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Portada - Comentarios - Liberalismo y liberalidad

22/06/2006 - Francisco Capella

Liberalismo y liberalidad

La praxeología enseña que el ser humano individual actúa intencionalmente para conseguir objetivos subjetivamente valorados, para alcanzar una satisfacción o evitar un malestar psíquico. Se actúa para obtener beneficios (hacer el bien) que no son necesariamente monetarios o materiales. Si una persona generosa regala voluntariamente sus bienes es porque obtiene a cambio un placer íntimo al hacer el bien a su prójimo, o porque mejora su reputación (asume costes presentes a cambio de beneficios futuros), evitando el malestar que puede producir ser considerado egoísta por los demás: el desprendido también busca su propio bienestar, igual que el que no regala nada sino que comercia (pidiendo algo a cambio de sus bienes o servicios, estableciendo relaciones mutuamente beneficiosas), e igual que el agresor (ladrón, violador, asesino, estafador, secuestrador) que persigue su propio beneficio aun a costa de perjudicar a los demás.

Desde el punto de vista del actor, todo ser humano actúa para obtener beneficios: el altruista se alegra del bienestar ajeno y asume todos los costes, el comerciante ofrece oportunidades de beneficio recíproco donde los costes se reparten entre ambas partes, y el agresor vive a costa de las víctimas a quienes causa daños.

La agresión no puede ser muy popular para las víctimas, de modo que a menudo se camufla con diversos ropajes: es por tu propio bien, es por bien del colectivo, te quito a ti para ayudar a otros más necesitados…

El altruismo suena muy bien: es fantástico que todos los demás sean generosos ya que así yo recibiré algo gratis. Y si quiero ser popular yo también seré generoso (no me lo pueden exigir porque el auténtico desprendimiento no espera nada a cambio). Es una lástima que la generosidad tenga serios problemas: la capacidad emocional de las personas reales es limitada, sólo sentimos como próximos a unos pocos familiares y amigos; la capacidad intelectual de las personas reales es limitada, de modo que aunque queramos beneficiar a los demás tal vez no sepamos cómo hacerlo, sobre todo si son extraños alejados de nosotros; la capacidad de acción de las personas reales es limitada, de modo que no podemos regalar riqueza indefinidamente. Se suele desear expandir estas capacidades, pero una cosa son los deseos y otra la realidad. Además los generosos incautos pueden ser fácilmente parasitados por vagos sin escrúpulos que prosperen a su costa: un grupo de generosos ingenuos es evolutivamente inestable.

Los intercambios voluntarios o altruismo recíproco (yo te doy a cambio de que tú me des, ahora o en el futuro) resuelven los problemas de la generosidad ingenua: es posible comerciar con conocidos y con extraños, próximos y lejanos, sin necesidad de amarlos intensamente; la inteligencia se utiliza de forma distribuida y local, de modo que ya se encarga cada participante de asegurarse que lo que hace es en su beneficio; los derechos de propiedad, los precios y los beneficios empresariales economizan los recursos escasos y fomentan su producción y su asignación a los fines más valorados.

Una cosa es lo que cada persona hace, otra lo que dice en público, otra lo que quiere que hagan los demás, y otra lo que quiere que los demás piensen de él. Si alguien dice que sólo hace lo que le beneficia (sin agredir a los demás), se está suicidando socialmente, aunque sea una verdad universal: lo que los demás quieren oír es que lo que haces también les beneficia a ellos, que eres generoso, que compartes, que no tienes afán de lucro, que les ayudarás cuando te necesiten. Y como hablar es barato, no compromete a casi nada y tiempo habrá de escurrir el bulto o buscar excusas, el discurso o meme predominante es el de la generosidad, ignorando sus limitaciones y problemas. A menudo la promoción de la generosidad es sincera, pero tiende a fingirse y exagerarse: además de fijarse en las declaraciones de la gente, fíjese en sus acciones. Promover la generosidad puede ser maravilloso para las relaciones humanas, el problema es que suele imponerse políticamente por la fuerza (liberalidad sin liberalismo), y entonces ya no es todo tan idílico.

El liberalismo suele basarse en un análisis racional de la realidad, no en la participación en un concurso de popularidad. Por eso propone que antes que hacer el bien a los demás es fundamental (y mucho más sencillo y realizable) no hacerles el mal: no robar, no matar, no estafar, no violar, no secuestrar. Todo resumido en respetar el derecho de propiedad. El comerciante egoísta (liberalismo sin liberalidad) al menos no perjudica a nadie. Si además de no agredir al prójimo usted quiere sacrificarse por él, estupendo: pero sobre todo no sea usted generoso con lo que no le pertenece.

 

Opinión de los lectores

Tomas

Hola Francisco, esta tesis de reducir toda la ley \"social\" al hecho de \"respetar el derecho de propiedad\", creo haberlo leído hace tiempo en un libro de John Gray, y a mí personalmente me parece muy simplista.

