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Portada - Comentarios - La España invertebrada

29/07/2010 - José Carlos Herrán

La España invertebrada

Los nacionalismos vasco y catalán son hoy la más grave amenaza para el estado social español tal y como lo conocemos. Esto, que podría ser una buena noticia para la libertad, es, sin embargo, un abierto desafío a la pervivencia de la unidad política de los españoles, y lo que es fundamental, un peligro para sus libertades. La presión nacionalista encarna los peores rasgos del estatismo contemporáneo.

El estado del bienestar español se basa en la redistribución de la renta intraterritorial, que pervive a pesar del reconocimiento de la autonomía política y financiera a las regiones que lo componen. El caso del País Vasco y Navarra es singular, dado que su contribución al sistema general de redistribución es prácticamente nula. Semejante excepción no ha representando un obstáculo insalvable que impidiera constituir un estado social sobre el resto de territorios. Sin embargo, la aspiración catalana de obtener un estatus similar al vasco o al navarro compromete hoy más de 30 años de dependencia interregional cuya continuidad resulta imposible sin la “aportación” que desde Cataluña se hace a la redistribución centralizada.

España no es un país homogéneo. La dependencia se concentra en unas regiones, del mismo modo que la mayor riqueza se halla en otras. El artilugio conocido como “balanza fiscal” responde a una realidad innegable, puesto que estableciendo fronteras y calculando de manera agregada lo que un territorio aporta o recibe, resulta evidente el desequilibrio. Sin Cataluña aportando a la caja común, España no podría garantizar la redistribución actual, despareciendo no sólo el estado del bienestar en cuanto a las competencias centralizadas, sino también los subestados sociales en que se han querido convertir todas las autonomías.

El catalanismo no aspira a que desaparezca el expolio y la reasignación en su territorio. Lo que pretende es consolidar un estado del bienestar íntegramente catalán, donde toda la recaudación revierta en políticas de gasto decididas en Cataluña, y para los que allí residan. Los vecinos de los barrios pudientes o las clases medias catalanas seguirían siendo expoliados para mantener una red interna de dependencia entre otros conciudadanos con menos recursos. La diferencia es que los impuestos recaudados por la Generalitat dejarían de ir a parar a Andalucía, Galicia o Extremadura, para concentrarse en Tarragona, Hospitalet o Sabadell.

España no tiene otra salida que desmontar su propio estado del bienestar y tratar que las regiones dependientes dejen de serlo, bien mediante el recorte de prestaciones, bien a través de su desarrollo económico. Como lo segundo no ha funcionado, parece inevitable que andaluces o gallegos se preparen para renunciar a esa recepción de riqueza que hoy sostiene artificialmente sus respectivos sistemas de dependencia social. Si Cataluña acaba como el País Vasco o Navarra, ni el Estado central tendrá capacidad para afrontar tales prestaciones por sí mismo, ni el sistema de vertebración nacional podrá garantizar la redistribución de unas regiones a otras.

Esta situación resulta inviable, y muy tendente a generar violencia interregional. El catalanismo pretende evadir los actuales costes del estado social español, pero mantener como hasta ahora los mercados internos de los que vive, mayoritariamente, su industria. Esto es lo que llevan haciendo más de 30 años vascos y navarros, pero lo cierto es que cuando tal situación comenzó a darse, ni el estado social tenía las dimensiones que hoy tiene, ni existían estructuras de poder autonómico tan definidas como hoy. Quizá la Constitución de 1978 tendría que haber reconocido a Cataluña el mismo estatus que a los territorios forales, pero lo cierto es que este reconocimiento habría hecho imposible el desarrollo ulterior de todo el Estado autonómico tal y como hoy lo conocemos (lo cual nos podría haber ahorrado muchos problemas).

El Título VIII de la CE-1978, en concurso con la Disposición Transitoria Segunda, ha sido la fuente de todos los desajustes. Pero no en el sentido de reconocer el acceso directo a la máxima autonomía a aquellos territorios que hubieran plebiscitado afirmativamente un Estatuto en época republicana y que contasen con regímenes provisionales de autonomía previos a la Constitución, sino en el subterfugio creado por el artículo 151.1, por el que Andalucía pudo acceder (no sin irregularidades) a la máxima autonomía prevista en el 148.2. Desde ese momento el modelo autonómico dejó de ser útil para satisfacer las legítimas demandas del regionalismo vasco y catalán y pasó a convertirse en un instrumento de descomposición de la Nación española, además de la coartada para construir un estado del bienestar manifiestamente incompatible con el espíritu autonomista del texto constitucional.

