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Portada - Comentarios - Cuerpos perfectos, por ley

04/08/2010 - Alberto Illán Oviedo

Cuerpos perfectos, por ley

A la mayoría de nosotros nos gusta estar contentos con nuestros propios cuerpos. Hay quien hace dietas o recurre al ejercicio y hay quien no hace nada de lo anterior y vive aceptablemente satisfecho con lo que tiene. Por otra parte, nuestro cuerpo perfecto no tiene que responder a los cánones de belleza que en ese momento estén de moda. Hay gente que disfruta de su obesidad tanto como otros de su delgadez sin que ambas se perciban ni sean patologías.

Los cánones de belleza van y vienen como las modas textiles o artísticas. Sólo hay que comparar a divas del cine como Ava Gardner o Marilyn Monroe con las actuales Keira Knightley o Cameron Díaz para descubrir apreciables diferencias, lo mismo que si comparamos a los forzudos de las películas de Maciste con los cuerpos tableteados que dominan el canon de belleza masculino actual. En medio siglo, la estética ha experimentado un cambio que ya la quisieran para su causa los partidarios del calentamiento global.

La salud pública, los cuerpos perfectos, ha sido una preocupación de todo sistema político totalitario. Con el auge del cine, los regímenes nazi y soviético nos inundaron con películas que demostraban la buena forma física del nuevo hombre, ciudadanos ejemplares que eran capaces de ganar cualquier competición deportiva internacional en la que participaban, ciudadanos ejemplares que algunas veces veían como una raza inferior o una clase decadente terminaba por hacerles morder el polvo en la pista. Un cuerpo perfecto era el reflejo de una sociedad perfecta y por ello destinaban (y destinan) una importante cantidad de recursos a formar a estos deportistas. Esta identificación se realiza incluso en las actuales democracias occidentales cuyos gobiernos acaparan los triunfos deportivos como propios si el deporte es lo suficientemente popular.

De un tiempo a esta parte, la salud pública, los cuerpos perfectos se están convirtiendo en una prioridad para el Gobierno español. Hace unas semanas la ministra de Sanidad Trinidad Jiménez nos obsequiaba con un proyecto coordinado con las Comunidades Autónomas que pretende limitar/prohibir la venta de refrescos, chucherías y bollería industrial en el interior de colegios e institutos. Rápidamente la polémica se ha trasladado a la calle. ¿Son o no son buenos estos alimentos? ¿Contribuyen a un aumento de ciertas patologías como la obesidad y las enfermedades que en ella tienen su origen?

El problema radica no en estas preguntas que por sí mismas son importantes sino en que una vez más los poderes públicos, las instituciones que forman el Estado, se inmiscuyen en temas que debían ser resueltos por las familias y, en este caso, las instituciones escolares, que son las implicadas. Si tan horribles son estas “bombas de relojería metabólica”, que en la siguiente reunión los padres planteen a la dirección del instituto que se limiten o prohíban y ésta considerará su desaparición o sustitución por otros alimentos más saludables.

Hemos llegado a un punto en que las iniciativas que regulan la vida pública surgen desde las instituciones estatales hacia la sociedad y no al revés. El ciudadano ha perdido la dinamismo, la capacidad de dirigir su propia vida, la posibilidad de equivocarse y corregir o la de acertar. La preocupación por una salud aceptable es algo que, dentro de nuestra responsabilidad, debería surgir de nosotros mismos, pero la hemos terminado delegando. Y esto es paradójico cuando hoy por hoy los alimentos-medicina, las dietas saludables, las medicinas místico-orientales o los productos milagro inundan nuestras radios y televisores. Somos capaces de gastarnos una millonada en productos llenos de calcio que seguramente no digerimos o de vitaminas que en el mejor de los casos terminan saliendo tal como han entrado y parece que no nos preocupamos o no controlamos lo que comen nuestros hijos.

El Estado del Bienestar nos ha convertido en irresponsables. No debemos cuidar de nuestra salud, no debemos dar importancia a nuestra sexualidad, no debemos controlar las materias que estudian nuestros hijos, no debemos ahorrar para asegurar un futuro económicamente estable, no debemos preocuparnos por los periodos de carestía, no debemos hacer nada pues alguien vendrá a solucionarlo, aunque luego sea imposible. Para ello sólo hay que cumplir unas cuantas leyes, unas cuantas normas que surgen de las iluminadas mentes de nuestros comisarios políticos. Los cuerpos perfectos hay que trabajárselos desde jovencitos, por ley, que la Sanidad Pública tiene ya demasiados gastos como para que un mocoso o un vejete al borde de la muerte, pero que se niega a dejar este mundo, vengan a aumentarlos. Y es que somos unos egoístas.

