22/01/2010 - Ángel Martín Oro
De la planificación central al mercado: China y Rusia
La economía china plantea algunas cuestiones de extremo interés teórico, y también práctico. Su enorme tamaño y creciente influencia económica y geopolítica convierten el desempeño social y económico de China en un tema muy relevante a nivel global.
En primer lugar está la cuestión de cómo una economía totalmente arruinada por la planificación central pudo llevar a cabo una transición –al menos, relativamente, si la comparamos con Rusia u otros países excomunista–- exitosa hacia una especie de capitalismo.
Acerca de las causas de la divergencia entre las transiciones rusa y china, algunos apuntan a que en el primer caso tuvo lugar un proceso de reforma repentino y rupturista –la terapia del shock–, mientras que en el segundo se llevó a cabo un proceso de reforma gradual. Aunque esta tesis puede ser cierta –de hecho, sería complementaria a la siguiente–, otros estudiosos señalan al diferente modelo respecto a la descentralización versus centralización en el proceso de transición como variable explicativa clave.
Así, Rusia habría experimentado con un modelo centralizado desde arriba (top-down), acometiendo reformas ambiciosas en las instituciones formales (leyes, regulaciones, etc.), pero fallando en ajustar esas instituciones a lo prevaleciente en las normas culturales y sociales de la población. Unas normas que tras 70 años de experimento comunista, estaban totalmente desligadas a las normas esenciales de un sistema capitalista de libre mercado, como es la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. Además, la confianza entre unos y otros era muy reducida, lo que hace muy difícil la cooperación social beneficiosa.
El comunismo significó mucho más que la miseria económica y la muerte de millones de personas; también significó la erosión de los valores individuales y de responsabilidad, necesarios para el buen funcionamiento de una economía de mercado. Por ello, la transición rusa no solo requería de reformas como liberalizaciones de precios y privatizaciones –instituciones de jure–, sino también de cambios radicales en las actitudes sociales –de facto– de los individuos de a pie, de los políticos y de los grandes gestores-burócratas. Cambios que, por otra parte, no suelen ocurrir de la noche a la mañana.
En definitiva, Rusia en su proceso de transición habría experimentado importantes cambios en las instituciones formales, pero muy pocos en las informales.
En cambio, China habría seguido un proceso contrario: buena parte de las reformas habrían surgido descentralizadamente desde abajo (bottom-up), y el Gobierno no habría tenido más que permitir ese proceso, ajustando paulatinamente las instituciones formales a las nuevas circunstancias, o simplemente dejando hacer.
Este fenómeno se ilustra excelentemente en el inicio de un reciente artículo de la Hoover Institution, titulado How China Won and Russia Lost. En noviembre de 1978, algunos campesinos chinos, que veían cómo el sistema agrícola de tipo comunista les era gravemente perjudicial, decidieron secretamente dividir la tierra comunal entre varias familias individuales, para que éstas cultivaran la tierra de forma privada, y pudieran quedarse con el sobrante tras cumplir con las cuotas estatales. Tales comportamientos eran ilegales, e incurrían en graves riesgos.
Las acciones de estos valientes agricultores (verdaderos "buscadores" en la terminología de William Easterly en The White Man’s Burden) se extendieron a lo largo y ancho de los poblados de campesinos de China, en un proceso espontáneo de imitación de las estrategias más exitosas, llevadas a cabo por los agentes más intrépidos y perspicaces. Y así es cómo comenzó de forma auténtica el proceso de transición chino, según esta tesis: de forma descentralizada y espontánea.
Solo fue un mes después, concretamente en diciembre de 1978, cuando comenzó el proceso de reformas liberalizadoras y aperturistas formales, "la caída de la Muralla China". El timing no es en absoluto baladí.