En 1978 se presentó un modelo virtuoso que parecía capaz de reafirmar la unidad de España, reconocer derechos históricos, autonomía en un grado inaudito en cualquier sistema político del mundo, y a la vez ser el origen de un Estado intervencionista y de bienestar de corte europeo. La cuadratura se hizo imposible, como se ha visto, desde el momento en que una región dependiente, nada menos que la más poblada de España, se colocó al mismo nivel de autonomía política que Cataluña y País Vasco, regiones ricas y mucho más prósperas. La anomalía catalana o el privilegio vasco hicieron que Cataluña se convirtiera en una autonomía de primer rango, pero avocada a contribuir como la que más a las aventuras socialdemócratas, no sólo del Estado central, sino de las autonomías más precarias que, siguiendo la estela andaluza, también quisieron su parte del pastel.

Aun a pesar de todo lo anterior, el catalanismo no puede luchar contra 30 años de desarrollo autonómico, tampoco puede practicar el victimismo en soledad, puesto que en el Régimen común existen otras regiones que sufren, incluso con mayor intensidad, la pesada carga de la redistribución interterritorial (por ejemplo, Madrid). Lo peligroso y problemático es que España se ha definido como eso: una garantía de dependencia. Podría haberse consolidado como un espacio de encuentro, un mercado común o una realidad provechosa para todos los españoles sin distinción, pero no se quiso que así fuera.

La perversión política a la que aspira el catalanismo podría resumirse en la actual posición de los diputados y senadores procedentes de las provincias vascas o navarras: con independencia fiscal o en otras muchas materias, se integran, participan y votan en el seno de unas cámaras que deciden sobre cuestiones que no les atañen. El mercadeo político se hace insoportable, sobre todo en lo que a revisiones fiscales o presupuestarias se refiere. Cataluña pretende ahondar en ese desequilibrio. Si se cumplieran las previsiones de su actual Estatuto, los diputados y senadores catalanes se convertirían en fuerzas ajenas pero determinantes en cuestiones que ya no les concernirían directamente. La alternativa que hoy plantea el catalanismo, en términos estrictamente políticos y de modelo de Estado, resulta inviable e inaceptable por el resto de España.

O se presentan otras opciones o el modelo seguirá encallado durante años, aumentando los niveles de crispación o la excitación particularista. La España federal, como salida a este desaguisado, no puede comenzar con un abandono unilateral de Cataluña del sistema común, sino con la iniciativa y el esfuerzo de quienes así lo pretendieran por presentar un modelo general e integrador, capaz de propiciar una nueva realidad política, menos intervencionista, menos interdependiente en términos de redistribución, y mucho más proclive a la libertad de sus ciudadanos en mercados amplios, dinámicos y competitivos. Si Cataluña quiere más autonomía, incluso la independencia fiscal, no puede seguir enconándose en el intervencionismo de puertas para dentro, y hostigando al resto de España sin ofrecer una actitud mucho más liberal y modernizadora.

El liberalismo defiende el autogobierno, pero no resulta convincente, y mucho menos coherente, cuando, dejándose llevar por la visceralidad, confunde los objetivos y antepone una presunta conquista colectiva e histórica a la efectiva consecución de mayor libertad individual, dentro de sistemas políticos pacíficos y sostenibles. No se debe combatir al socialismo con más socialismo, o al Estado con una alternativa incluso más estatista que aquella que criticamos. Y esto es lo más triste, porque ni siquiera los catalanistas que dicen ser liberales son capaces de identificar y ordenar sus propias convicciones con aquello que exclusivamente son meros sentimientos colectivistas.

 

Opinión de los lectores

Ciudadano discriminado

Puntualizaciones

Como ciudadano de 3ª clase en Cataluña, por oponerme a las leyes liberticidas del Gobierno Catalán, creo que deben realizarse varias matizaciones muy importantes.

Supongo que cuando emplea Ud. el termino "catalanista" se refiere a los "nacionalistas catalanes". No sea que parezca que éstos defienden los intereses de todos los catalanes, en vez de los intereses de un régimen de políticos locales y los empresarios y grupos sociales que medran prebendas a su alrededor en la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Y, supongo, que cuando emplea el término "Cataluña" como si la generalidad de catalanes quisiesen las políticas del régimen intervencionista que les ha tocado vivir, Ud. se refiere a la minoría del 36% de los votantes que aprobaron el Estatuto de Cataluña de 2006, inconstitucional desde el preámbulo hasta las disposiciones finales; por mucho que el tribunal político denominado Tribunal Constitucional lo haya intentado "encajar" en la Constitución Española de 1978.

Por otro lado, llegados a este punto, deseo comentar que liberalismo y nacionalismo son ideologías totalmente irreconciliables , más allá de planteamientos teóricos.

El liberalismo es "no-coacción", mientras que el nacionalismo se basa en la discriminación de unos ciudadanos (en nombre del nuevo Hombre o la nueva Patria) sobre otros, lo que afecta a la vida, libertad, propiedad y/o igualdad ante la ley de éstos que sufren atropellos con las leyes y actos nacionalistas.

