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Portada - Comentarios - Ley antitabaco: más allá de la crítica fácil al prohibicionismo

25/01/2011 - José Carlos Herrán

Ley antitabaco: más allá de la crítica fácil al prohibicionismo

Fumar tiene su encanto, es placentero y aviva con su humo todo tipo de cónclaves y contubernios. Lo que ha venido sucediendo en los últimos decenios es que el tabaco de calidad y su aroma han cedido frente al cigarrillo y su peste. Siempre existieron dos clases de lugares donde el humo del tabaco definía el ambiente: las salas de fumar de clubes y casinos, y las tascas y tabernas llenas de ruido y tosquedad. En el primer tipo de recintos se imponía la razón de no afectar a terceros sin que éstos quisieran. Conteniendo el fumeteo, ritualizándolo y afinando las calidades del material, no se hacía sino institucionalizar en clave de respeto la limitación de externalidades: dentro eran positivas, mientras que fuera se intuían negativas. Sin embargo, en tabernas y tascas el humo acabó dominando, y la figura del fumador pasivo adquirió en todas partes la condición de paria social, por no tener ni voz ni voto en el asunto. Los fumadores baratos acabaron dominando, incluso entre los ricos, y perdido el gusto por las apariencias, el cigarrillo comenzó su reinado.

Por supuesto que no se trata de prohibir con carácter público e imperativo. Pero lo cierto es que venimos de años donde el fumador desconsiderado hacía de su capa un sayo, y se ponía el mundo por montera cual petroquímica exonerada de asumir sus efectos contaminantes sobre terceros. Se fumaba en el suburbano, en el autobús, en aviones y trenes, también en las aulas. Profesores y alumnos universitarios compartían un ambiente viciado que impregnaba sus ropas y espíritus. El tabaco era señor todo poderoso y ¡ay! de quien se atreviera a pedir respeto, contención o prudencia. Si te molesta el humo, cámbiate de sitio.

Este tipo de conductas tienden a ser coartadas gracias a la espontánea reprobación de cada vez más individuos, convencidos de que están en su derecho cuando piden a los fumadores que no propaguen su polución en ambientes compartidos. Como reflejo de este anhelo o preferencia, aquellos actores dedicados al servicio colectivo, de transporte, espectáculo, bebidas o viandas, toman nota y optan por ofrecer también un producto desintoxicado. Zonas de no fumadores, o zonas de fumadores, que es lo propio. Otras emisiones, quizá más naturales, han sido paulatinamente proscritas de entre aquellas reglas que gobiernan el decoro social y las buenas maneras. Con el tabaco no ha existido semejante proceso de aprendizaje e interiorización de límites. El humo, como decía, ha dominado en lo público salvo contadas excepciones y sólo la prohibición ha logrado expulsarlo de recintos donde, hoy en día, a cualquiera le resultaría extraño y fuera de lugar.

Algunas culturas arrastran una mayor consideración, pero la nuestra obedece a un "sálvese quien pueda" unido a la típica crispación del conductor que no aguanta ni una: los fumadores patológicos son tan egocéntricos que rara vez asumen o entienden la posición del otro.

El Estado maternal se dedica a propagar a través de la imposición un arbitrario criterio de urbanidad, que queda unido a cierta definición del tipo ideal de ciudadano cortés. Bajo el escudo de la salud (junto con el genérico de la seguridad, el mito más potente manejado por el estatismo), trata de convencer al reticente para que acepte la máxima de que toda medida de restricción se hace por su bien. El bien de todos y la garantía de un respeto artificial, forzoso y bajo pena de apremio desconsiderado sobre sus bienes, e incluso sobre su persona. Bajo tales tópicos y falsedades actúa el Estado cuando de disciplinar la conducta de sus súbditos se trata. Pero a pesar de la crítica, admitamos que en este concreto ámbito no le ha ido tan mal como podría parecer en un primer momento: los no fumadores, felices en un mundo sin humos (de tabaco), y los fumadores, muchos de ellos tremendamente agradecidos por haberles conducido a dejar de fumar como propósito de año nuevo. Ciudadanos mediocres y lastimeros que, por sí mismos, se creen incapaces tanto de hacer valer su dignidad como de afrontar o asumir con respeto sus propios vicios. En esta sociedad amodorrada siempre se aguarda a que irrumpa el Estado y haga del mala trago algo mucho más llevadero. ¿Obligará algún día la ley a no abandonar el gimnasio antes de finalizar el mes de enero? Muchos lo estarán deseando, no me cabe la menor duda al respecto.