Esta tesis sobre la divergencia entre estos dos caminos, defendida, por ejemplo, por Easterly en el mencionado libro, viene a confirmar varias cosas: la importancia que tiene la distinción entre instituciones formales de jure e informales de facto en el análisis institucional (enfatizada por la investigación del economista de la George Mason University Peter Boettke y su círculo); y los mejores resultados que proporcionan las soluciones descentralizadas, en las que se permite que la información y el conocimiento relevante y útil para la actividad económica, emerja de los individuos para ser usado de manera productiva. Cuestiones ambas sobre las que he tratado en otros artículos.
Por supuesto, la reforma china es incompleta, el proceso de reformas sigue abierto y persisten importantes dosis de represión económica –sin contar con la gravísima represión de las libertades civiles y otros aspectos–, gran cantidad de empresas públicas, un sector bancario nacionalizado, etc., además de cruciales retos y problemas graves como el medioambiental o la actual coyuntura . No seré yo quien defienda un excesivo optimismo sobre China en el corto plazo.
Pero lo que el caso chino puede enseñarnos es que avances en la libertad económica de los individuos pueden significar verdaderos y Grandes Saltos Adelante ; irónicamente, todo lo contrario de lo que intentó Mao bajo ese mismo nombre. Una lección que ofrece algo de luz en un panorama económico global muy negativo. Y una lección que nos puede dar algunas esperanzas sobre el futuro de países extremadamente pobres como Haití.
Opinión de los lectores
Interesante el artículo. Sin embargo, para Rothbard, todo posicionamiento decrementalista es rechazable desde el punto de vista ético, siendo la única alternativa la radicalidad.
En el fondo, la apertura de china no es sino una metamorfosis de la clase dominante a una forma más eficiente para perpetuarse en su posición. (Todo tiene que cambiar para que todo siga igual)
¿Qué habría sucedido con China si no hubiera experimentado una entrada tan masiva de capital extranjero? Y antes de esa pregunta deberíamos hacernos otra: ¿qué habría pasado con China si sus costes salariales fueran los de la Rusia soviética, si su población fuera de menos de 200 millones de habitantes y su nivel cultural fuera similar al de la URSS? Pues seguramente que con Tiannanmen se habría caído el socialismo chino.
Pero todo les ha ido bien a los comunistas chinos: las lentas pero significativas reformas han venido respaldadas por el inversor extranjero, deseoso de participar en el desarrollo de una economía compuesta por más de 1300 millones de consumidores y cuya divisa se mantiene devaluada artificialmente... no creo que haya mucho más que aprender de este régimen atroz.
Supongo que como siempre, habrá teóricos sacando punta a términos y palabras, dando una enésima vuelta de tuerca a hechos escogidos para poner su nombre a éste o aquel "avance" o "novedad" cuya esencia en realidad tiene centenares de años: Teoría Whig de la ciencia.
Muy interesante artículo, y me gustó mucho cómo te has paroximado al tema.
Sobre el comentario, lo entiendo pero no lo entiendo :/
Haymor,
Personalmente no me importa demasiado el estricto cumplimiento del criterio ético de Rothbard (que al fin y al cabo es un criterio). Me importa más que millones de chinos hayan podido salir de la pobreza y disfrutar de mayores alternativas y libertades económicas. La ruptura total de un sistema establecido hacia otro puede tener problemas, aunque quizás no haya que enfocarse tanto en esto sino en lo de Boettke: instituciones formales e informales.
Puede ser que los cambios y reformas no hayan sido más que una metamorfosis de la clase dirigente, pero estos cambios han sido relevantes en mi opinión, y en general con resultados positivos. “Todo tiene que cambiar para que todo siga igual”. Bueno, mucho mejor esos cambios que haberse quedado donde estaban.
Quizás podrías decir lo mismo de la metamorfosis de regímenes como los del Sudeste asiático. Pero los cambios y resultados me parecen notables.
Daniel,
Es cierto que pueden existir ciertos factores casuales o de azar en el desarrollo chino, pero la cuestión es conseguir que ese azar juegue en tu favor y aprovecha las oportunidades. Por otra parte, creo que no he llegado a entender tu último párrafo.
Fabricio, ¿a qué comentario se refiere?
