
Dice el refrán que quien bien te quiere te hará llorar y en España está claro que el Gobierno nos ama con apasionamiento. Investido de la autoridad paterna, ha decidido en nuestro nombre que fumar es malo y de derechas y que, por tanto, todo el mundo debe dejar de fumar. No importa si con ello se violan los derechos de los fumadores, de los propietarios de locales de ocio y de negocio, que se verán forzados a emprender costosas reformas impuestas y, sobre todo, los derechos de los contribuyentes, fumadores o no, con cuyo dinero se sufragan costosas campañas de publicidad institucional y también cuerpos de inspectores de la pureza antitabaco que dedicarán sus jornadas a investigar las colillas arrojadas en bares y oficinas. Lo que importa, como ha dicho la Ministra del ramo, es que a la larga “los fumadores se lo agradecerán”, porque ya se sabe que los ciudadanos somos párvulos sin criterio y necesitamos la mano de hierro del gobierno, envuelta en el terciopelo de la condescendencia, para guiarnos por este mundo lleno de tentaciones.
Igual que fumar, también es malo vivir engañado. En un nuevo rapto de preocupación paternal por nuestro desventurado sino, el Gobierno ha puesto en valor un orwelliano Ministerio de la Verdad en forma de Comité Audiovisual que velará por la veracidad de las informaciones que pastores maliciosos hacen llegar al desprevenido rebaño. Este Comité, nada novedoso pero sí reforzado en medios y atribuciones, está siendo experimentado con notable éxito en Cataluña donde, todo hay que decirlo, los vientos de la involución llevan ya muchos meses convertidos en huracán fuerza siete. Fruto de las actividades de ese Comité de Santos Varones, custodios de la veracidad informativa, y sin duda por efecto rebote, algunos medios afines al gobierno catalán parecen haberse especializado últimamente en lanzar los más gruesos insultos contra personas e instituciones, mientras que otros medios, de signo contrario, viven de milagro y percancean cada día su derecho a seguir mintiendo al personal.
Pero el celo benefactor del Gobierno no tiene límites y, por eso, estableció un Ministerio más, cuyo nombre, Ministerio de la Vivienda, trae resabios de tiempos pasados (aquellos que, a decir de Jorge Manrique, fueron siempre mejores) en los que el poder público también nos amaba y se preocupaba mucho de nuestra adolescente salud moral. La Sociedad Pública de Alquileres (SPA), creación del Ministerio de nombre retrospectivo, ha dado a conocer en días pasados los frutos de su quehacer con resultados de los que la Ministra, justificadamente, ha presumido: la SPA ha gestionado la friolera de 195 contratos en todo el 2005 lo cual que, teniendo en cuenta que el presupuesto de esta institución para el mismo periodo se elevó a 6 millones de Euros, arroja un saldo de más de 30.000 Euros de coste público por contrato. La Ministra, que es exigente, ha manifestado que lo logrado hasta ahora está fenomenal, pero que el ambicioso objetivo para 2006 es gestionar 1.000 contratos, los cuales implicarán un coste público unitario de “sólo” 4.500 Euros (eso sin cargar los gastos de Head Office, es decir, el monstruoso coste de estructura del propio Ministerio). Una inmobiliaria de barrio cobra unos 600 Euros por cada contrato gestionado y, con todo y con eso, gana dinero, pero la diferencia fundamental es que la inmobiliaria aplica parámetros de egoísmo empresarial mientras que la Ministra opera por nuestro bien, por amor y además, como dijo otra Ministra no hace tanto, el dinero público no es de nadie, así que se puede gastar sin conocimiento.
Por último, y a pesar que los españoles siempre nos tuvimos por personas afables y con una fuerte inclinación a disfrutar de la existencia, el Gobierno ha apreciado en nosotros alarmantes síntomas de decaimiento y estrés, y ha decidido que la causa son los horarios laborales. Así que, como un buen padre que se desvela por el bienestar de sus hijos, el Gobierno ha confeccionado un libro blanco donde se establecen recomendaciones, que pronto se elevarán al rango de normas por aquello de que la letra con sangre entra, en relación con la forma en que empresarios y trabajadores debemos organizar nuestro tiempo, porque a la vista está que nosotros no tenemos ni idea y así vamos todo el día de malhumorados y deprimidos.
¡Ay, los padres cómo son, especialmente los padres gubernamentales! Siempre con la misma cantinela: que no fumes, que no bebas, que vuelvas a casa a las seis… Definitivamente, nunca nos entenderán, a nosotros, los adolescentes, cuando es tan sencillo entendernos. Papá, léeme los labios: no te metas en mi vida.
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