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Comentarios

Portada - Comentarios - Churchill, Zapatero y la solidaridad cristiana

03/03/2010 - Domingo Soriano

Churchill, Zapatero y la solidaridad cristiana

Proclama Stendhal en Rojo y negro que “la idea más útil a los tiranos es la idea de Dios”. Es evidente que el genial escritor francés se equivocaba; si hubiera vivido en el siglo XX se habría dado cuenta fácilmente de que el concepto más usado por los déspotas de toda condición ha sido el del Estado (con sus diferentes variantes colectivistas: la Nación, el Pueblo, el Proletariado, la Raza…).

Sin embargo, para los creyentes es doloroso reconocer que tiranuelos de todas las épocas se han apoyado en la idea de Dios (algunos siguen haciéndolo) para asentar su dominio y que, en algunas ocasiones, este control ha tenido el consentimiento (e incluso la colaboración) de los estamentos religiosos oficiales.

Pensaba en esta cuestión de las relaciones de la Iglesia con el poder político mientras leía la noticia de la recaudación de la casilla del 0,7% en el IRPF. Según estos datos, hasta 2006, el Gobierno destinaba 156 millones al sostenimiento de la Iglesia Católica. Hasta ese año, los españoles podían dar el 0,5% de su IRPF a este fin pero, si no se llegaba al mínimo con esta fórmula, el Estado completaba esos 156 millones. Desde el 1 de enero de 2007, la Iglesia sólo se financia con las aportaciones voluntarias de sus fieles a través de la Declaración de la Renta: este año han sumado 252 millones (y eso que la casilla aparece deshabilitada por defecto en el borrador y algunos pueden haberse olvidado de marcarla).

Es decir, que desde que el Poder Político ha dejado de velar por el mantenimiento de la Iglesia Católica, a ésta le ha ido muchísimo mejor. No creo que sea una casualidad. Como en todo mercado que se precie, la necesidad ha agudizado la virtud de la Conferencia Episcopal, que ha lanzado sucesivas campañas para convencer a sus fieles (e incluso a algunos que no lo son) de que colaboren tachando la famosa casilla.

De esta manera, en los últimos años, ha aumentado su presencia en los medios, ha mejorado su política de comunicación y han sido más palpables sus reivindicaciones (incluso algunas con las que los liberales podemos no estar de acuerdo); en general, ha crecido su importancia social. No es sólo una cuestión económica. Estoy convencido de que, cuanto más se aleje la Iglesia del Estado, más cercana estará a sus fieles y menos antipatías provocará.

Y no es únicamente un asunto que deba plantearse la Iglesia. Numerosas ONG (muchas de ellas bienintencionadas, otras son meras cazadoras de subvenciones) viven de las ayudas públicas, generando dudas sobre sus verdaderas intenciones y sometiéndose a la censura de un poder político que tiene en sus manos el control de su supervivencia.

Entre mis conocidos progresistas, es habitual la acusación de que “la Iglesia se financia con dinero público” y la exigencia de que no utilice esos fondos para organizar manifestaciones o campañas contra el Gobierno. Aunque es evidente su incoherencia (sólo les molestan las subvenciones a la Iglesia Católica, no a ninguna otra confesión, ni a sindicatos, productores de cine, ONG no cristianas o asociaciones de vecinos), no me importaría en absoluto que acabasen consiguiendo su propósito, puesto que estoy convencido de que, en un espacio corto de tiempo, sería muy beneficioso para la Iglesia a la que pertenezco.

Entre los países occidentales, EEUU es aquél en el que la fe (sea cual sea la religión que uno profese) y la idea de Dios están más presentes en el debate social. La influencia de la religión en la vida pública es mucho mayor que en los países europeos, aunque, desde un punto de vista legal, no existe ningún otro Estado con mayor separación frente a las distintas confesiones.

Precisamente porque fue un país creado por los disidentes que no queríamos en Europa, quisieron asegurarse de que ninguna religión se imponía sobre las demás; y, al consignarlo legalmente, consiguieron que sus tan queridas creencias marcasen la vida de su país con mucha más fuerza que la de cualquiera de sus vecinos. Y no es casualidad, tampoco, que también sea éste el país en el que más voluntarios y más dinero privado reciben las diferentes organizaciones de beneficencia (todas ellas, sea cual sea su objetivo, desde las parroquias hasta Greenpeace).

Por eso, mientras escribía este artículo, recordaba el Desayuno de la Oración al que acudió José Luis Rodríguez Zapatero hace unos días en Washington y me venían a la memoria unas memorables palabras de Winston Churchill para recordar la diferencia entre la solidaridad real que siempre ha estado detrás de la doctrina cristiana y aquélla, radicada en los Presupuestos Generales del Estado, de la que alardean muchos de nuestros políticos: “El socialismo de la era cristiana se basaba en la idea de que ‘todo lo mío es tuyo’; en cambio, el socialismo del señor Grayson parte de la idea de que ‘todo lo tuyo es mío”.

 

Opinión de los lectores

Fco. Moreno

Excelente comentario. En otro orden de cosas, la barrera más efectiva para respetar y no dañar al prójimo reside en la moral (religiosa o no) y en los principios éticos de cada persona. Las leyes son una segunda barrera mucho menos eficaz que se activa generalmente cuando aquéllas normas de conducta interiorizadas han estado ausentes.

pablo

Winston como siempre dando en el clavo...

