
Es cosa sabida que, cuando los jóvenes violentos franceses le echan un pulso al poder... lo ganan. En muchas circunstancias y países eso podría ser incluso bueno. Pero en Francia, cuando los jóvenes se revuelven contra el poder, en general es para exigir prebendas, beneficios y regalos que van a sobrecargar el ya mastodóntico estado del bienestar francés, poniendo cortapisas al crecimiento económico y lastrando la competitividad de la rancia economía del país vecino.
Las revueltas vividas estas semanas pasadas en toda Francia, en relación con el llamado Contrato de Primer Empleo (CPE) son un caso más, y me atrevería a decir que un caso paradigmático. El problema de la juventud francesa no es precisamente la precariedad laboral, sino más bien la carencia de oportunidades de empleo (un 20% de paro entre los menores de 26 años) en un mercado laboral rígido hasta extremos delirantes. El CPE pretendía flexibilizar las condiciones de acceso de los jóvenes a un primer empleo, facultando a los empleadores para dar por terminado el contrato dentro de los dos primeros años con mínimas contraprestaciones (cosa que parece de sentido común pero que, por desgracia, es prácticamente imposible bajo la mayor parte de las legislaciones europeas). Sólo una medida de ese corte puede acabar con la principal barrera que enfrentan los jóvenes cuando de acceder a un empleo se trata, que es la de la falta de experiencia laboral. Aun cuando el empleador decida dar por resuelto el contrato al término de los dos años (que, debido al peculiar sistema de incentivos previsto en el decreto, es mucho más probable que la resolución antes del término), el joven trabajador concurrirá al mercado con el valiosísimo activo de sus dos años de experiencia.
Sin embargo, de manera que ya no nos sorprende, y víctimas de un sistema profundamente corrompido que ha hecho del chantaje callejero, y no del mérito, la forma de lograr una mejora relativa de condiciones, los jóvenes se han lanzado a la calle a protestar con virulencia contra una norma fundamentalmente beneficiosa para ellos. A la cabeza de la manifestación podía verse, hombro con hombro, a jóvenes musulmanes inmigrantes de segunda generación (con una tasa de paro muy superior a la media nacional) junto con jóvenes universitarios franceses, cuando en realidad no cabe encontrar dos grupos de interés más contrapuestos ante el mercado laboral; la demagogia estatista y de izquierdas ha hecho el milagro de unirles, aunque sólo sea en el empeño de romper escaparates y papeleras.
Ahora, el CPE ha quedado en nada. El Gobierno ha paralizado su aplicación, que piensa canjear por una serie de medidas edulcoradas de ayuda a la inserción (es decir, por subvenciones) y por tanto ha vuelto a ceder ante quienes ejercen la violencia indiscriminada contra los ciudadanos y las propiedades públicas, sembrando de nuevo la semilla de nuevas manifestaciones y protestas por cualquier causa imaginable. Y el porvenir económico de Europa sigue sumiéndose, con aceleración creciente, en un horizonte lleno de los más negros presagios.
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