El Estado sin autoridad
En su defensa del Estado democrático algunos van más allá de considerarlo un mal necesario al pretender que gobierna legítimamente sobre la base de un contrato social que nos compele a todos o una cesión de derechos por parte de sus súbditos. Se arguye que la Constitución es una suerte de contrato entre los ciudadanos y el Estado, que la gente aprueba el sistema cuando participa en las elecciones o permanece en territorio nacional en lugar de marchar al exilio. Sin duda es comprensible en algunos liberales minarquistas este afán por justificar éticamente el Estado democrático a partir de los derechos de los individuos, pero la entelequia contractual sólo contribuye a restar seriedad a su tesis y a oscurecer el debate. No es que piense que otros enfoques vayan a tener éxito justificando el Estado, pero quizás hay modos más sensatos de abordar la cuestión y avanzar en la discusión que apelando a sofismas de este género.
¿El Estado democrático tiene derecho a gobernarnos? El Estado no puede poseer ningún derecho que, antes de su existencia, no poseyeran los individuos. Sólo puede derivar su legitimidad de sus súbditos, que de algún modo tendrán que haberle delegado voluntariamente el derecho a que les gobierne. El problema es que esta delegación de derechos no se ha producido jamás, y de hecho nunca podrá tener lugar. El Estado que nos rige lo hace sin autoridad, sin legitimidad. No se asienta sobre el consentimiento de los gobernados, no le debemos obediencia porque tenga un derecho a gobernarnos.
¿La Constitución Española es un contrato entre los ciudadanos españoles y el Estado español? Primero, la Constitución a lo sumo vincularía sólo a los españoles que la aprobaron en el referéndum. Nadie puede ser sometido a un contrato que no ha suscrito o que ha rechazado. Tampoco las generaciones posteriores pueden verse compelidas por la Constitución de 1978. Un contrato lo rubrican personas vivas, no personas que están por nacer. Segundo, por norma los contratos no adquieren validez hasta que lo firman las partes. ¿Alguien ha firmado la Constitución? ¿Dónde figuran los nombres de las partes contratantes? ¿Qué clase de contrato es éste que ni siquiera puede remitirnos a quienes lo integran? Si no existe evidencia legal alguna de que un individuo particular apoyó la Constitución ésta no puede vincular legalmente a nadie en particular. Pero lo más gracioso, como dijera Lysander Spooner en "La constitución sin autoridad", es que este supuesto contrato que no sería admitido en ningún tribunal de justicia para probar una deuda de cinco dólares se presenta como prueba de que todos los habitantes de un país han cedido su propiedad, sus libertades y su vida al Estado. Tercero, la argumentación contractualista parte del supuesto de que los derechos individuales son alienables, de que es posible firmar contratos de esclavitud. No obstante, podemos alienar los bienes que hemos adquirido o producido, pero no podemos alienar nuestra voluntad, nuestro raciocinio, que es lo que nos dota de derechos. Y si no podemos desprendernos de la fuente de nuestros derechos lógicamente no podemos desprendernos de nuestros derechos. En otras palabras, somos propietarios de nosotros mismos no por elección sino por naturaleza, no sólo somos en cierto sentido los homesteaders de nuestro cuerpo, los "primeros ocupantes", sino los únicos que podemos serlo. No es posible, por tanto, que hayamos elegido ceder en un contrato con el Estado nuestros derechos inalienables por naturaleza.
¿El acto de votar implica la aceptación del Estado democrático? A primera vista incluso parece que no haya escapatoria tal y como lo plantean algunos: si votas por el partido ganador aceptas el sistema, has contribuido a formar el gobierno; si votas por el perdedor también aceptas el sistema, porque has participado en el juego y has sancionado sus reglas; si no votas también ratificas el sistema, porque abstenerse significa conformarse con el resultado sea cuál sea, someterse al partido que los demás han elegido. Pero este razonamiento no se sostiene. Aparte de la cuestión de la inalienabilidad y la ausencia de unas partes firmantes identificables, en primer lugar no puede decirse que el acto de votar y el acto de abstenerse son igualmente vinculantes. Eso dejaría al individuo sin opciones, sin elección posible, y no podría argüirse en absoluto que ha elegido voluntariamente ceder sus derechos. En segundo lugar, ¿de dónde se sigue que el hecho de votar implica la aceptación del sistema? Ésa es la interpretación que hacen los valedores de esta postura, pero quizás no es la interpretación que hacen muchos votantes. Algunos electores a lo mejor votan no para apoyar el sistema, sino simplemente para evitar que venza un partido peor que aquél por el que pujan. El individuo que paga un rescate a un secuestrador no está aprobando el secuestro, sólo está intentando evitar un mal mayor. Como señaló Spooner, si obligan por la fuerza a un individuo a participar en una batalla y éste se encuentra en la tesitura de disparar o ser víctima de un disparo, no puede decirse que por el hecho de disparar y salvar su vida la batalla haya sido una elección suya. El Estado nos obliga a permanecer dentro del sistema, no permite que nos escindamos; en consecuencia no cabe alegar que alguien acepta el sistema por el hecho de que intente defenderse a través de las urnas (votando por el partido que cree que va a perjudicarle menos). En cualquier caso, el voto no incluye ninguna cláusula que especifique cuál es el significado concreto de entregar una papeleta, luego la interpretación contractualista es tan arbitraria como cualquier otra.
