
Ahora que el presidente de Microsoft ha anunciado su retirada de la gestión de Microsoft para dedicarse a la fundación que lleva su nombre, y el de su esposa, es quizá el mejor momento para hacer algo tan políticamente incorrecto como es destacar su enorme contribución a que yo esté ahora escribiendo este artículo y usted leyéndolo, entre muchas otras cosas. Hace ya unos cuantos años, a Bill Gates y su socio Paul Allen se les ocurrió que podían vender sistemas operativos –diseñados al principio por otros– que funcionasen sobre una cierta arquitectura de computadores –creada por IBM– pero que, y esto es lo importante, cualquier otro fabricante podía imitar.
Un sistema operativo no es más, en principio, que un intermediario que se coloca entre el ordenador y los programas que utilizamos. Sistemas operativos han existido muchos en la historia, desde los más simples a los más complejos. Los más utilizados actualmente son las distintas versiones del Windows de Microsoft, el MacOS X de Apple y un número casi infinito de variedades de Unix, principalmente Linux. No obstante, hasta que Gates y Allen tuvieron su idea, los sistemas operativos estaban generalmente asociados a un modelo de máquina, y no se podían emplear en otra, aunque pudiera haber versiones muy parecidas de los mismos en distintos tipos de computadora. Cuando Gates logró que IBM aceptara que pudiera licenciar su sistema operativo MS-DOS a otras empresas, comenzó lentamente una carrera entre fabricantes para lograr ordenadores PC "compatibles con IBM", es decir, que podían ejecutar MS-DOS, cada vez más baratos y potentes. De cara al usuario, tenían en común una cosa: eran capaces de ejecutar el mismo intermediario, el mismo sistema operativo, lo que quería decir que podían ejecutar los mismos programas.
Tras varios años de disfrutar de un viejo Spectrum 48Kb, de esos negros, pequeñitos y con teclas de goma, mi familia afrontó el enorme gasto que suponía adquirir uno de esos ordenadores "compatibles". Era una computadora montada en la tienda donde la compramos, con piezas de muy diversos fabricantes. Esto, ahora, nos parece normal. Sin embargo, lo habitual hasta entonces era que el ordenador se vendiera como una pieza, sistema operativo incluido, como sucedía con mi viejo Spectrum y sigue pasando con los ordenadores que vende Apple.
La compatibilidad dentro de una plataforma y las consecuencias de la misma son debidas al genio empresarial, más que técnico, de Bill Gates. Sus beneficios han llegado mucho más lejos que la abultada cuenta de resultados de Microsoft, como suele suceder. La carrera tecnológica ha permitido la competencia entre un sinfín de fabricantes –que generalmente han sacado un buen provecho de ello– y el abaratamiento de componentes, logrando que los ordenadores hayan pasado de ser un lujo disponible a empresas y usuarios particulares de cierto nivel económico a ser un electrodoméstico más del hogar que cualquier familia normal de clase media tiene en su casa, lo que ha permitido a su vez la popularización de Internet. Ha permitido que unos cuantos hackers tuvieran las herramientas necesarias para crear Linux, competencia directa del Windows de Microsoft. E, incluso, ha facilitado a Apple poder disponer de un hardware barato con el que seguir creando sus ordenadores cerrados a un precio mucho menor. Y es que el capitalismo es la manera en que las ideas de una persona pueden derivarse en enormes beneficios para él y para sus conciudadanos.
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