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Dinero y sistemas financieros

21/09/2008 - Juan Ramón Rallo

Primer Trimestre 2008

Boletín Enero-Marzo
La crisis económica internacional prosiguió con su imparable dinámica de contracción crediticia en el primer trimestre de 2008. En general, todo el sistema financiero ha fracasado en esta crisis y lo ha hecho por no comprender un principio tan básico como el de la liquidez de los activos.

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6. Perspectivas y soluciones

La crisis actual es consecuencia directa de un sistema financiero mal articulado, donde el dinero está respaldado por activos poco líquidos y donde, por consiguiente, la oferta crediticia puede autoexpandirse colateralizada por la propia inversión.

La expansión crediticia desmesurada de los últimos años, donde plazos y riesgos entre créditos y deudas se han descalzado, ha dado lugar a una expansión de sectores productivos concretos donde se generó una dinámica de burbuja incitada por la propia expansión del crédito. Los saldos monetarios (que sirven para acelerar los intercambios de bienes ya creados) se utilizaron como saldos de capital, inmovilizando los factores productivos en bienes de capital cuya demanda sólo era sostenida por la propia expansión artificial del crédito.

Dado que los depósitos a la vista y demás instrumentos de deuda a corto plazo parecían garantizar la disponibilidad inmediata del dinero al tiempo que estaban siendo utilizados para aumentar la dotación de ciertos bienes de capital concretos, la producción de bienes cuyo consumo era más necesario para el corto plazo fue cediendo espacio a la producción de bienes cuyo consumo era útil una vez esos otros bienes de consumo ya estuvieran producidos y a disposición de los tenederos de saldos líquidos.

Por supuesto, todo este proceso tiene sus limitaciones económicas y físicas. Si los bancos centrales dejan de descontar los activos de los deudores a corto plazo (como sucediera a partir de 2005), buena parte de la deuda a corto plazo comienza a ser impagada, de modo que se restringe la extensión de más créditos a largo plazo. Del mismo modo, si los bancos centrales siguen descontando activos sin límite alguno, la moneda se envilecerá a un elevado ritmo y los precios de los bienes de capital complementarios no expandidos y el de los bienes de consumo más escasos comenzará a aumentar por encima del de los bienes de capital donde se ha generado la burbuja, provocando la quiebra de estos últimos y la reestructuración productiva.

La crisis ha revelado "cuellos de botella"...

Esta es la fase en la que nos encontramos ahora. Durante años, los occidentales (especialmente españoles y estadounidenses) han estado consumiendo por encima de su producción gracias al endeudamiento exterior (déficit corriente) y la modificación de los precios relativos de los factores de producción (sobrevaloración de la vivienda frente a las materias primas).

Por este motivo, se ha producido una sobreabundancia relativa de determinados bienes y servicios y una escasez de otros. No es de extrañar que las materias primas hayan emprendido una escalada de precios, ya que son unos de los factores complementarios de producción en los que menos se ha invertido. En este sentido, resulta previsible que sus precios, a largo plazo, continúen aumentando, aun cuando a corto y medio plazo pueda producirse una corrección a la baja, debido al elevado apalancamiento con el que muchos inversores han entrado en este sector para proteger sus patrimonios de la depreciación del dólar.

En todo caso, estos altos precios de las materias primas indican que es el momento de invertir masivamente en este sector, para lo cual la mayoría de las deudas a corto plazo colateralizadas por activos con un valor inflado tendrán que resultar impagadas. Se trata de un proceso irreversible destinado a recuperar la liquidez (forzando la venta al descuento de los colaterales para ajustar los precios relativos)[59] y a redistribuir el ahorro entre los distintos procesos productivos (retirar capital de la construcción, de la industria automovilística o las recompras apalancadas de acciones para colocarlo en la producción de materias primas o en mecanismos que incrementen la productividad de las mismas).

...que prolongarán el ajuste...

Los inversores, por consiguiente, tendrán que reducir sus costes marginales para poder atender a la deuda, ya sea enajenando bienes de capital o despidiendo a trabajadores (que de este modo podrán reubicarse en otras áreas de la economía). El paro aumentará y la renta mensual de los deudores caerá.

En este sentido, cabe esperar que las hipotecas (subprime, alt-A y option ARM) sigan impagándose, ya sea por esta incapacidad para generar un ahorro mensual igual o superior a la carga financiera del deudor (por ejemplo, en caso de desempleo) o por los walking away, y que los impagos se extiendan a otros tipos de deuda, como la deuda sobre el consumo (tarjetas de crédito y automóviles) y la deuda empresarial (especialmente los bonos especulativos).

Los impagos, a su vez, minarán el capital de los bancos, muchos de los cuales seguirán quebrando debido a su elevado grado de apalancamiento, como ya sucediera con Bear Stearns. El único camino que podría evitar la quiebra de los bancos serían inyecciones masivas del capital que necesitan para seguir refinanciando y provisionando las pérdidas derivadas de los préstamos a largo plazo que tienen concedidos, pero dado que este capital previsiblemente tendrá un uso prioritario en otras áreas de la economía, no es probable que suceda.

La progresiva quiebra de los bancos se manifestará igualmente en una cada vez más intensa contracción de su crédito a familias y empresas (especialmente a las empresas menos rentables), lo que limitará el consumo de ambas (ya sea en bienes de consumo finales o en factores productivos).