Y gran artículo, no solo aplicable a la iglesia católica, sino tambien a la liga de fúbol, el cine español, a la educación...etc, etc.

Jubal

Es evidente que Stendhal no se equivocaba. Desde el siglo XX el Estado es Dios (*). No el Dios cristiano del más allá, sino un dios del más acá que encubre su cruel tiranía bajo un disfraz de buenas intenciones. ¡Ay del hereje que ose negar su divinidad y cuestione la bondad de la moral que se intenta imponer en su nombre!

La frase de Churchill pone de relieve un par de detalles cruciales ante los que el buen feligrés contemporáneo ha de mostrarse ciego. El Dios cristiano insta a un "socialismo" voluntario, el "lo mío es tuyo", porque así lo quiero, libremente. Es genuina virtud, porque nace de dentro, del libre albedrío del ser humano. Caridad la llamaban. Hoy en día eso de la caridad suena mal. La "virtud" de la nueva "religión" es la ¿solidaridad?: "lo tuyo es mío", porque sí, porque lo dice la ley producida políticamente, porque tu libre albedrío es demasiado imperfecto, demasiado poco fiable como para que pongamos en peligro el cumplimiento de nuestra utopía esperando que decidas ser virtuoso. Serás "virtuoso" por obligación, por ley. Lo tuyo será mío y mi "virtud", la "solidaridad", será tuya a la fuerza. No será tu voluntad el origen de la genuina virtud que mejore el mundo, sino mi impuesta voluntad política el origen de la "virtud" universal y estandarizada que ¿llenará los corazones? de todos los seres humanos (y vaciará sus bolsillos, ¡alabado sea el Estado!). El ciudadano es redimido del pecado original de su imperfección por la acción salvífica del político, origen de la "ley" y, por tanto, de las nuevas "virtudes": toda una casta sagrada por encima del pecador plebeyo. Aun con todas las criticables impurezas que han contaminado el mensaje original del cristianismo a lo largo de dos milenios, el nuevo culto es un cambio a peor:
-se sustituye el amor por la coacción agresiva, disfrazada de legalidad y virtud y bondad, con lo que, en consecuencia,
-se abandona la virtud en favor de un sucedáneo nacido de la imposición.
Donde había amor, origen de la virtud genuina nacida de la voluntad del ser humano libre, ya solo hay imposición "legal" y, por eso, donde había virtud genuina, ya solo hay palabras huecas (**), que intentan crear una realidad a partir de la nada, pero solo consiguen crear una ficción vacía. A esto, ahora, lo llaman "civilización". Tiempos de barbarie. Con mucha tecnología, pero barbarie.

(*) Todas las funciones y características que el antropólogo ve que se atribuyen a la divinidad en las distintas sociedades humanas que han sido, se atribuyen ahora al Estado: creación del orden (cosmos) frente al caos, creación de la ley, providencia ante la incertidumbre, omnipotencia, omnisciencia, etc.
(**) A mayor vacío, mayor pomposidad. ¿Llamar a la asignatura del catecismo de las falsas virtudes "Educación Cívica"? ¿Sustantivo más adjetivo? Noooo, ¡qué vulgaridad! La próxima venida de la República de Dios merece que utilicemos un lenguaje sagrado, no uno vulgar: sustantivo más preposición más megasustantivo, "Educación para la Ciudadanía". ¡Alabado sea el Estado!

Gregory

Estupendo Churchill. Por cierto, el Grayson al que alude la cita desapareció un buen día sin dejar rastro, aunque la tesis asumida es que fue asesinado por queerr denunciar la corrupción en el seno de Downing Street.

Bastiat

Estupendo comentario el de Domingo y estupendo el de Jubal. La solidaridad, la caridad, digámoslo sin ningún tipo de vergüenza o prevención, nace de la voluntad individual. Si no es un acto libre no se le puede llamar solidaridad, caridad. Sólo será coacción.

Pero a estos dos comentarios quisiera yo añadirle una apostilla, el reverso tenebroso de la solidaridad obligatoria gestionada por el poder político: el derecho, el derechismo me gusta a mi llamarlo. “yo tengo derecho a…” es lo que hoy en día dicen muchos conciudadanos para exigir no ya servicios por los que pagan, sino ayudas de todo tipo que les libere de su mal proceder en la vida. “Tengo derecho a…”

Eso tiene una consecuencia verdaderamente lastimosa en el plano moral. Cuando uno no sólo no hace frente a la responsabilidad de sus actos acaba perdiendo el respeto por los demás y al exigir que les solucionen sus problemas acaban desapreciando todo lo que tienen y lo que son. La inmoralidad de la solidaridad impuesta por el Estado es clara y manifiesta. La responsabilidad y el respeto son la base de una convivencia cívica que el Estado mina gracias a su acción pretendidamente igualitaria.

Y sin embargo nos podíamos preguntar cómo es que ocurre esto. Y es que vivir a costa de los demás es un sueño que el Estado parece poder realizar…. Y como dice una contertulia en un modificado de la famosa frase…. “Muchos piensan que gracias al Estado podemos vivir a expensas de los demás cuando es el Estado el que vive a expensas de todos”.

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