¿La permanencia en un determinado territorio implica aceptar el dominio del Estado sobre ese territorio? Hay quien razona del siguiente modo: si alguien no quiere someterse a los dictados del Estado que rige el territorio es muy libre de marcharse a otro lugar; si se queda está aceptando tácitamente su legitimidad. Pero permanecer en un país sólo implica consentimiento tácito si se asume que el Estado tiene en primer lugar un derecho sobre ese territorio. ¿De dónde se sigue el Estado tiene con carácter previo un derecho de propiedad sobre todo el territorio nacional? La respuesta no puede ser "porque la población consiente tácitamente al quedarse en el país", pues ésta sería la consecuencia de que el gobierno tuviera ese derecho, luego no puede ser su causa. Dicho de otro modo, es como si el mafioso de un barrio exige a un individuo que ha abierto un negocio en la zona que le entregue una parte de sus ingresos. ¿Es legítima la acción del mafioso por el hecho de que el individuo haya decidido abrir el negocio en este barrio y no en otro? Obviamente no, porque el mafioso no tiene ningún derecho a extorsionarle en primer lugar. El mafioso no es el dueño del barrio, lo mismo que el Estado no es el dueño del territorio.
Algunos dirán que el Estado democrático es inherentemente injusto pero necesario, que aunque sólo sea por razones utilitaristas es preferible su existencia a su ausencia. Otros pensamos que el Estado es lesivo e innecesario y que debe abolirse en favor de un sistema de ley policéntrica. Lo que se ha argumentado en este artículo es que el Estado democrático no se fundamenta en ningún contrato social por el que los individuos delegan parte de sus derechos al gobierno. Los defensores del Estado tendrán que recurrir a algo más que a la constitución, al voto o a la permanencia en el país para justificar la legitimidad del Estado.
Opinión de los lectores
Excelente artículo.
Pero no estoy de acuerdo con lo de la inalienabilidad o imposibilidad de transferencia de ciertos derechos, lo cual además es innecesario para la argumentación. Acabo de explicarlo en la sección de contratos de InteLib: los contratos de sumisión (que no esclavitud) son posibles y legítimos (aunque bastante raros).
Arrollador, sin duda. No solo tendrán que buscar con lupa, sino que a duras penas encontrarán argumento alguno para el atraco a mano armada por parte del Estado sobre los ciudadanos. Quería sostener que la Constitución, la que sea, es solo un pergamino lleno de flores que el Estado, cual David Coperfield, saca de la manga para justificar el expolio ya mencionado. ¿El truco? La zanahoria que ponen delante de los nacionales llenándoles la boca con términos abstractos y vacíos de contenido, además de garantizar montones de patochadas que nunca cumplen, y que, de cumplir, solo persigue acallar las críticas por todo aquello que devastan. Panem et circenses, dicho de otra manera.
Paco, he leído el capítulo sobre los
contratos. Me parece interesante el tratamiento que haces de algunas cuestiones, pero discrepo en lo que respecta a la existencia de un derecho de propiedad sobre las acciones, la alienabilidad del derecho de auto-propiedad y otros puntos. El contrato de sumisión (equivalente al contrato de esclavitud que justifica
Block) es el corolario de la concepción que critiqué
aquí. Con imore discutí largamente
aquí y
aquí sobre la naturaleza de los contratos. En este tema la teoría de contratos coherente con los principios éticos que defiendes en el texto me parece la de
Evers,
Rothbard y
Kinsella. En particular te recomiendo
el trabajo de Kinsella, especialmente lúcido.
En cuanto a los contratos de sumisión y la alienabilidad del derecho de auto-propiedad, pregúntate lo siguiente: ¿cómo devenimos propietarios de nosotros mismos?¿elegimos ser propietarios de nosotros mismos?¿ocupamos nuestro cuerpo del mismo modo que ocupamos una parcela de tierra? Tú mismo lo explicas en
el texto:
Cada ser humano es dueño de su mente y cuerpo, ya que es el primero que los usa y el único que realmente puede controlarlos. Es decir, somos propietarios de nuestro cuerpo
porque lo controlamos. ¿En algún momento dejamos de controlarlo? ¿En algún momento dejamos de controlar nuestra voluntad y nuestras acciones? Y si el control sobre nuestro cuerpo y nuestra mente es la fuente de nuestro derecho de auto-propiedad y no podemos enajenar este control, ¿cómo podemos alienar nuestro derecho de auto-propiedad? En el momento en que el supuesto dueño quiera flagelarnos para que trabajemos seguimos controlando nuestro cuerpo, seguimos siendo los ocupantes de nuestro cuerpo (los primeros, los últimos y los únicos), y por tanto seguimos reteniendo el derecho a negarnos a recibir esos latigazos. No somos propietarios de nuestro cuerpo por elección, contrariamente a lo que sucede con los bienes escasos que nos rodean. Somos propietarios de nosotros mismos por naturaleza, no por la vía de nuestro consentimiento. No tiene sentido, así, decir que podemos elegir alienar nuestro derecho de auto-propiedad. El derecho de auto-propiedad no es algo que dependa de nuestra elección o de nuestro consentimiento.