El nacionalismo siempre acaba en intervencionismo por mucho que se disfrace con palabrería, disfraz y maguillaje "liberales" (véase, como ejemplo, al ínclito Sr. Sala i Martí, aunque se haya hecho famoso por sus débiles trabajos académicos sobre pobreza para las Naciones Unidas y por su mala gestión económica del Fútbol Club Barcelona).

Y el intervencionismo (comunismo, socialismo, nacionalismo,...) siempre acaba configurando un Camino de Servidumbre de la población clasificada (y tratada) por el poder político como ciudadanos de 1ª, 2ª o 3ª en función de su actitud de filiación, silencio u oposición al régimen.

Ante las presiones de un régimen nacionalista, las personas con peor moral muestran su filiación y hacen loas y guiños de complicidad, dado que así el régimen te acepta y así vienen los premios y prebendas de los políticos nacionalistas. Sin embargo, la mayoría se mantienen en silencio, se abstienen, miran para otro lado y siguen con su vida diaria hasta que ya es tarde para reaccionar. Y, desgracidamente, solo unos pocos valientes nos oponemos, actuamos y sufrimos en nuestro patrimonio y libertades todas las consecuencias legales y administrativas de los prebostes nacionalistas.

Por cierto, por si acaso sale a colación, no existe la posibilidad de una sana competencia fiscal "real", ya que el balance fiscal es favorable al Pais Vasco por el famoso Cupo Vasco que ingresa 1200 millones de Euros al año que provienen del resto de España para las arcas de esa Comunidad Autónoma. Algo similar ocurre con Navarra y, ocurre al apuntalara a los Gobiernos de España (vía infraestructuras) y ocurrirá con Cataluña en cuanto comiencen a aplicar la "bilateralidad" en las relaciones fiscales con el resto de España.

Vamos que la casta política está configurando un Estado confederal con dictaduras de proximidad financiadas por el resto de ciudadanos españoles supuestamente más "pobres"

Por lo demás, incluyendo estas puntualizaciones, ha resultado muy interesante la lectura de su artículo.

El positivismo jurídico, el victimismo amoral y la coacción permanente... creando terribles cientismos institucionales.

josvazg

Nos esperan una "décadas perdidas" muy duras.

Al final todo esto se reduce a un tema económico muy simple que plantea muy bien Juan Ramón Rallo; o centralizamos ingresos y gastos o descentralizamos ambos.

Lo que hay que hacer está muy claro, liberalizar mercados y deshacer el Estado de las Autonomías y el del "Biengastar" actual. Centralizarlo todo sería muy difícil y contraproducente, es más sencillo descentralizarlo todo. Los ingresos de cada CA se quedan en ella para pagar sus servicios públicos, incluidos los estatales de que se haga uso.

Lo importante en la descentralización es que ninguna CA pueda hacerse con los recursos de otra de manera política o coactiva.

Haciendo estoy HOY y sacando a bolsa ya Cajas, Aeropuertos, Aena, Metro de Madrid (y otros) etc más la retirada de subvenciones y prohibiciones intervencionistas dejaríamos el déficit en 2-3 años y saldríamos de la crisis en muy buenas condiciones en menos de 5.

Lo que va a pasar es que todo esto se hará parcialmente y mal. A veces incluso se tomarán medidas contraproducentes que sólo convendrán a los gobernantes o caciques de turno y España (con Cataluña incluida) se hundirá en la miseria por décadas.

enrique

Veamos, estoy de acuerdo con el anterior comentario en todo y con Juan Ramon y con el autor y con mi padre del PP y con mi exsuegro del pSOE, ambos personas honradas.

Pero ninguna solucion será factible actualmente porque los politicos estan inmersos en un sistema(que es el que realmente nos quita parte de nuestros ingresos para entre otras cosas financiarles a ellos y que aprueben leyes que les beneficien y lo siento por los austriacos pero no son en mi opinion los BC, eso es confundir a un acolito más con el jefe).

Y la solucion pasa por descentralizar y liberalizar pero eso no se va a hacer por las buenas.

O se hace a las bravas cuando la masa pobre llegue a su punto critico al estilo de una bomba nuclear, o se utiliza a esa masa critica como haria una central nuclear para controlar su energia positivamente y eso señores queramos verlo o no, se va a ver pronto, en usa ya no tienen un Obama de repuesto para que la peña vuelva a votar, pasa por la ABSTENCION POLITICA, porque en este pais el voto en blanco se reparte entre ellos y no sirve.

La abstencion provocaria dos consecuencias una la más importante y a la que mas afin soy, su deslegitimacion en cuanto fuera de 50%+1, la otra y menos importante para mi pero igualmente muy interesante, el miedo real a su perdia de poder.

Y soy afin a la primera porque estoy deseando que suceda, para asi hacer lo que llevo toda mi vida esperando, salir a la calle al estilo V de vendetta y a ver si tienen cojones a dispararme sus perros de presa, los supuestos agentes de la ley(no todos pero muchos por desgracia).

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