo desde hace siglos, incluso milenios. La economía como ciencia responde a fines políticos y ese es su origen y razón de ser. Por eso, en mi opinión, no hay nada que buscar, porque sólo el respeto y el amor al otro vale para el bien de la sociedad, los debates políticos sólo son un deporte más donde cada tertuliano trapichea con los fines que le da la gana y puede, donde muchas veces perduran los planteamientos de los tertulianos más agresivos, los más fáciles de "entender".

Berta García Faet

Hola Aritz,

Como decía anteriormente, en mi opinión el anarquismo es teoría política sui generis, en tanto que teoría política anti-política. No he matizado que cuando hablaba de trazar el círculo de lo público, me refería a lo público en tanto que estatal, esto es, en tanto que susceptible de regulación; lo matizo porque, efectivamente, desde la teoría anarquista, no desaparece lo público sino que éste de despolitiza y privatiza. Por cierto que creo que “ágora” nos sirve para denominar lo público, independientemente de nuestros posicionamientos políticos o anarquistas. A tu pregunta te respondo que según yo lo entiendo no compartes teoría política con Hoppe sino vagamente, pues no parece que compartáis los fines sino sólo el medio. El marxismo también pretende en última instancia la minimización del Estado, que también lo pretenden gran parte de los liberales, lo cual no significa que tengan algo más, más allá de eso, en común.


Hola Jess,

Totalmente de acuerdo con tus dos primeros párrafos (discrepo respecto a aquello de que la economía como ciencia responde a fines políticos). Como tú dices, una cosa es teoría política y otra la política y los políticos, y sus intereses, que no son, casi nunca, los de defender una teoría política; es triste, pero así es. Por eso a mí personalmente me gusta discutir las ideas y no sus formuladores o defensores; no me gusta el debate de “qué dijo en verdad Keynes” o “qué dijo en verdad Marx”; si lo que se trata es de hallar ideas útiles, no podemos ser tan escrupulosos y meter historia del pensamiento donde no la tenemos que utilizar. Lo mismo cabe decir de los políticos como actores. A veces podemos rascar ideas y discutirlas, pero la mayoría de las veces es un debate vacío, lleno por el contrario de susceptibilidades inútiles sin sustancia. Por eso, tal vez paradójicamente, mi opinión personal es que, para discutir de teoría política -de, en definitiva, ideas-, los políticos son precisamente los menos indicados para ello.

Muchas gracias a los dos por los comentarios

Eugenio Martín Velázquez

Berta volvemos a las andadas, sólo como ejemplo, he buscado en el diccionario de la lengua española la palabra deóntico y me dice que no existe……..

Berta García Faet

Hola Enrique,
Hay muchas palabras que usamos que la RAE aún no ha recogido. La RAE va por detrás de los usos lingüísticos, no por delante (por definición, las recopilaciones son posteriores a los hechos). Deóntico simplemente significa "relativo a la deontología", esto es, "teoría del deber". Cuando Searle dice que la política es deóntica se refiere a que existe en tanto que se acata, se reconoce, se acepta (hecho que la legitima). Tal vez sea una palabra demasiado inhabitual para algo tan sencillo, es cierto, pero me parece el término más correcto y además el más clásico (ver http://en.wikipedia.org/wiki/Deontic_logic ).
De todas formas, sobre todo lo he explicitado porque muchos liberales son la de opinión de que la política es, sencillamente, imposición; he querido explicar que disiento de este punto de vista, para lo cual me he apoyado en el argumento de Searle.
Un saludo y muchas gracias por comentar!

Jubal

Berta, algunas constataciones y algunas interrogantes (con palabras en medio):

Coacción política, coacción estatal... Hmm, pero ¿coacción agresiva o coacción defensiva?

No incluyes el anarquismo, al parecer porque "rechaza absolutamente todo margen de coacción estatal"; pero, si entiendo bien a los anarquistas, éstos admiten la coacción defensiva llevada a cabo por varias agencias que desempeñan las funciones de un Estado. La diferencia radica en que el monopolio del Estado (monocracia) desaparece para ser sustituido por una policracia. En ambos casos hay coacción, pero excluyes la propuesta anarquista por rechazar la coacción ejercida por un agente único, no por rechazar la coacción per se. ¿No significa esto que Haymor tiene razón al observar que tu planteamiento "implica necesariamente la legitimación de los medios políticos"? ¿O del Estado tal y como lo conocemos?