Un saludo, Paco
El liberalismo y, sobre todo, el neoliberalismo está lleno de sofismas e ideas demagógicas muy bien estudiadas para que los interesados poderosos puedan seguir sacando tajada a su favor.
Las decisiones las toma la mayoría y los otros han de acatarlas. Un estado no puede gobernar personificando todas las situaciones. El semáforo rojo prohibe pasar, incluso a los daltónicos que no lo distinguen del verde. El grupo principal decide por todos de la misma manera que en la evolución biológica se imponía el más adaptado y fuerte.
Los tremendos desequilibrios que crea el neoliberalismo se pueden deducir, también, indirectamente:
Los alimentos recolectados en el mundo son más que suficientes para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, cada año, mueren millones de habrientos: las leyes de los paises del liberalismo son incapaces de repartir y distribuir la riqueza creada.
A mí con esto me basta para darme cuenta que tanto liberalismo ahoga a la mayoría para que puedan respirar holgadamente sólo unos pocos con pulmones demasiado bien organizados.
Diré otra cosa: me extraña esta tendencia tan marcada al dogmatismo que muestran muchos neoliberales actuales. Daría la sensación que quieren defenderse de su propia inseguridad de sus argumentos.
En algunas cosas se puede, y se debe, ser liberal; pero no en todas, ni muchísimo menos: las normas de tráfico no pueden caer en el liberalismo, como tampoco los temas sociales que, por culpa del liberalismo, quedan tristemente desatendidos y arrinconados.
Un abrazo algo más que liberal.
Kim
Te estás contradiciendo, Quim, en el mismo ejemplo que pones. Son los países más liberales, donde más se respeta el derecho de propiedad, etc., donde hay esa abundancia de alimentos. Sin embargo, para tí, el que haya abundancia en esos lugares y escasez en otros es culpa del sistema que existe donde hay abundancia, no del sistema vigente donde hay escasez. ¿No te parece un pelín absurdo y quizá, algo dogmático contra las tesis liberales?
Quim,
Los “interesados poderosos” sólo pueden “sacar tajada” a través de la intervención del Estado, y eso tiene poco que ver con el liberalismo... Lo expliqué en el artículo “
Capitalistas contra el capitalismo”, pero a estas alturas no sé si la fuerza de los argumentos basta para superar tu muro de prejuicios. Por otro lado en estas páginas no nos cansamos de repetir que el Estado privilegia a ciertos grupos de presión en perjuicio del resto de la sociedad. Aquí nadie nos paga para “articular sofismas e ideas demagógicas” en favor de intereses especiales. No queremos saber nada de los juegos de suma cero en los que unos ganan a expensas de otros. Pero tú, como Don Quijote, te empeñas en atacar gigantes que en realidad son molinos de viento. Antes de lanzarte al monte deberías cerciorarte de que lo que tú entiendes por “liberalismo” o “neoliberalismo” se corresponda con lo que nosotros defendemos, de lo contrario estarás acometiendo contra unas ideas que sólo tú asocias con el liberalismo.
Las decisiones las toma la mayoría y los otros han de acatarlas
Virtualmente todas las decisiones las toman cuatro burócratas, no la mayoría de la sociedad. A lo máximo que puede aspirar ésta es a elegir su carcelero cada cuatro años, con la garantía de que haga lo que haga permanecerá entre rejas. De todos modos te estás limitando a describir la realidad sin justificarla, Quim, y desde luego no estás impugnando la tesis del artículo.
Los tremendos desequilibrios que crea el neoliberalismo se pueden deducir, también, indirectamente
¿De dónde sacas que esos “desequilibrios” los crea el “neoliberalismo”? Explícanoslo, por favor.
Los alimentos recolectados en el mundo son más que suficientes para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, cada año, mueren millones de hambrientos: las leyes de los países del liberalismo son incapaces de repartir y distribuir la riqueza creada.
Es increíble que hables de repartir y distribuir la riqueza como si ésta fuera algo dado y no tuviera que producirse antes. ¿Acaso crees que la gente estaría mejor alimentada si el Estado nacionalizara el sector alimenticio? La alternativa a la desigualdad de riqueza no es la igualdad de riqueza, sino la igualdad de pobreza. Te recuerdo que en la URSS y en la China roja decenas de millones de personas murieron de inanición, y allí no había empresas privadas a las que echar la culpa por crear “tremendos desequilibrios”.
La pobreza es la condición natural del hombre, y no se sale de ella con “ayuda oficial al desarrollo” sino trabajando, ahorrando, acumulando capital y aumentando productividad. Eso, claro, mientras el Estado lo permita.
Un abrazo, Quim