Gracias por los comentarios.
Angel, no es el azar, es una nación con unas circunstancias muy particulares que hacen que lo que fracasó en la URSS pueda triunfar allí.
Respecto al último párrafo me refiero a las citas de economistas que haces, y es que parece como si éstos hubiesen descubiero la pólvora mojada. Muy a menudo parece que sus palabras son el último grito en investigación teórica cuando son sólo la voz que más se oye entre un montón de economistas que nunca han pisado una empresa y que, por tanto, no conocen cómo funcionan las empresas y otras organizaciones sociales, más que por los libros. Por consiguiente, muchas de sus ideas no suponen un verdadero avance, sino un rizar el rizo para alcanzar repercusión académica, contribuyendo a la confusión intelectual en torno a fenómenos que no parecen difíciles de explicar, como es el crecimiento chino o el colapso soviético.
Particularmente creo que hay más contenido en un solo libro de Mises o Hayek que en toda la obra de cualquiera de estos académicos anglosajones de primera línea de hoy, justo los que serán la base de los desarrollos intelectuales del futuro.
Daniel,
No sé si habrán pisado una empresa, pero sí que han hecho field work en el campo del desarrollo, para tratar de estudiar y comprender el contexto social y cultural en el que se mueven los agentes económicos, y así ver qué incentivos y demás existen.
Entiendo Ángel, pero date cuenta de que estudiar las instituciones y las organizaciones requiere conocerlas bien de verdad. No basta con "trabajo de campo" durante unos meses en un país, consistente en entrevistarse con otros economistas, historiadores y sociólogos y algún empresario o político que suelta su milonga, para luego dedicarse a analizar estadísticas para completar el cuadro. O uno conoce desde dentro las entrañas empresariales e institucionales de un país o es casi imposible que pueda proporcionar a otros información realmente útil que sirva para mejorar la vida de la gente.
Servirán para sostener una cátedra, un puesto investigador o vender libros a estudiantes universitarios que serán los futuros profesores de universidad, y enseñarán perspectivas top-down y bottom-up para explicar a sus alumnos por qué fracasó la evolución de la URSS al capitalismo y por qué la China no, cuando el verdadero motivo es muy diferente.
Para que veamos lo torticero de esta perspectiva "top-down", en un momento dado creo recordar que la Hungría soviética tuvo menos de un 10% de sus granjas bajo explotación privada, pero ellas solas llegaron a producir alrededor del 80% de la producción agraria del país. Algo similar sucedía en la URSS de la Perestroika, con un sector agrario privado testimonial (como el citado de la China prerreformista) pero con una elevadísima productividad en comparación con las granjas estatales.
Por tanto eso que hizo China lo hicieron con anterioridad varias economías del bloque soviético, de las que ahora se dice que sus gobiernos hicieron unas reformas top-down en contraposición a una China que las hizo bottom-up... cuando en realidad hicieron esencialmente lo mismo.
La crítica que hago no es a tu artículo, que está trabajado, sino a una forma de hacer Economía, en que la realidad es deformada si no se adapta a la teoría de alguien -profesor, "intelectual" o lo que sea- que pretende desconocer por qué las empresas desean instalarse en China y no en Rusia, sobrevalorando la importancia del factor que él estudia: las "instituciones".
Es mi modesta opinión. Un abrazo.
Estimado Ángel Martín Oro
Encantado de leer tu texto. Coincido con tu visión. De hecho, hice un viaje a China el año pasado y escribí un artículo al respecto. Aquí te lo envío y te reitero mis felicitaciones.
¿CREÉ USTED QUE CHINA ES COMUNISTA?
Dr. Santos Mercado Reyes*
Tenía que verlo con mis propios ojos. Así que acepté la oferta de “viaje hoy y pague en doce meses sin intereses” y me fui a la República Popular de China. 18 días viajando de un lugar a otro, en avión, en tren, en barco o autobús a las ciudades, pueblos, centros comerciales, fábricas y museos.
