15/06/2006 - Antonio Gimeno
Sed buenos
Decía Theodore Dalrymple que es un error suponer que todos los hombres quieran ser libres. Añadía que incluso aquellos que celebran su libertad con entusiasmo, lo demuestran mucho menos cuando toca responsabilizarse de las consecuencias de sus actos (libres, añado). Tan acostumbrados estamos a que el Estado tutele nuestra existencia que cedemos crecientes parcelas de intimidad sin darle prácticamente importancia. Más aún, esta cesión nos parece una consecuencia natural de nuestra pertenencia a un conglomerado ciudadano, conjunto de individuos prensados y mezclados en la épica de la justicia social, pleonasmo que Hayek señalo como remedo de la justicia distributiva aristotélica.
Consentir que el estado penetra en nuestras vidas, particularmente en las relaciones familiares, es incompatible con la libertad, toda vez que supone un menoscabo de la responsabilidad que le da sentido. Un ejemplo especialmente doloso es la obligatoriedad de la educación, que se traduce en su presunta gratuidad a cambio de la conversión del desarrollo moral e intelectual de nuestros hijos en un desarrollo curricular pleno en transversalidades ideológicas y vacío en contenidos. No deseo que se eduque a mis hijos en valores, cuando esos valores los deciden pedagogos a sueldo del Estado.
No es admisible que la educación de nuestros hijos esté inspirada en agendas políticas cocinadas en una supuesta neutralidad ideológica. Neutralidad que, en el caso español de la Educación para la Ciudadanía, hay que entender como una opción más ya que en la práctica supone que nuestros hijos deberán aprender a sentir y a relacionarse con los demás de acuerdo a la receta psicopedagógica impuesta por los políticos, cocineros que, tratándose de la educación, suelen ser de izquierdas. Una opción más y por lo tanto no autónoma sino inspirada en la muy heterónoma moral de sus redactores.
El filosofo José Antonio Marina ha defendido recientemente la necesidad de la Educación para la Ciudadanía, la necesidad de aprender a ser un buen ciudadano, concepto que califica como expansivo, práctico y creador. No es de extrañar el interés del filósofo en dar al término “ciudadano” un empujón para apartarlo de las connotaciones estatistas que lo acechan sin remedio. Así, nos explica que si bien la persona es el centro de la ética, el fundamento de los derechos fundamentales (sic), “el acceso real a esos derechos se consigue en la ciudad, en la ciudad justa, por supuesto”. Será esta ciudad justa la que permita al ciudadano la posibilidad de disfrutar de sus derechos. Posiblemente Hayek estaría de acuerdo con Marina, al menos parcialmente, ya que el austriaco concedía al estado los mínimos necesarios para que facilitase la instrucción indispensable que permitiera que todos los ciudadanos compartiesen un “fondo cultural común”, en palabras de Paloma de la Nuez. En lo que Hayek no estaría de acuerdo, y no digo que Marina lo esté, lo malicio, es que, entre las propuestas a añadir a ese fondo, figurase la encaminada a conseguir buenos contribuyentes, que no son aquellos que no defraudan sino los que colaboran voluntaria y ciegamente en el endeudamiento del estado.
Marina se apoya en un ejemplo de atractivo innegable para los padres: la responsabilidad, esto es, “que nuestros jóvenes sean responsables, es decir que sepan tomar las decisiones correctas, para que no tengamos que someterlos a una vigilancia agotadora que acaba produciendo efectos nefastos.” Un ejemplo poco afortunado, a mi modo de ver, por dos motivos: en primer lugar porque acepto el papel tutelar que como padre me he comprometido a desarrollar (en otro momento comentaré por qué yo no creo en la familia anarcocap) y porque al constatar el lamentable estado en que ha quedado la “responsabilidad” durante estos años de LOGSE, se denuncia implícitamente la incapacidad de el Estado para afrontar un ámbito, la educación en valores de la persona, sobre el que se ha proyectado una y otra vez con animosidad política y con “efectos nefastos”.