¿Es el anarquismo la única alternativa a considerar (o, por lo visto, a "descondiserar")? ¿Es posible un orden político diferente tanto del Estado tal y como lo conocemos como de la propuesta anarquista? ¿Un orden político con una estructura monocrática en un nivel y policrática en otro, y que además admita únicamente la coacción de carácter defensivo? Si existiera una teoría política que propusiera un orden político tal, ¿sería una teoría a considerar dentro de los supuestos de tu artículo o sería una teoría "anti-sistema" que "rechaza absolutamente todo margen de coacción estatal"? (¿Es dicho orden político un Estado, aunque no sea un Estado tal y como lo conocemos?).

Le preguntas a Haymor si opina que la política es sólo cuestión de imposición. Y tú, Berta, ¿realmente crees que la política es sólo cuestión de reconocimiento? En una escala reconocimiento-imposición, ¿lo más cercano al polo "imposición" que llegas a constatar es el "reconocimiento a regañadientes"? Si es así, me pregunto si vives en el mismo mundo que George Washington y un servidor: el gobierno no es razón, no es elocuencia, es fuerza.

¿Las reglas se negocian... o se "micronegocian"? Es decir, ¿se negocian en la cúspide del poder, entre la distintas facciones que se supone que "representan" al ciudadano y, luego, se imponen al nivel inferior habitado por el ciudadano? ¿O, por el contrario, surgen en la interacción social, "a pie de ágora", y evolucionan con la sociedad? Otra faceta de la polaridad reconocimiento-imposición, ¿verdad? Pero, ¿tendría sentido ver implícitamente por un lado la política como un mecanismo de creación de legislación en la cúspide del poder (top-to-bottom) y, al mismo tiempo, por otro lado, atribuirle exclusivamente la cualidad del "reconocimiento" que corresponde precisamente al otro mecanismo, el del derecho como institución social (bottom-to-top)? Pues... constato... ¿acaso personas normales y corrientes, como los lectores que comentamos aquí, tenemos en alguna ocasión voz real a la hora de "negociar" las normas que queremos para nosotros y para los demás? Constato, rotundamente, que no.

Otra constatación, de carácter psicológico, independiente de teorías políticas: La mayoría de políticos tienen rasgos psicológicos psicopáticos (los psicópatas, también llamados sociópatas, bajo una máscara de normalidad y amabilidad presentan una personalidad egocéntrica, amoral, carente de empatía, manipuladora, capaces de utilizar cruelmente a los demás para la consecución de sus fines y la satisfacción de sus impulsos, sin experimentar remordimientos por las consecuencias de sus acciones). ¿Negocia el lobo con los corderos?

Berta García Faet

Hola Jubal,

Gracias por el comentario y te pido disculpas por el retraso. Te contesto:

1)Es interesante la diferencia que planteas en virtud de monocracia y policracia. Pero no excluyo al anarquismo de mi propuesta por esta razón; es más, también hay policracia estatal y a veces pueden plantearse conflictos entre distintas instituciones estatales (o entre Estados, si nos pasamos al ámbito internacional). En lo que yo planteo es irrelevante también la diferencia entre coacción “defensiva” o “agresiva”. En mi definición, lo relevante es que el Estado (cualquiera de sus múltiples Administraciones) obliga; y las teorías políticas aspiran a determinan el ámbito y el contenido de esas obligaciones. Lo estatal implica, entre otros elementos, población y territorio. De ahí mi definición de “lo político”: decisiones obligatorias para todos. ¿El anarquismo propone que haya unas leyes que se apliquen a todos los individuos dado un territorio? No, si es que estos individuos no aceptan cada una de estas leyes individualmente y cada vez; simplemente por eso, excluyo al anarquismo de las teorías políticas. Aunque insisto, estamos jugando con las palabras. También he dicho que estirándose el término podemos considerar al anarquismo como una teoría política anti-política.

Ya que no eres el primero que pregunta directamente mi postura en este tema, la explicito, cosa que pensaba hacer como dije en el próximo artículo: aunque mi propuesta trate de ser ideológicamente neutral (se basa además en la definición clásica de política), yo sí creo en un margen de coacción política (en tus términos, tanto “agresiva” como “defensiva”), esto es, en un margen de producción de leyes con su respectivo sistema de garantías. Pero esta deseabilidad, o legitimidad, no está incluida en el modelo, que se basa, no en la deseabilidad y legimitidad que yo admito, sino en la constatación de que otros –la mayoría de los ciudadanos; cosa que se prueba por negación, esto es, por la ausencia de revolución, sublevación y/o desacato multitudinario- sí admiten esa deseabilidad y legitimidad.