La primera sorpresa que me llevé es que vi la fotografía de Mao Tse Tung, fundador ndel Partido Comunista, únicamente en dos instituciones públicas: en la Plaza de Tiananmen, en la capital de China, y en los billetes de todas las denominaciones. En ambas no aparece completo, sino solo la cara. No vi estatuas, ni aquellas pinturas famosas donde Mao aparecía rodeado del pueblo, han dejado de creer que los políticos son dioses, han enterrado el culto a la personalidad. Pero, qué ironía, la cara de Mao está en todos los billetes del Yuan Renminbi. Como sabemos, el dinero es el símbolo capitalista por excelencia pues representa la libertad del individuo, cosa que Mao trató de eliminar con su sistema socialista. Pues allí estaba, como recordándole a Mao, en su propia cara, que el capitalismo es el futuro de la humanidad y no el socialismo.
En Beijing, Xian, Chonqing, Shanghai, Suzhou y por supuesto, en Hong Kong se puede palpar y constatar lo que es crecer a dos dígitos. Rascacielos que nada le piden a New York, con arquitectura moderna, de 60 pisos o más y uno tras otro. Astilleros incontables a la orilla del río Yangtsé haciendo barcos de alto calado. No vi basura en las calles, ni graffitis en las paredes, barcos o trailers. Los chinos, muy amables con los turistas, así estuviera atiborrado el autobús o el metro, nos cedían los asientos, no lo podía creer. Podíamos andar a los dos o tres de la mañana en las calles, restaurantes, bares o teatros sin el temor de asaltos. Y no porque hubiera un policía en cada esquina, es más, solo los vi guardianes y pocos en los museos o dirigiendo el tráfico. Nunca vi que detuvieran a un automovilista para infraccionarlo o algo parecido.
Todas las marcas de automóviles y especialmente las de mayor prestigio allí estaban rodando por las calles chinas. Los barcos en el Yangtsé parecían desfilar uno tras otro con una cantidad enorme de contenedores rumbo a los puertos de Shanghai o Hong Kong para embarcarse y llegar hasta el último rincón del mundo.
¡Que los chinos ganan poco! ¡ Qué tienen, sueldos de miseria? Pues yo no lo vi. Comparando las vestimentas, los turistas parecíamos pordioseros, bueno no tanto, pero visten buenas marcas y sobre todo los jóvenes visten bien y otros muy bien.
Contaban los guías que este desarrollo es reciente, no más de treinta años. En 1949 Mao Dze Dong encabezando el Partido Comunista toma el poder. Eliminó a los capitalistas del campo y la ciudad y estableció el poder central del Partido. Todo lo que se hacía o deshacía en China debía ser obra o iniciativa del gobierno y especialmente de Mao. Quien no obedecía, no tenía derecho a comer. Socialismo puro.
A pico y pala construyeron grandes canales y presas, cultivaron arroz hasta en los cerros más abruptos, todo mundo tuvo vestido (verde oliva o azul mezclilla) y todos tuvieron su ración de arroz, una hazaña para esos tiempos. Pero la gente se cansó, las críticas al socialismo chino emergieron, los jóvenes querían mejor futuro y Mao lanzó la Revolución Cultural para “erradicar las ideas burguesas” y los resultados fueron peores. En 1976 muere Mao, el pueblo le echa una lagrimita, nunca se supo si de tristeza o felicidad, y lo colocan en un sarcófago transparente, bien cerrado, para que no fuera a salir de nuevo. Millones de chinos lo fueron a ver para asegurarse de que ya no estuviera vivo aquél que les quitó la libertad de elegir.
Le pregunté a los jóvenes chinos su opinión de su viejo presidente comunista y todos me decían “Mao, hombre malo”, “Mao es historia”. Uno de ellos me dijo “Mao fue el último emperador de China”. Entonces quien es el bueno, les pregunté. Y la opinión fue invariable: El bueno es Deng Tsiao Ping, “el hombre que nos abrió el mundo”.