Sin embargo, el mejor ejemplo, que es el peor espejo en el que reflejarse, nos lo ofrecen los políticos que cada día nos sorprenden menos con sus privilegios, corruptelas y violación del ámbito ciudadano, esa ciudad justa, que se comprometieron a defender.
Espera Marina que con la Educación para la Ciudadanía “los ciudadanos razonen bien en temas morales, tengan buenos sentimientos y se comporten justamente”.
Es curioso, mi hijo de tres años demuestra el despuntar de estas capacidades, eso sí, cuando no le perturba el sueño o el hambre o la varicela, al fin y al cabo es un niño. Espero que la educación obligatoria no haga buena la hipótesis del determinismo cultural y termine como tantos buenos ciudadanos dando por buena la libertad regalada por el estado.
Opinión de los lectores
Reconozco que me da escalofríos cada vez que oigo dudar de la obligatoriedad de la educación. Y no porque dude del que lo dice, que en tu caso me consta que serías un buen educador, sino porque no todos los padres tienen la preocupación necesaria por sus hijos para hacerlo. Y si lo spadres no se preocupan de ellos ¿debería la sociedad abandonar a esos hijos a su suerte? Al argumento de que los hijos son responsabilidad de los padres, ¿no se puede responder entonces que cuando un padre pega, maltrata o abandona a un niño, no deberíamos dejar la responsabilidad sobre el propio padre?
En cuanto a la capacidad de discernir el bien y el mal innata, creo que tú mismo te contestas cuando asumes la responsabilidad educativa y que no crees en el anarquismo-capitalismo.
En definitiva, yo creo que deberíamos pedir educación de calidad (en lo que coincido contigo, por ejemplo, la que recibí yo la considero de bastante buen nivel, asi que no es imposible) y con posibilidad de elección para los padres (a mí me gustaría poder llevar a mis futuros hijos a un buen colegio ateo, por ejemplo), pero no que cada uno se ocupe de lo suyo. Creo que es necesario un "mínimo garantizado", una oportunidad para todos, pero bien aprovechada...
En fin, liberal, pero no tanto...
Saludos
Tomas:
Y si lo padres no se preocupan de ellos ¿debería la sociedad abandonar a esos hijos a su suerte? Al argumento de que los hijos son responsabilidad de los padres, ¿no se puede responder entonces que cuando un padre pega, maltrata o abandona a un niño, no deberíamos dejar la responsabilidad sobre el propio padre?
¿No habría que distinguir entre la violencia física y la educación en unos determinados valores / de acuerdo con unos determinados criterios? Te remito a
esta discusión reciente sobre la educación y el adoctrinamiento.
Por otro lado, cuando se objeta que algunos padres podrían despreocuparse de sus hijos si la enseñanza no fuera obligatoria se asume implícitamente que el Estado
se preocupa por la formación de los chavales. Pero de la despreocupación/fracaso de los padres no necesariamente se sigue la preocupación/éxito del Estado. ¿En base a qué asumes tal cosa?¿Opinas que la enseñanza pública resarce a los chavales que tienen una familia desestructurada? Y lo más importante, ¿por qué el hecho de que unas pocas familias se desentiendan de sus responsabilidades justifica la imposición de unos “mínimos garantizados” a
todos los niños del país?¿Qué culpa tienen la inmensa mayoría de familias y niños del infortunio de ese pequeño grupo?¿No sería más razonable buscar alternativas no-coactivas/privadas para ayudar a los niños desamparados?
Algunos aludís a la supuesta incapacidad del mercado para resolver determinados problemas sin siquiera preguntaros si el Estado podría hacerlo mejor (o asumiendo, sin más, que el Estado lo haría mejor). No me parece sensato.
Un saludo
Albert: "¿Opinas que la enseñanza pública resarce a los chavales que tienen una familia desestructurada?"
Creo que no me he explicado bien. Yo creo que el Estado tiene la obligación de asegurar un nivel educativo para todos los ciudadanos. No estoy diciendo que hacer muchas escuelas públicas sea la mejor manera de hacerlo, pero sí creo en un sistema de "becas" o "cheque escolar" si quieres llamarlo así, y en un curriculum común para todos los ciudadanos (un CV técnico, porque los valores creo que no se aprenden con teoría).