La conclusión es la que sigue. El imperio del cigarrillo era excesivo y abusivo, pero el imperio de la ley no es la mejor manera de disciplinar la sensibilidad, la mesura o contención de los individuos. Sea como fuere, el resultado evidente, al margen del desastre que ha supuesto para los hosteleros emprender reformas en sus locales que ahora resultan irrelevantes, es que la mayoría de la población, abiertamente o con la boca pequeña, agradece el palo legislativo. Unos porque quieren dejar de fumar y creen que no pueden. Otros porque, siendo en general incapaces de defender abiertamente su propia dignidad en el ejercicio de pedir respeto a los fumadores desconsiderados, se agazapan detrás del Estado como cobardes y delatores. El resultado final es que se refuerza el espíritu de dependencia y debilidad individuales frente a un Estado cada vez más maternalista. Al mismo tiempo, se refuerza y extiende entre los ciudadanos esa vieja y falaz convicción hobbesiana sobre el poder absoluto y su aparente condición como presupuesto necesario para que la convivencia sea posible. Más Estado, menos libertad, equivalen a una endeble moralidad. Los éxitos del prohibicionismo definen la categoría de los grupos humanos.

 

Opinión de los lectores

CPA

Pas mal...

enrique

El problema Jose Carlos yo lo veo mas simple y ojo que me parece bien que se filosofee sobre él, el bar es mio, solo se me puede obligar como se deberia hacer con los coches a evitar que ese humo salga....DE MI BAR.

Creo que hay poco mas que decir....lo demas es dictadura.

Y tengo claro que en ese caso toda medida sea o no violenta es ....justificable.

Al menos yo tengo claro que a mi casa no vendras a decirme como vivir si quires ver el proximo dia.

No, uno se cansa ya de esto, agachar la cabeza o filosofar no lo resuelve y como dices el ciudadano debe ser maduro.

No creo que en Siza el gobierno confederado tuviera los suficientes.....para imponer algo a una sociedad civil que por supuesto no lo va a permitir.

Deberiamos aprender de ellos.

JCHA

Enrique, mi artículo no habla sobre propiedad privada y sus límites, sino sobre conducta y sus reglas. Tu reino, tus reglas, sí, pero sólo en aquella parcela que es plenamente explícita, sobre la que crees que puedes diseñar un orden expreso “interconductual”.
Si yo entro por la puerta de tu casa, de manera casi automática respetaré la integridad de tus cosas, no me apropiaré de lo que más me guste, y en todo momento, trataré de agradarte. Esas reglas pertenecen al núcleo íntimo de mi conocimiento conductual, disciplinan mis acciones y operan generalmente sin que tenga la necesidad de tomar conciencia sobre su contenido fundamental. Es más, probablemente no sea capaz de enunciar por qué razón me comporto de cierta manera, pero lo cierto es que actuando de ese modo la convivencia tiende a ser pacífica, ordenada, previsible… institucional.
Esta prohibición debe analizarse, más allá del aspecto estrictamente limitador del control sobre aquellos ámbitos de los que uno es dueño y señor, en un contexto donde las externalidades provocadas por el tabaco no hallaban una respuesta estrictamente moral, de decoro social, en ambos casos de cumplimiento voluntario. Es ahí donde el prohibicionismo logra mayor respaldo ciudadano, y donde los liberales deberían tomar nota sobre los efectos perversos del Estado totalitario de corte maternal que ahora impera en las democracias occidentales. Este artículo no abunda en la cuestión de la propiedad privada, ni repite lo obvio, que esta ley limita nuestra libertad. Es un artículo que va más allá, que ahonda en una materia imprescindible para la comprensión de los órdenes normativos y el intervencionismo legislativo.
Siento que no lo hayas visto así, y que la cuestión te parezca tan simple que no merece argumentos tan aparentemente retorcidos y rocambolescos como los míos.
Un saludo,
JCHA

enrique

No Jose Carlos para nada, lo dije con todos mis respetos, por supuesto que me agradó el artículo de hecho soy asiduo lector de este instituto y sin animo de hacer la pelota de lo que sueles escribir.

Me refería quizas no supe expresarme, a la sociedad española en general, cuando hablaba de filosofar, aqui venimos a eso pero decia que alli, en la calle, todos filosofean en el sentido de, mierda de ZP, etc etc pero no mueven un dedo y siguen actuando como borregos cada 4 años.

La cuestion merece argumentos como los tuyos y más, pero me referia a que en el caso concreto de esta ley se vulnera en los bares l principio de derecho natural de la propiedad privada, quizas me expresé con la rabia que me provoca ver como ese estado opresor disfrazado de derecha y de izqierda va minando nuestra libertad y no decimos ni mu y filosofamos en los bares.

Decia mi abuelo que antes de hablar pienses en lo que vas a decir, imagino que escribiendo pasa igual, así se evitan malosentendidos cuando uno tiene malos días.

Bien una vez aclarado resumidamente, aqui debemos venir a eso, a filosofar, que es lo que nos entretiene a los que venimos.

Pero desde lugo tengo claro que o la sociedad española se da cuenta de que esta ley es un error o lo proximo será expropiaciones y vete tu a saber(36).

Decia Leonidas a su homologo ateniense que a veces había que dejar la filosofia a un lado y coger la espada.

Metafóricamente hablando claro y por favor disculpa que me expresara mal y sigue filosofando, que estos ratos en las mañanas de este instituto merecen la pena.

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