
El Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek consideraba que los Bancos Centrales eran los monopolios estatales más perniciosos que podían existir. Al imponer una moneda de curso legal y aumentar la oferta crediticia, envilecían la moneda, consumían los ahorros de los ciudadanos y provocaban el ciclo económico.
Desde su constitución, la actividad de los Bancos Centrales ha contribuido a desestabilizar las sociedades y empobrecer a los individuos, al provocar hiperinflaciones y grandes depresiones por doquier.
En los últimos 30 años, el sistema monetario internacional ha repudiado por completo los últimos vestigios del patrón oro, lo que ha liberado a los Bancos Centrales de casi cualquier disciplina monetaria. Aun cuando no hemos sufrido un episodio completo de hiperinflación desde entonces, nadie puede negar que las distintas monedas que nos imponen los Estados han ido perdiendo continuamente valor, empeorando el nivel de vida de los ciudadanos y apropiándose de su riqueza.
El dinero cada vez vale menos, por lo que los precios no dejan de subir. Los trabajadores reciben salarios reales más bajos, las empresas se enfrentan a costes más elevados y los pensionistas ven reducidas aun más sus míseras pagas. Todo ello debido a la irresponsable política de nuestras "autoridades monetarias" que, guiadas por malas teorías económicas, no cejan en recurrir a la inflación como supuesta "gasolina" del sistema económico.
Es difícil, si no imposible, calcular y mesurar la magnitud exacta de este expolio. Los distintos institutos estatales de estadística suelen ofrecer índices mensuales que tratan de aproximar cuánto se han incrementado los precios. Sin embargo, estas medidas tienen una carencia fundamental: nos informan de cuánto han subido los precios, pero no de cuánto no han bajado.
En efecto, si el precio de un producto aumenta un 3% debido a la política inflacionista del Banco Central cuando debería haberse reducido un 2% en caso de no mediar esa política, el índice debería reflejar un incremento el 5% y no del 3%.
Nuestras economías capitalistas producen cantidades crecientes de bienes y servicios. La pauta general para muchos de esos bienes y servicios debería ser la de una progresiva reducción de precios. Pero en la práctica sólo hemos experimentado ese saludable efecto en productos muy concretos como los electrónicos.
Por desgracia, como hemos dicho, no tenemos manera de saber qué precios y en qué cuantía habrían descendido. Podríamos tratar de estimarlo mediante ciertas teorías que sostienen una variación proporcional entre la masa monetaria y el nivel de precios, pero creemos que carecen de la consistencia suficiente como para trabajar sobre ellas.
De ahí que, en nuestro propósito de ofrecer una imagen de cuánto nos ha perjudicado a los españoles la imposición de una moneda de curso legal, hayamos optado por un esquema alternativo.
A continuación vamos a estudiar cuál sería nuestro poder adquisitivo actual si el Banco de España hubiera adoptado a finales de 1972 el patrón oro. Para ello partiremos del precio de la onza del oro en pesetas a finales de 1972 y lo compararemos con el precio de la onza de oro en pesetas a día de hoy.