Mi padre procede de una familia humilde y no hubiera podido estudiar si no fuera porque la educación era gratuita (incluso así, la mayoría de habitantes del pueblo trabajaban con 7 años en el campo, de ahí que crea que, en una sociedad que puede permitírselo, los niños deben estudiar en uno u otro sitio, pero debe estar prohibido el trabajo infantil y por tanto, debe ser obligatoria su escolarización).
En definitiva lo que estoy diciendo es que en mi opinión no deberíamos exigirle a un gobierno que no se meta en educación, sino que lo haga bien, que no creo que sea imposible.
Saludos.
Mi padre procede de una familia humilde y no hubiera podido estudiar si no fuera porque la educación era gratuita
Falso, la educación no es gratis, la pagamos vía impuestos. ¿Por qué supones que es más barata vía impuestos de lo que sería vía precios? En África los más pobres van a
escuelas privadas.
Es posible que tu padre, aun teniendo en cuenta lo anterior, se haya beneficiado de la intervención del Estado. Pero de ahí no se sigue que el Estado deba intervenir. ¿Qué hay de los que se han visto perjudicados por esta intromisión? ¿Te parecería justo que yo coaccionara a las demás familias para que sufragasen la educación de mis hijos?
Un saludo, Tomás
Ya, creo que aquí hemos llegado al punto en el que tenemos opiniones distintas. Yo, efectivamente, estoy de acuerdo en asumir la obligación (vía impuestos) de sufragar ciertas necesidades de la gente que no tiene suficientes recursos. De ahí, que a mí lo que me indigna es que se gasten mal mis impuestos, no el propio concepto de impuesto en sí (siempre y cuando esté dentro de un límite razonable).
Además como tengo un concepto bastante negativo de la naturaleza humana, tampoco creo en la "bondad" natural o de la sociedad, de ahí la necesidad de regular esta ayuda vía impuestos: para corregir socialmente, lo que desde el punto de vista económico es menos eficiente.
En mi opinión el dinero tiene "inercia", para el que tiene mucho dinero, es más fácil hacer muchísimo más, sin embargo para el que tiene muy poco, le es muy difícil ahorrar aunque sea una miseria (en el Samuelson, y cito de memoria, se dice que "el ahorro es el mayor lujo"). Por tanto una sociedad de libre mercado total, creo que tendería a un cónclave de unos pocos ricos y una gran población pobre (una desaparición de la clase media). Para evitar eso, y un poco como "discriminación positiva", creo que es bueno redistribuir un poco de esa riqueza por la vía menos mala (impuestos, que nadie me tache de comunista revolucionario, aunque lo fuí :-). Y es que aunque lea este blog, y tenga algo de liberal, en el fondo donde esté Keynes....
Saludos: Tomás.
Tomás:
Yo, efectivamente, estoy de acuerdo en asumir la obligación (vía impuestos) de sufragar ciertas necesidades de la gente que no tiene suficientes recursos.
Dicho así parece una posición pacífica e incluso altruista, pero es todo lo contrario. No se trata de si a ti en particular te complace o no pagar tributos, el problema surge de querer imponer coactivamente a los demás esto que a ti te parece asumible, con independencia de si estos lo consideran o no asumible. Por otro lado vienes a decir que basta tener “ciertas necesidades” para adquirir un derecho de propiedad sobre los bienes de terceros, esto es, a cada cuál según sus necesidades en lugar de a cada cual según lo que produce/descubre/ocupa en primer lugar o recibe por la vía del intercambio voluntario. Lo paradójico de esta concepción es que no permite a Crusoe conseguir comida a menos que esté dispuesto a ceder una parte a Viernes. Crusoe y Viernes tienen derecho a tumbarse en la arena y morir de inanición, pero Crusoe no tiene derecho a conseguir comida únicamente para sí mismo. De acuerdo con esta curiosa concepción ética, mejor los dos muertos que tolerar conductas egoístas. En otras palabras, si Crusoe consigue comida en abundancia entonces Viernes, únicamente en virtud de su necesidad, deviene propietario de una parte de aquello que Crusoe ha conseguido, y tiene derecho a arrebatárselo por la fuerza. Apelar a la generosidad de Crusoe o proponerle algún tipo de intercambio ni siquiera cabe contemplarlo como posibilidad. Viernes no tiene por qué pedir o intercambiar nada, lo necesita y esa es razón suficiente para utilizar la fuerza contra los demás.