 

Opinión de los lectores

Cesar

Me parece una auténtica barbaridad que el estado se encargue de prohibir bollería, refrescos... en los colegios. Y estoy completamente en contra de ese tipo de alimentación en los niños, pero detesto aún mas la falta de libertad. Considero que el estado se debería encargar de facilitarnos información sobre los beneficios del ejercicio diario y el daño para nuestro organismo de las grasas trans y de ese exceso de azucares. Pero vivimos en una sociedad completamente desorientada en el que se obliga a poner los ingredientes de un yogurt y no los del tabaco. También creo que la estética es pasajera y cuestión de modas pero la salud no lo es y una obesidad es sintoma de una falta de salud. Estoy completamente de acuerdo con usted en que la sociedad de ahora nos ha convertido en irresponsables que no somos capaces de mirar el futuro y en el que se premia el vivir el día pero lo achaco mas a la educación y esa falta de libertad educativa que al "estado de bienestar" El sistema educativo hace 100 años que quedó desfasado pero la falta de competencia le impide evolucionar.

enrique

Veras Cesar, no es la falta de libertad sino un estado(todo él no solo el psoe) que sirve a intereses mas altos en que quieren convertirnos en meras maquinas de producir que cuesten pocos y la besidad es un problema economico, no de salud para ellos.

Asique si es el estado supuesto de bienestar que no es nada de eso el causante de todo esto.

Daniel

Queridos amigos españoles, los compadezco. ¡Qué gobierno tan terrible el que les tocó! Me parece que esos gobiernos totalitarios degradan al ser humano a algo parecido a un animal.

Además, ¿qué más agradable que un dulce en medio de la mañana?

Jubal

En la justa crítica a las nuevas ocurrencias de la casta política en este tema, no me parece muy afortunado atribuir implícitamente a los promotores de esta cruzada gubernamental la utilización de la excusa del culto al cuerpo. El tópico del "culto al cuerpo" tiene mala prensa y se asocia negativamente con obsesiones estéticas y transtornos de la alimentación. Si no estoy equivocado, las excusas que se proponen por parte de los promotores de la cruzada son razones de salud. Tal atribución es todavía más cuestionable cuando se utiliza para traer a colación el culto al cuerpo propio de los totalitarismos de viejo cuño, y del nazismo en concreto. Este es un recurso argumental que hay que administrar con cuidado. No obstante, en líneas generales estoy de acuerdo con el artículo. Incluso, en el fondo, es muy posible que las obsesiones del nuevo totalitarismo (de rostro amable y carácter progresista-cientifista) que padecemos estén emparentadas con las de los viejos (de rostro antipático a nuestros ojos y carácter también progresista-cientifista), pero esto requeriría un análisis más detenido. Otros enfoques también podrían ser pertinentes.

Por ejemplo, César realiza algunas observaciones interesantes. Desde el poder político, abusando de la confianza que la población equivocadamente deposita en él y con resultados nefastos para la salud pública, se han promovido malos consejos dietéticos que han favorecido la elevada incidencia actual de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y otros males. ¿Podemos confiar en que desde el Estado, los mismos burócratas que nos han dado malos consejos en el pasado nos den ahora buenos consejos sobre los beneficios del ejercicio físico y los perjuicios de las grasas trans artificiales y el exceso de glúcidos? Es más, teniendo en cuenta que tales burócratas tienen poderosos incentivos para vender su poder legislativo a los intereses del mejor postor, por mucho que digan actuar por nuestro bien, ¿debemos? Parece claro que el ciudadano responsable debe responder que no y que estoy de acuerdo con lo expresado en el artículo a este respecto. No obstante, por otra parte, parece que debería ser una función legítima de todo gobierno el evitar la estafa y, concretamente, en el tema que nos ocupa, la venta como alimentos de "recetas ingeribles" (imitaciones de alimentos, en contraste con alimentos reales de uso tradicional) que contengan sustancias perjudiciales para la salud (venenos, en sentido estricto, aunque perturben el buen funcionamiento del organismo de manera lenta y sus consecuencias no sean una muerte pronta, sino transtornos de salud que se manifiestan a largo plazo). Aclaro que lo que estoy planteando específicamente no es la cuestión de si el gobierno debe inmiscuirse en temas como la preferencia por una dieta baja en glúcidos o no (en mi opinión, rotundamente, no debe), sino la inclusión en la alimentación de sustancias artificiales extrañas como grasas trans artificiales y aditivos de reconocida toxicidad como el aspartamo y el glutamato monosódico, por ejemplo (en la cuestión de la bollería industrial en la dieta de los niños covergen ambas cuestiones: preferencia por una dieta rica en glúcidos o no, y presencia de grasas trans artificiales; creo que merecen un tratamiento separado y diferentes respuestas). El libre flujo de información a través de internet ha posibilitado que los ciudadanos más responsables y preocupados por su salud se informen más o menos debidamente sobre estos peligros que acechan en las estanterías de los supermercados, pero ¿es eso suficiente? Por ejemplo, ¿ese ciudadano responsable tiene que saberse todos los seudónimos con los que, con beneplácito legal, el glutamato monosódico, nombre clave E-621, puede aparecer en una etiqueta? Creo que no. Tan claro como que la burocracia que padecemos regula para ponernos trampas a los ciudadanos corrientes y beneficiar a los intereses que constituyen su clientela preferente (como dice César, lista de ingredientes para los yogures, pero no para el tabaco; en esa línea cabe añadir la mano dura contra los cigarrillos electrónicos, pero no contra el tabaco, aparte de cruzadas para la galería), debería haber un sistema legal al servicio de la justicia en las relaciones entre productores y consumidores, que de verdad procurase proteger también a éstos últimos en lugar de favorecer sólo a los primeros. Ahora bien, ¿cómo poner orden legal en un tema que requerirá consejo científico sin caer en un totalitarismo científico (al que, de seguir la tendencia actual, parece que estamos abocados)? ¿Cómo distinguir en materia tan delicada como la alimentación humana la estafa del comercio legítimo? ¿Cómo regular la materia sin violar la libertad de elección del ciudadano ni la libertad económica y de expresión del productor? Y, utilizando la paradoja como piedra de toque de la verdad, ¿sería coherente, por ejemplo, que un liberal defendiera la legalización de las drogas y, al mismo tiempo, propugnara una vigilancia legal tan estricta en materia de alimentación?