En realidad ¿qué es la ley? Para mí debería ser la garantía escrita de las normas sociales en las que nos desenvolvemos. Como grupo, necesitamos unas garantías de mínimos y unas normas (explícitas, en forma de ley, o implícitas) que garantizan a todos sus miembros que no habrá aprovechados del sistema.

Es decir, yo creo que en una sociedad habrá gente que intente recibir más de lo que aporta al grupo (\"takers\"), mientras que otros darán más de lo que reciben (\"givers\"). Si no hubiera unas normas exigibles, los takers supondrían una carga fatal para el sistema social y se terminaría desintegrando, por tanto (por evolución natural) sólo sobreviven las sociedades que balancean las aportaciones de sus miembros castigando a los takers, y repartiendo el trabajo entre los givers, de manera que el descontento sea \"soportable\".
Sin una presión social (que en el caso de nuestra sociedad viene definido por leyes, pero podría ser el reconocimiento de los compañeros en una sociedad tribal, p.e.) la ventaja individual de los takers sería suficiente para que aumentara ese grupo, aumentando la presión sobre los givers. En cuanto los givers se sintieran explotados, se llegaría a un estado de revolución (el equivalente a una mutación biológica), volviendo a crear otro orden social.

Bueno, toda esta comedura de tarro mía, viene a querer decir, que en realidad, yo creo que una sociedad debe balancear mediante la ley, o cualquier otra medida de presión social, la aportación y aprovechamiento del sistema de cada uno de sus miembros. Y que el simple egoismo individual, reforzado por el sólo derecho a la propiedad privada, no tiene por qué tender a un sistema socialmente estable. Una sociedad es un sistema dinámico con una alta inestabilidad y tiene que redistribuir los \"excesos de riqueza\" (o más bien, falta de recursos) de algún modo (via impuestos) sin que llegue a resultar tan gravoso que los que aportan se sientan oprimidos.

Bueno, quizás he sido demasiado extenso, pero el tema es apasionante.

Saludos, Tomas

Antonio Gimeno

Yo asumo que la división de trabajo es una institución enraizada en la naturaleza humana y doy por descontado que existirán free-riders para los que tal división signifique más bien un reparto ventajoso. En la sociedad, entendida no como un ente antropomórfico, sino como un conjunto dinámico de interrelaciones en la que las personas actúan, como dice Capella, guiadas por su interés, está claro que predomina un juego de suma no cero, es decir “todos” ganan y ha venido sucediendo de manera espontánea durante siglos, el orden espontáneo se ha impuesto incluso bajo el continuo acecho del constructivismo. Los que defienden y aplican la liberalidad sin liberalismo (genial Capella) apelan a nuestro “sentido moral” confundiendo deliberadamente esa natural tendencia al altruismo (recíproco) con un falso sentimiento de justicia. Lo que nos lleva al intervencionismo. Ahí te veo yo, Tomás.

Decía Confucio que “cuando las palabras pierden su significado, el pueblo pierde su libertad” (Hayek abre el capítulo 7 de La fatal arrogancia con esta cita). Empleas expresiones que se han convertido en peligrosos memes para nuestra libertad, por ejemplo, confundes (es un mal generalizado) lo individual con un vilipendiado egoísmo, demonizas, desde una perspectiva perfectamente cristiana, dos características del ser humano sin las que nuestra especie no hubiera podido sobrevivir. Hayek teatralizó la tensión entre nuestro natural egoísmo y nuestro no menos natural tendencia a la cooperación en su visión del macro y el microcosmos, un doble esquema normativo que nos sitúa entre el instinto y la razón. Claro que Hayek no contaba con el poderoso y creciente arsenal cientifico-argumentativo que ya ofrece la psicología evolucionista, por ejemplo el concepto de altruismo recíproco que introduce Paco en su artículo.

Saludos,
Antonio

Javier

Liberalidad y liberalismo son opuestos políticamente.

Los que se proclaman liberales en norteamérica debieran declararse más bien partidarios de la liberalidad.

Juan Fernando Carpio

Felicitaciones Paco, pienso usar ese texto con mis alumnos universitarios.

Tomas

Antonio, creo que no me he expresado bien... Yo no creo en un intervencionismo dirigido al estilo de los Planes Quinquenales comunistas. Yo lo que pienso es que una sociedad termina (por la propia evolución del comportamiento individual) convergiendo en un cierto orden entre sus miembros, con reglas bien definidas, que permiten la convivencia de grupos grandes de gente (frente a pequeños grupos en los que hay una relación todos-a-todos personal). Esta relación ha dado lugar a monarquías, imperios, teocracias, y más recientemente democracias, que de momento parece la organización con más distribuida (y por tanto con menos desigualdad potencial) de las que hemos visto en la historia... En general, creo que la anarquía, o liberalismo llevado al extremo no es sostenible para grupos de más de 5-10 personas...

Saludos: Tomás.

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