Por otro lado, una cosa es que quieras que el Estado sufrague las necesidades de la población sin recursos y otra que sea realista pensar que el Estado va a beneficiar a los pobres. El Estado, lejos de favorecer a las capas menos pudientes, a menudo es
la causa de su situación y les impide progresar.
(siempre y cuando esté dentro de un límite razonable)
¿El individuo que te quita la cartera a punta de navaja es un ladrón dependiendo de si llevas mucho o poco dinero encima? Definición de “robar” según la RAE:
1. Quitar o tomar para sí con violencia o con fuerza lo ajeno. 2. tr. Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea. Aquí no habla de “límites razonables”.
Además como tengo un concepto bastante negativo de la naturaleza humana, tampoco creo en la "bondad" natural o de la sociedad, de ahí la necesidad de regular esta ayuda vía impuestos
Una cosa es no creer que el hombre sea bueno por naturaleza (no sé de dónde infieres que yo pienso lo contrario), y otra muy distinta pensar que eso es una razón para secundar la intervención del Estado. Porque vamos a ver, ¿quién conforma el Estado sino hombres de carne y hueso? Tú no estás diciendo “como no confío en la bondad del hombre voy a confiar en otra cosa”, lo que estás diciendo en realidad es “no confío en la bondad de estos hombres pero sí confío en la bondad de estos otros”. Te recomiendo
este artículo que traduje de Rohtbard sobre los mitos del liberalismo (mito nº 5). Quizás también te interese
este otro artículo en el que hablo de la naturaleza del hombre y del Estado.
En mi opinión el dinero tiene "inercia", para el que tiene mucho dinero, es más fácil hacer muchísimo más, sin embargo para el que tiene muy poco, le es muy difícil ahorrar aunque sea una miseria (en el Samuelson, y cito de memoria, se dice que "el ahorro es el mayor lujo"). Por tanto una sociedad de libre mercado total, creo que tendería a un cónclave de unos pocos ricos y una gran población pobre (una desaparición de la clase media).
Tienes una idea muy equivocada de lo que es el proceso de mercado. La gente se beneficia extraordinariamente del ahorro ajeno. El ahorro permite la acumulación de capital, que lleva al alargamiento/ensanchamiento de las estructuras productivas, al aumento de la productividad de los trabajadores, al aumento de la producción y de las rentas reales de todos los que participan en este proceso. Lo de que “en una sociedad de libre mercado total tiende a un cónclave de unos pocos ricos y una gran población pobre” no se sostiene por ningún sitio. Desde la Revolución Industrial la gente viene disfrutando de un aumento exponencial de la riqueza. La renta real de todos los individuos se eleva gracias a la capitalización de las estructuras productivas (y a pesar del Estado, que obstaculiza gravemente este proceso).
Siguiendo a Keynes y a Samuelson es fácil llegar a conclusiones intervencionistas. Prueba el
Man Economy and State de Rothbard (o en su defecto,
Economics for Real People de Gene Callahan, más introductorio).
Un saludo, Tomás
Tomás, si declaras que "tengo un concepto bastante negativo de la naturaleza humana", ¿cómo es posible que los seres humanos (no importando su color político) que manejan los dineros públicos de todos no adolezcan también de esa misma naturaleza negativa que denuncias? Pero además con dos agravantes añadidos:
1. Que esos administradores de los dineros obtenidos coactivamente de todos (vía impuestos) manejan más presupuesto que casi cualquier gestor de empresa privada pudiera soñar.