2) No he comprendido bien a qué te refieres con “orden político con una estructura monocrática en un nivel y policrática en otro, y que además admita únicamente la coacción de carácter defensivo” y, por lo tanto, no sé si yo lo consideraría político. Insisto en que mi definición es bien sencilla: desde el momento en que una teoría entra a discutir “hasta dónde vamos a legislar para todos” y “en qué dirección proponemos nosotros legislar”, ésta es política: independientemente de la ideología, el tipo de Estado y el tipo de régimen político. Si propone cualquier otra cosa (como, por ejemplo, lo que propone el anarquismo libertario: “que no haya ningún ámbito público; que todo sea legislado privadamente”) ya no es política. En este sentido, lo político no es sólo defensivo, pues en el momento en que se hace una ley y ésta se incumple, estará prevista una penalización. ¿Esto es agresivo o defensivo? El problema, creo, es que tú aplicas los términos agresivo y defensivo en el sentido de la relación entre unidades (Estados o agencias), y yo no he entrado ahí: hablo todo el rato de las relaciones dentro de dichas unidades, no entre ellas.

3) La política es cuestión de reconocimiento. Yo no he dicho que no haya imposición, de hecho la gracia es que, lo quiera el individuo o no en cada caso concreto, la ley se impone. El caso es que, en mi opinión, la gente, cuando protesta, suele protestar en el sentido de que una ley en concreto no le parece bien o va en contra de sus intereses, pero no protesta contra la noción de ley, no niega la necesidad de regulación. En otras palabras: los grandes debates que se dan y que salen a la palestra movilizando a la opinión pública (por aplicarlo al caso más reciente: el debate en torno al aborto) no suelen proponer la “alegalidad” sino la “legalidad” o la “ilegalidad” en uno u otro sentido. Es lo que el politólogo Dahl señalaba: una cosa es la “legitimidad democrática” (convencimiento de la población de la necesidad de que haya leyes, elegidas por los ciudadanos directamente o mediante representaciones; cosa que yo creo que sí existe, y además sobradamente), y otra cosa es el “rendimiento democrático” (valoración sobre la utilidad o conveniencia de una ley o política pública en concreto; y ahí es donde la gente protesta).

4) Estoy de acuerdo con tu punto sobre la negociación. Pero es que esto no desmiente mi punto anterior. Los ciudadanos tenemos un protagonismo casi cero en la elaboración de las leyes (podríamos calcularlo pero es complicado porque los distritos hacen que no se cumpla que “un hombre = un voto”), pero, sea como sea que éstas se elaboren, el caso es que las solemos acatar; volvemos a la “legitimidad democrática” que, por cierto, está especialmente extendida en EEUU, más que en Europa. En otras palabras: aceptamos que existan leyes producidas políticamente, aunque luego podamos criticar el contenido de dichas leyes o incluso su proceso de elaboración.

5) Afirmar que los políticos son psicópatas me parece, como mínimo, una exageración. Una cosa es constatar –como lo hace la Public Choice- que los políticos a) son individuos como cualquier otro, no ángeles ni seres moralmente superiores y b) están sujetos, por la naturaleza de las relaciones políticas (jerarquía, partidismo, disfraz ideológico, rendimientos electorales, interdependencias, favores condicionales, etc.), a un régimen de incentivos esencialmente perversos, y otra cosa muy distinta (y, por lo demás, en absoluto probada; recordemos que “políticos” no lo son sólo esa decena de genocidas iluminados que siempre se nos vienen a la cabeza, sino el millar de personas que trabajan en la cúspide de las Administraciones Públicas y, si queremos ampliar aún más el concepto, también esos tres millones y pico de funcionarios, esto es, burócratas) son unos psicópatas. Esta teoría, lo siento mucho, me parece paranoica. Y lo peor: esta teoría no podría dar cuenta del hecho de que la gente no está, ahora mismo, rebelándose, sin más argumento que "es la gente está engañada y manipulada por cuatro psicópatas".


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