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Portada - Comentarios - De botellones y otros usos de lo público

06/09/2011 - Joaquín Santiago Rubio

De botellones y otros usos de lo público

Hay temas que los políticos, escasos de valentía y sobrados de electoralismo, eluden con diferentes métodos, más o menos sofisticados. El del botellón, el ocio nocturno escandaloso y sucio es uno de ellos.

Como en tantos otros temas se trata de un caso particular del uso de los bienes comunales. Los espacios de las ciudades son espacios llamados públicos, eufemismo que sólo encubre que, en las sociedades modernas, son organizados por gestores públicos que lo manejan como propio sin serlo según unas reglas que provienen del pasado y que pueden modificar en línea de sus intereses particulares como gestores. Es posible esbozar un análisis praxeológico y evolutivo del problema.

Por evolución histórica el espacio no privado va siendo regulado por leyes que son fruto de un proceso de una competencia de fines más o menos excluyentes  y, por tanto, de combinaciones variadas de ellos. Las calles, las plazas, los viales en general, han sido orientados al tránsito en un proceso donde el servicio a la vida productiva se comparte con el servicio al ocio en una división temporal más o menos clara: día productivo, tarde de ocio tranquilo.

La noche es también momento de ocio aunque lo esperable es que se realice en espacios regulados como las terrazas o recintos privados. Con la irrupción de la izquierda política, aquel uso más burgués del espacio público fue alterado en función de un mayor o menor radicalismo. En muchos casos el espacio público fue (y en ocasiones aún lo es) apropiado por ella, aunque existe un cierto y difuso consenso en facilitar prioritariamente el uso de los viales como tránsito, y de las plazas y parques como descanso pre o post productivo.

Los muchachos del botellón, en concreto, hacen uso de los recursos que tienen para lograr lo que quieren con los menores costes posibles. Su respeto por el uso más o menos consensuado de los espacios públicos es menor, bastante menor que el de otros grupos de ciudadanos. Sus fines son juntarse y ocupar masivamente y excluyentemente el espacio privado para un ocio que perjudica a los propietarios colindantes, a los transeúntes que utilizan el vial con otros fines y generan sucesos violentos o disruptivos con frecuencia. Obtienen las bebidas al menor coste posible en los supermercados y ocupan, como free riders, el espacio público para reorientarlo hacia sus fines. Finalmente, producen grandes externalidades negativas.

Pero los políticos se niegan a adoptar medidas para limitar o suprimir esto. Por dos razones fundamentales: primero porque son gestores de lo ajeno que dependen del voto de los "botelloneros" adultos y del de los padres de los menores tanto como de quien sufre la externalidad negativa por su comportamiento. ¿Por qué un político iría a beneficiar a un votante más que a otro? Si no hay un grupo electoralmente más unido y poderoso no tiene por qué afrontar el problema y, simplemente, se esconde. Además, décadas de culto a la irresponsabilidad personal como marco ideológico global debilitan el uso burgués de los espacios públicos que se asentó tras las revoluciones industriales.

Las concentraciones de botellón generan externalidades negativas claras tanto si hay destrozos de propiedades privadas como si lo son de bienes públicos, o como si se trata de perturbación del sueño y de competencia a los hosteleros que sufren gravámenes por licencias, impuestos y precios públicos para sus terrazas. Por el contrario, los "botelloneros" eluden, cuando menos, esto último. Esto equivale económicamente  a una exención fiscal o a una subvención y, para colmo, con el efecto de perturbar a los demás.

El problema es irresoluble en términos lógicos y, por ende, en términos reales. ¿Por qué? Porque mientras existan espacios públicos toda política respecto de ellos es arbitraria, incluso cuando se oriente al servicio o protección de las propiedades privadas y las actividades productivas. Pero está claro que algo es necesario hacer y que eso pasa por retomar la subsidiariedad de lo público ante lo privado y la penalización de las externalidades negativas también en el botellón.

 

Opinión de los lectores

ExBotellonero

Inicialmente me di por aludido, bebí en la calle en mi juventud, no hace tanto. Nunca molesté a nadie. Imagino que el artículo no va contra este comportamiento. Recuerdo ocasiones cuando nos reunimos algunos amigos a las doce de la noche para comentar la semana con unas copas de bebidas alcohólicas adquiridas en supermercados dados los precios exagerados de los establecimientos. Nunca molestamos a nadie. Reconozco que al principio no recogimos los restos, tras un par de toques de atención de la policía pensamos que no costaba nada y que colaborábamos al uso normal y disfrute de parques y espacios públicos.

El problema no es el botellón, el problema viene provocado por la necesidad de los jóvenes de beber para ignorar y olvidar su triste existencia y su falta de valentía a la hora de hacerse cargo con sus vidas.

En cuanto a lo público o privado se refiere, recuerdo que hace unos años vivía en un chalet, era invierno y hacíamos una barbacoa a las doce de la noche y el vecino se quejó del ruido. En el jardín estaban el cocinero y otro acompañando. Llegó la policía y dijo que eso no era ruido, que dos personas hablando en el jardín no es ruido suficiente para poner una denuncia. Solo es otro punto de vista.

Bastiat

Joaquín..... ¿se podría plantear hacer sobre el particular un referéndum?

Hablas sobre el asunto desde un punto de vista en el que fijas el problema en la existencia de espacios públicos, y los espacios públicos... son del común. No de un particular o particulares. O una empresa.

El problema surge no por la existencia del espacio público sino por la gestión que el político hace de dicho espacio público. Y esa gestión no se hace como encargo específico de la ciudadanía sino como resultado de una elección cada cuatro años en el que dicho asunto en concreto no aparece ni en los programas electorales siquiera.

Por tanto, si hubiera un mayor control de lo que se hace y se deja de hacer en todos y cada uno de los aspectos de la gestión de lo público, es decir, si se pudieran realizar referéndum, si la gente tuviera que tomar decisiones tras elaborar programas y elaborar propuestas sobre casos concretos, el botellón y la responsabilidad y la forma de gestionar el asunto, tu argumento de la gestión por parte del poder político, en algún caso orientado ideológicamente hacia tolerar, cuando no fomentar determinadas conductas, queda rebatido.

Sería la ciudadanía quien tomara en consideración el caso y decidiría sobre ello.

Es decir, en una comunidad de vecinos........

enrique

Yo tambien hice botellon y si molestaba,mos y ensuciabamos, el problema no son los puntos de vista sino que se cometa o no un delito, nunca es bueno prohibir si el poder judicial hiciera su trabajo con un delito o una falta....pero el problema es cuando los estados se arropan con ese derecho, entoces vienen las dictaduras democraticas, si no molestabais el policia da las buenas noches y se va eso es ser civilizados y el vecino que se vaya a vivir a las islas fiji, si se molesta y se ensucia se desaloja....es tan sencillo que asusta ver como y porque(eso si me preocupa) no se aplica....

enrique

Un referendum por un botellon? interesante forma de resolverr el asunto....y cara, en tiempo sobre todo, los ciudadanos pagamos a unos jueces para tener que perder el tiempo decidiendo estas cosas...bien me gusta la idea.

enrique

y en un canton suizo de 1 millon de habitantes bastiat y en una confederacion helvetica de 7 millones, porque alkli se puede y aqui no?

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