2. Que esos administradores de los dineros de todos no tienen competencia, actúan generalmente en régimen de monopolio y no están sometidos al cálculo económico.
La combinación de todo ello no puede ser más que explosiva: corrupción, favoritismo, clientelismo, despilfarro, desincentivo, ley del mínimo esfuerzo, desentenderse de las necesidades de los demás…
Lo único que de verdad puede limitar esa naturaleza negativa de los hombres de la que hablas no es el elegir a la persona adecuada al cargo (el que sea), ni el impulsar numerosa legislación correctiva, sino el saberse sometido al control diario (y no cada cuatro años) de la competencia y del juicio insobornable del consumidor o del cliente que puede elegir entre varias alternativas. En ese entorno de competencia es cuando se empieza a pensar verdaderamente en las necesidades de los demás y a llevarse a cabo intercambios mutuamente beneficiosos. Esto es también de aplicación a la actividad humana de la enseñanza.
Me maravilla la ciega confianza con la que muchos juzgan la cosa pública.
Albert, en realidad no estamos tan lejos, solo que uno ve la botella medio vacía y otro medio llena. Tú dices: "Desde la Revolución Industrial la gente viene disfrutando de un aumento exponencial de la riqueza. La renta real de todos los individuos se eleva gracias a la capitalización de las estructuras productivas (y a pesar del Estado, que obstaculiza gravemente este proceso)." y estoy 100% de acuerdo porque en ningún momento ha habido un Estado puramente liberal, en todo momento ha habido una intervención mayor o menor del gobierno (excluyendo los países comunistas, que claramente fueron un desastre). En realidad yo no defiendo un gobierno intervencionista, sólo un equilibrio dinámico entre la regulación del mercado y un laissez faire puro.
En cuanto a Francisco no es que confíe en el Estado, ya que creo necesarias leyes que impidan el abuso de poder (un Estado basado en el derecho y no viceversa). Sólo que creo en la capacidad de alcanzar un "bajo" o "tolerable" nivel de corrupción, en el que sitúo las deomcracias occidentales actuales, y que como dice Albert, son hoy en día el sistema más próspero que nunca jamás ha conocido la historia.
Saludos a todos, y gracias por un debate tan interesante....
Un apunte, relacionado con mi
último artículo: que haya
correlación entre la existencia de la intervención del Estado en los últimos dos siglos y la prosperidad económica no quiere decir que exista una
relación de causa-efecto entre ambas. La pregunta que debemos hacernos es ésta: ¿el progreso que hemos experimentado ha sido gracias a la intervención del Estado o
a pesar de la intervención del Estado? El Estado nunca genera riqueza, sólo la redistribuye (más horizontalmente que verticalmente) y la dilapida. De hecho, buscando correlaciones, la etapa de mayor crecimiento en Occidente tuvo lugar en la “edad dorada del liberalismo”(s. XIX), cuando la intervención del Estado era modesta y apenas había cuatro o cinco ministerios. Y los países que en las pasadas décadas han experimentado un crecimiento económico más notable son los que tenían un sector público más pequeño (mucho más pequeño que el que tenemos actualmente en España y en el resto de Europa): Corea del Sur, Tailandia, Taiwán, Singapur, Hong Kong, Botswana, Mauricio, Chipre, Indonesia y Malasia. Si hoy en día si las democracias occidentales son tan prósperas es debido a la fracción del mercado que se permite operar libremente. En este sentido agradecer al Estado el hecho de que no sea tan despótico como podría serlo es como dar las gracias a un ladrón por robarte “sólo” el dinero en efectivo.
Por otro lado, soy muy crítico con el sistema democrático, y en cualquier caso me parece esencial distinguir entre democracia, de un lado, y liberalismo, de otro. En
este artículo quise esbozar las diferencias y aclarar alguna confusión.