Reconozco que tengo más preguntas que respuestas. Al menos, albergo la certeza de que la respuesta a dichas preguntas pasa por la abolición del actual sistema absolutista que padecemos, imbuido de un espíritu científico-progresista que amenaza con convertirlo en un totalitarismo todavía peor, y que es inseparable de la idea de una burocracia omnisciente y benefactora, monopolizadora de la producción artificial de leyes, y que usurpa el poder de decisión de los ciudadanos, arrebatándoles con ello su responsabilidad y su sentido crítico. Intuyo que la respuesta apunta a un sistema de derecho consuetudinario (common law), más resistente a la tentación del clientelismo político y la venta de favores legislativos a intereses minoritarios con poder adquisitivo en la tienda-monopolio donde dichos favores se dispensan. Vislumbro que el celo ciudadano acerca de lo que comemos y su influencia en nuestra salud podría llevar a la protección jurídica de la información completa y veraz al consumidor, estricta y rigurosa, pero sin caer en más prohibiciones que las legítimamente justificadas y sin favorecer la existencia de una burocracia supuestamente omnisciente y benefactora que se arrogase el derecho de dirigir a la gente en asuntos que corresponden a su esfera de responsabilidad. Tal celo podría llevar a la aceptación de distinciones tan rigurosas como la que antes apunté: alimentos reales, elaborados con ingredientes "naturales" (sin procesamiento industrial que altere su composición) de acuerdo con procedimientos y recetas tradicionales, y "alimentos de imitación", en los que tal vez tendrían cabida aditivos salidos de un laboratorio (siempre y cuando no fuesen venenos lentos, como algunos de los que ahora se permiten) y procesos industriales y de producción que alteraran la composición del alimento respecto a su versión tradicional, pero siempre informando veraz y completamente al consumidor, sin permisividad con los subterfugios que le impidan tomar decisiones informadas. El tema es enormemente complejo y da lugar a cuestiones controvertidas. Por ejemplo, ¿tendría la consideración de "alimento real" la leche procedente de vacas criadas en régimen de estabulación, alimentadas con piensos artificiales, atiborradas de antibióticos y hormonas, y sometida a procesos de homogeneización y tratamientos térmicos de conservación? Que cuestiones como esta se diriman de acuerdo con un derecho consuetudinario supone que el debate tendría lugar en un foro donde todas las partes implicadas expondrían sus argumentos, valorados independientemente de la capacidad de cada parte para actuar como cliente del productor legislativo en búsqueda de su favor, así como que la agenda de temas a tratar y la forma de tratarlos no serían impuestas desde lo alto por una burocracia animada por sus propios intereses, sino que surgiría desde la propia sociedad. Sería lo mejor para un tema de tanta importancia y tan complejo, y que por eso mismo pone de manifiesto los peligros del sistema de imposición que ahora padecemos. Y también por esa importancia y complejidad, conviene hilar fino y profundizar en temas como este. Tanto nuestra libertad como nuestra salud están en juego.

César

Creo que la falta de libertad en nuestra sociedad es la que favorece que haya intereses para manipular a los políticos y que nuestra salud sea moneda de cambio. Hoy por hoy los diferentes gobiernos (autonómicos y estatales) tienen la capacidad de dirigir los medios mas influyentes (tv y radio) y deciden que sale o no, y las grandes empresas con altos presupuestos publicitarios tapan lo que no les interesa que salga. Eso no pasa en internet gracias a la libertad para que cada cual exprese su opinión y lo complicado que se hace tapar tantas bocas. Si las licencias para las televisiones y para las radios estuviesen al alcance de cualquiera estarías mejor informados y tendríamos la libertad de elegir si nos queremos enterar de como nos envenenamos o no. En paises con mayor libertad (USA, Alemania, Suiza...) hay una tendencia clara hacia el consumo de productos orgánicos y un mayor conocimiento de los males de cierto tipo de alimentación.

roberto tuyo

Leelo con atenciòn (sobre todo donde habla del calcio...).
Bajo esta idea, alardeada y muchas veces impuesta como ley por los Estados, del cuerpo perfecto y en salud hay un proyecto totalitario de sumisión de los hombres y de anulación de sus libertades.

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