Se trata del proceso conocido como credit crunch, donde los precios relativos de los bienes de consumo y de capital se adaptan a las necesidades del mercado y donde los apalancamientos financiados con los fondos del mercado monetario tienden a desaparecer.

Es un proceso complicado y doloroso pero, en cierto modo inevitable y necesario para las economías. El problema está en que los políticos y los reguladores deseen retrasar todo lo posible ese proceso (a costa de agravarlo en el futuro) para no tener que sufrir la oposición masiva de los ciudadanos.

Dependiendo de cuánto cedan los políticos y de cuántas medidas cortoplacistas adopten, los eventos futuros adoptarán un curso u otro. Tanto los bancos centrales como los gobiernos han comenzado a adoptar medidas que pretenden aliviar los efectos de la crisis. A la luz de nuestra explicación anterior, parece claro que la única solución a la crisis pasa por reorientar los flujos de inversión hacia las materias primas y otros sectores atrofiados durante la etapa del boom artificial.

Para esto no existen recetas mágicas. Es necesario que aumente el ahorro y para ello sólo hay dos caminos: impagar las deudas (algo así como un "borrón y cuenta nueva") o, especialmente, restringir el consumo.

...especialmente si el Estado interviene mal.

Es por este motivo que las políticas públicas adecuadas sí pueden tener una influencia positiva sobre la crisis. Si el Estado reduce su consumo (gasto público) y rebaja los impuestos, las familias y las empresas verían incrementar su renta disponible, de modo que su ahorro podría aumentar sin reducir su consumo presente. Precisamente, las desgravaciones fiscales del Estado deberían ir orientadas a incrementar el ahorro o la inversión, por ejemplo, eliminando la tributación de las plusvalías o incrementando las deducciones por reinversión.

Todo este proceso se ve además favorecido cuando los factores productivos se trasladan entre los sectores económicos sin restricciones. En ese caso, el ahorro puede utilizarse rápidamente para contratar a estos factores y reiniciar la producción de los bienes complementarios de capital más escasos.

También por este motivo, el resto de políticas de corte keynesiano no son apropiadas para combatir la crisis actual. Básicamente, los teóricos keynesianos y neokeynesianos defienden la necesidad de implementar políticas fiscales y monetarias expansivas con la finalidad de incrementar la demanda agregada.

Entre las primeras, se encuentra el aumento del gasto público, aun recurriendo al déficit público. El problema es que, tal y como hemos explicado, es necesario que se produzca un ajuste en los precios relativos de los bienes de capital y que la inversión se reoriente hacia aquellos en los que se ha infrainvertido durante los últimos años. Para ello se necesita ahorro que sólo puede obtenerse disminuyendo el consumo. El déficit público, por el contrario, capta los ahorros privados para invertirlos en distintos proyectos públicos que generalmente pasan, para más inri, por ayudar y reanimar la actividad en aquellos sectores económicos en depresión que necesitan de ese ajuste.

Con esta estrategia, por consiguiente, el Estado reinvierte coactivamente los ahorros privados en aquellos sectores económicos de los que debería estar saliendo.

Entre las segundas se encuentra la rebaja de los tipos de interés para estimular el consumo y la inversión a crédito. El problema es que, primero, el consumo no debe aumentar y la inversión no debe expandirse en todos los sectores (sino sólo en aquellos en los que existan cuellos de botella) y, segundo, que en un período de contracción crediticia los bajos tipos de interés del banco central no inducen a los bancos comerciales a prestar más dinero ni a los deudores a pedirlo prestado. Hasta que no se hayan liquidado las deudas pasadas, no existen incentivos para suscribir nuevas deudas.

De hecho, los patrimonios menguantes de deudores y bancos (debido a los impagos de la deuda) disminuyen la capacidad del banco central para expandir el crédito, ya que se reducen los activos a descontar.

En cambio, la rebaja de tipos sí genera una dinámica inflacionaria muy peligrosa, ya que vuelve a distorsionar la estructura de precios relativos y fuerza el consumo del capital (esto es, reduce los ahorros de la sociedad) y, sobre todo, genera distorsiones en los flujos de capital.

En efecto, el dinero debe servir como depósito de valor. Si el banco central esteriliza esta función, los inversores buscan depósitos de valor alternativos, como han sido en este caso las materias primas. El incremento de sus precios ha hecho caer aún más la renta disponible de familias y empresas, lo que ha minado sus posibilidades de ahorro.

Sólo una moneda estable, como la respaldada por oro, puede servir de asidero para ahorrar y, a partir de ahí, tomar decisiones de inversión racionales que no tengan como cometido principal la conservación del propio capital.

Por consiguiente, las políticas públicas que permitirán aliviar el impacto de la crisis actual son simples: disminuir los impuestos y el gasto público, liberalizar los mercados de factores productivos (especialmente trabajo y materias primas) y regresar progresivamente a una moneda respaldada por oro.

Simétricamente, las políticas monetarias erróneas serían: aumentar los impuestos y el gasto público (incluyendo el déficit público), añadir más restricciones a los mercados de factores productivos (ya sean sobre el mercado interno o en el comercio internacional) y seguir con políticas de envilecimiento monetario camufladas de expansiones crediticias.



[59] Para más detalles sobre este punto y la pirámide invertida de Exter puede consultarse la sección de "La crisis durante el cuarto trimestre" del segundo boletín (octubre-diciembre de 2007) del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana.


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