En efecto, en 1982 Deng, quien fuera enemigo de Mao dentro del Partido Comunista de China, pronunció una frase célebre: “ser rico no es malo”. Y fue la señal que detonó la revolución capitalista. Los chinos pudieron emprender negocios propios, se abrieron las fronteras al capital extranjero viniera de donde viniera (“no importa el color del gato, sino que cace ratones”, decía Deng), el gobierno se hizo a un lado para permitir el funcionamiento del mercado. Por cierto, no encontré estatuas ni fotos de Deng.
El Ejército Popular del Pueblo, que era el más grande del mundo, se redujo al 10% pues les dieron preferencia a los soldados para ir a trabajar a las fábricas capitalistas. A los campesinos se les permitió sembrar lo que quisieran, vender donde mejor les pagaran y usar las ganancias como mejor dispusieran, sin supervisión ni control del gobierno y el campo floreció y las ciudades dejaron atrás la escasez.
En 2004 se introdujo una inaudita reforma constitucional para garantizar el derecho a la propiedad privada. Ni el Estado, ni el Partido pueden violar el principio de propiedad privada. Es decir, no hay confiscaciones, nacionalizaciones, estatizaciones o algo parecido. Inaudito pues la propiedad privada es la base del sistema capitalista.
Según los chinos, en el año 2030 todos los chinos deben saber Inglés o español, aparte de su lengua nativa. No van a imponer su idioma al mundo y a los niños ahora se les enseña a escribir con las letras del castellano, y solo hasta la secundaria aprenden los ideogramas del mandarín, pero sólo como cosa cultural. Es más, ya hay escuelas, desde primarias hasta universidades, donde todo se imparte en español o en inglés.
Mención especial merece saber que ya no hay “educación gratuita” en las universidades públicas. Si son universidades del gobierno los estudiantes pagan la mitad de lo que cobra una universidad privada. A los estudiantes sin recursos el gobierno les proporciona crédito que tendrán que pagar cuando salgan de las universidades. Es el primer país que entiende la maldad de la “educación gratuita”.
Por supuesto, a China le falta mucho para construir la mejor economía de mercado para que sirva de ejemplo al mundo: le falta privatizar todas las escuelas básicas y muchas empresas estatales; reducir los impuestos a las personas físicas al tres por ciento de su ingreso personal: eliminar los impuestos a las empresas; reducir el aparato de Estado para tener tres funcionarios por cada millón de de habitantes, pues en una verdadera economía neoliberal no hacen falta los parásitos estatales, pero si hacen falta filósofos y economistas de pensamiento austriaco que defiendan el sistema de mercado y no permitan que lleguen los izquierdistas “redentores” a asaltar el poder para volver a esclavizar al pueblo. También tienen que avanzar en la reforma financiera y monetaria para que el gobierno deje al sector privado la administración del dinero y se evite la tentación insana del señoreaje; finalmente les falta quitar todas las barreras para que China se convierta en un país cosmopolita abierto a todo ciudadano del mundo que quiera vivir en paz. Pero no dudo que lo logrará y más pronto de lo que imaginamos.“Aquí no queremos política, solo economía” me decían en Hong Kong. Por eso no se ven letreros de diputados, senadores, legisladores o gobernantes. ¿Quieres prosperar? allí está el mercado, ¡hazte millonario y todo el pueblo te tratará como un héroe de la nación!
Si México o cualquier país latinoamericano que todavía anda soñando con Marx y Keynes quiere descubrir el secreto de los chinos todo lo que tiene que saber es que allá si se están esforzando por aplicar neoliberalismo puro, es decir, economía de mercado o capitalismo, como guste llamarle. Ya se están publicando los libros de Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises y Jesús Huerta de Soto.
¿Sigue usted pensando que China es comunista?, tome un vuelo y vea con sus propios ojos.
*Presidente de la UNIÓN NACIONAL DE CONTRIBUYENTES ATLAS A.C santosmercado@unionatlas.org www.unionatlas.org