Saludos, un placer discutir contigo
Tomás, hoy podemos disfrutar del sistema más próspero que nunca jamás ha conocido la historia debido, no a las democracias occidentales, sino al existente reducto de libre mercado que se ha desplegado en Occidente, fundamentalmente desde la Revolución industrial (y pese a soportar gobiernos no democráticos. A lo sumo, se disfrutó en ciertos países de Europa de precarias democracias de sufragio restringido durante todo el siglo XIX. No obstante en ese siglo XIX los avances y el desarrollo en Europa fue espectacular).
Las democracias son algo deseable frente a los totalitarismos pero, por sí solas, no llevan al desarrollo ni mucho menos. Para ello son necesarios la libertad de mercado y sus presupuestos (propiedad privada, la libre función empresarial y la formación libre de los precios). Todo esto es la antítesis de cualquier intervención desde el poder.
Tomemos dos ejemplos clarificadores a sensu contrario: hoy en día en Irán y en Venezuela los gobernantes respectivos han accedido por medios democráticos y con amplias mayorías, pero es obvio que no disfrutan de un sistema próspero por la sencilla razón de que sus fuertes regulaciones intervencionistas no permiten la expansión del libre de mercado. Ellos se justifican echando balones fuera (por culpa del occidente neocolonial o del imperialismo yanki, cuando la culpa de su atraso está en su interior: ausencia palmaria durante demasiados decenios del libre mercado dentro de sus fronteras).
La libertad de mercado produce división de trabajo, especialización, competencia, procesos productivos cada vez más complejos, un incremento continuo de la oferta y la inversión, una constante mejora de precio-calidad en los productos y servicios. En definitiva, una óptima asignación de recursos por inexistencia de intervenciones públicas. Estamos hablando del mejor remedio contra la escasez.
Las Terceras vías, como las que propones, o un “sano” equilibrio entre intervención pública y libre mercado son asuntos muy delicados pues inciden en los procesos de creación de riqueza de las economías libres.
La pérdida de competitividad y el coste de oportunidad sufrido por regulaciones del mercado o intervenciones keynesianas o inspiradoras del Estado del bienestar son muy perjudiciales para el desarrollo. Creemos en la bondad de dicho equilibrio, cuando la verdad es que son entorpecedoras del desarrollo y que la verdadera bondad procede del libre mercado (millones de transacciones voluntarias, no coactivas, mutuamente beneficiosas).
El grado de corrupción “tolerable” del que hablas se acercaría a cero si el Estado limitara su ámbito de influencia a la estricta defensa de los derechos de las personas. Esto no supone más que intervenir cuando ha habido una violencia previa. Por el contrario, actualmente el Estado interviene insensata y arrogantemente como actor económico y campeón redistributivo de ingeniería social (juzgándose más idóneas sus decisiones centralizadas –estatal o autonómicamente- en vez de las de millones de personas que saben muy bien qué es lo que les conviene). Al hacer esto, dedica esfuerzos y detrae riqueza de donde no debiera detraerse y deja de cumplir satisfactoriamente la función principal de todo Estado: la defensa y seguridad de los derechos de propiedad y de la vida de las personas.
Como bien apunta Antonio Gimeno en su artículo, cedemos cada vez más parcelas de nuestra intimidad sin darle importancia (cuando la tiene y mucha). Con ello diluimos lo que nos es propio para ser libres: nuestra responsabilidad.
En el siglo XX ha habido importantes corrientes de pensamiento tendentes a relativizar nuestra propia responsabilidad: el ser humano no es libre porque está sometido a superestructuras económicas y tiene derecho a todas sus necesidades (marxismo), el ser humano no es libre porque está sometido a su inconsciente y a su libido (psicoanálisis), el ser humano no es libre porque -lo quiera o no- está sometido a la Naturaleza a la que debe obediencia (ecologismos varios) o debido a que su decisión de consumo está condicionada por las multinacionales (Galbraith), etc.
Ser partidario de regulaciones de mercado (del Estado) por mor de un teórico equilibrio frente al propio mercado (de las personas) nos aleja de la óptima asignación de recursos y de nuestra propia responsabilidad, creándose servidumbres perjudiciales.
Gracias, Tomás, por participar e interesarte por estos temas.