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06/09/2010 - Alberto Illán Oviedo

Responsables

Según el Instituto Ethos, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC o RSE) es:

 “Una forma de gestión que define la relación ética y transparente entre la empresa y todas las partes interesadas con las que se relaciona, y los objetivos de negocio para impulsar el desarrollo sostenible de la sociedad, preservando recursos ambientales y culturales para las generaciones futuras, respetando la diversidad y promoviendo la reducción de las desigualdades sociales”.

Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT):

Es el reflejo de la manera en que las empresas toman en consideración las repercusiones que tienen sus actividades sobre la sociedad, y en la que afirman los principios y valores por los que se rigen, tanto en sus propios métodos y procesos internos como en su relación con los demás actores. La RSE es una iniciativa de carácter voluntario y que sólo depende de la empresa, y se refiere a actividades que se considera rebasan el mero cumplimiento de la legislación”.

Si siguiéramos nadando en las muchas descripciones que se dan sobre RSC, encontraríamos que en casi todas se repite de alguna manera la implicación de la empresa en el desarrollo social y en el cuidado del medioambiente, asumiendo voluntariamente una ética pública que aplicaría en sus actividades empresariales y extraempresariales. Todo esto suena bien: voluntario, solidario, sostenible, medioambiental, social. Cómo no iba a sonar bien si repite de manera sistemática buena parte de los mantras de la progresía, buena parte de las ideas más exitosas del intervencionismo. Es tan exitoso y tan políticamente correcto que pronto podría dejar de tener carácter voluntario para tenerlo obligatorio. Cualquier excusa es buena para desarrollar sistemas de ingeniería social como un “código ético” empresarial universal.

La empresa, la gran empresa sobre todo, asume su papel de malo y pide perdón a través de una actividad que conlleva el uso de capital y recursos que podían dedicarse a otros aspectos mucho más productivos. Porque nadie se confunda, la RSC es una “devolución”. Como se indica en el informe de la Caja de Ahorros del Mediterráneo:

“Devuelve a la sociedad un alto porcentaje de sus beneficios, a través de Obras Sociales”.

La actividad principal de una empresa es ganar dinero. Desde luego que a la empresa le interesa que la sociedad sea cada vez más rica, porque cuanto más lo sea, mayor renta tendrán los ciudadanos y habrá mayor demanda de sus bienes y servicios lo que redundará en su beneficio. La empresa ya tiene su propia “misión” social, descubrir desequilibrios y demandas y satisfacerlas. La empresa no debe “devolver” nada a la sociedad porque nada ha tomado, sino que ha habido un doble beneficio. El cliente tenía un dinero que por sí mismo no le servía de nada y ha obtenido el beneficio del producto o servicio que ha adquirido.

La RSC es un batiburrillo de actividades donde la cultura, la sostenibilidad, la inserción laboral, la igualdad de género, el patrocinio deportivo, la lucha contra la corrupción o la defensa del medio ambiente se mezclan con la necesidad de promoción de la propia empresa, con la de adaptación a los usos sociales y políticos, con la de una fiscalidad menor -si supone una reducción de impuestos-, con la adaptación a las políticas públicas estatales o a la presión de determinados lobbies. Es un conjunto de actividades y conductas que podría ser atributo de los individuos de la sociedad, de otras empresas, que lo convirtieran en fuente de beneficios, o de otras instituciones de la sociedad civil sin ánimo de lucro, pero no necesariamente de la empresa que las implementa.

El problema surge de que durante décadas un Estado cada vez más gigantesco ha ido asumiendo una serie de competencias que por una u otra razón ahora no puede o no quiere desarrollar y que ha decidido trasladar a las empresas aprovechando la idea intervencionista, anticapitalista y totalitaria de que su beneficio es la pérdida de sus clientes que pagan precios abusivos. Una idea que implícitamente asume que el ciudadano es básicamente idiota, que no sabe lo qué quiere y que es engañado cuando paga un precio por un producto o servicio. Una idea que hace suya la empresa por simple supervivencia o porque sus gestores han decidido incluir voluntariamente la ideología dominante en su actividad.

 

Opinión de los lectores

Daniel TR

Un artículo muy interesante y es bueno ver ideas diferentes a lo que suelen sostener sobre RSE o RSC. Personalmente he trabajado el tema durante algunos años y, aunque lo promueven entidades intervencionistas, me parece más bien una forma libre de implementar esta clase de cosas. Realmente después de estudiar las prácticas en la materia veo cómo no solamente es una forma libre de solidaridad, sino el mejoramiento de las prácticas empresariales que redundan en diversos beneficios incluso para la empresa misma.
Además son sugerencias de "evaluación" empresarial.

Es verdad que a veces se confunde la RSC con regalar plata a fundaciones y sonreír en la foto: aumentando efectivamente el precio. Pero, lo que he llegado a conocer, es diferente, por lo menos los empresarios que he conocido lo toman como una forma de mejorar su gestión.

No veo la relación entre el intervencionismo con la "voluntariedad", me parece que se equivoca en considerar que todo lo que viene de instituciones "intervencionistas" es "anti-liberal".

Finalmente aprovecho para preguntarle ¿cómo cree que, dentro de una sociedad libre, puede promoverse la solidaridad?

Lo invito a leer un artículo mío que más que respuestas plantea preguntas al olvido del liberalismo de la solidaridad: http://elalispruz.blogspot.com/2010/08/se-opone-la-caridad-social-al.html

Alberto Illán Oviedo

Muchas gracias Daniel por tu comentario. Yo no soy contrario a cada una de las prácticas de la RSC, me parece que son oportunidades que diferentes instituciones no públicas pueden dar respuesta y seguramente, mucho más eficientemente que las públicas.

El problema que veo yo en la RSC (actividad que la empresa es muy libre de llevar a cabo) es que se mueve en unos criterios sospechosamente cercanos a lo políticamente correcto. Si el gobierno asegura que la lucha por un medioambiente es esencial, la empresa se convierte en más ecologista que Greenpeace, si dice que la igualdad de género es determinante, se tiende a corregir la plantilla para que se los porcentajes se acerquen a los oficiales, y así con cualquier cosa que se plantee. No veo que se mejore la gestión sino que se hace menos molesta a los ojos del poder.

Todas las instituciones intervencionistas son antiliberales por definición. Otra cosa es que ciertas propuestas se puedan considerar intervencionistas o no. Elegir tener una plantilla del 100% de mujeres no es ni liberal ni antiliberal, simplemente es una decisión empresarial. Que te obliguen a tener el 30% o el 60% o el 0%, es una medida antiliberal. Y si lo aceptas, haces el juego.
Una sociedad libre promueva la solidaridad a través de las instituciones que libremente se creen para promoverla. Una puede ser tan simple como la familia, que siempre o casi siempre suele ser solidaria ante los males de los suyos. Otra, la amistad. Pero las sociedades de caridad han existido toda la vida, las órdenes religiosas lo han hecho, los clubs privados que reunían fondos para atender a los necesitados eran muy habituales antes de que el Estado los absorbiera o “suprimiera”. Las mismas empresas pueden, si lo hacen voluntariamente, desarrollar sistemas que faciliten la inserción laboral desde sitios muy distintos e incluso, puede haber empresas que se dediquen a recuperar personas con taras o problemas. De nuevo, el problema se da cuando Estado destruye la Sociedad Civil.

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